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miércoles, 19 de octubre de 2016

Un poquito

> Un poquito de dinero, eso es tu sueldo. Un poquito.

> Un poquito de paz consigues, a veces, viajando hacia tu trabajo en el Metro o la camioneta. Un poquito.

> Un poquito de café te regalas a media mañana para despertarte. Un poquito.

> Un poquito de carne (molida), un poquito de pollo, ese es el fuerte de tu almuerzo. Un poquito.

> Un poquito de arroz, de pasta o de ensalada para acompañarlo. Un poquito.

> Un poquito de felicidad es la que experimentas por un logro laboral que no se transformará en un bono económico. Un poquito.

> Un poquito más de bono de alimentación. Ese es tu aumento de sueldo, un poquito.

> Un poquito de pan por persona, para la cena y el desayuno de mañana. Un poquito y un poquito.

> Un poquito de paciencia tienes que tener para encontrar la medicina que buscas. Un poquito.

> Un poquito de chocolate, que compran entre varios en la oficina, es tu merienda. Un poquito.

> Un poquito de harina de maíz ofrece una compañera de trabajo. Preguntas en casa. "Compra un poquito", te dicen. Un poquito.

> Un poquito de tiempo es el que duran tus salidas luego de la oficina. Un poquito.

> Un poquito de caña es la que tomarás en la reunión de esta noche. Un poquito.

> Un poquito de amigos te quedan aún en Venezuela. Un poquito.

> Un poquito más de paciencia tienes que tener, ahora para explicar y justificar por qué no te has ido del país. Un poquito.

> Un poquito de arepa, un poquito de queso rayado, esa es tu cena. Un poquito.

> Llega tu abuela a romper el patrón y preguntarte si quieres más. "Un poquito", le contestas. Un poquito.

sábado, 9 de julio de 2016

Seaside

A veces deseo estar en una playa europea. Pero no me refiero a una del estilo de Ibiza u otro paraíso mediterráneo por el estilo. A veces deseo estar una playa europea de las que son grises, con guijarros en lugar de arena. Esas playas europeas a las que la gente va con suéter y hace fogatas cuando aún no termina de caer la noche. A veces deseo estar en una de esas playas europeas donde los personajes perturbados de las películas van a fumar marihuana, tomar cervezas y dejar las botellas por ahí, como rastro de su desidia y su dejadez.
Me gustaría estar en una de esas playas, escuchando el cansado rumor de sus olas. Unas olas que traen ecos de vikingos y británicos, ecos de celtas y de normandos. Porque, por alguna razón, todos esos títulos, todos esos nombres, todos esos hombres, todos esos sonidos, me suenan a melancolía. Y esa melancolía resuena conmigo. Y así hacemos armonía todos, olas, playa, guijarros, nórdicos, César.
Me imagino con un suéter gris y una capucha cubriéndome la cabeza. Las manos en los bolsillos, los hombros arriba, pateando piedras mientras camino. Esa parece ser la forma correcta de transitar ese tipo de playas. Además me imagino todo como parte de una escena cinematográfica, por lo que mi presencia llena de una reflexión aparente en aquella playa de melancolías y tristezas debe ir acompañada por una banda sonora.
“Seaside”, de The Kooks. Esa pieza cuenta con la carga emocional necesaria para completar mi escena de ensueño. Tiene que ser. Me veo lanzando piedras al mar, mientras los acordes de guitarra hacen acto de presencia y la voz de Luke Pritchard, con ese tomo ahumado y nasal que siempre atribuyo a los cantantes británicos, hace su sugerente invitación: “Do you want to go to the seaside?”.
El coro también calza justo con la escena: “I’m just trying to love you in any kind of way”. Y en esa playa gris y fría, en esa soledad que me acompaña dentro de la escena que me imagino de vez en vez, le canto esa frase a mi ex-novia; se la canto a la chica que me gusta. Se la canto a Venezuela. Desde una distancia más emocional que física. Me gustaría estar lejos. Me gustaría ver el desastre desde otra acera. Me dirán cobarde y lo acepto con tranquilidad y humildad. Soy un cobarde. Estoy aquí hoy porque no me queda de otra, pero desearía poder huir y dejar todo esto atrás. Desearía poder seguir la realidad a través de Instagram, de Twitter, de Facebook. Ojalá esto no fuera tan real para mí. Me gustaría poder decirle a Venezuela: “But I find it hard to love you when you’re so far away”. La distancia sería una excusa perfecta para tanto desamor. Sería más fácil así.
Ese álbum tiene unos sonidos interesantes. “Inside In/Inside Out” mezcla muy bien ciertos elementos de esa tristeza que para mí es tan característica de los británicos, con sonidos bastante alegres y hasta festivos. Pero siempre le puedo encontrar lo azul, lo frío, lo melancólico (¿cuántas veces he escrito esa palabra ya en estas páginas?).
Luego de “Seaside” suena “See the World”. Mientras que “Seaside” es una balada suave, íntima, con una belleza delicada y una atmósfera apenas eludible. “See the World” aumenta el tempo, aumenta el volumen, aumenta la energía. Sin embargo, su invitación me sigue manteniendo en un estado similar al que me ha dejado la anterior. La canción comienza diciendo “Do you want to see the world?” La respuesta a una pregunta como esa siempre es sí, sí quiero conocer el mundo. Sí quiero explorarlo, sí quiero perderme en calles desconocidas, sí quiero escrutar los rostros y los detalles de personas procedentes de culturas distintas.
¿No es siempre “conocer el mundo” la propuesta ideal, la respuesta a todo? Cuando estamos enamorados lo prometemos. “Quiero conocer el mundo contigo, visitar cada recodo del planeta tomado de tu mano. Quiero mochilear a tu lado, que seas mi único equipaje”. (Y luego encuentro frases como ésta que me responden a la pregunta de por qué sigo soltero). Cuando estamos enamorados queremos ponerle a cada ciudad de la Tierra el filtro a través del cual estamos viendo nuestra realidad, queremos que todos los colores del universo sean tan brillantes como los que estamos experimentando en ese momento. Queremos que la luz de la persona que tenemos al lado brille en cada rincón.
Pero cuando estamos despechados, “conocer el mundo” también puede ser una respuesta. Tomar una maleta, meter un par de piezas de ropa y lanzarse a la aventura. Conocer gente nueva, quién quita y una finlandesa se enamora de mí, tener unos meses de pasión escandinava, partir para siempre. Experimentar la sensación de ser exótico en una tierra foránea, de ser un extraño en tierra extraña. Poder sanar las heridas que va dejando el amor a punta de sellos en el pasaporte.
Pero una vez más aparece Venezuela en el medio. Viajar está fuera de todo presupuesto. Salir del país es demasiado cuesta arriba. No hay forma, en este momento, de que en mi casa podamos comprar un solo pasaje de avión para cualquier lado. Esa cantidad de dinero no existe. Y si existiera, tendríamos que destinarla a comprar comida, medicinas. Me quiero ir del país, como muchos. Quiero perderme de todo este desastre, sentir que estoy avanzando en otro lugar. Siento nostalgia por el presente que no tengo aquí, siento nostalgia por el futuro que no estoy construyendo aquí, siento nostalgia por el presente que no estoy construyendo en otro lado. Me siento abandonado por mis amigos que se han ido, pero a la vez no puedo estar más feliz por ellos y por lo que están logrando con tanto esfuerzo.
Por ahora, mi sueño de estar en una de esas playas grises europeas se queda en eso, un sueño. A veces se mezcla con el recuerdo de la vez que pude pasear por una playa en Niza, Francia. Porque en algún momento pudimos. En algún momento pudimos salir. A veces le grito al César de 2008 “¡Piérdete! ¡Quédate por ahí!”
Venezuela tiene playas hermosas, llenas de mujeres hermosas, de escenas hermosas con familias compartiendo. Pero ahorita Venezuela y yo no nos llevamos tan bien. Necesito la melancolía de una playa gris europea. I want to go to the seaside.

miércoles, 18 de julio de 2012

De la muerte autoinducida y sus experiencias


Había tocado fondo. Había llegado a un estado en el que pensaba que ya no había retorno. Para mí, llevaba varios años dando vueltas alrededor de un mismo punto, caminando en círculos, orbitando un enorme sinsabor que regía lo que era mi vida últimamente.

Estaba triste, decepcionado, cansado, aburrido. Cuando te encuentras en momentos como esos, piensas más lento. No solo más lento, sino que el tinte de tus pensamientos se oscurece. Además de todo eso, tu pensamiento lento y oscurecido, siempre va dirigido a un solo lugar. En mi caso, lo único que veía con claridad era la muerte.

Era una “ventaja” para mí el hecho de que viviera solo. Así nadie podría detenerme en llevar a cabo aquello de lo que ya me había convencido. Así nadie podría hacerme ver algún buen motivo para no dar el paso hacia esa oscuridad que me estaba llamando, tan tentadora, tan acogedora.

Algunos creerían que quitarse la vida es una acción apresurada, impulsiva, casi primitiva. En algunos casos puede que sea así, pero para mí, no lo era. Este era un asunto importante y como tal, ameritaba la mayor organización y preparación.

Analicé los métodos, los lugares ideales. Analicé la hora del día a la que debía hacerlo, investigué sobre cómo evitar que alguien me mantuviera con vida. Encontré grupos de personas que estaban en mi misma situación y que habían optado por el mismo desenlace que yo; me empapé de sus experiencias, de sus ideas, de sus planes. Mientras más me involucraba en el asunto, más me convencía de la idea de terminar con esta existencia que me parecía ya tan patética a esa altura.

Me decanté por resolver el asunto con una mezcla especial de pastillas. Me pareció la mejor manera. No era tan doloroso, no me dejaría desfigurado o algo por el estilo. Además, era algo que, acompañado del trago correcto, hasta podría disfrutar.

No he de molestarlos con los detalles sobre cómo conseguí los materiales para llevar a cabo mi plan suicida. Eso no es lo relevante del asunto. Lo interesante es lo fácil que es conseguir en las calles la materia prima de la muerte. Hay drogas y armas de todo tipo ahí afuera, lo que hay que hacer es pasearse por las calles correctas y tocar las puertas indicadas. Y eso fue exactamente lo que hice.

Una vez que me había hecho con las pastillas, decidí acomodar el ambiente. Quería morir escuchando música y que me encontraran de esa manera. Quería que se dieran cuenta de que, si bien pasaba por un bache en mi vida, mi muerte no fue una decisión nacida del puro sentimentalismo, de la tristeza; quería que supieran que había sido una decisión producto del análisis, del estudio, de la investigación de lo que involucraba el suicidio. Quería que se dieran cuenta, al encontrarme, de que yo había decido recibir a la muerte en un ambiente agradable, como quien recibe a un viejo amigo muchos años después de haberle hablado por última vez.

Así pues, encendí mi reproductor musical, me serví una copa de la mejor bebida que mi presupuesto me permitía, me senté en el viejo y raído sillón de mi sala y contemplé por unos cuantos minutos el frasco que contenía las pequeñas pastillas que habrían de librarme de una vida que ya no quería llevar. Las observaba con detenimiento, casi admirándolas, casi adorándolas, en lo que parecía una parodia tétrica de un rito religioso.

Lentamente la primera cayó en mi mano. De mi mano a mi boca y de la boca al estómago, ayudada por un trago de mi bebida. Por primera vez, sentí miedo. Me quedé con los ojos cerrados por unos minutos, escuchando la música, escuchando mi respiración. Todavía vivía.

Sin abrir los ojos, llegó la segunda pastilla… y la tercera y la cuarta. Después de que había pasado la séptima pastilla, dejé de contarlas. Seguía con los ojos cerrados. Temía que si los abría, si tenía el más mínimo contacto con el mundo exterior, con la vida, me arrepentiría de la decisión que ya había tomado. Cuando pensé que ya había sido suficiente, me recliné en el sillón y respiré profundamente.

Solo en ese momento me di cuenta de que había un factor para el que no me había preparado: la espera. Ciertamente cuando decides quitarte la vida, muchas de tus virtudes son puestas a prueba y una de ellas es la paciencia. Podría tardar horas, incluso hasta un día, en que esos pequeños comprimidos hicieran su trabajo en mi cuerpo. Mientras tanto, yo debía esperar pacientemente.

Dejé que mi mente se perdiera entre la música. Dejé que mis pensamientos se movieran al ritmo de aquellos acordes que llenaban el espacio de mi apartamento. Dejé que aquellas notas, que sonaban como una hermosa despedida, me consolaran y me acompañaran en aquella empresa tan ambiciosa que había comenzado. Dejé que la música me arropara, me quitara el miedo y me condujera a través de ese mítico túnel que todos aseguraban que algún día vería. Aquella dulce música, cómo me habría gustado acariciarla…

Ahí donde estaba, pensé, ya había muerto. En ese momento, sentado en el sillón, con los ojos cerrados y una decena de pastillas nadando en mi estómago, mi mente estaba tan desprendida de mi cuerpo que era casi ingenuo pensar que espíritu y máquina seguían siendo uno. Sin embargo, todavía podía notar mi respiración y todavía podía sentir, aunque muy débil, mi corazón latiendo en mi pecho. Todavía faltaban unos cuantos pasos.

Pasado un rato, sentí el irrefrenable deseo de abrir los ojos. Sentí que había algo ahí afuera que me llamaba, que me invitaba; algo que no era precisamente la vida. Lentamente abrí los ojos, con algo de temor, pero también con emoción y, luego de acostumbrarme a la luz, me di cuenta de que lo que veía no era mi apartamento.

Estaba frente a la cocina de la casa de mi infancia. ¿Cómo era aquello posible? En alguno de los foros en los que había participado, habían dicho que las alucinaciones podían ser parte del proceso, sin embargo aquello era tan real que me resultaba difícil pensar que era parte de mi imaginación.

En aquella cocina empezaron a entrar distintos miembros de mi familia, todos con aspecto sombrío. Todos se veían, más que tristes, cansados. Parecían llevar una carga enorme en sus hombros y estar ya agotados de moverla a todos lados con ellos. Uno a uno fue entrando a la cocina y parándose frente a mí, mirándome fijamente con esos ojos oscuros en los que yo no podía encontrar vida.

Por un lado, la presencia de miembros de mi familia me hacía sentir cómodo. Por otro lado, su aspecto hacía que mi ansiedad subiera. No eran las figuras más amigables que pudieras ver, no eran precisamente las caras que quería ver en mis últimas horas. Sin embargo estaban ahí, parados frente a mí, viéndome fijamente. Cada vez entraban más y más a la cocina. Ya eran tantos que había muchos que ni siquiera conocía. Reconocía que eran de la familia porque todos se parecían entre ellos.

Como ya eran suficientes para cubrir todo mi campo visual, empecé a verlos con detenimiento yo también a ellos. Mientras trasladaba mi mirada, de una cara a la otra, noté un detalle que por un momento me heló la sangre: ninguno de aquellos miembros de mi familia que estaban ahí frente a mí, estaban vivos.

Abuelos, tíos, primos, todos los que estaban ahí, eran personas que ya habían muerto. Era por eso que había algunos que no reconocía; esos eran miembros de mi familia que habían muerto mucho antes de que yo hubiera nacido incluso. Era por eso que en aquella cocina, no estaban mis padres, mis hermanos. Supuse entonces que ese era mi momento final. Nada más poético que reunirse con la familia a la hora de partir del mundo terrenal.

Me levanté del sillón y di unos cuantos pasos vacilantes hacia ellos; no sabía si eso era exactamente lo que tenía que hacer, pero sentía que era lo más lógico. Apenas me acerqué, todos aquellos miembros de mi familia se movieron hacia mí, como un gran bloque y me rodearon. Se fueron acercando cada vez más y más, hasta que casi no pude ver la luz exterior. Se acercaron a mí hasta que un frío glacial llenó mis pulmones. El temor me invadió y quise gritar, pero ¿qué caso tenía? Mi grito no sería audible por oídos mortales en ese momento. Me arropó la oscuridad y, antes de perderme en ella, alcancé a escuchar lo que pensé que serían los últimos compases musicales que jamás escucharía…

Abrí los ojos de nuevo y me costó unos minutos entender que estaba de nuevo en la sala de mi apartamento. Me costó un rato recordar quién era, dónde estaba y lo que había estado haciendo últimamente. Me costó unos cuantos minutos recordar por qué y cómo había decidido arrebatarme la vida. Me costó un momento recordar que había muerto… o al menos eso era lo que yo pensaba.

Había calma, silencio. La música había dejado de sonar, quién sabe hacía cuanto tiempo. A mi derecha, en el suelo, había un charco de vómito. Podía ver algunas pastillas ahí, pero no estaba seguro si eran de las que me había tomado o eran las del frasco, que se me habría resbalado de la mano. Mi copa estaba vacía, al igual que la botella que contenía aquella bebida que me había ayudado a pasar el trago de la muerte. A pesar del aspecto desastroso que tenía la escena, todo se veía normal.

 Con un gran esfuerzo, me levanté del sillón. La sensación era la de que no había movido un solo músculo en años. Sentía como si el cuerpo me reclamarlo por someterlo a aquel sufrimiento de moverse, de sentirse con vida, de sentirse activo.

Mi mente tampoco estaba en el estado más óptimo. Todavía estaba confundido. Todavía me costaba recordar cosas. Todavía no entendía muy bien qué me había llevado a la situación en la que estaba en ese momento. Todavía ignoraba la naturaleza del estado en el que me encontraba.

Caminé por la pequeña sala de mi apartamento, dando vueltas, intentando hilar una cadena de pensamiento coherente. Fue después de unos cuantos pasos cuando llegó a mi mente una idea tan obvia, pero tan fuerte, que hizo que me mareara un poco: todavía estaba vivo.

¿Era posible que tuviera tan mala suerte que ni siquiera pudiera quitarme la vida? Aquella pregunta hizo que estallara en una sonora carcajada. Sin embargo, mi risa me asustó. No había alegría en ella. Mi risa era un sonido tétrico, sombrío, como el eco que devuelven las profundidades de un cementerio a un caminante perdido.

Luego de haber superado ese susto, me puse a pensar. Me puse a sacar cuentas, a intentar deducir por qué no había logrado cumplir mi objetivo. Nada parecía tener sentido, excepto una cosa: estaba vivo, todavía. A decir verdad, mientras se me iba pasando el entumecimiento de los músculos y la confusión de la mente, me sentía cada vez más vivo. Más vivo incluso que unas horas antes, cuando comencé a pasar aquellas pastillas con alcohol.

No entendía cómo podía seguir habiendo vida después de aquella escena tan escabrosa de mis familiares muertos viniendo a encontrarse conmigo. No podía creer que aquello tan solo hubiera sido una jugarreta de mi mente. No podía entender que mi cuerpo hubiera aguantado esas cantidades de veneno a las que lo había sometido. No podía entender el chiste en esa broma tan pesada que el destino me estaba jugando.

Quise tomar un poco de aire, así que caminé hacia la ventana. Una vez más, me llevé un susto terrible cuando me encontré con que, parado en el alféizar de la ventana, se encontraba un buitre enorme, con la mirada fija hacia el interior de mi apartamento.

Sonreí y recordé al cuervo de aquel poema que tantas veces había leído en mi infancia. Miré fijamente al buitre y le pregunté, burlonamente, “¿nunca más?”, sin embargo aquel ave no era del tipo parlante. Seguía mirando fijamente y aunque yo estaba justo frente a él, no parecía mirarme a mí, parecía mirar a través de mí. Intenté espantarlo, sin éxito. El buitre emprendió el vuelo por su cuenta.

Tampoco tuve éxito al abrir la ventana de mi apartamento. Aquella ventana estaba un poco dañada y necesitaba de unos movimientos especiales para abrirla, sin embargo, normalmente siempre podía hacerlo. Esta vez no fue así. Se lo atribuí a mi estado de confusión, ansiedad y debilidad. Respiré profundo y volví a echarle un vistazo a la sala.

Todo parecía tal como lo había dejado cuando decidí suicidarme. Casi todo. Algo que me llamó la atención fue lo rápido que se habían deteriorado las flores que había comprado la mañana anterior a mi práctica suicida. Me pareció muy curioso, sin embargo yo no era un experto en plantas, así que no podía saber que tan extraño era aquello.

Me fijé en que el reproductor de música seguía encendido, a pesar de que ya no estaba sonando ninguna música. Pensé que había preparado suficiente material en mi disco extraíble como para que la música sonara por horas, incluso días. Capaz hubo un corte eléctrico mientras estuve inconsciente, capaz los archivos estaban rotos. Lo cierto es que aquel silencio me estaba incomodando, así que intenté hacer sonar el reproductor de nuevo. Alguna avería tenía, que no me permitió hacerlo sonar de nuevo. En ese punto, estaba empezando a desesperarme un poco.

Me dejé caer en el suelo, recostado de la pared. Intenté darle sentido a todo lo que había pasado en las últimas horas. Intenté entender todo lo que había pasado en mi vida últimamente. Concluí que, ya que estaba vivo, debía intentar ponerle orden a mis pensamientos y tratar de reorganizar mis acciones futuras.

Pero había algo que me seguía molestando. Había algo en la atmósfera del lugar que me hacía sentir incómodo. Había algo en el aire que me hacía sentir fuera de sitio, me hacía sentir como que no pertenecía a ese lugar, a ese momento. Era una sensación extraña, pero mientras más me hacia consciente de ella, más invadía mi mente, mis sentidos y me obligaba a escudriñarla y estudiarla.

Luego, todo empezó a pasar muy rápido. Mi cabeza empezó a dar vueltas alrededor de ese sentimiento de alienación, por la ventana podía ver como una bandada de buitres revoloteaba en círculos cerca de mi ventana y alguien empezó a llamar a la puerta del apartamento con mucha vehemencia.

Grité diciéndoles que se fueran, estaba demasiado mareado y confundido como para atender a alguien más en ese momento. Sin embargo volvieron a llamar a la puerta, con una energía que me parecía desproporcionada. Volví a gritarles para que se fueran, les grité con fuerza y con desprecio, para que entendieran que debían dejarme en paz.

Hubo un momento de silencio en el que pensé que se habían ido, sin embargo, cuando había bajado las defensas, pude ver cómo la puerta de mi apartamento se caía, tras un golpe muy brusco que hizo que me pusiera de pie de inmediato.

Unos hombres con uniforme de la policía entraron al apartamento, casi corriendo y detrás de ellos mi vecina, mi madre y mi hermano. Pude notar que los tres tenían una expresión de profunda preocupación que me alarmó sobremanera. Caminé hacia ellos, intentando al mismo tiempo hacer que se tranquilizaran y que me explicaran que era todo ese circo que habían montado en mi apartamento. Sin embargo ellos pasaron a mi lado, casi ignorándome, corriendo hacia el centro de la sala.

Giré, desconcertado. ¿Qué estaban haciendo todos arrodillados frente al sillón? Caminé hacia ese punto y ahí, la verdad me golpeó. La verdad mi inundó con su fuerza, abrió mis ojos hacia lo que habían estado cerrando por los últimos minutos. Ahí en el sillón estaba mi cuerpo, sin vida desde hacía varios días. Ahí en el sillón había muerto esa tarde en la que tomé una dosis de medicamentos suficientes para matar a dos hombres. Ahí, en el medio de la sala, estaba muerto y no me había dado cuenta.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Números

Erase una vez un hombre obsesionado con los números. Si tal vez has escuchado historias de este tipo, te preguntarás “¿obsesionado con los números? ¿Con qué número?”, pues bien, la respuesta es: todos. Este hombre estaba obsesionado con todos y cada uno de los números de su vida.

Pero esa obsesión tenía un origen bastante razonable. Nuestro protagonista estaba obsesionado con los números porque eran lo único que le ayudaban a recordar. Su memoria no le daba las herramientas necesarias para recuperar sus recuerdos, así que él inventó la suya propia. Los números le daban la posibilidad de tener un pasado, aprender de él y prepararse para el futuro.

Desarrolló su sistema cuando era bastante pequeño, siendo un niño de nueve años ya presentaba graves problemas de memoria. El sistema era sencillo. Por ejemplo: tomaba el número de horas que estuvo despierto, lo sumaba al total de personas que estuvo en su casa en un día determinado, lo dividía entre su edad para el momento y el número resultante era el que le recordaba su noveno cumpleaños. La parte que hacía peculiar y secreto su sistema era el hecho de que siempre cambiaba los eventos a sumar, restar, multiplicar o dividir en función del día, así que nadie nunca podía descifrar un patrón y jugar con sus recuerdos.

Podrías preguntarte “¿cómo recordaba aritmética?”. La respuesta es simple: sus habilidades no se veían afectadas por su problema de memoria, sólo sus recuerdos. También es posible que te preguntes “¿en qué manera lo ayudaban esos números a recordar?”, déjame decirte que le ayudaban de gran manera; lo increíble de la memoria de este personaje es que cuando veía sus números, los recuerdos aparecían claramente ante sus ojos, aunque por un período muy corto de tiempo. Unos minutos después su mente volvía a la oscuridad.

Cuando era niño andaba para todos lados con una pequeña libreta donde iba anotando todos los números que le servían para recordar. Había días en los que se la pasaba anotando códigos y otros, más aburridos o embarazosos, donde escribía muy pocos o ninguno.

A partir de ahí fue asociando todo con números, no sólo sus recuerdos. Lo que iba empezando como una necesidad fue tomando forma de obsesión. Con el pasar de los años, los códigos se hacían más complicados y no sólo se limitaban a sus memorias, sino a hechos triviales como la cantidad de autobuses que pasaban a diario por su cuadra.

Cuando se hizo mayor concluyó que el papel era un receptáculo muy frágil para su memoria, así que tomó la decisión de pasar la tinta de las libretas a su piel y empezó a tatuarse por todo su cuerpo los números que le servían de llaves para las puertas de su pasado.

A medida que avanzaba el tiempo, los tatuajes iban alcanzando partes de su cuerpo que no podía ver con facilidad, así que construyó en su apartamento un cuarto de espejos, donde podía mirar cada ángulo de su cuerpo y recordar lo que quisiera.

Un día se paró en el medio de su sala de espejos y empezó a repasar los números que estaban tatuados en su cuerpo. Mientras los recuerdos iban y venían en su cabeza, un pensamiento empezó a crecer en su cabeza y se fue haciendo más y más grande hasta que estalló en lo más profundo de su obsesión numérica y movió las bases de su realidad: no sabía cuántos números había tatuados en su cuerpo, lo que para él era imperdonable.

Sabía exactamente cuántos libros había en su casa, el número exacto de víveres que tenía en la despensa, cuántos miembros había en su familia desde tres generaciones atrás, sabía cuántas personas vivían en cada apartamento de su edificio, sabía cuántas veces en promedia sonreía al día la chica que vendía flores en la esquina y de esa manera, al haber una variación, darse cuenta de si pasaba algo. De esa manera, era absurda para él la idea de no saber cuántos números tenía tatuados en el cuerpo.

Rápidamente empezó a contarlos, pero eran tantos y estaban tan juntos que se perdía o los agrupaba de una manera incorrecta. Lo intentó, lo intentó, lo intentó, pero no lograba nada. Era incapaz de distinguir con claridad esos números que conocía tan bien.

Se empezó a preguntar entonces si había estado leyendo bien los números durante todo ese tiempo, si sus recuerdos eran reales, si el pasado que creía tener existía de verdad. Se desplomó en el piso y desde allí siguió intentando contar los números, empezando una y otra vez, una y otra vez…

Muchos años después, en un asilo para enfermos mentales, su cuerpo dejó de funcionar y falleció… Pero él realmente había muerto el día en que se perdió en aquel laberinto de números y recuerdos.

viernes, 19 de agosto de 2011

Carta (Perdido Entre Recuerdos)

Buenas noches, amigo del alma.
Espero que estés bien en esta fría noche; noche extremadamente fría, a mi parecer, para ser una noche de verano... ¿o es otoño ya? La verdad no estoy seguro. No estoy seguro de nada por estos días. No puedo estar seguro ni de mis palabras, aunque las esté escribiendo, como ahora, y pueda revisarlas más adelante. No puedo estar seguro de nada que surja de mi mente, pues mi mente ya está expirando. No puedo estar seguro ni siquiera de haberte saludado. Buenas noches, hermano, amigo del alma. Qué noche tan fría en esta primavera.

Frente a mi, en mi escritorio, veo un montón de cartas con tu nombre. No puedo estar seguro de si son cartas que me has enviado y no me he dispuesto a leer, o son cartas que te he escrito y no he tenido la lucidez de enviarte. Cualquiera que sea el caso, no las he abierto, pues me aterra su contenido. Me aterra el hecho de que esas cartas confirmen mi creciente demencia.

Veo esas cartas y por alguna razón recuerdo a tu madre. Qué grandiosa mujer. ¿Podrías saludarla de mi parte? Tienes suerte de la madre que tienes, tan sabia, tan audaz, siempre con el comentario adecuado en el momento adecuado. Tu madre... Cómo lamento su muerte. Parece mentira que haya pasado tanto tiempo desde que murió. Oh, qué consuelo me traería escuchar los consejos de tu madre, como los escuchaba hace un par de días. Qué consuelo le traería a esta mente divagante escuchar sus consejos.

Espero que estés bien, hermano, tú y los tuyos. Supe de tu nuevo hijo. Otro varón. Qué dicha. Espero que caigan sobre él todas las bendiciones del cielo. Tu madre ha de estar emocionadísima por su nuevo nieto. Tu madre... Qué mujer... Salúdala de mi parte.

Amigo has de saber que me encuentro perdido. Perdido en mis pensamientos, perdio en mis palabras, perdido en mis recuerdos... Y mis recuerdos se me pierden mientras trato de ubicarme. Desearía haber muerto antes de entrar en este infierno. No tienes idea de lo desesperante que es. Estoy perdido, hermano mío. No me encuentro ni en mi arte. No reconozco mi letra, mis trazos. Casi no reconozco mi rostro y apenas puedo reconocer las voces de las personas con las que vivo. Es un infierno.

Amigo, ¿recuerdas aquella tarde invernal, no muy diferente de esta, cuando reíamos y bromeábamos sobre nuestro futuro? Éramos jóvenes y ambiciosos. Sólo deseábamos un retiro tranquilo y disfrutar de la gloria de nuestras obras. Yo no puedo cumplir ese sueño, pues mis propias obras me resultan ajenas. Ojalá tú sí puedas...

Dicen que nadie muere de verdad, ni nada está totalmente destruido, mientras haya alguien que le recuerde. Pues bien amigo en mío, en ese caso yo soy la muerte entonces, pues en mí mueren todos los recuerdos. No existen las memorias.

Ahora me encuentre frente a esta hoja de papel con tu nombre en el encabezado y supongo que te estoy escribiendo una carta... ¿o ya la había terminado? De cualquier manera, buenas noches, amigo del alma. Una noche extremadamente fría, a mi parecer, para ser una noche de verano... ¿o es otoño ya? La ver dad, no estoy seguro...

viernes, 25 de febrero de 2011

El Último Blues

Todavía aquel viejo tocadiscos funcionaba. No sonaba con la misma potencia y claridad que antes, pero funcionaba. Al menos para lo que ellos querían era suficiente.

Sonaba su canción favorita. Una canción lenta, melancólica, pero dulce. Una canción que les recordaba sus mejores momentos. La canción que él tocaba cuando se conocieron. 

Ellos la bailaban lentamente. Apenas moviéndose del lugar en el que estaban. Apenas moviendo los pies… apenas moviéndose. Se balanceaban lentamente, al mismo ritmo de la música. Se balanceaban mientras estaban abrazados, sintiendo la respiración, el cariño del otro.

Habían decidido que si ya no quedaba lugar al que escapar, que si ya era inevitable, lo mejor era disfrutar los últimos minutos. Lo mejor era bailar en paz hasta que todo terminara.

Realmente para ellos la idea de un final no era algo que les generara ningún tipo de angustia, pues su momento ya estaba cerca de igual manera; sin embargo se sentían mal por sus hijos y nietos, que no conocerían el mundo en la extensión en la que ellos lo habían conocido.

Cuando el suelo empezó a temblar. Se detuvieron un momento y se sonrieron. Se abrazaron fuertemente y siguieron meciéndose el rito de la música, hasta que llegara el final…

Una vez que la gran luz hubo pasado, no quedó nadie. Había casas, edificios, carros en las calles, pero no había personas. Se habían ido para siempre.

En aquella casa de la puerta desencajada, lo único que parecía seguir con vida era el viejo tocadiscos, reproduciendo el mismo blues una y otra vez por el resto de los días…