jueves, 1 de marzo de 2018

Carta abierta a un emigrante chavista

Hola, camarada.

¿Qué tal Perú? ¿Cumple tus expectativas? Seguro que extrañas el himno nacional de las 6:00 am cantado por el Comandante, ¿cierto? Nah, mira las locuras que te digo, compatriota, si te ves tan liberado en la foto que subiste ayer con un paisaje hermoso y una comida deliciosa. ¿Sabe igual la comida? ¿Pasa igual, así, sin problemas... como si no hubiera ninguna culpa?

No ha de ser fácil. Para casi todo el mundo es complicado dejar atrás a la familia, los amigos, la vida tal cual como la conoces, para iniciar un nuevo reto de semejante envergadura. Me conmueven esos desprendimientos, esas búsquedas de mejora. Seguro tienes más días malos que buenos, mientras te acomodas. Seguro pasas trabajo... pero nunca como en Venezuela, ¿verdad? Claro que no. En Venezuela te habían prometido que no te ibas a tener que esforzar tanto por conseguir lo que por derecho era tuyo, pero llegó a un punto en que esa pela no la aguantaba nadie. La rodilla siempre en tierra, pero ahora en otra tierra. Lo que importa es el gesto, me imagino.

Me cuesta organizar tu viaje en mi cabeza. No es que tenga que hacerlo, no es que eso te importe mucho o vaya a cambiar tu experiencia, pero igual me cuesta. ¿Te acuerdas la vez que me dijiste que lo del hampa era pura bulla mediática? Si no me equivoco, esa vez me comentaste algo así como "en todo el mundo se muere gente todos los días". ¿Pasa en Perú? ¿40 muertes violentas diarias? Hay que estar pendiente, como en todos lados, pero seguro estás respirando una paz particular. ¿Te la mereces?

Y tanto que hablaste de la gente que se iba. Tanto que criticaste a los que buscaban estudiar afuera. Que por qué no estudiaban aquí, que eran unos traidores. Una vez me dijiste que Venezuela era como una gran madre y me preguntaste, "¿tú abandonarías a tu mamá?" Me miraste con una cara de absoluta suficiencia y diste por cerrado tu argumento con aires de victoria. Supongo que la carta de abandonar a tu madre aplica cuando "tu mamá no es lo que te habían prometido". 

Porque así te has ido desprendiendo de la responsabilidad. "Esto no es lo que el Comandante quería". Qué vaina. Lo que pasa es que con tanta expropiación, con tanto control malsano, con tanto discurso de odio, con tanta tirria contra el que trabaja, con tanta política de facilismo, con tanta dádiva a punta de petróleo, con tanta retórica asquerosa, uno se puede confundir, he de admitirlo. Hubiese pensado que eso era exactamente lo que el Comandante quería. Es más, chico, cuando dijo "denle su voto a Nicolás Maduro" yo pensé que eso era exactamente lo que quería... exactamente lo que hiciste. Pero bueno, mi juicio está un poco nublado por el hambre y la preocupación de qué va a fallar mañana (la electricidad, el agua, el Metro, las camionetas, el sistema de salud, los pagos a los empleados públicos, la seguridad... vamos, que pudieran fallar todos en un mismo día al mismo tiempo).

Mientras tanto, hay gente que desde el 4 de febrero de 1992 está diciendo "esto no está bien" y aquí siguen, muriendo de mengua. Hay muchos que verdaderamente jamás apoyaron esto que se han visto reducidos a lo más mínimo por culpa de las acciones de esos políticos, sí... pero no hubieran llegado allí jamás sin tu ayuda, camarada, y quiero que eso te quede tan claro como el agua limpia a la que ahora tienes acceso. Muchos de nosotros quisimos echarle, bolas. Recuerdo mi discurso de "tengo que quedarme para ayudar a recomponer esto... y ver cómo se acaba el peo". Pero cansa. Cansa porque sientes que este país lo mueve una gente que no tiene que ver nada contigo. Tú entre esos. 

Me cago de la risa cuando recuerdo nuestras discusiones en 2014. Me decías que aquello era una malcriadez, que no se podía hacer una marcha por el hecho de que era difícil viajar a Madrid o que no se conseguía pepel tualé. Sí. Para mí también era una malcriadez, pero por las formas, no por el fondo, porque, como te dije esa vez, no podemos disminuir las necesidades de cada uno. Por eso me extraña que te hayas ido porque "se puso difícil la cosa", porque no consigues comida, porque la medicina de tu mamá está cara y escasa. ¿Qué tanto, si lo importante es que tengamos reivindicación social, igualdad de oportunidades y espacios para que todos alcancemos la comodidad?

Antes me hacía sentir cierta comodidad la idea de que se estuviera yendo la gente que adversaba al gobierno y que se quedaran acá solo los chavistas. Me hacía pensar algo como "bueno... que se queden ellos con su vaina y los que sí tenemos otras aspiraciones le echamos bolas por ahí". Pero obviamente esto no está pasando de ahora (sé que no eres el primero, camarada; de seguro tendrás por ahí tu grupito con el que te reúnes en secreto por las noches para gritar "uh! ah! Chávez no se va!" y sentirte arropado por el sagrado manto de hijoeputez del Comandante) y es un pensamiento bastante ingenuo. Sin embargo, no puedo dejar de sentir el miedo, pavor de pensar "esos también se están yendo. Los que destruyeron todo, los que piden regalado los que exigen como si les tocara por derecho de nacimiento... esos también se están yendo". Y es cuando siento que el mundo es un lugar vasto, injusto y lleno de gente chimba que se toma fotos en un terminal de Perú con frases como "alcanzando la meta". 

Mi naturaleza me lleva a desearte el bien. Soy un tipo bueno. Un "macho beta", como diría Cristopher Moore. Pero tus acciones, (no hablo de tu emigración; eso es lo último y lo más leve), esos votos que diste, esas políticas truchas que apoyaste, ese resentimiento bobo que alimentaste, todo eso me están llevando a mí también a ser un resentido y mirar con odio tus fotos mientras sonríes en otro lado, mientras yo sigo comiéndome un cable aquí a pesar de nunca jamás haber considerado como algo ni remotamente positivo todo el proceso político que tú apoyaste.

Ojalá se te escape un "con Chávez no me hubiese ido". Ojalá se te escape un "es que eso no era lo que pensábamos que iba a pasar cuando votamos por Maduro". Ojalá se te vea en el brazo el tatuaje que tienes de la firma de Chávez. Ojalá te pase algo que delate tu condición (porque sé que tú y muchos otros más andan de incógnito) y puedas sentir la furia de miles y miles de venezolanos que han tenido que abandonar sus hogares y sus familias por culpa de los pacatos que apoyaste.

No estoy orgulloso de estas últimas palabras, pero tampoco me arrepiento de habértelas dicho. 

Hasta la victoria siempre, camarada.

viernes, 29 de diciembre de 2017

Dos mil diecisiete

>Ahora todos sabemos de cine. Todos hablamos de la fuerza del guión, de la cinematografía, de la edición, del montaje de sonido, de la banda sonora. Le ponemos nuestra puntuación a las películas, hablamos de las actuaciones y de posibles Oscars o Golden Globes o SGA. Generamos un canon del buen gusto a partir de las películas que valen la pena ser vistas. Ya no se va al cine por mero disfrute, eso es una pérdida de tiempo. Ahora todos sabemos de cine y ver un "film" es un deleite estético y crítico.

>Ahora todos sabemos lo que es mejor para Venezuela. Todos somos unos observadores preclaros que entendemos los intríngulis de la vida de la vida política y social del país; entendemos que todos mienten, que ninguno es sincero y que este país no vale la pena. Ahora todos sabemos lo que es mejor para Venezuela y nos permitimos ver por encima del hombro al que no lo entiende y sigue votando/marchando/criticando a los actores políticos/desinteresándose/interesándose de más.

>Ahora todos somos unos defensores del idioma y nos quejamos de las concesiones que hace la RAE al intentar de sistematizar el lenguaje cotidiano. Ahora todos somos unos defensores del idioma y utilizamos palabras como "preclaro" o "intríngulis" para intentar darle algo de estatus al más sencillo post de Facebook que publicamos.

>Ahora todos somos expertos en feminismo y en sus implicaciones para la sociedad. Todos estamos totalmente claros de lo positivo/negativo que es, del bien/daño que le ha hecho a la sociedad, de lo que puede alimentar/retroceder el pensamiento sobre las sociedades del mundo. Ahora todos somos expertos en feminismo y nos sentimos en la capacidad (y a veces en la necesidad) de expresar nuestra rotunda opinión al respecto mientras disminuimos al otro.

>Ahora todos entendemos de conceptos básicos y avanzados de economía y nos reímos de quien no ahorra en "moneda fuerte", de quien no usa tarjetas de crédito o de quien aún cree que el Bitcoin es un invento de una cadena de Hotmail. Ahora todos entendemos de conceptos básicos y avanzados de economía, pero eso solo nos sirve para entender con profunda erudición por qué seguimos quebrados a pesar de mantenernos trabajando.

>Ahora todos sabemos de series y hablamos de arco argumental, de desarrollo de los personajes, de guiones fuertes, de las diferencias de los capítulos en función de quien dirige uno u otro. Ahora todos sabemos de series y nos sentimos en la capacidad de hacer listas pretenciosas a final de año.

>Ahora todos tenemos conocimientos avanzados en política exterior, los títulos en ciencias políticas fueron repartidos a diestra y siniestra a través de truculentos concursos de Instagram. Tenemos opiniones filosas e inteligentes sobre el nuevo presidente de Francia, sobre las declaraciones de Trump, sobre el conflicto en Medio Oriente, sobre las políticas de refugiados en Europa. Ahora todos tenemos conocimientos avanzados en política y eso nos hace avalar opiniones que hacen crispar a los demás por puritanos y alienados.

>Ahora todos queremos hacernos famosos a través de las redes sociales, porque si él pudo hacer plata grabando videos de sí mismo cayéndose en el parque por qué yo no. Qué buena vida la de los youtubers, los viners, los instagramers, los facebookers, los tinderers, los grinderers, los snapchatters, los linkediners, los spotifiers. Ahora todos queremos hacernos famosos a través de las redes sociales dando nuestra opinión sobre el producto que hizo famosos a otros a través de las redes sociales.

>Ahora todos nos sentimos en la capacidad de escribir textos pretenciosos en blogs de muy poca circulación para intentar demostrar algún nivel de intelectualidad que en realidad no está allí. Ahora todos nos sentimos con la potestad de decir cosas, porque está permitido... siempre y cuando esté dentro de lo políticamente correcto, no represente un bullying hacia nadie y no se pueda considerar como un acoso sexual deliberado.

>Ahora todos nos sentimos en la capacidad de determinar si alguien puede alegrarse o no por el año que viene. Porque no me importa lo que digas, seguro el 2018 será una mierda.

>Ahora yo quiero desearles a ustedes el mejor de los años en estos 12 meses que vienen. Ojalá sean más leves y ofrezcan nuevas vías de escape a la barbarie.

sábado, 21 de octubre de 2017

Era la miseria

Ayer por la tarde sonó el timbre del apartamento. Es raro. ¿Quién vendría a visitarme? La otra vez sonó y me hice el loco, me dio miedo. Esta vez me sentí envalentonado. Era la tercera vez que sonaba en la semana. La primera lo ignoré, la segunda era una señora buscando una oficina de seguros. Esta vez era una muchacha con ojos tristes y ademanes cansados, que se aferraba a la reja como si no pudiera mantenerse en pie. "Señor, estoy buscando trabajo. ¿Usted podría ayudarme con unos días de trabajo?" La desolación dejó correr su brazo por mi hombro y me dio un abrazo fraternal. Sonrió y me animó a ver a la chica. Ella, la muchacha, esperaba mi respuesta. Por un momento fugaz pensé en que mi compañero de apartamento (qué bolas que no encuentre una traducción satisfactoria al español para "roommate") y yo habíamos estado hablando de contratar a alguien para que nos ayudara un poco con la limpieza del lugar. Pensé en darle esa "oportunidad" a la chica. Pero la desolación, rauda y veloz, me dijo al oído "¿tú en qué país vives, chamo? Estás en Venezuela. ¿Vas a meter aquí a alguien que no conoces?" Negué con la cabeza. Le dije "no, chica, aquí no" en un susurro de vergüenza y dolor. Ella sonrió, ladeó un poco la cabeza y me dijo "gracias". En ese gesto me pareció ver algo de agradecimiento. Tal vez porque no le cerré la puerta en la cara, porque no la insulté, porque no la miré desdeñosamente de arriba a abajo antes de negar con la cabeza y dejarla sola una vez más en aquel pasillo. Ayer por la tarde sonó el timbre del apartamento. Era la miseria.

lunes, 16 de octubre de 2017

"Sigan creyendo en democracia"

>Creo en la democracia aunque no la entiendo muy bien. Creo en el civismo, aunque no sé si lo practico de la forma correcta.

>Creo que debemos combatir la barbarie día tras día: con buenos modales, compartiendo conocimiento, interesándose en el otro, trabajando por el bienestar personal y no por el perjuicio del otro.

>Creo en la práctica de la política según la cuál debemos elegir un representante de nuestros ideales, llámese partido político, llámese representante, llámese candidato, alcalde, gobernador, presidente. Más allá de las taras y fallas que pueda tener ese sistema, creo en él.

>Creo en que los hábitos ayudan a mantener cierta coherencia en la noción de quién soy como persona. La repetición y la automatización se satanizan a menudo, pero son centrales para la construcción de la identidad.

>Creo, con mucha tristeza, en la capacidad que tienen algunas instancias de poder para extender sus dedos putrefactos y aprisionar con fuerza y ponzoña la ilusión que alguien puede tener en un mundo mejor.

>Creo también que precisamente los hábitos y las costumbres pueden ayudar a combatir ese envenenamiento. Envenenamiento que, dicho sea de paso, creo que debe ser combatido.

>Por esto, ante esa frase desdeñosa que he estado escuchando últimamente, ante ese "sigan creyendo en democracia" mi respuesta es "Sí, coño e' tu madre, sigo creyendo en la democracia".

>Sigo creyendo en la democracia, y por eso voy a votar cuando lo considero necesario, pues es mi forma de manifestarme.

>Sigo creyendo en la democracia, y por eso es que apoyo cualquier forma de protesta o manifestación, por más que yo no participe activamente en esas actividades.

>Sigo creyendo en la democracia y por eso es que me parece central el papel de las  Universidades como espacio de debate, discusión y construcción de un pensamiento crítico sobre los hechos que nos rodean.

>Sigo creyendo en la democracia porque me rehúso a que un grupo de delincuentes me roben tanto. Han hecho que mi pasado sea confuso, han borrado un buen pedazo de mi presente y quieren quitarme mi futuro a toda costa. No lo permito.

>Sigo creyendo en la democracia porque es lo que me va a permitir, seguramente, buscar algún mejor destino en alguna tierra fuera de mi país, llegado el momento. 

>Si dejo de creer en la democracia, en el civismo, en las elecciones, en el trabajo, en los estudios, seré el mismo ser alienado y vacío esté donde esté. Me niego rotundamente.

>Sigo creyendo en democracia, porque caer en ese nuevo estado zen de la consciencia en el que "Venezuela ya se murió", "nada tiene sentido en este país", "todos son los mismos, así que para qué", me da terror, tristeza y asco. 

>Sigo creyendo en democracia, aunque no sé exactamente qué es, cómo se ve o cómo funciona. 
   Básicamente sigo creyendo en lo que me parece
                constituye lo que me lleva a ser
                        el ciudadano que deseo ser
No solo en Venezuela
           sino en el mundo

lunes, 26 de junio de 2017

20 años después, todo ha estado bien

Hola, Harry, qué tal.

Espero que los niños estén bien, igual que Ginny. ¿Cómo le va a Ron? ¿Y a Hermione? ¿La ha cambiado mucho eso de ser Ministra? Sobre todo, espero que tú andes bien. Casi 20 años después de la Batalla de Hogwarts, me imagino que la vida es mucho más tranquila y serena, lejos de los reflectores y los artículos malintencionados de la señora Skeeter. Te mereces esa tranquilidad, después de todo. Te mereces la paz de una familia encantadora.

Es loco cómo funciona el tiempo, ¿no? El 26 de junio de 1997, en tu línea temporal, faltaban apenas cuatro días para ver a Dumbledore morir. Era la época en la que aprendías sobre la historia de los horcruxes y entendías todo lo que implicaba la guerra contra Voldemort. En nuestro tiempo, el 26 de junio de 1997 salía al mercado "Harry Potter y la Piedra Filosofal" y se abría para nosotros todo el mundo de posibilidades que J.K. Rowling había plasmado en un par de cientos de páginas. Y mira cómo cambió todo desde esa fecha. 

Yo te conocí unos cuatro años después. En el 97 todavía ni siquiera existía una versión en español y, aún en 2001, estaba aprendiendo sobre los dobleces y recovecos del español; imposible que pudiera acercarme a tu historia en inglés. Cuando te conocí ya había cuatro títulos publicados, pero no mucha gente hablaba de ti aún, Harry. En la prensa aparecían algunos artículos sobre el fenómeno de tus libros y lo que estaba causando en la literatura infantil, pero no mucho más. A pesar de eso, le insistí a mi mamá para comprar "La Piedra Filosofal", ese que hoy cumple 20 años. 16 años después, todavía recuerdo con cariño la emoción de leer esas páginas, la estimulación tan grande para la mente de un niño de nueve años. Fueron tres meses intensos, pero antes de comenzar el cuarto grado del colegio, ya estaba al día con la saga. Después de ese verano de 2001, no hubo vuelta atrás.

Cuando lo veo en retrospectiva, Harry, lo que me han enseñado tus páginas ha sido invaluable. Aún hoy, que tengo años sin revisar alguno de los libros, sigo sintiendo que la deuda contigo aumenta día a día. Posiblemente lo principal fue que lograste cristalizar en mí el hábito de la lectura. Ya vivía en un entorno en el que se valoraba positivamente leer, incluso desde temprana edad, pero esos primeros cuatro libros tuvieron el magnetismo suficiente para mantenerme atado a la lectura de ahí en adelante. El hecho de que me hayas ayudado a convertirme en un lector ya es un logro invaluable.

Recuerdo claramente haber terminado de leer "La Piedra Filosofal", saborear las sensaciones y emociones que experimenté con el libro, y pensar "yo tengo que hacer esto, yo tengo que generar esto". Ya desde unos años antes había empezado a escribir algunas cosas, pero fue luego de esa semana completa de mucho leer y poco jugar que me convencí de querer ser escritor. Por 16 años he perseguido la capacidad de emocionar que he encontrado en todas tus páginas. Aún no sé si lo consigo. De hecho, espero no poder conseguirlo jamás, ya que es esa búsqueda la que me mantiene activo narrando historias, intentando que algún niño en el sofá de su cama termine de leer alguno de mis relatos y diga "yo tengo que hacer esto".

Pero me enseñaste también muchas lecciones de vida, Harry. Me enseñaste la importancia de los amigos, la relevancia de esos vínculos tan especiales y azarosos. Me enseñaste lo vital que es encontrar un hogar y compartirlo con las personas que amas, con esa familia que vas eligiendo día a día con el pasar de los años. No sabes cómo valoro los Ron, Hermione, Seamos, Dean, Ginny, Fred, George, Hagrid, Colin, Neville, Luna que he ido encontrando en mi vida. De todos se aprende, de todos se gana. Todos nos complementan y eso es algo que siempre llevaré conmigo.

Me enseñaste sobre la importancia de los mentores. No tienes idea. Cada enseñanza de Sirius, de Lupin, de McGonagall, del mismo Snape, de Hagrid, ¡de Dumbledore, por dios! Cada una de las enseñanzas que te daban esos maestros, también me las daban a mí y me enseñaban a crecer, a aprender de humildad, de respeto, de confianza en el otro. Dumbledore... en especial de Dumbledore he aprendido las mejores lecciones. De él aprendí, tanto como tú, que incluso la persona más capaz del mundo es eso, una persona, y por lo tanto está llena de fallas, irregularidades, defectos. Pero eso las hacen precisamente más hermosas: el hecho de que, por muy poderosos y sabios que sean, son tan humanos como tú. También agradezco lo que me ayudaste a valorar a mis maestros. 

Tu lucha contra Voldemort también me enseñó de cierta forma que el principal enemigo al que enfrentamos somos nosotros mismos. Vamos, que Voldemort luchaba, entre otras cosas, con las cosas de él que veía en ti. Y tú de cierta forma estuviste batallando contra eso de Voldemort que vivía en ti; también luchaste fervientemente contra tus propias características que te alejaban de la posibilidad de derrotarlo. Y al final, más que por ti, fue por él mismo que resultó derrotado Voldemort: por su arrogancia, por su grandilocuencia... por su miedo.

Y también me enseñaste sobre la vida, Harry. Rowling dice que una de las temáticas principales de la saga es la muerte y, en contraste, también nos da unas lecciones importantísimas sobre la vida. Desde la primera vez que la leí, se me quedó grabada en la mente esta frase de Dumbledore: "El verdadero maestro de la muerte no es aquel que consigue burlarla y vivir para siempre, sino aquel que acepta que la muerte es inevitable y que en la vida hay cosas peores que morir". Yo siempre le agrego "y hay cosas mejores". Esa es la enseñanza principal que me llevo de todas tus aventuras: la vida hay que vivirla, con todo lo que trae; de la muerte nos ocuparemos luego. Es por eso que decidí tatuarme el símbolo de las Reliquias de la Muerte, como recordatorio de esa lección; como una especie de "carpe diem" de los tiempos modernos. 

Fue Dumbledore quien te dijo que lo que nos definía eran nuestras elecciones, no nuestras habilidades. Más allá de mi habilidad para leer, mi decisión fue abrir ese primer libro y adentrarme en ese nuevo universo que se me presentaba. Y vaya que esta decisión me ha definido desde ese momento hasta ahora.

Reí, lloré, me asusté, me alegré, me molesté y me emocioné tantas veces a lo largo de la saga... debo agradecerte por eso. Debo agradecerte por toda la gente chévere que he conocido gracias a tus historias. Debo agradecerte por ese lenguaje de hechizos, lugares, personajes, objetos y bestias que nos has dado. Debo agradecerte por esa identidad que hemos generado alrededor de las casas de Hogwarts y lo que representan. Debo agradecerte por estos 16 años que me has acompañado y por los 20 en los que has cambiado muchas cosas. 

A pesar de todo, en lo que respecta a mi relación contigo y tus libros, 20 años después, todo ha estado bien.

Nox.

jueves, 25 de mayo de 2017

Memorias de un piano profanado

Cuando vine al mundo me aseguraron que sería el rey de los instrumentos. Me llenaron la mente de promesas sobre un futuro brillante. Por mis formas, por mis sonidos, por mis detalles, me hicieron creer que solo las más excelsas melodías serían generadas en mi teclado para que pudiera contar al mundo de las bellezas que se esconden en las más ínfimas reverberaciones de una caja de resonancia.

¿Quién tiene una mente tan macabra como para hacer semejantes promesas vacías? ¿Cómo osan jugar con los sueños de un instrumento naciente de esa manera? Aquellas palabras con las que me bautizaron me hicieron creer que estaba protegido de todo dolor, exorcizado de todo mal, alejado de todo terror. Y sin embargo aquí estoy, años después, con sensación de asco por todo mi cuerpo. Eso, me siento asqueado, sucio, profanado. Por momentos deseo saltar por un edificio y ver todas mis partes desperdigadas por el suelo. No ser nunca jamás.

Trato de anular la imagen, pero siempre viene a mí: el hombre enorme y tosco, con olor a sangre seca, con ademanes sospechosos, con esas manazas detestables. Y las posó sobre mí. Se atrevió a dejar caer esos toletes de carne sobre mi teclado. Y no solo eso. Me veía con frenesí, como si supiera lo que estaba haciendo, como si estuviera arrebatado por una inspiración divina, por una musa venida del mismísimo Olimpo a investirlo con las más exquisitas habilidades para la música. Pero no. Lo que siguió a continuación solo puede ser descrito como una violación.

Aquellos dedos gordos y sin ritmo hundían sin ningún tipo de consideración todas mis piezas. Porque eso sí tendré que concederle: el tipo se esmeró en tocar cada una de mis piezas... las naturales, al menos, según lo que puedo recordar de tan fatídico momento. Sus dedos solo ratificaban su in-sentido de la armonía, su sordera para cualquier sonido que fuese delicado, su total brutalidad ante las bellezas del universo.

Recordé un consejo que me dio un instrumento más experimentado que yo, cuando apenas estaba saliendo al ruedo. Me dijo que si alguna vez me tocaba la desdicha de un ejecutante sin talento o instrucción, escogiera la canción más triste del mundo y la hiciera sonar. Decidí entonces entonar el lamento de tantas personas que, a manos del mismo papanatas que tenía encima, han pasado hambre, miedo, rabia, terror. Decidí mostrar a todo el que me pudiera escuchar la fatídica melodía de la dictadura y la opresión. Fue entonces cuando, tranquilo con mi rol de mensajero, pude dejarme ir y verlo terminar su obra siniestra como si se tratara de la más sublime sinfonía jamás escrita. 

jueves, 11 de mayo de 2017

No me hablen de héroes

No me hablen de héroes ni de mártires; no quiero saber nada de eso. No quiero saber de esos títulos, de esos "símbolos", de esas glorificaciones de la muerte. Hablemos de asesinados, de jóvenes a quienes les fue arrebatada la vida por un gobierno pacato, cruel, insensible. Hablemos de jóvenes cuya pérdida de futuro se ve confirmada con el último aliento que dan dentro de una protesta; protesta a la que llegan con el empuje del futuro que ya en vida sentía que habían perdido.

No me hablen de héroes ni de mártires. Cuéntenme de las madres que no dirán "ahí va mi héroe", porque eso lo decían cuando veían a su hijo traerle logros y alegrías a casa. Cuéntenme de las madres que cada noche repetirán el nombre de sus hijos, mientras recuerdan sus sonrisas y ocurrencias, mientras imaginan cómo se verían de grandes, mientras elucubran cómo habría sido el momento en que conocieran a los hijos de su hijo arrebatado, a los nuevos héroes.

No me hablen de héroes ni de mártires. Háblenme sobre los amigos que quedan mutilados en el alma con la caída de cada joven a manos de la represión. Sentémonos a pensar en el dolor profundo de aquel que ahora piensa con tristeza en las andanzas de la adolescencia. Pensemos y hablemos un poco de la melancolía que vivirá con ellos de ahora en más, de la sensación de injusticia, de la rabia por la impunidad. Cuéntenme sobre los niños que no conocerán a sus tíos putativos, esos que no son hermanos de sangre de sus padres, pero se abrazan con amor profundo cuando se encuentran. Vamos a pensar en todos los niños que llevarán los nombres de esos que ya, aunque se desgañiten llamándolos, no contestarán jamás.

No me hablen de héroes, de verdad no lo hagan. Hablemos del futuro de un país que se va haciendo cada vez más aciago. Entre los que se van, los adultos que ya juegan sus últimas cartas, los niños de la calle, los que crecen en el odio y la intolerancia y los que nos están arrebatando violentamente en cada manifestación, ¿quiénes se quedarán a reconstruir el país? ¿Quiénes lo harán grande? Hablemos de cada oportunidad que se apaga para este país, al tiempo que se apaga la luz en los ojos de todos los que se nos han ido en esta lucha.

No me hablen de mártires, de héroes, de guerreros, porque están muertos ahora. No me hablen de eso, porque son palabras que intentan justificar lo injustificable: una muerte prematura. No me lo repitan más, porque siento que cada vez más jóvenes buscan esos ideales de heroísmo y se lanzan a las calles sin miedo a todo el dolor que pueden dejar atrás; se lanzan a las calles resteados, seguros de que esta es la última oportunidad que tienen para construir un futuro en el país que los vio nacer. No me hablen de héroes, háblenme de responsables y de la condena que debemos hacerles de aquí hasta sus últimos días. 

No me hablen de héroes, mucho menos si han muerto. No me digan que "valió la pena" porque jamás, jamás de los jamases va a valer la pena un sacrificio de ese tamaño. No me digan que son héroes por haber muerto, porque muchos de ellos hacían muchos más actos heroicos vivos: ciudadanos ejemplares, estudiantes destacados, amigos entrañables, hijos adorados, esos son los héroes.

No me hablen de héroes, en especial cuando ya no están. Posiblemente lo fueron mientras vivían, pero ahora son los caídos, los asesinados por un régimen que se rehúsa a atender, a liberar el país que tienen secuestrado. 

No me hablen de héroes. Intenten dar consuelo a los familiares y amigos heridos, a quienes siempre les dolerá ese nombre que ahora se suma a la lista nefasta.

martes, 28 de febrero de 2017

Nadie nos dijo

"So no one told you life was gonna be this way"
The Rembrandts.

> Nadie te dijo que esto iba a ser así, que tu juventud sería así.

> Nadie te dijo que tu generación estaría condenada a hablar de emigración en todo evento social.

> Nadie te dijo que tendrías que endurecer tu piel, tu corazón y tu alma, pues las despedidas se convertirían en parte de tu rutina.

> Nadie te dijo lo duro que es ver a familias enteras llorar en un aeropuerto por la partida de un familiar. Nadie te advirtió de las veces que verías esa escena.

> Nadie te dijo que debías estar preparado para las "despedidas" y su ambiente a velorio.

> Nadie te dijo que hablarías de tus amigos como si hubieran muerto, porque "él era el alma de la fiesta, pero ahora está en un lugar mejor, siendo feliz, alejado de los problemas de este mundo".

> Nadie te dijo lo difícil que era renunciar a tu país, aún viviendo en él.

> Nadie te dijo lo complicado que iba a ser huir del terror, porque lo llevas bajo la piel, porque te define.

> Nadie te dijo que debías prepararte para el día en que fueras el último de tus amigos en Venezuela.

> Nadie te asomó la posibilidad de que tus hijos no pudieran ver el columpio en el que jugabas de niño o la calle en la que aprendiste a manejar bicicleta o el sitio donde tus amigos se embriagaban siempre, porque muy probablemente tus hijos no crezcan en este país.

> Nadie te dijo que la distancia dolía tanto, a pesar de la tecnología.

> Nadie te dijo que debiste haber comprado dólares desde que tenías nueve años. Que debiste haber comprado dólares con la plata que te daba tu abuela, con el dinero que te dieron por tu primera comunión, con los billetes que te regaló tu padrino de confirmación al no saber exactamente qué regalarte.

> Nadie te dijo que sentirías rencor hacia tus padres por el hecho de que ninguno de ellos es europeo, argentino, chileno, colombiano, ecuatoriano; al carajo, que fueran de Nigeria, con tal de tener un pasaporte que te saque de acá.

> Nadie te dijo lo desgastante que es siquiera pensar en emigrar. 

> Nadie te dijo que serías un bicho raro por decidir quedarte en tu país y seguir creciendo acá.

> Nadie te dijo que, eventualmente, tendrías que abandonar tu identidad y crear una nueva más allá de tus fronteras.

> Nadie te dijo que la única posibilidad real de abandonar la casa de tus padres era abandonar también tu país. 

> Nadie te dijo que tendrías que mudarte a otro sitio donde no sabes si eres igual de inteligente, igual de gracioso, igual de deseado, igual de útil. 

> Nadie te dijo que trabajar en tu país sería un chiste.

> Nadie te advirtió de la mezcla de emociones cuando ves la primera foto de tus mejores amigos en otro país.

> Nadie te dijo que pertenecerías a una generación de juventud perdida.

> Nadie te dijo que tendrías que crecer tan rápido y morir tan lento.

> Nadie te dijo que esto sería así. Al contrario. Te vendieron un mundo ideal, donde estudiar y trabajar llevaban al éxito seguro, la independencia y la retribución por los años de esfuerzo.

> Nadie te dijo que eso se acabó.

miércoles, 11 de enero de 2017

El gran perseguidor

> En internet rueda un meme. Don Ramón frente a una pizarra, impartiendo clases. Vaya postal de la decadencia. Señala una calavera sobre dos huesos en forma de equis. Escriben, abajo, "significa peligro", haciendo referencia a la frase que pronuncia el personaje con su particular elocuencia. Como título del meme escriben "cuando Maduro anuncia un aumento de sueldo". Es así. Significa peligro.

> Puedes sentirlo reptar por las calles, moverse con sigilo por el pavimento, trepar con agilidad por las paredes de los edificios, ver desde las alturas todo su reino de caos. El sueldo mínimo, el aumento del sueldo mínimo se ha convertido en uno de los más temidos espantos del folflore venezolano.

> Sus dedos, largos y purulentos, verdes y podridos, de uñas amarillentas y olorosas, se extienden con lentitud y precisión. Alcanzan el bolsillo del venezolano y lo vacían. Por un lado lo llenan con billetes que pierden su valor al minuto. Por el otro, saca esos billetes con la misma velocidad, en la forma del aumento en los precios de todo producto cuyo precio sea aumentable. "Porque aumento el sueldo mínimo, usted entenderá".

> Un señor, en una entrevista, una vez me decía "aquí en Venezuela, lejos de alegrarnos cuando anuncian un aumento de sueldo mínimo, uno se asusta, se pone triste". Qué curioso. Venezuela representa muchas particularidades estadísticas, pero esta en particular me llama la atención. ¿En cuántos países existirá una correlación negativa entre "bienestar-país percibido" (si es que tal variable existe) y la cifra del sueldo mínimo?

> Voy con mi novia a la Universidad. Pedimos unos de esos documentos que se convierten en un amuleto para alejar(se) de todo el mal que existe en nuestro país. Nos cobran el doble de lo que indican las hojas pegadas en la cartelera. "Esos son los precios viejos, madre. Ayer los subieron todos. Al doble". Al doble. El eco del aumento de sueldo mínimo resuena en nuestros tímpanos... ¿será?

> Me pregunto también, por esta cosa de las comparaciones, en qué otros países del mundo los profesionales corremos despavoridos, siendo perseguidos por esa mano verde y asquerosa llamada "sueldo mínimo". Venezuela no debe ser el único. Pero no sé si los otros sean países a los que me quiero parecer. ¿Tiene sentido eso? ¿Tiene sentido que me tenga que preocupar tan seriamente por esa cifra y lo que puede implicar para mis ganancias?

> Resuena en las calles, en el concreto, en el asfalto, en todos lados. Suena, empieza como un murmullo, pero se convierte en un rugido. Se escucha esa frase, detestable frase, pronunciada por tantos. "Ahora estoy ganando sueldo mínimo otra vez". ¿Eran esas las reglas del juego? ¿Para eso nos inscribimos en esto? Yo creo que no.

> Indíquenme donde firmo la renuncia a todo esto.

lunes, 21 de noviembre de 2016

¿Dónde están los malditos?

> La gente en las calles habla de crisis de valores, de falta de moral. Pero no son ellos, es "la gente".

> La gente en las calles habla de un deterioro en la educación. Pero no en la de sus hijos, porque ellos en casa los refuerzan. Son los amiguitos de sus hijos o los vecinitos que estudian en la escuela pública. Malos profesores hay en todos lados, pero en mi casa a mi hijo yo le enseño lo que necesita.

> La gente en las calles se presenta como "comerciante", dicen que hacen negocios por su cuenta. Todos hablan pestes de los bachaqueros y los culpan de buena parte de nuestra debacle. Nadie es bachaquero. ¿Dónde están? Quiero entrevistarlos.

> La gente en las calles dice que los políticos no sirven, unos y otros; dicen que no saben cómo la gente vota por ellos o les siguen creyendo. La gente, no ellos.

> La gente en las calles comenta que ya la gente en las calles es menos solidaria, que cada vez es más difícil brindarle una ayuda a un vecino, regalarle un poquito de azúcar si hace falta. Esta vez, al menos, sí se incluyen ahí, sí son ellos. Tienen que velar primero por los suyos y eso no está mal.

> La gente en las calles dice que la gente en las calles está hostil. Supongo que vivirán recibiendo gritos todo el tiempo, porque ninguno dice "he estado más hostil últimamente". Es la gente.

> La gente en las calles dicen que les han robado el país. No se molestan tanto por ellos mismos, sino por sus hijos, por sus nietos. No son responsables. Fueron otros. Pero, ¿cómo llegaron esos otros a ese lugar desde el cual pueden robar un país? La gente en las calles los puso allí, nosotros no.

> La gente en las calles escribe posts sobre la gente en las calles, como si ellos no fueran gente o no transitaran las calles. Sí, esto es conmigo. 

> La gente en las calles habla sobre unos malditos que están desangrando el país, pero nadie se presenta como "hola, soy el Señor Maldito, mucho gusto". Entiendo que no lo hagan, pero ¿dónde están?

> ¿Dónde están los malditos?, me pregunto. No tanto porque quiera enfrentarlos o algo por el estilo. La verdad lo pregunto porque me da miedo tener que quedarme en un país lleno de entes invisibles que me están negando todas las posibilidades de vivir en una sociedad más o menos normal. No me preocupa tanto que existan, sino que yo no pueda identificarlos con certeza.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Un poquito

> Un poquito de dinero, eso es tu sueldo. Un poquito.

> Un poquito de paz consigues, a veces, viajando hacia tu trabajo en el Metro o la camioneta. Un poquito.

> Un poquito de café te regalas a media mañana para despertarte. Un poquito.

> Un poquito de carne (molida), un poquito de pollo, ese es el fuerte de tu almuerzo. Un poquito.

> Un poquito de arroz, de pasta o de ensalada para acompañarlo. Un poquito.

> Un poquito de felicidad es la que experimentas por un logro laboral que no se transformará en un bono económico. Un poquito.

> Un poquito más de bono de alimentación. Ese es tu aumento de sueldo, un poquito.

> Un poquito de pan por persona, para la cena y el desayuno de mañana. Un poquito y un poquito.

> Un poquito de paciencia tienes que tener para encontrar la medicina que buscas. Un poquito.

> Un poquito de chocolate, que compran entre varios en la oficina, es tu merienda. Un poquito.

> Un poquito de harina de maíz ofrece una compañera de trabajo. Preguntas en casa. "Compra un poquito", te dicen. Un poquito.

> Un poquito de tiempo es el que duran tus salidas luego de la oficina. Un poquito.

> Un poquito de caña es la que tomarás en la reunión de esta noche. Un poquito.

> Un poquito de amigos te quedan aún en Venezuela. Un poquito.

> Un poquito más de paciencia tienes que tener, ahora para explicar y justificar por qué no te has ido del país. Un poquito.

> Un poquito de arepa, un poquito de queso rayado, esa es tu cena. Un poquito.

> Llega tu abuela a romper el patrón y preguntarte si quieres más. "Un poquito", le contestas. Un poquito.

lunes, 5 de septiembre de 2016

Diario: 9/07/2016

Tuve un pensamiento feliz. Aún revoloteaban a mi alrededor algunos fantasmas del cigarrillo que acababa de fumar. Me imaginé casado y feliz. Cansado, pero feliz. Viviendo con poco, pero feliz. Con cuatro niñas hermosas, con nombres hippies (Alegría, Esperanza, Paz, Armonía), todas felices. Me imaginé con una esposa colorida y comprensiva, siempre feliz. Vivíamos en un apartamento de tres habitaciones, una de ellas una biblioteca. En el cuarto de las niñas un mural enorme de un reloj marcando siempre las 3:45. A pesar de todo, era feliz.

viernes, 19 de agosto de 2016

Lampituviran

    Hola, Alejandro. Espero que estés en paz.

    I
    La primera vez que escuché de ti, ni siquiera escuché tu nombre. Supongo que es esa la mística que envuelve a los escritores, en especial a aquellos que brillan con una sola obra: el nombre de su libro se termina convirtiendo en el propio. Unas amigas de mi exnovia comentaban Pim Pam Pum (sí, con emes, no la versión punk original con enes; yo llegué tarde al asunto). Ellas hablaban de lo que significaba el libro para ellas, cuánto se identificaban con Luis, el protagonista. Me atraparon cuando comenzaron a hablar de una de sus frases clave: "me cago de la risa". Para ellas era la demostración total de la desidia, el desinterés, del abandono a sí mismo, de la falta de preocupación por las cosas negativas que pueden pasar a tu alrededor. Quedé fascinado.

    II
    Mi mejor amigo me dijo que tu libro era genial. Le comenté esta conversación que había escuchado y prácticamente me puso el libro en las manos inmediatamente. "Lo vas a leer súper rápido", me dijo. Para ese momento, había un eco extraño en las calles de Caracas. Todo parecía sonar a tu libro. Había un ruido raro. Sonaban referencias a un tal "Blue Label/Etiqueta Azul". En una fiesta, una compañera me contó todo el libro. Me pareció interesante, pero sonso. Aún no lo he leído. Él y yo teníamos una banda. Me había encomendado la tarea de escribir las canciones, aunque de vez en cuando se atrevía él mismo a componer. Escribió algo llamado "Pim Pam Pum", su interpretación de tu novela. Siempre me encantó esa letra. 
    Mi amigo me vendió tu obra como "una historia de amor punk de la Caracas de los 90s". Creo que algo así decía la contraportada. Yo quería conocer Caracas, pero sin salir mucho. Necesitaba un viaje en el tiempo. Quería recorrer esas calles que están ahí pero que no son las mismas. Quería vivir una jueventud desenfrenada sin necesidad de experimentar nada peligroso. Tu libro fue para mí ese escape, esa guía, esa experiencia extrema. 
    Mi amigo y su novia, para su tesis de grado, hicieron una adaptación de tu libro, ¿sabes? Creo que intentaron contactarte, no recuerdo muy bien. Lo cierto es que nadie sabía de ti. O al menos (según me imaginación) nadie que no te importara. No sé si a tus amigos y/o familiares los mantenías al tanto de tus andanzas. Para mí, eso aumentaba tu mística. Mis amigos intentaron comprar varios ejemplares de tu libro. No había más y la gente de la editorial no podía contactarte para reeditarlo. Maestrazo. Así deberían ser los escritores. Libres.

    III
    Disfruté cada página, cada escena, cada frase. Intenté reproducir tu estilo muchas veces. A veces a propósito, a veces no. Tu forma de escribir quedó tatuada en mi cerebro. Solo he leído el libro una vez, pero tengo escenas muy claras aún. Tengo personajes muy frescos todavía. Al día de hoy me repito "lampituviran" cuando estoy muy ansioso. Todavía le digo a mi mejor amigo "que no sea marico nadie" cuando hablamos de algo que queremos hacer. Aún me digo "me cago de la risa" cuando me pasa algo terrible.
    Quise ser Luis. Quise ser Caimán. Quise ser Chicharra. Quise ser el loco de Laudvan. Quería sus vidas y la ciudad que vivieron, aunque fue un desastre. Quería sus vidas aunque hubiesen sido cortas. Quería ser un personaje tuyo, aunque fueran tan sufridos. Pim Pam Pum es de esos libros que dices "ojalá lo hubiese escrito yo". Marcaste mi vida como escritor. Gracias por eso.

    IV
    Hace poco pensaba en tu libro. Pensaba justo en la escena en la que mandan el fax con la carta diciendo que Ana Patricia está secuestrada y nadie en el periódico lo recibe. Me pareció genial. Me pareció el epítome de la desidia y de la inocuidad de las causas. Hace poco hablaba de ti con uno de mis profes de la universidad. "Yo lo conocí. Era un loquito", me dijo el profe Llorens, con una sonrisa divertida en la cara. 
    No sabía que me importabas tanto hasta que leí sobre tu muerte. Lloré un poquito. Le escribí a mi mejor amigo. Sé que le afectó también, no sé si lloró. Salió corriendo al internet y recopiló tus Poemas del Distroy para que todos los tuviéramos. ¿Qué mayor homenaje?
    Una vez una chama dijo algo como "A la mierda Cayayo. El verdadero ícono rock de Venezuela se llama Alejandro Rebolledo". Suscribo totalmente... y me cago de la risa. Nos vemos algún día, Alejandro. O no. La verdad creo que no te puede importar menos... o capaz sí. No tengo ni idea. Un abrazo enorme. 
    Gracias. Que no sea marico nadie.

César.

sábado, 9 de julio de 2016

Seaside

A veces deseo estar en una playa europea. Pero no me refiero a una del estilo de Ibiza u otro paraíso mediterráneo por el estilo. A veces deseo estar una playa europea de las que son grises, con guijarros en lugar de arena. Esas playas europeas a las que la gente va con suéter y hace fogatas cuando aún no termina de caer la noche. A veces deseo estar en una de esas playas europeas donde los personajes perturbados de las películas van a fumar marihuana, tomar cervezas y dejar las botellas por ahí, como rastro de su desidia y su dejadez.
Me gustaría estar en una de esas playas, escuchando el cansado rumor de sus olas. Unas olas que traen ecos de vikingos y británicos, ecos de celtas y de normandos. Porque, por alguna razón, todos esos títulos, todos esos nombres, todos esos hombres, todos esos sonidos, me suenan a melancolía. Y esa melancolía resuena conmigo. Y así hacemos armonía todos, olas, playa, guijarros, nórdicos, César.
Me imagino con un suéter gris y una capucha cubriéndome la cabeza. Las manos en los bolsillos, los hombros arriba, pateando piedras mientras camino. Esa parece ser la forma correcta de transitar ese tipo de playas. Además me imagino todo como parte de una escena cinematográfica, por lo que mi presencia llena de una reflexión aparente en aquella playa de melancolías y tristezas debe ir acompañada por una banda sonora.
“Seaside”, de The Kooks. Esa pieza cuenta con la carga emocional necesaria para completar mi escena de ensueño. Tiene que ser. Me veo lanzando piedras al mar, mientras los acordes de guitarra hacen acto de presencia y la voz de Luke Pritchard, con ese tomo ahumado y nasal que siempre atribuyo a los cantantes británicos, hace su sugerente invitación: “Do you want to go to the seaside?”.
El coro también calza justo con la escena: “I’m just trying to love you in any kind of way”. Y en esa playa gris y fría, en esa soledad que me acompaña dentro de la escena que me imagino de vez en vez, le canto esa frase a mi ex-novia; se la canto a la chica que me gusta. Se la canto a Venezuela. Desde una distancia más emocional que física. Me gustaría estar lejos. Me gustaría ver el desastre desde otra acera. Me dirán cobarde y lo acepto con tranquilidad y humildad. Soy un cobarde. Estoy aquí hoy porque no me queda de otra, pero desearía poder huir y dejar todo esto atrás. Desearía poder seguir la realidad a través de Instagram, de Twitter, de Facebook. Ojalá esto no fuera tan real para mí. Me gustaría poder decirle a Venezuela: “But I find it hard to love you when you’re so far away”. La distancia sería una excusa perfecta para tanto desamor. Sería más fácil así.
Ese álbum tiene unos sonidos interesantes. “Inside In/Inside Out” mezcla muy bien ciertos elementos de esa tristeza que para mí es tan característica de los británicos, con sonidos bastante alegres y hasta festivos. Pero siempre le puedo encontrar lo azul, lo frío, lo melancólico (¿cuántas veces he escrito esa palabra ya en estas páginas?).
Luego de “Seaside” suena “See the World”. Mientras que “Seaside” es una balada suave, íntima, con una belleza delicada y una atmósfera apenas eludible. “See the World” aumenta el tempo, aumenta el volumen, aumenta la energía. Sin embargo, su invitación me sigue manteniendo en un estado similar al que me ha dejado la anterior. La canción comienza diciendo “Do you want to see the world?” La respuesta a una pregunta como esa siempre es sí, sí quiero conocer el mundo. Sí quiero explorarlo, sí quiero perderme en calles desconocidas, sí quiero escrutar los rostros y los detalles de personas procedentes de culturas distintas.
¿No es siempre “conocer el mundo” la propuesta ideal, la respuesta a todo? Cuando estamos enamorados lo prometemos. “Quiero conocer el mundo contigo, visitar cada recodo del planeta tomado de tu mano. Quiero mochilear a tu lado, que seas mi único equipaje”. (Y luego encuentro frases como ésta que me responden a la pregunta de por qué sigo soltero). Cuando estamos enamorados queremos ponerle a cada ciudad de la Tierra el filtro a través del cual estamos viendo nuestra realidad, queremos que todos los colores del universo sean tan brillantes como los que estamos experimentando en ese momento. Queremos que la luz de la persona que tenemos al lado brille en cada rincón.
Pero cuando estamos despechados, “conocer el mundo” también puede ser una respuesta. Tomar una maleta, meter un par de piezas de ropa y lanzarse a la aventura. Conocer gente nueva, quién quita y una finlandesa se enamora de mí, tener unos meses de pasión escandinava, partir para siempre. Experimentar la sensación de ser exótico en una tierra foránea, de ser un extraño en tierra extraña. Poder sanar las heridas que va dejando el amor a punta de sellos en el pasaporte.
Pero una vez más aparece Venezuela en el medio. Viajar está fuera de todo presupuesto. Salir del país es demasiado cuesta arriba. No hay forma, en este momento, de que en mi casa podamos comprar un solo pasaje de avión para cualquier lado. Esa cantidad de dinero no existe. Y si existiera, tendríamos que destinarla a comprar comida, medicinas. Me quiero ir del país, como muchos. Quiero perderme de todo este desastre, sentir que estoy avanzando en otro lugar. Siento nostalgia por el presente que no tengo aquí, siento nostalgia por el futuro que no estoy construyendo aquí, siento nostalgia por el presente que no estoy construyendo en otro lado. Me siento abandonado por mis amigos que se han ido, pero a la vez no puedo estar más feliz por ellos y por lo que están logrando con tanto esfuerzo.
Por ahora, mi sueño de estar en una de esas playas grises europeas se queda en eso, un sueño. A veces se mezcla con el recuerdo de la vez que pude pasear por una playa en Niza, Francia. Porque en algún momento pudimos. En algún momento pudimos salir. A veces le grito al César de 2008 “¡Piérdete! ¡Quédate por ahí!”
Venezuela tiene playas hermosas, llenas de mujeres hermosas, de escenas hermosas con familias compartiendo. Pero ahorita Venezuela y yo no nos llevamos tan bien. Necesito la melancolía de una playa gris europea. I want to go to the seaside.

domingo, 12 de junio de 2016

Cuando bajen los barrios (¿Qué esperan de nosotros?)

Recuerdo con mucha ternura cuando, por el 2014, si no me equivoco, empezó a sonar esa frase de “ahí vienen los gochos”. En ese momento, esa parecía ser la única forma de que los caraqueños despertáramos e hiciéramos algo por ayudar a sacar a este gobierno del poder. Porque no estábamos haciendo nada. Un montón de guarimbas sin propósito, ni fuerza, ni resultados. En cambio por allá por San Cristóbal si se estaba cayendo la ciudad, se estaban cayendo los poderosos, el gobierno reculaba, no sabía cómo entrar. Y eran tan efectiva la cruzada que estaban llevando allá (principalmente estudiantes) que desarrollarían una Campaña Admirable de los Andes a Caracas para resolver el problema de una vez.
“Ahí vienen los gochos” decían, como el “Winter is coming” de la serie de George R.R. Martin. “Ahí vienen los gochos” y recuerdo desternillarme de la risa, llorar con las carcajadas, pensar en un montón de tachirenses viniéndose hasta acá, quitándole el megáfono a los estudiantes apostados en Altamira y declarando un nuevo Estado. La risa también tenía algo de angustia, pues un panorama como ese no me generaba mucha paz. También era una risa que escondía un poco de esperanza; la idea de que alguien iba a llegar a resolver este rollo.
Porque, después de todo, tenía algo de sentido. Buena parte de los presidentes que ha tenido Venezuela, vienen de esas latitudes. Irónicamente, dos de los más grandes dictadores de nuestra historia vinieron de allá. Pero en ese momento no se hacían ese tipo de análisis. “Vienen los gochos” y eso es suficiente. “Vienen los gochos” y nos van a resolver el problema, luego vemos cómo hacer para que no se engolosinen y nos monten otra dictadura. “Ahí vienen los gochos” y nosotros no tendremos que hacer mucho más.
Ese era el discurso desde la oposición. Sin embargo, desde las personas que apoyaban al gobierno la frase era otra. Igual de ominoso, igual de pavoso. Recuerdo haber hablado con uno de mis mejores amigos de la infancia, amigo que siempre defendió esta causa socialista. Recuerdo haber hablado con él y haber recibido de su parte la tenebrosa frase. “Hermano, esa gente tiene que quedarse tranquila, porque cuando bajen los barrios esto se va a poner feo”. Y desde ese momento, el tema de “cuando bajen los barrios” comenzó a causarme el mismo tipo de carcajadas que me generaba el “ahí vienen los gochos”. Con la diferencia de que los barrios si los conozco (poco, pero los conozco). Con la diferencia de que sí sé de qué son capaces algunos de los que se esconden en los barrios. Con la diferencia de que los barrios los tengo, literalmente, a una cuadra.
Esa frase, ese “cuando bajen los barrios” ha estado dando vueltas desde entonces. Tal como todo lo que tiene que ver con política, la frase salta de un lado al otro, sirviendo a la conveniencia de turno. Sin embargo, esa negra amenaza se mantiene sobre los caraqueños, sin saber exactamente a qué atenernos en el caso de que los barrios terminen por bajar.
***
Recientemente estuve un par de días trabajando en Maracaibo. Es una experiencia interesante. Es una ciudad con muchos factores favorables: buena comida, mujeres hermosas, colores vivos (producto del sol incandescente que siempre está presente) y edificios, cosa que para mí es de vital importancia para poder considerar ciudad a una ciudad. El calor es tan sofocante como lo pintan y hasta peor. sin embargo, si lo tomas como parte de toda la experiencia, hasta se hace divertido (no tanto).
Mi trabajo me permite moverme por el país e ir escuchando diferentes relatos sobre la situación país. La historia central no cambia mucho. Todos estamos pasando por una situación muy difícil de vivir y de comprender. Nadie se quiere resignar a tener que vivir en esta Venezuela, pero la única verdad es que no queda de otra y hay que afrontar esta realidad con fuerza, con cierta esperanza en el futuro, aunque nos cueste tenerla.
Sin embargo sí hay ciertos matices. Cada estado vive sus particularidades dentro de la generalidad de la situación. En Aragua, por ejemplo, su vivencia de la delincuencia es bien particular, por la presencia de Tocorón. En el Zulia, al ser un estado fronterizo, el tema del “bachaqueo”, el contrabando y todas las “marañas” similares tienen un papel protagónico en estas historias.
Dentro de la actividad que hacía con los marabinos, les preguntaba por la situación país actual, cómo la veían y qué creían que podía suceder como para que se resolviera esto o, al menos para empezar a experimentar cierto tipo de cambio en la situación que vivían actualmente. Hubo una respuesta que me sorprendió muchísimo. Alguien me dijo “bueno, estamos esperando que los barrios allá en Caracas bajen; cuando bajen los barrios ahí sí va a prender esto”.
Y vino a mi mente el “Ahí vienen los gochos”. Y vino a mi mente el “nadie quiere que bajen los barrios”. Y vino a mi mente la pregunta de “¿cómo es que esta gente, tan lejos, está esperando que los barrios de Caracas bajen para que pase algo en Venezuela?”. Y la siguiente pregunta que surge en mi mente tiene que ver más conmigo y con mis angustias que con otra cosa, pero no puedo dejar de preguntarme “¿qué esperan de nosotros?”.
Pero es que también se han dado ciertas circunstancias como para alimentar una especie de mito sobre lo que pudiera pasar en Caracas. Aquí en la capital, si bien hay personas que están sufriendo con la luz y el agua, no vivimos nada parecido a lo que se vive en el interior. Cortes de luz todos los días en horarios rotativos. Súmale a eso un servicio de agua y de aseo deplorables. Además, no se encuentran alimentos, medicinas, productos de primera necesidad en general. Súmale a eso que en Maracaibo tienes que hacer colas con una sensación térmica de 40 grados por lo menos (o así era como me sentía yo). No es que en Caracas no suframos la situación país, pero la verdad es que estamos empezando a sufrirla ahora, en estos últimos tres meses específicamente. En el interior tienen meses en este rollo.
Desde el interior ven a Caracas con ojos de molestia. No diría de odio, pero sí de cierta suspicacia rencorosa. Se preguntan por qué no nos quitan la luz a nosotros. Se preguntan qué pasa en Caracas que no pasa en el interior, llevando a que nosotros tengamos un trato especial. No cambiarían sus ciudades por Caracas, eso sí es bastante claro. Desde el interior, la capital es vista como un eterno caos, un estrés perenne, una angustia insoportable; no cambiarían nada de eso por sus formas amables, por sus actitudes jocosas, por su serenidad en lo cotidiano. Posiblemente lo único que cambiarían con Caracas sería la posibilidad de tener el servicio de luz eléctrica todo el día. Nada más.
A pesar de eso, sentí cierta esperanza dentro de ese “que bajen los barrios”. A fin de cuentas, el himno nos dice “Seguid el ejemplo que Caracas dio”, pero sigo con mi angustia: ¿qué esperan de nosotros? ¿Cuál es ese ejemplo? Porque yo veo a los barrios bajando todas las mañanas: esas personas que tienen que “bajar a Caracas” a trabajar, a buscar comida, a buscar medicinas, a ver qué pueden llevar de vuelta a sus casas. Todas las mañanas bajan los barrios en las formas de jóvenes que intentan forjar un futuro a través del estudio en un país donde el estudio ya no vale tanto como antes. Todas las mañanas bajan los barrios. Pero algo me dice que esa no es la bajada que están esperando los maracuchos con los que hablé.
“Allá en Caracas no quitan la luz porque hay un poco de locos, ¿verdad? Allá en esos barrios lo que hay es puro loco, dígalo”, me dijo uno de ellos, uno de los más hilarantes personajes con los que me encontré en este viaje. Me reí un poco. Le dije que no tenía idea. Le dije la verdad. Pero para ellos, lo que decían tenía total lógica. Es en Caracas, a su juicio, donde explotará todo, porque todo está acá, todos los poderes, todos los locos.
¿Qué esperan de nosotros? Aparentemente, de gente como yo no esperan nada. Esperan es que los barrios bajen. Como si supieran exactamente lo que eso puede significar. Esperan que los barrios bajen, como si con eso se solucionara todo. Esperan que los barrios bajen, generando una implosión con la que pudiéramos encontrar el botón de “reset” de este país. No creo que todos en Maracaibo estén esperando eso, pero ya que más de una persona de las que entrevisté me lo haya dicho, termina siendo en extremo llamativo para mí.
***
Volviendo a Caracas, me encuentro con que en esa semana que estuve en Maracaibo hubo marchas, saqueos, disturbios, agresiones a diputados de la Asamblea Nacional. Volviendo a Caracas estuve atascado por tres horas en una cola porque habían asesinado a un chófer y sus compañeros trancaron la vía que conecta el aeropuerto con la ciudad. Volviendo a Caracas me encuentro con que en muchos sitios se dan manifestaciones, unas más pequeñas que otras, con gente gritando simplemente “no queremos mangos, queremos comida”. Pienso que capaz los maracuchos tenían razón. Pienso que capaz los barrios empezaron a bajar y algo va a pasar. Hay una tensión muy particular en las calles de Caracas. Nadie sabe nada, pero sentimos que pasa de todo.
Allá en Maracaibo, tenía que preguntarle a las personas cuáles creían ellos que eran las elecciones que venían. Muchos contestaban de inmediato “ojalá sea el revocatorio”, pero existía la duda de si eso sucedería y si se darían las elecciones de gobernadores y alcaldes. Hay cierta confusión al respecto. Una señora me dice “tú eres el que nos deberías decir, porque tú vives en Caracas”. Le pregunto que cómo eso puede influir en que yo maneje semejante información. Otra contesta “es que en Caracas es donde se bate el chocolate”. Me río y me limito a contestarle “Posiblemente. Pero en muchas ocasiones el chocolate se bate con la tapa de la olla puesta”.

Lo único cierto es que no sé nada.

lunes, 9 de mayo de 2016

Apología al reguetón

Quisiera comenzar este texto pidiéndole disculpas al César que vivió entre 2007 y 2014. Fui mezquino contigo, César, he de admitirlo; con nosotros. Pero supongo que era parte del momento evolutivo que vivíamos en esa época. Queríamos ser diferentes, "auténticos", "distintos" y la música rock planteaba un camino bastante llamativo para alcanzar esa meta, en un contexto latino donde todos nuestros amigos estaban interesándose por ese género llamado "reguetón" que, si bien ya tenía años dando vueltas por el caribe, apenas por esos años estaba tomando un auge que no ha perdido hasta ahora. Era normal que nos separáramos un poco de aquello, pero luego lo llevé demasiado lejos, César, de verdad discúlpame, porque lo que nos perdimos no lo vamos a recuperar más. Sin embargo, ahora en este 2016, he estado haciendo lo posible por recuperar algo de ese tiempo y de esas experiencias que pudieron perderse en alguna medida. Hago lo que puedo, César. Espero que lo sepas apreciar.

Lo cierto es que, en la actualidad, creo que no hay mejor momento en una fiesta o reunión que cuando empieza a sonar eso que hemos denominado "reguetón del viejo" o "reguetón clásico". La gente se emociona, se agrupa y comienza a recitar los himnos de su adolescencia. Ya no es un tema del perreo intenso; ya eso pasó. Ya no es un tema de pegarte lascivamente a la chica que te gusta; eso para algunos no ha pasado, pero ya hemos entendido las restricciones sociales involucradas. Es un tema de reunirse y recordar las letras que le dieron forma a una etapa específica de la vida de cada uno. Porque todos estamos claro de los vicios y los aspectos negativos de las letras de reguetón; ya hemos hablado lo suficiente al respecto. Pero también estamos conscientes de lo fantástico en El Señor de los Anillos, de lo ficticio en La Guerra de las Galaxias, de lo mágico en Cien Años de Soledad, de lo fantasioso en Harry Potter, e igual citamos pasajes y nos identificamos con los personaes (sí, estoy mencionando todo esto en la misma nota en a que hablo de reguetón; no creo en nadie). Si podemos hacer ese acuerdo literario en esa condición, ¿por qué no podemos obviar un poco todo lo desastroso de estas letras y cantarlas a todo pulmón por unos minutos? Una vez que pasamos esa barrera podemos entregarnos sin pena al momento. 

Últimamente he estado intentando integrarme a estos grupos, pero me ha costado. No tanto porque me sienta repelido por la música; creo que ya dejé atrás esa etapa (hubiera deseado dejarlo atrás mucho antes, César, de verdad). El problema es que, de tanto alejarme del género, terminé por no tener muchas referencias reales de estas canciones. No muchas evocan recuerdos placenteros para mí, no todas activan recuerdos antiguos de cuando aprendí las letras muchos años atrás. De hecho, muchas de ellas me las he ido aprendiendo en tiempos recientes, para poder cantarlas y sentirme como parte del grupo. Sin embargo lo intento. Creo que se lo debo a ese César que se quedaba en una esquina viendo con ojos escépticos todo lo que sucedía. No es que me arrepienta del todo: tenía/tengo mis características de personalidad y actuaba en función a ellas... pero pudo haber sido diferente.

Lo único que trato de decir con estas líneas un tanto erráticas es que me he dado cuenta de que el reguetón no es tan malo como yo mismo me lo pinté (a pesar de que el género había empezado a ganarse mi corazón con temas de Vico C, The Noise, Lito y Polaco, Héctor y Tito, La Factoría, El Chombo y hasta Daddy Yankee y Don Omar). Lo he des-satanizado. Creo que no vale la pena odiar tanto un género que, en el fondo, genera tanta diversión. Hay que dejarse llevar y disfrutar del absurdo que proponen sus letras y de la atmósfera que plantean sus ritmos. 

Eso sí. Apeguémonos al reguetón clásico y a algunos temas contemporáneos que retoman elementos de esos clásicos (como "Candy" de Plan B o "Ginza" de J Balvin). Porque esos reguetones sí tenían esa sensación de peligro, daban esa sensación de "chamo, esto se va a descontrolar". Eso que suena ahora, eso que han hecho Chino y Nacho y otros por el estilo es tan sonso que no provoca perrear. Que hasta eso se nos ha aguado.

jueves, 14 de abril de 2016

Imprudencias económicas de la Venezuela actual

>Una galleta (cualquiera, aunque hay unas más caras que otras; puedes conseguir un Cocosette en 200 bolos o un paquete de 12 Tip-Tops por el mismo precio. De cualquier forma, comprarlas es una imprudencia).
>Unos Platanitos
>Unos Doritos
>Una lata de refresco.
>Un refresco de litro y medio.
>Un refresco de dos litros.
>Una Nucita.
>Un chocolate (básicamente cualquiera).
>Un batido de fresa o de melocotón.
>Un cigarrillo.
>Una caja de cigarrillos.
>Unos Halls.
>Unos chicles.
>Un pan de queso.
>Una buena pizza.
>Una cerveza.
>Una botella de ron.
>Una botella de sangría.
>Cualquier comida en cualquier restaurante (menos en el centro de Caracas, donde aparentemente aún puedes encontrar un almuerzo ejecutivo en 250 bolívares. La amenaza de hepatitits corre por tu cuenta).
>Una entrada al cine.
>Unas cotufas.
>Una habitación de hotel.
>Un paquete de condones.
>Invitar a salir a una chica. Básicamente Venezuela me lleva a la soltería y la castidad.
>Gracias.

viernes, 1 de abril de 2016

La prisión de Miranda (La debacle del billete de dos)

I
Le pago al camionetero con un billete de cincuenta. Me corresponden treinta bolívares de vuelto, así que el conductor me da un billete de veinte y un fajo de billetes de dos bolívares. Tiene más paqueticos iguales. Está como muchos de nosotros: intenta deshacerse de ellos.
Es un círculo vicioso que al final termina causándome algo de gracia. Por un lado están los camioneteros, intentando que los pasajeros se lleven esos billetes lejos de su vista y de su vida. Por el otro lado estamos los usuarios, utilizando el transporte público como depositario de esos rectángulos de papel que ya tan poco nos sirven. Al final terminan yendo de allá para acá, como esos bebés pesados que nadie quiere cargar. Al pobre Francisco de Miranda no le queda de otra que ver a todo el mundo con ojos llorosos, angustiosos, suplicantes, deseando volver a ocupar orgulloso un puesto en la billetera de los venezolanos.
Por ahora nadie le hace caso.

II
El Metro está atestado y funcionando mal. ¿Lo triste?, lo triste es que ya los caraqueños hemos asumido ese sinsentido como parte de nuestra cotidianidad. “Sí, el Metro estaba horrible, pero eso es así en las mañanas, tú sabes”. Hemos naturalizado tanto el desastre que ya lo vivimos con la tranquilidad pasmosa de quien presiente que no habrá nada mejor.
Entro al vagón como puedo. Aunque en el Metro de Caracas siempre está la duda de si entraste al vagón o te hicieron entrar. De cualquier forma, busco asidero en algún lugar. En el suelo, junto a uno de los asientos, yace un billete de dos bolívares. Está doblado a la mitad, por lo que no se ve la cara de angustia de Francisco de Miranda, quien intenta pedir auxilio con la mirada. Nadie parece notar el objeto abandonado. Nadie hará el esfuerzo de agacharse y recoger ese billete en particular. No estoy seguro de si lo harían por uno de cincuenta o de cien bolívares, pero puedo estar convencido de que ese billete de dos hará varias veces el recorrido de toda la línea 1 antes de que alguien se apiade de su futuro y lo recoja.
Miranda, desde el suelo del vagón, se pregunta qué prisión es peor: La Carraca o el billete de dos bolívares.

III
Internet y sus chistes se han convertido en un excelente medio para seguir la realidad y actualidad venezolana. Hay mucho ingenio detrás de buena parte del contenido que aparece. Bastante humor de calidad y un nivel de crítica social que me parece importante en esta época de tanta impulsividad; en este país que exige inmediatismo desde sus voces más enardecidas.
Una imagen en específico se ha mantenido siempre en mi recuerdo. Un indicador de la inflación a través de la demostración de qué chucherías se pueden comprar con cada uno de los billetes venezolanos. El tema me atañe directamente. Mido mi nivel de calidad de vida en función de la cantidad de chucherías que puedo comprar con mi sueldo. Ver el problema de esa forma no fue fácil. Entender que el billete de más alta denominación de mi país no podía garantizarme ni siquiera el mejor chocolate que pudiera buscar en el territorio habla de lo insostenible de la situación.
Pero posiblemente la situación más crítica era la del billete de dos bolívares. Para efectos de la imagen (y para poder entender claramente su utilidad, desde el punto de vista del autor de la pieza visual), habían escrito sobre el billete la palabra “NADA”. Así, en mayúsculas trabadas y subrayado. Nada. No se compra ni una chuchería. Nada. Ni un caramelo de menta. Nada. Ni un caramelo artesanal de coco o jengibre. Nada. Absolutamente nada.
Desde la parte de abajo del billete, Francisco de Miranda observa la palabra escrita con marcador rojo. Marcador indeleble. No podrá eludir la nada ni exorcizarla de su billete. Miranda tendrá que vivir con la nada por un buen tiempo. Tendrá que aprender a convivir con la idea, con la certeza, de que su billete no le da acceso al venezolano a nada.

IV
El billete de quinientos bolívares con la cara del fallecido Presidente Chávez, es un fantasma que ha estado penando por las conversaciones de los venezolanos desde hace ya un buen tiempo. Recientemente, junto a su compañero de mil bolívares, esos espectros han ido ganando en corporeidad y robustez. Es muy probable que sucedan. Van a llegar. ¿Los grandes sacrificados? Los billetes de dos y de cinco.
Imagino al Negro Primero tranquilo. A fin de cuentas es muy probable que jamás haya imaginado ser ubicado en un billete. Él se puede dar por servido con lo que alcanzó. Entenderá con gallardía que es momento de dejar el trabajo y permitirle a otros próceres llevar la bandera de la economía venezolana.
Me preocupo por Miranda. El venezolano universal quedaría relegado de nuevo a un segundo plano. Y es que no es fácil. Según artículos que leí y comentarios que escuché, fabricar cada billete de dos bolívares cuesta más que su propia denominación. El billete de Miranda es como una relación amorosa en decadencia: cuesta más de lo que realmente vale. Se nos ha hecho difícil mantenerte en un lugar digno, Francisco. En todo el sentido de esa frase. Ahora ni siquiera un billete lo suficientemente robusto podemos ofrecerte. Tan solo la promesa de una desaparición.

V
En un viaje mucho más tranquilo en Metro (porque también los hay) voy sentado mientras leo un libro. A mis oídos llegan retazos de la conversación de dos muchachos. Entiendo que uno de ellos rapea, porque parece estar construyendo rimas a partir de las apariencias de quienes estamos allí. Lo está haciendo como una especie de demostración, para divertirse, sin levantar mucho la voz ni pedir dinero. Lo está haciendo simplemente porque, además del compañero con el que está hablando, está su hijo junto a él y quiere mostrarle sus habilidades. “Cuando está con mi mamá, se pone así. No quiere cantar en la calle ni rapear. Cuando sale conmigo, se pone serio”, le comenta al otro muchacho.
Ellos están hablando de colaborar musicalmente. Hablan de componer pistas, de escribir versos. Este muchacho le dice al otro que en su casa tiene todos los juguetes, que eso es casi un estudio, que ahí no hace falta más nada. El otro demuestra un entusiasmo cauteloso. Es posible que ya haya escuchado una historia similar en el pasado y no quiera dejarse llevar por la misma emoción e aquella vez.
Llega el momento en el que deben separarse, pero el muchacho del estudio se da cuenta de que no tiene el número de teléfono de su compañero. Este último empieza a dictárselo, pero el primero le dice que no, que se le va a olvidar. “Toma”, le dice, “anótalo aquí, en un billete de dos. Total, eso no sirve para nada. Toma, toma, anótalo aquí en este billete de dos”.
Me sorprendió su insistencia. Me sorprendió la indolencia con la que lo dijo. Me sorprendió verlo efectivamente sacar el billete de su bolsillo y ofrecérselo al otro muchacho, junto a un bolígrafo. Y es que para eso terminó quedando el billete de dos bolívares: un papel en blanco con diferentes marcas de agua que exhiben motivos patrióticos.

Miranda ve la escena desde su prisión de papel y no le queda de otra que seguir con la vista los trazos del muchacho que anota su número telefónico en el billete. No queda de otra, Miranda, sino aceptar con algo de orgullo la derrota y esperar una oportunidad nueva para representar alguna otra cantidad, algún otro tipo de privilegio para el venezolano. Capaz te ofrecen un ascenso y te ubican como abanderado el billete de quinientos o el de mil. Capaz simplemente te señalan como culpable de una debacle de la que poco tienes que ver. Pero esa es la característica principal de los responsables de esta crisis: jamás sus dedos se apuntarán a sí mismos.