martes, 19 de enero de 2016

Sensación de inseguridad

Uno siempre se siente más cómodo en la zona que conoce. Así vivas en una zona de tu ciudad que sea considerada como peligrosa, el hecho de reconocer las aceras, los huecos en el asfalto, los quiscos desvencijados, los afiches a medio despegar y hasta los perritos que rondan las bolsas de comida, te hace sentir seguro.

En algún momento leí que la mayoría de las veces, los secuestros se daban justo en la puerta de la casa del raptado. ¿Por qué?, porque ya en ese momento, la víctima había bajado las defensas. Porque al divisar a unos metros la puerta de su edificio o de su casa, había dejado de ver a los lados, había respirado profundo, ya se había soltado el botón del pantalón, ya pensaba en la felicidad de mover los dedos de los pies fuera de los zapatos.

Es algo que vivo día a día. No el secuestro, sino la sensación de seguridad dentro de mi propio pedacito de caos. Vivo en el Salvaje Oeste de Caracas. Una tierra que suena lejana y hostil para quien lo más cerca que ha estado del Centro es Sabana Grande. Sin embargo, para mí, que he vivido los veintitrés años de mi vida en esa zona, el Oeste no es tal amenaza. Entiendo, sí, que no es precisamente una zona segura, pero a fin de cuentas es mi zona. Tal posición, tan oposicionista y a veces alejada de realidad, me lleva a un atontamiento muy peligroso para una ciudad en la que debes tener todos los sentidos disponibles prestos a la detección de cualquier indicio de peligro.

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En las mañanas me levanto a las cinco y media, pero me despierto realmente a las siete y algo. Ese período de hora y media es un gran automatismo que me lleva por distintas estaciones de mi rutina mañanera: levantarme de mal humor y refugiarme en el baño; salir de ahí muerto de frío y disfrazarme de trabajador serio; ir a la cocina y prepararme un escueto desayuno que me lleve en velocidad de crucero hasta el ansiado almuerzo. Parte de esa mecánica incluye desear feliz día a quien esté despierto en la casa. Luego, voy con pasos renuentes hasta la parada del autobús, ligando que pase alguno con un puesto libre que me permita dormir media hora más para redondear el descanso. En esa espera, saco mi teléfono y le envío un mensaje a mi novia: “Hola, amor. Vía el trabajo”.

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Esa mañana el teléfono estaba rebelde. La pantalla del WhatsApp solo me mostraba un prístino blanco característico de su negativa a cooperar con mis objetivos comunicativos. Primera consecuencia de esta inseguridad en tiempos de tecnología: si no te reportas a la hora que sueles hacerlo, generas una alerta roja en todos aquellos que no recibieron tu mensaje.

Entre el letargo del sueño y el mal humor por el fallo de la aplicación, no me doy cuenta del motorizado que está parado junto a la acera. Estoy parado con la cara metida en el teléfono y no me doy cuenta del parrillero que, aún con el casco puesto, se abalanza sobre el muchacho que camina tan despreocupado como yo, como todos. Cuando entiendo todo lo que está pasando, el forcejeo ya es bastante violento y la gente se está apartando de la situación. Así está nuestro altruismo hoy en día, mermado por la posibilidad de recibir una herida mortal. Cuando estás en una situación de vida o muerte, eres tú contra tu amenaza, más nadie saldrá a defenderte en estas calles caraqueñas.

Con un movimiento acartonado, guardo mi teléfono en el bolsillo de la chaqueta. El parrillero vuelve a la moto y arrancan hacia El Silencio. El muchacho, cara de molestia, cara de susto, cara de tristeza, toma una camioneta más adelante.

“El hampa está desatada”, me dice un señor. Asiento con la cabeza. “¿Le quitaron el celular?”, me pregunta. “No sé”, contesto. Es la verdad. No sé nada.

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Ya en la camioneta, le explico a mi novia lo que sucedió. Ella decide no escribirme más, para que no me vea tentado a sacar el teléfono en el camino y quedar expuesto a un incidente similar. Voy pensando en las veces que he vivido situaciones parecidas en mi cuadra, en lo poco sensible que soy a ellas y en como mantengo mis rutinas y mis “descuidos” a pesar de las claras señales de que no vivo en una zona segura.

Llevo ya dos meses haciendo ese trayecto de mi casa a El Rosal. En ese período he sido testigo de dos robos y un intento (si es que el de esta mañana no se completó), una estadística bastante interesante. Pienso en las charlas sobre el hampa en Caracas, en Venezuela, y sobre ese concepto de la inseguridad como “sensación”.

Claro que la inseguridad es una sensación. Es la sensación de que en cualquier momento no le pasa al otro sino a ti. Es la sensación de que solo puedes estar seguro dentro de tu casa; y ni siquiera, porque puede que haya unos más osados que lleguen hasta tu hogar para robarte directamente. La inseguridad es la sensación de que te vas coartando de hacer cosas que se podrían considerar normales, porque en este contexto suponen un riesgo mortal. Es la sensación de que cada historia que te cuentan sobre cómo robaron en una cola, sobre cómo robaron en un avión, sobre cómo robaron en un cine, es una mera exageración producto del amarillismo de un pueblo que ya no cree en nada. Pero en verdad, cuando sales a la calle y ves frente a tus ojos cómo roban a alguien, cuando vives en carne propia la terrible experiencia de que otra persona te quite lo tuyo, no hay nada que te ayude a desmentir todas esas matrices de opinión.

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Mientras esperaba mi camioneta, luego de haber visto pasar al muchacho con quien forcejeaba el parrillero de la moto, escuchaba a otros señores hablando. “Es que nunca le dijo que tenía pistola. Tenía que decirle ‘tengo una pistola’ para que el chamo aflojara”.


El poder, aquí en Venezuela, no se mide en votos, sino en capacidad de intimidación.

22/Mayo/2015

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