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miércoles, 19 de octubre de 2016

Un poquito

> Un poquito de dinero, eso es tu sueldo. Un poquito.

> Un poquito de paz consigues, a veces, viajando hacia tu trabajo en el Metro o la camioneta. Un poquito.

> Un poquito de café te regalas a media mañana para despertarte. Un poquito.

> Un poquito de carne (molida), un poquito de pollo, ese es el fuerte de tu almuerzo. Un poquito.

> Un poquito de arroz, de pasta o de ensalada para acompañarlo. Un poquito.

> Un poquito de felicidad es la que experimentas por un logro laboral que no se transformará en un bono económico. Un poquito.

> Un poquito más de bono de alimentación. Ese es tu aumento de sueldo, un poquito.

> Un poquito de pan por persona, para la cena y el desayuno de mañana. Un poquito y un poquito.

> Un poquito de paciencia tienes que tener para encontrar la medicina que buscas. Un poquito.

> Un poquito de chocolate, que compran entre varios en la oficina, es tu merienda. Un poquito.

> Un poquito de harina de maíz ofrece una compañera de trabajo. Preguntas en casa. "Compra un poquito", te dicen. Un poquito.

> Un poquito de tiempo es el que duran tus salidas luego de la oficina. Un poquito.

> Un poquito de caña es la que tomarás en la reunión de esta noche. Un poquito.

> Un poquito de amigos te quedan aún en Venezuela. Un poquito.

> Un poquito más de paciencia tienes que tener, ahora para explicar y justificar por qué no te has ido del país. Un poquito.

> Un poquito de arepa, un poquito de queso rayado, esa es tu cena. Un poquito.

> Llega tu abuela a romper el patrón y preguntarte si quieres más. "Un poquito", le contestas. Un poquito.

lunes, 1 de junio de 2015

Nosotros los trashumantes

Cada mañana es la misma casa de dos pisos, mirando con ojos en la espalda hacia el ventanal de la oficina. Cada mañana la misma montaña de verde sólido, con delicados atavíos en color blanco nube. Cada mañana el mismo cielo denso y azulado, testigo de cualquier tipo de barbaridad en estos cuatrocientos y tantos años. Cada mañana el mismo edificio marrón de letras rojas, con el mismo señor de corbata gris asomándose de tanto en tanto a liberar un poco la carga del día de trabajo; me saluda con sonrisa triste y gesto desganado. Somos compañeros de soledad en medio de un caos que nos arrulla, pero no nos deja dormir. Cada día el mismo transcurrir incesante de carros en todas direcciones, en todas las vías, en todos los destinos. La sensación de vivir en una isla de tierra rodeada de carros por todas partes; soy un náufrago moviéndose en las turbias aguas del Metro, río subterráneo encargado de llevarnos a todos en su violenta corriente de decadencia e involución. Cada mañana la misma Ciudad. Somos nosotros los transitorios, nosotros los transeúntes, nosotros los trashumantes. Somos nosotros quienes la herimos. Ella lleva con orgullo sus cicatrices y nos invita a hundirnos en sus llagas. 

lunes, 11 de noviembre de 2013

La sirena en silencio

Esa mañana me provocó visitar a mi padre. Así, de sopetón. Tenía meses que no hablaba con él, meses que no sabía de él. Meses de olvido. Porque uno suele olvidar a los viejos. Paradójicamente, uno los suele olvidar justo en la etapa en la que ellos se están recordando a sí mismos. Porque durante su edad adulta se descuidan, se dejan de atender para darnos una vida a nosotros… y luego les pagamos con más olvido. Y lo mismo me sucederá a mí. Y lo mismo les sucederá a mis hijos. Esa mañana me provocó visitar a mi padre.

La autopista estaba atestada, nada raro. Era casi un estacionamiento gigante de autos encendidos. Podías casi palpar la ansiedad de los conductores. “Ahora roban a cada rato en las colas”, escuchabas de la vecina. En ese momento podías leer esa frase en la frente de todos los que iban detrás del volante. Yo intentaba recordar la cara de mi padre. A veces se me olvidaba. A veces quería olvidar su enfermedad, su senectud, su dificultad para moverse solo, para comer solo. A veces quería olvidar tanto de él, que se me olvidaba su cara. Tenía meses sin saber de él.
En sentido contrario no había tanto tráfico, nada raro. Los carros pasaban, unos más rápido que otros, y yo inventaba pequeños juegos para distraerme. Tratar de leer la matrícula del auto que pasa junto a ti. Avanza un par de metros. Intenta adivinar la velocidad del vehículo que viene centellando. Avanza un poco más. Así me distraía. Mientras una parte de mi cerebro se ocupaba de esto, la otra podía trabajar en recuperar la imagen de la cara de mi padre.
Apareció una ambulancia que me llamó la atención de inmediato: iba a paso lento, sin apuros, la luz de la sirena girando en silencio. No pidió paso, no avisó de una emergencia. Solo desfiló por la autopista en un silencio inquietante. Sé que no fui el único en aquel atasco que siguió la ambulancia con la vista hasta que desapareció en el fondo de mi retrovisor. Sé que no fui el único que quedó cautivado con la solemnidad de aquella ambulancia.
Una vez alguien me dijo que cuando las ambulancias iban así, con la sirena encendida pero en silencio, significaba que llevaban a alguien que había muerto ahí, en la unidad. No recuerdo quién me contó eso. Lo que sí recuerdo es haber investigado si era cierto y no haber encontrado ninguna información confiable que me lo confirmara. Me gustaba tener certeza de los datos que contaba en las reuniones sociales.
No recuerdo quién me contó aquello sobre las ambulancias, pero sí recuerdo haber ido preguntándoles a otras personas a ver si sabían si era cierto. Un amigo que tenía un amigo paramédico me dijo que sí, que era cierto. Que era una especie de código entre colegas. Más que un código, era una especie de homenaje… o un lamento, según como lo vieras.
O un castigo, pensé también. Imagínate qué cagada. Tu trabajo es tratar de mantener estable, vivo, al paciente mientras lo trasladas a un sitio donde lo puedan atender y no lo logras. Además, debes declarar la muerte del paciente. Debes hacer explícito lo que todos a tu alrededor saben, pero nadie se atreve a confirmar. Debes hacer real la muerte de alguien. Encima de eso, tienes que encender una especie de sirena fúnebre, anunciándoles a todos que has fallado.
Quizás estoy siendo demasiado duro con los paramédicos. Qué se yo de eso. Qué se yo de nada. Sólo sé que la matrícula del Hyundai azul que venía a toda velocidad en sentido contrario comenzaba con AAP y que debo avanzar un par de metros más. Ojalá mi padre me recuerde hoy. Esa mañana me provocó ver a mi padre, pero también quería que él me viera a mí.
Cuando llegué, mi mamá estaba sentada en el pequeño jardín delantero, fumándose un cigarro, la mirada perdida en la distancia. A mamá no le importaba nada. Había perdido el interés por mi padre mucho antes de que él se enfermara. Progresivamente fue perdiendo el interés en nosotros mientras nos fuimos independizando y luego perdió interés por todo lo demás. A mamá no le importaba nada. Por eso no me extrañó que estuviera ahí sentada en lugar de estar junto a papá, ayudándolo.
No me saludó, sólo me vio fijamente. Cuando le pregunté por mi padre, se limitó a negar con la cabeza.
- Ya no está con nosotros. Está muerto- así de seca. Así de insensible. Así de falta de tacto. Así era mi mamá.
Cuando llegaron a asistirlo, me contó ella, dijeron que todavía podían hacer algo por él, que podían salvarlo. Pero ella sabía que papá no lo lograría, ella sabía que papá ya no lucharía. Ella sabía que ya estaba muerto. Por eso no los siguió al hospital.
Una vez alguien me contó que cuando las ambulancias llevaban la sirena encendida pero sin sonido, era porque llevaban a alguien que había muerto ahí en la unidad. Ahora recuerdo la cara de mi padre. Fue él quien me contó la historia de las ambulancias

martes, 5 de febrero de 2013

El Pianista y el Teléfono


Desde el momento de su nacimiento, hasta sus primeros cuatro o cinco años, nadie hubiera dicho que Joaquín Travieso pudiera ser un niño especial. Al nacer pesó y midió lo que se espera, gateó y caminó al tiempo, dijo sus primeras palabras a la edad que lo indican los libros y tenía todos sus dientes exactamente para cuando sus padres lo tenían planeado. Era un niño normal en toda la extensión de la palabra.
En lo único que destacaba era en su curiosidad. Solía preguntar sobre todo lo que veía u oía. Se movía de aquí para allá, intrigado por todos los objetos que se atravesaban a su paso y no tenía miedo de entrar en contacto con aquello que llamara su atención. Sus padres, aunque en ciertos momentos se sentían agobiados por la incapacidad de su hijo de mantenerse tranquilo, suponían que aquello era un comportamiento propio de la etapa.
Cierto día, la familia fue invitada a una reunión en casa de unos amigos. La pareja anfitriona era gente de mucho dinero, con una casa grande de dos pisos, con salones espaciosos y numerosas habitaciones destinadas a propósitos varios. Como era de esperarse, tan pronto sus padres le quitaron la vista de encima y se sintieron relajados por los efectos del buen vino que estaban tomando, Joaquín comenzó a explorar el edificio.
Poco faltó para que el niño, como era algo habitual en él, empezara a abrir las puertas de las habitaciones de la casa. La mayoría eran habitaciones muy bien amuebladas, con camas antiguas, de esas de colchones amplios y altos y de cortinas alrededor, peinadoras estrafalarias con espejos larguísimos y delicadamente detallados y armarios grandes y muy bien elaborados.
Hubo una habitación en particular que dejó sin aliento al pequeño Joaquín. Todas las paredes estaban pintadas de un blanco que incluso hería los ojos en la primera mirada; no había ni una mancha de ningún otro color. El suelo, de madera de roble, estaba tan meticulosamente pulido y cuidado que parecía una maravilla el poder mantenerse de pie sin deslizarse. La habitación no tenía ni un solo mueble, a excepción de un majestuoso piano de cola negro en el centro de todo.
Joaquín Travieso se movió prácticamente en automático hacia el instrumento, se sentó en la silla y, sin saber realmente qué hacía o por qué, lanzó un par de manotadas sobre el teclado. Muy contrario a lo que podía pensarse que sucedió, si bien el niño no tocó una pieza avanzada de piano, tampoco hizo un ruido infernal que hiciera que los demás chirriaran los dientes. El niño se las arregló para posar las manos de manera tal de formar un bonito acorde que decoró todos los espacios en blanco de aquella pulcra sala.
Ese fue el día cuando sus padres descubrieron para qué había nacido Joaquín Travieso. Muchos años después, Joaquín recordaría aquel día como ese en que terminó su infancia. Fue a partir de ese momento que su vida fue ofrecida a la música y el piano. Fue ese día cuando sus padres decidieron que no hacía falta que se esmerara tanto en sus lecciones de lectura y que se esforzara mejor por aprender a leer el pentagrama musical. Fue ahí cuando perdió todas las esperanzas de algún día poder tomar decisiones por su propia cuenta.
El dinero que sus padres habían estado ahorrando para unos posibles estudios universitarios, fue utilizado en su totalidad para comprar un bonito piano y meterlo a los golpes y como fuera en el medio de la sala del apartamento en el que vivían. Lo que hubieran gastado en ropa y zapatos nuevos para ellos mismos, lo empezaron a gastar en las mejores escuelas de música para su hijo. Tan seguros estaban de su talento, que no dudaban de que, cuando creciera, él les pudiera retribuir toda aquella cuantiosa inversión.
A Joaquín le encantaba la música y en especial el instrumento al que se había dedicado, el piano. Sin embargo, sentía que sus padres no le habían dejado otra opción. Si bien adoraba todo lo que tuviera que ver con el instrumento, no podía sentarse a practicar sin sentirse obligado y presionado por sus progenitores, quienes velaban celosamente porque el muchacho cumpliera con sus seis horas diarias mínimas de entrenamiento.
Con el pasar de los años, de ser un niño inquieto y preguntón, Joaquín Travieso pasó a ser un muchacho serio, callado y reservado que prácticamente hizo del piano su propia voz. Había pasado tantas horas practicando en el piano de su casa, que casi no reconocía los demás sonidos del mundo y la mayoría de ellos solían asustarle o molestarle. Con el tiempo, tomó la costumbre de llevar siempre orejeras, de manera que los ruidos de la calle y las voces de las personas no lo molestaran tanto. El muchacho vivía triste y resentido, pues sentía que se le habían pasado los mejores años de su vida mientras practicaba y que ahora no tenía las herramientas para integrarse a ese mundo exterior que le generaba tanta ansiedad.
Sucedió que un día, la academia de música a la que Joaquín asistía, organizó un recital de piano con sus mejores alumnos en uno de los teatros más reconocidos de la ciudad. Por la reputación de la escuela, la cantidad de personas que asistió al evento fue bastante alta e incluso se rumoraba que había importantísimos maestros del instrumento dentro del público, tratando de buscar en aquellos muchachos a su próximo discípulo.
Joaquín Travieso, por ser el mejor de su clase, fue el encargado de cerrar el recital. Ya desde que caminaba hacia el piano, con sus infaltables orejeras- que ocasionaron una risita en más de uno- se podía notar que el ruido le estaba molestando y sus niveles de ansiedad iban en aumento. Caminaba rígido, como si las piernas no le terminaran de responder y murmuraba algo con la mandíbula apretada.
Se sentó en el banco sin reparar mucho en su postura y comenzó a tocar sin pensar realmente lo que estaba haciendo. Casi siempre solía hacer eso, pues sentía que de esa manera la música fluía mejor, sentía que si evitaba que sus pensamientos interfirieran, su ejecución tendría mucho más nivel. Sin embargo, en este caso aquello no fue premeditado, su mente realmente no estaba en ese sitio, consciente del evento en el que estaba y la audiencia que lo asechaba; en ese momento Joaquín Travieso era presa del presentimiento de que algo saldría mal.
A mitad de su actuación, sus orejeras se rodaron lentamente y cayeron en sus hombros. Se sintió desnudo en ese momento, expuesto a cualquier cosa, pero debía continuar; no podía parar por nada del mundo. Trató esta vez de poner su mente en el piano, en sus manos, en la pieza, en las notas que iban fluyendo de su cerebro a sus dedos, de las dedos al teclado y del piano a los oídos del público, quienes disfrutaban de su presentación.
Ya cuando estaba entrado en el último movimiento de la pieza, comenzó a sonar un teléfono en alguna de las filas más cercanas al escenario. Para Joaquín, aquello fue como si un tren se abalanzara sobre su oído. Con una expresión de evidente agonía, lanzó un grito de dolor que estremeció a todos los que estaban en la sala, lanzó un manotazo al teclado haciendo un sonido espantoso y salió corriendo del escenario, dejando a todo el mundo atónito.
Joaquín no quiso salir de su habitación por días. No podía con la vergüenza que le generaba su reacción, pero a la vez sentía una molestia enorme por la imprudencia de aquella persona que había sido incapaz de apagar su teléfono durante el recital. Pasó unos cuantos días aferrado a sus orejeras, sin querer saber nada de nadie.
Lo único que logró traerlo de vuelta a la realidad, fue una llamada que recibió su mamá. Se había comunicado con ellos Melinda Jabs, una afamada pianista de origen alemán que tenía varios años dedicándose a la enseñanza del instrumento y había quedado impresionada por las habilidades del muchacho. Llamó para ofrecerle clases particulares en su casa, ya que opinaba que el potencial de Joaquín era enorme y debía ser explotado propiamente cuanto antes. El muchacho aceptó, sin embargo aquello no era necesario, pues sus padres habían aceptado mucho antes.
- Quítate esas orejeras- fue lo primero que le dijo la mujer al abrir la puerta de su apartamento. Era alta, delgada y muy blanca, con el cabello castaño que le caía sobre los hombros. Físicamente no era muy agraciada, pero el garbo y el porte que tenía la hacían muy atractiva.
- Pero las necesito. Los ruidos me molestan- contestó Joaquín, en voz baja.
- Precisamente eso es en lo que quiero ayudarte. Quiero que te olvides de ese problema de los ruidos. Ahora, quítate esas orejeras y sígueme.
El apartamento de Melinda Jabs era pequeño, muy contrario a lo que podría esperarse de una persona de su renombre e importancia. La reducida sala de estar contaba únicamente con un sofá de tres puestos y una mesa de centro baja. Por todos lados había torres de partituras, libros, discos de vinilo y CDs sin ningún orden específico. “Algún día tendré una biblioteca, para ordenar todo eso” dijo la mujer, a modo de disculpa.
Había únicamente dos habitaciones y el cuarto de baño. Cuando Melinda Jabs abrió una de las puertas, Joaquín tuvo un vívido recuerdo de su infancia: era una habitación pequeña, sin embargo las paredes pintadas de un blanco tan puro la hacían ver bastante espaciosa; en el centro, solitario y elegante, había un hermoso piano de media cola meticulosamente cuidado. Lo único que acompañaba al instrumento en aquella sala era un teléfono que estaba en el suelo.
- Yo estuve ahí cuando hubo el incidente con aquel teléfono celular- comenzó la maestra, al tiempo que encendía un delgado cigarrillo-. Fue algo detestable.
- Lo siento…- contestó Joaquín, bajando la mirada.
- No, no. Por supuesto que no fue por ti. Lo digo por ese desconsiderado que no fue capaz ni siquiera de poner su aparato en silencio. Tú estuviste fabuloso. Aunque, por otros recitales en los que te he visto, creo que estabas un poco desconcentrado.
- ¿Usted me había visto antes?
- Por supuesto, Joaquín. No creerás que te mandé a llamar por una sola actuación. Te he venido siguiendo desde hace un tiempo y déjame decirte de que tus habilidades son excepcionales para un muchacho de tu edad.
- Gracias, señora Jabs…
- Tranquilo. Dicho esto, lo que quiero que entiendas es que mi prioridad aquí no es tu técnica, pues está bastante depurada y lo que podemos mejorar es poco y muy puntual. Hay algo más importante y es esa sensibilidad tuya a otros sonidos que no vengan del piano- mientras hablaba, con su acento muy marcado a pesar de los años viviendo fuera de su país, la mujer miraba fijamente al muchacho-. Si bien lo ideal es que no apareciera ningún ruido mientras estás tocando, debes aprender a seguir haciendo lo tuyo sin importar que haya una guerra afuera.
- Sí señora.
- Pues bien. Manos a la obra entonces. Siéntate y comienza a tocar lo que quieras- Melinda Jabs caminó hacia la puerta y Joaquín se extrañó.
- ¿Se va? ¿No va a ver cómo toco?
- Oh no, cariño. Mi trabajo está allá afuera. Comienza a tocar, que el tiempo es oro y yo no cobro muy barato precisamente.
Luego que la profesora cerró la puerta detrás de ella, Joaquín hizo lo que le había dicho. Se sentó en el banco y, en su forma despreocupada, comenzó a tocar su pieza favorita. Habían pasado unos cuantos minutos, cuando comenzó a sonar el teléfono que estaba a su lado. El timbre era agudo y molesto, como si aquella fuera la línea directa al infierno. Tal y como le había pasado en el recital, el muchacho dejó de tocar inmediatamente y se llevó las manos a los oídos.
“¡Sigue tocando!” gritó Melinda Jabs, desde afuera. Joaquín tomó aire y continuó. Casi inmediatamente el teléfono sonó de nuevo. El muchacho gritó de rabia y dolor y soltó unos cuantos manotazos al teclado del piano. Se levantó del banco y comenzó a dar brincos de agonía. Aquel sonido era insoportable.
Se mantuvieron en la misma dinámica por una hora aproximadamente. Aunque faltaba muy poco para terminarla, Joaquín no pudo llegar al final de la pieza que había comenzado, pues era incapaz de continuar tocando cuando el teléfono sonaba. A la décimo quinta vez que sonó el teléfono, el muchacho salió corriendo a la sala de baño, donde se hincó y vomitó. “Esto parece peor de lo que yo me imaginaba”, pensó Melinda Jabs, antes de enviarlo de nuevo al piano.
En ese ejercicio consistieron las clases durante las semanas siguientes. Joaquín se sentaba al piano y, desde la sala o su habitación, Melinda Jabs lo interrumpía, llamando al teléfono que se ubicaba en la habitación del piano. Para el muchacho, aquello no fue nada fácil. Vomitó en muchas más ocasiones, lloró y llegó a sudar en cantidades insospechadas, sin embargo, poco a poco, iba logrando adaptarse al sonido del aparato y tocar a pesar de él.
Pudo notar cierta mejora en cuanto a su capacidad para tolerar otros ruidos y sonidos. Podía tolerar las voces, las notas agudas de los violines, los programas de televisión e incluso los ruidos de los carros en las calles. El único problema eran los teléfonos. Lejos de habituarse a ese sonido, parecía haberse sensibilizado. Si bien podía tocar mientras el teléfono de su profesora sonaba, cuando los escuchaba en otro contexto no podía dejar de sentir rabia, molestia, ira, que debía controlar con ejercicios de respiración y cosas por el estilo.
Llegó el día en que su academia de música organizó otro recital de piano, en el mismo sitio y con los mismos alumnos. Melinda Jabs le dijo que estaba preparado. El propio Joaquín se sentía tan preparado que no llevó sus orejeras ese día. Estaba confiado de que todo saldría bien y que ese recital lo consagraría como el gran pianista que sus padres aseguraban que sería.
Al igual que en la ocasión anterior, Joaquín fue el encargado de cerrar el recital. Comenzó su actuación y ya con las primeras notas, hizo que todos se quedaran asombrados con su habilidad. Se le veía decidido y eso hacía que quienes lo escuchaban se sintieran emocionados con su presentación.
Mientras tocaba, escuchaba los ruidos que venían desde el público. Personas acomodándose en sus chirriantes asientos, alguno que otro murmurando un comentario sobre el pianista o sobre alguna medicina que habían olvidado comprar. Todo aquello era algo que el muchacho podía manejar. Pero hacia el final, una vez más, sucedió lo indeseable: un teléfono celular comenzó a sonar.
Joaquín cerró los ojos con fuerza y se presionó a sí mismo por seguir tocando. A pesar de que lo logró, todavía escuchaba el sonido del teléfono. Lo escuchaba tan claro que incluso pudo ubicarlo perfectamente: primera fila, séptima butaca de derecha a izquierda. El pianista seguía tocando, mientras el teléfono continuaba repicando.
Logró mantener la concentración por unos segundos más, pero luego flaqueó un poco e imprimió más fuerza de la que debía en una nota. Respiró hondo y continuó; el teléfono seguía repicando. Olvidó hacer un trino y luego falló al intentar presionar el pedal con su pie derecho. Cerró los ojos con fuerza y continuó; el teléfono sonaba, incesante. Los dedos empezaron a dejar de responderle y tocó al mismo tiempo dos notas, creando una disonancia espantosa. Intentó continuar, mientras el teléfono seguía repicando, pero no lo logró.
Paró de golpe, a tan solo un par de compases para el final, y golpeó el teclado con todas sus fuerzas, a tal punto que unas pequeñas piezas blancas y negras rodaron por el escenario. Resoplando pesadamente y con una expresión animal en su rostro, se giró de golpe hacia el punto de donde venía el sonido. Ahí se encontraron sus ojos con la cara asustada de una mujer que recién había logrado encontrar su teléfono celular y lo había hecho callar. Pero ya era muy tarde.
Joaquín Travieso se levantó, haciendo caer el banco y saltó sobre la mujer que nunca entendió qué sucedió. Con toda la frustración que el muchacho tenía contenida, comenzó a golpearla con la misma intensidad con la que había golpeado el teclado del piano. La golpeó repetidas veces, descargando todos los años de opresión a los que lo sometieron sus padres a expensas de un futuro que él no quería del todo. La golpeó con la misma potencia con la que había soñado golpear a Melinda Jabs por someterlo a tal castigo de hacerlo escuchar ese diabólico teléfono una y otra vez. La golpeó hasta que no sintió movimiento ni vida en aquella mujer; hasta que sintió que por fin había logrado terminar una pieza sin que ningún teléfono lo interrumpiera.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Tan macho que se la daba



En aquella cama king size, vestida con hermosas sábanas del más suave satén, yacía sin vida el acaudalado magnate Ramón Valdivieso. Apenas se notaba que estaba muerto. La cabeza caída, la boca entreabierta y los lentes un poco desencajados daban la impresión de que el hombre, ya entrado en años, simplemente se había quedado dormido después de un largo día de trabajo. La cuestión es que él ya estaba jubilado y eran las diez de la mañana.

A su lado, en actitud más bien paciente, se fumaba un cigarrillo Jimena Chacín, su mujer. Mejor dicho, una de sus mujeres, pues a Ramón Valdivieso lo que le sobraba de dinero, también le sobraba de mujeriego y aventurero. Jimena Chacín estaba esperando fumarse su cigarro para largarse de aquel lugar.

La mujer no sentía ningún tipo de temor por la situación en la que se encontraba, estando sola al lado de un hombre que acababa de morir y siendo la última en haberlo visto con vida. El hombre había muerto por causas naturales; de haber algún culpable, sería él mismo, por no haber tomado nunca en cuenta las recomendaciones de sus médicos y amigos relacionadas con sus excesos y su edad.

Aunque aquello era una verdad a medias. Ella sabía muy bien quién era el otro culpable de la muerte repentina de Ramón Valdivieso. Sin embargo, no podía delatarlo, pues el asesino aún no había nacido ni siquiera. Jimena le echó otro vistazo a la hoja en la que se reflejaban los resultados de su prueba de embarazo. Seguía indicando positivo. Como las otras doscientas veces que la había leído. Ella había podido aguantarlo; incluso le hacía ilusión la noticia. Sin embargo, el pobre Ramón quedó fulminado apenas leyó el resultado.

Ella podía imaginarse por qué. El escándalo, los chismes, los rumores, las acusaciones y señalamientos. Las ollas destapadas, las verdades descubiertas, los trapitos al sol. Todo eso que los humanos corrientes viven día a día, para una persona del tamaño de Ramón Valdivieso era un peso insoportable. Un peso que ni sus hombros ni su corazón pudieron aguantar.

Jimena Chacín se levantó de la cama, se guardó la colilla del cigarrillo en el bolsillo de su abrigo para evitar dejar su ADN por ahí y se dirigió hacia la puerta. Dejó la prueba de embarazo sobre la cama. Como siempre usaba guantes, no le preocupaba el asunto de las huellas. Dejó la prueba ahí, al lado del difunto, porque quería que supieran qué lo había matado. También se había encargado de que su nombre no apareciera en ningún lugar de la hoja, así que su identidad estaba totalmente resguardada.

Ella sabía que aquel romance tendría un final abrupto, pero nunca se imaginó que fuera de esa manera, con Valdivieso escapando por la vía de la muerte. Nunca se imaginó que su amante le reservara semejante acto de cobardía, muriendo de miedo ante un futuro que se veía complicado. En ese momento se dibujó una sonrisa en su hermoso rostro, pues se imaginó cuál sería el epitafio perfecto para la lápida del recién muerto: “Ramón Valdivieso, tan macho que se la daba”.

miércoles, 18 de julio de 2012

De la muerte autoinducida y sus experiencias


Había tocado fondo. Había llegado a un estado en el que pensaba que ya no había retorno. Para mí, llevaba varios años dando vueltas alrededor de un mismo punto, caminando en círculos, orbitando un enorme sinsabor que regía lo que era mi vida últimamente.

Estaba triste, decepcionado, cansado, aburrido. Cuando te encuentras en momentos como esos, piensas más lento. No solo más lento, sino que el tinte de tus pensamientos se oscurece. Además de todo eso, tu pensamiento lento y oscurecido, siempre va dirigido a un solo lugar. En mi caso, lo único que veía con claridad era la muerte.

Era una “ventaja” para mí el hecho de que viviera solo. Así nadie podría detenerme en llevar a cabo aquello de lo que ya me había convencido. Así nadie podría hacerme ver algún buen motivo para no dar el paso hacia esa oscuridad que me estaba llamando, tan tentadora, tan acogedora.

Algunos creerían que quitarse la vida es una acción apresurada, impulsiva, casi primitiva. En algunos casos puede que sea así, pero para mí, no lo era. Este era un asunto importante y como tal, ameritaba la mayor organización y preparación.

Analicé los métodos, los lugares ideales. Analicé la hora del día a la que debía hacerlo, investigué sobre cómo evitar que alguien me mantuviera con vida. Encontré grupos de personas que estaban en mi misma situación y que habían optado por el mismo desenlace que yo; me empapé de sus experiencias, de sus ideas, de sus planes. Mientras más me involucraba en el asunto, más me convencía de la idea de terminar con esta existencia que me parecía ya tan patética a esa altura.

Me decanté por resolver el asunto con una mezcla especial de pastillas. Me pareció la mejor manera. No era tan doloroso, no me dejaría desfigurado o algo por el estilo. Además, era algo que, acompañado del trago correcto, hasta podría disfrutar.

No he de molestarlos con los detalles sobre cómo conseguí los materiales para llevar a cabo mi plan suicida. Eso no es lo relevante del asunto. Lo interesante es lo fácil que es conseguir en las calles la materia prima de la muerte. Hay drogas y armas de todo tipo ahí afuera, lo que hay que hacer es pasearse por las calles correctas y tocar las puertas indicadas. Y eso fue exactamente lo que hice.

Una vez que me había hecho con las pastillas, decidí acomodar el ambiente. Quería morir escuchando música y que me encontraran de esa manera. Quería que se dieran cuenta de que, si bien pasaba por un bache en mi vida, mi muerte no fue una decisión nacida del puro sentimentalismo, de la tristeza; quería que supieran que había sido una decisión producto del análisis, del estudio, de la investigación de lo que involucraba el suicidio. Quería que se dieran cuenta, al encontrarme, de que yo había decido recibir a la muerte en un ambiente agradable, como quien recibe a un viejo amigo muchos años después de haberle hablado por última vez.

Así pues, encendí mi reproductor musical, me serví una copa de la mejor bebida que mi presupuesto me permitía, me senté en el viejo y raído sillón de mi sala y contemplé por unos cuantos minutos el frasco que contenía las pequeñas pastillas que habrían de librarme de una vida que ya no quería llevar. Las observaba con detenimiento, casi admirándolas, casi adorándolas, en lo que parecía una parodia tétrica de un rito religioso.

Lentamente la primera cayó en mi mano. De mi mano a mi boca y de la boca al estómago, ayudada por un trago de mi bebida. Por primera vez, sentí miedo. Me quedé con los ojos cerrados por unos minutos, escuchando la música, escuchando mi respiración. Todavía vivía.

Sin abrir los ojos, llegó la segunda pastilla… y la tercera y la cuarta. Después de que había pasado la séptima pastilla, dejé de contarlas. Seguía con los ojos cerrados. Temía que si los abría, si tenía el más mínimo contacto con el mundo exterior, con la vida, me arrepentiría de la decisión que ya había tomado. Cuando pensé que ya había sido suficiente, me recliné en el sillón y respiré profundamente.

Solo en ese momento me di cuenta de que había un factor para el que no me había preparado: la espera. Ciertamente cuando decides quitarte la vida, muchas de tus virtudes son puestas a prueba y una de ellas es la paciencia. Podría tardar horas, incluso hasta un día, en que esos pequeños comprimidos hicieran su trabajo en mi cuerpo. Mientras tanto, yo debía esperar pacientemente.

Dejé que mi mente se perdiera entre la música. Dejé que mis pensamientos se movieran al ritmo de aquellos acordes que llenaban el espacio de mi apartamento. Dejé que aquellas notas, que sonaban como una hermosa despedida, me consolaran y me acompañaran en aquella empresa tan ambiciosa que había comenzado. Dejé que la música me arropara, me quitara el miedo y me condujera a través de ese mítico túnel que todos aseguraban que algún día vería. Aquella dulce música, cómo me habría gustado acariciarla…

Ahí donde estaba, pensé, ya había muerto. En ese momento, sentado en el sillón, con los ojos cerrados y una decena de pastillas nadando en mi estómago, mi mente estaba tan desprendida de mi cuerpo que era casi ingenuo pensar que espíritu y máquina seguían siendo uno. Sin embargo, todavía podía notar mi respiración y todavía podía sentir, aunque muy débil, mi corazón latiendo en mi pecho. Todavía faltaban unos cuantos pasos.

Pasado un rato, sentí el irrefrenable deseo de abrir los ojos. Sentí que había algo ahí afuera que me llamaba, que me invitaba; algo que no era precisamente la vida. Lentamente abrí los ojos, con algo de temor, pero también con emoción y, luego de acostumbrarme a la luz, me di cuenta de que lo que veía no era mi apartamento.

Estaba frente a la cocina de la casa de mi infancia. ¿Cómo era aquello posible? En alguno de los foros en los que había participado, habían dicho que las alucinaciones podían ser parte del proceso, sin embargo aquello era tan real que me resultaba difícil pensar que era parte de mi imaginación.

En aquella cocina empezaron a entrar distintos miembros de mi familia, todos con aspecto sombrío. Todos se veían, más que tristes, cansados. Parecían llevar una carga enorme en sus hombros y estar ya agotados de moverla a todos lados con ellos. Uno a uno fue entrando a la cocina y parándose frente a mí, mirándome fijamente con esos ojos oscuros en los que yo no podía encontrar vida.

Por un lado, la presencia de miembros de mi familia me hacía sentir cómodo. Por otro lado, su aspecto hacía que mi ansiedad subiera. No eran las figuras más amigables que pudieras ver, no eran precisamente las caras que quería ver en mis últimas horas. Sin embargo estaban ahí, parados frente a mí, viéndome fijamente. Cada vez entraban más y más a la cocina. Ya eran tantos que había muchos que ni siquiera conocía. Reconocía que eran de la familia porque todos se parecían entre ellos.

Como ya eran suficientes para cubrir todo mi campo visual, empecé a verlos con detenimiento yo también a ellos. Mientras trasladaba mi mirada, de una cara a la otra, noté un detalle que por un momento me heló la sangre: ninguno de aquellos miembros de mi familia que estaban ahí frente a mí, estaban vivos.

Abuelos, tíos, primos, todos los que estaban ahí, eran personas que ya habían muerto. Era por eso que había algunos que no reconocía; esos eran miembros de mi familia que habían muerto mucho antes de que yo hubiera nacido incluso. Era por eso que en aquella cocina, no estaban mis padres, mis hermanos. Supuse entonces que ese era mi momento final. Nada más poético que reunirse con la familia a la hora de partir del mundo terrenal.

Me levanté del sillón y di unos cuantos pasos vacilantes hacia ellos; no sabía si eso era exactamente lo que tenía que hacer, pero sentía que era lo más lógico. Apenas me acerqué, todos aquellos miembros de mi familia se movieron hacia mí, como un gran bloque y me rodearon. Se fueron acercando cada vez más y más, hasta que casi no pude ver la luz exterior. Se acercaron a mí hasta que un frío glacial llenó mis pulmones. El temor me invadió y quise gritar, pero ¿qué caso tenía? Mi grito no sería audible por oídos mortales en ese momento. Me arropó la oscuridad y, antes de perderme en ella, alcancé a escuchar lo que pensé que serían los últimos compases musicales que jamás escucharía…

Abrí los ojos de nuevo y me costó unos minutos entender que estaba de nuevo en la sala de mi apartamento. Me costó un rato recordar quién era, dónde estaba y lo que había estado haciendo últimamente. Me costó unos cuantos minutos recordar por qué y cómo había decidido arrebatarme la vida. Me costó un momento recordar que había muerto… o al menos eso era lo que yo pensaba.

Había calma, silencio. La música había dejado de sonar, quién sabe hacía cuanto tiempo. A mi derecha, en el suelo, había un charco de vómito. Podía ver algunas pastillas ahí, pero no estaba seguro si eran de las que me había tomado o eran las del frasco, que se me habría resbalado de la mano. Mi copa estaba vacía, al igual que la botella que contenía aquella bebida que me había ayudado a pasar el trago de la muerte. A pesar del aspecto desastroso que tenía la escena, todo se veía normal.

 Con un gran esfuerzo, me levanté del sillón. La sensación era la de que no había movido un solo músculo en años. Sentía como si el cuerpo me reclamarlo por someterlo a aquel sufrimiento de moverse, de sentirse con vida, de sentirse activo.

Mi mente tampoco estaba en el estado más óptimo. Todavía estaba confundido. Todavía me costaba recordar cosas. Todavía no entendía muy bien qué me había llevado a la situación en la que estaba en ese momento. Todavía ignoraba la naturaleza del estado en el que me encontraba.

Caminé por la pequeña sala de mi apartamento, dando vueltas, intentando hilar una cadena de pensamiento coherente. Fue después de unos cuantos pasos cuando llegó a mi mente una idea tan obvia, pero tan fuerte, que hizo que me mareara un poco: todavía estaba vivo.

¿Era posible que tuviera tan mala suerte que ni siquiera pudiera quitarme la vida? Aquella pregunta hizo que estallara en una sonora carcajada. Sin embargo, mi risa me asustó. No había alegría en ella. Mi risa era un sonido tétrico, sombrío, como el eco que devuelven las profundidades de un cementerio a un caminante perdido.

Luego de haber superado ese susto, me puse a pensar. Me puse a sacar cuentas, a intentar deducir por qué no había logrado cumplir mi objetivo. Nada parecía tener sentido, excepto una cosa: estaba vivo, todavía. A decir verdad, mientras se me iba pasando el entumecimiento de los músculos y la confusión de la mente, me sentía cada vez más vivo. Más vivo incluso que unas horas antes, cuando comencé a pasar aquellas pastillas con alcohol.

No entendía cómo podía seguir habiendo vida después de aquella escena tan escabrosa de mis familiares muertos viniendo a encontrarse conmigo. No podía creer que aquello tan solo hubiera sido una jugarreta de mi mente. No podía entender que mi cuerpo hubiera aguantado esas cantidades de veneno a las que lo había sometido. No podía entender el chiste en esa broma tan pesada que el destino me estaba jugando.

Quise tomar un poco de aire, así que caminé hacia la ventana. Una vez más, me llevé un susto terrible cuando me encontré con que, parado en el alféizar de la ventana, se encontraba un buitre enorme, con la mirada fija hacia el interior de mi apartamento.

Sonreí y recordé al cuervo de aquel poema que tantas veces había leído en mi infancia. Miré fijamente al buitre y le pregunté, burlonamente, “¿nunca más?”, sin embargo aquel ave no era del tipo parlante. Seguía mirando fijamente y aunque yo estaba justo frente a él, no parecía mirarme a mí, parecía mirar a través de mí. Intenté espantarlo, sin éxito. El buitre emprendió el vuelo por su cuenta.

Tampoco tuve éxito al abrir la ventana de mi apartamento. Aquella ventana estaba un poco dañada y necesitaba de unos movimientos especiales para abrirla, sin embargo, normalmente siempre podía hacerlo. Esta vez no fue así. Se lo atribuí a mi estado de confusión, ansiedad y debilidad. Respiré profundo y volví a echarle un vistazo a la sala.

Todo parecía tal como lo había dejado cuando decidí suicidarme. Casi todo. Algo que me llamó la atención fue lo rápido que se habían deteriorado las flores que había comprado la mañana anterior a mi práctica suicida. Me pareció muy curioso, sin embargo yo no era un experto en plantas, así que no podía saber que tan extraño era aquello.

Me fijé en que el reproductor de música seguía encendido, a pesar de que ya no estaba sonando ninguna música. Pensé que había preparado suficiente material en mi disco extraíble como para que la música sonara por horas, incluso días. Capaz hubo un corte eléctrico mientras estuve inconsciente, capaz los archivos estaban rotos. Lo cierto es que aquel silencio me estaba incomodando, así que intenté hacer sonar el reproductor de nuevo. Alguna avería tenía, que no me permitió hacerlo sonar de nuevo. En ese punto, estaba empezando a desesperarme un poco.

Me dejé caer en el suelo, recostado de la pared. Intenté darle sentido a todo lo que había pasado en las últimas horas. Intenté entender todo lo que había pasado en mi vida últimamente. Concluí que, ya que estaba vivo, debía intentar ponerle orden a mis pensamientos y tratar de reorganizar mis acciones futuras.

Pero había algo que me seguía molestando. Había algo en la atmósfera del lugar que me hacía sentir incómodo. Había algo en el aire que me hacía sentir fuera de sitio, me hacía sentir como que no pertenecía a ese lugar, a ese momento. Era una sensación extraña, pero mientras más me hacia consciente de ella, más invadía mi mente, mis sentidos y me obligaba a escudriñarla y estudiarla.

Luego, todo empezó a pasar muy rápido. Mi cabeza empezó a dar vueltas alrededor de ese sentimiento de alienación, por la ventana podía ver como una bandada de buitres revoloteaba en círculos cerca de mi ventana y alguien empezó a llamar a la puerta del apartamento con mucha vehemencia.

Grité diciéndoles que se fueran, estaba demasiado mareado y confundido como para atender a alguien más en ese momento. Sin embargo volvieron a llamar a la puerta, con una energía que me parecía desproporcionada. Volví a gritarles para que se fueran, les grité con fuerza y con desprecio, para que entendieran que debían dejarme en paz.

Hubo un momento de silencio en el que pensé que se habían ido, sin embargo, cuando había bajado las defensas, pude ver cómo la puerta de mi apartamento se caía, tras un golpe muy brusco que hizo que me pusiera de pie de inmediato.

Unos hombres con uniforme de la policía entraron al apartamento, casi corriendo y detrás de ellos mi vecina, mi madre y mi hermano. Pude notar que los tres tenían una expresión de profunda preocupación que me alarmó sobremanera. Caminé hacia ellos, intentando al mismo tiempo hacer que se tranquilizaran y que me explicaran que era todo ese circo que habían montado en mi apartamento. Sin embargo ellos pasaron a mi lado, casi ignorándome, corriendo hacia el centro de la sala.

Giré, desconcertado. ¿Qué estaban haciendo todos arrodillados frente al sillón? Caminé hacia ese punto y ahí, la verdad me golpeó. La verdad mi inundó con su fuerza, abrió mis ojos hacia lo que habían estado cerrando por los últimos minutos. Ahí en el sillón estaba mi cuerpo, sin vida desde hacía varios días. Ahí en el sillón había muerto esa tarde en la que tomé una dosis de medicamentos suficientes para matar a dos hombres. Ahí, en el medio de la sala, estaba muerto y no me había dado cuenta.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Números

Erase una vez un hombre obsesionado con los números. Si tal vez has escuchado historias de este tipo, te preguntarás “¿obsesionado con los números? ¿Con qué número?”, pues bien, la respuesta es: todos. Este hombre estaba obsesionado con todos y cada uno de los números de su vida.

Pero esa obsesión tenía un origen bastante razonable. Nuestro protagonista estaba obsesionado con los números porque eran lo único que le ayudaban a recordar. Su memoria no le daba las herramientas necesarias para recuperar sus recuerdos, así que él inventó la suya propia. Los números le daban la posibilidad de tener un pasado, aprender de él y prepararse para el futuro.

Desarrolló su sistema cuando era bastante pequeño, siendo un niño de nueve años ya presentaba graves problemas de memoria. El sistema era sencillo. Por ejemplo: tomaba el número de horas que estuvo despierto, lo sumaba al total de personas que estuvo en su casa en un día determinado, lo dividía entre su edad para el momento y el número resultante era el que le recordaba su noveno cumpleaños. La parte que hacía peculiar y secreto su sistema era el hecho de que siempre cambiaba los eventos a sumar, restar, multiplicar o dividir en función del día, así que nadie nunca podía descifrar un patrón y jugar con sus recuerdos.

Podrías preguntarte “¿cómo recordaba aritmética?”. La respuesta es simple: sus habilidades no se veían afectadas por su problema de memoria, sólo sus recuerdos. También es posible que te preguntes “¿en qué manera lo ayudaban esos números a recordar?”, déjame decirte que le ayudaban de gran manera; lo increíble de la memoria de este personaje es que cuando veía sus números, los recuerdos aparecían claramente ante sus ojos, aunque por un período muy corto de tiempo. Unos minutos después su mente volvía a la oscuridad.

Cuando era niño andaba para todos lados con una pequeña libreta donde iba anotando todos los números que le servían para recordar. Había días en los que se la pasaba anotando códigos y otros, más aburridos o embarazosos, donde escribía muy pocos o ninguno.

A partir de ahí fue asociando todo con números, no sólo sus recuerdos. Lo que iba empezando como una necesidad fue tomando forma de obsesión. Con el pasar de los años, los códigos se hacían más complicados y no sólo se limitaban a sus memorias, sino a hechos triviales como la cantidad de autobuses que pasaban a diario por su cuadra.

Cuando se hizo mayor concluyó que el papel era un receptáculo muy frágil para su memoria, así que tomó la decisión de pasar la tinta de las libretas a su piel y empezó a tatuarse por todo su cuerpo los números que le servían de llaves para las puertas de su pasado.

A medida que avanzaba el tiempo, los tatuajes iban alcanzando partes de su cuerpo que no podía ver con facilidad, así que construyó en su apartamento un cuarto de espejos, donde podía mirar cada ángulo de su cuerpo y recordar lo que quisiera.

Un día se paró en el medio de su sala de espejos y empezó a repasar los números que estaban tatuados en su cuerpo. Mientras los recuerdos iban y venían en su cabeza, un pensamiento empezó a crecer en su cabeza y se fue haciendo más y más grande hasta que estalló en lo más profundo de su obsesión numérica y movió las bases de su realidad: no sabía cuántos números había tatuados en su cuerpo, lo que para él era imperdonable.

Sabía exactamente cuántos libros había en su casa, el número exacto de víveres que tenía en la despensa, cuántos miembros había en su familia desde tres generaciones atrás, sabía cuántas personas vivían en cada apartamento de su edificio, sabía cuántas veces en promedia sonreía al día la chica que vendía flores en la esquina y de esa manera, al haber una variación, darse cuenta de si pasaba algo. De esa manera, era absurda para él la idea de no saber cuántos números tenía tatuados en el cuerpo.

Rápidamente empezó a contarlos, pero eran tantos y estaban tan juntos que se perdía o los agrupaba de una manera incorrecta. Lo intentó, lo intentó, lo intentó, pero no lograba nada. Era incapaz de distinguir con claridad esos números que conocía tan bien.

Se empezó a preguntar entonces si había estado leyendo bien los números durante todo ese tiempo, si sus recuerdos eran reales, si el pasado que creía tener existía de verdad. Se desplomó en el piso y desde allí siguió intentando contar los números, empezando una y otra vez, una y otra vez…

Muchos años después, en un asilo para enfermos mentales, su cuerpo dejó de funcionar y falleció… Pero él realmente había muerto el día en que se perdió en aquel laberinto de números y recuerdos.

sábado, 13 de agosto de 2011

Crónica de un Suicidio

El grito de "¡eres un inútil!" de su padre, todavía retumbaba con fuerza en su cabeza; y la mirada de decepción de su madre pesaba sobre él, igual que unos minutos antes. Les dejó sentir su ira con un portazo que de seguro se escuchó en todo el vecindario. Se paró de espaldas a su casa, limpió las lágrimas que brotaban llenas de ira de sus ojos, respiró hondo y empezó a caminar, con determinación, hacia ese destino que ya había seleccionado para sí mismo un tiempo atrás.

Algo debió haber hecho en su vida pasada. Algo grande y malo, pues esta vida que le habían dado era totalmente un asco. Padres que no lo apreciaban, amigos falsos, un trabajo que apestaba, una universidad inservible… un fracaso tras otro… por más que intentaba no había manera en que esas muy pequeñas cosas buenas que se suponía había en su vida, pudieran opacar todas las cosas malas que estaba seguro que existían.

Pisaba con fuerza mientras caminaba a paso rápido. Pisaba con ira, como intentando que el mundo sufriera de igual manera a como él estaba sufriendo. La gente lo miraba, como si fuera un animal extraño. Siempre lo hacían. Por lo general no les hacía caso, pero ese día sus miradas sólo hacían que estuviera más seguro de su decisión. Llegó a la estación de metro y pidió un boleto de ida únicamente, pues no pensaba volver.

El andén estaba algo lleno para esa hora, sin embargo eso no pareció ser un inconveniente; tal vez si había gente viéndolo se sentirían un poco culpables. Un poco de nerviosismo lo atacó, pero supo disimularlo y concentrarse en su objetivo.

Vio la pequeña pantalla que colgaba del techo… quince minutos… sólo quince minutos para la llegada del tren… quince minutos y la cara de ira y decepción de sus padres aparecía con cierto aire de tristeza en su cabeza.

Diez minutos… y la imagen de su jefe echándolo apareció de la nada en su cerebro… diez minutos y las voces de sus profesores reprendiéndolo por su bajo rendimiento sonaron con fuerza en sus oídos.

Cinco minutos… la escena de su novia besándose con su mejor amigo no tardó en aparecer, acompañada del estúpido “esto no es lo que parece” de ella y de la risita burlona de él.

Un minuto… y después de saltar… ¿qué? Y todas esas metas inconclusas ¿qué? ¿Realmente era mejor escapar en ese momento? ¿Cómo quedaría su imagen si lo abandonaba todo a ese punto?... Sonrió…

Caminaba con paso firme de vuelta a casa, con una gran sonrisa en su cara. Ver la pequeña luz del tren aparecer por el túnel fue, de alguna manera, revelador para él. Se dio cuenta de que la verdadera diversión de la vida estaba en todos los problemas que ésta traía consigo… de resolverlos. De mantener sus sueños en mente y abrirse paso entre la adversidad para lograr el éxito.

sábado, 4 de septiembre de 2010

Carta (Pies sobre la tierra)

Hola. Tengo algo que decirte.

Puede que este no sea el mejor día de mi vida. Pero ¿sabes qué? Estoy seguro de que puedo hacerlo funcionar. Tal vez hoy salga a la calle y ninguno de los colores que vea combine, pero es mi trabajo hacer que toda esa locura tenga un poco de sentido, al menos para mí. El mundo no se debe parar sólo porque algunos lo digan.

Tal vez por estos días la suerte no me esté sonriendo, pero qué más da… Algunas veces esa caprichosa te sonríe y las veces que no lo hace, hay que trabajar; pues incluso las oportunidades, que son conocidas por su habilidad de “llegar” o “presentarse”, no son tan benévolas como las pintan. Llegan, sí. Pero muchas veces lo que sucede en realidad es que salimos a buscarlas y las encontramos a medio camino. Siempre hay que moverse. Siempre hay que actuar.

Sé que hoy saldré de mi casa y los ríos seguirán siendo de agua y no de Coca-Cola. Es así, vivo en un mundo real y debo estar consciente de eso. Que si bien es bueno tener la cabeza en las nubes un poco, aspirar alto, también hay que saber mantener los pies en la tierra, conocerse a uno mismo y tener noción de lo que se puede o no hacer y cuándo.

Es muy probable que mañana abra los ojos y el mundo no me de ninguna razón para sonreír. En ese caso lo más fácil sería quedarme arropado en mi cama y lamentarme por la desgracia de todos. Pero es de verdaderos guerreros levantarse con una sonrisa en la cara y salir a enfrentar toda adversidad. Tal vez mi eterna felicidad te parezca algo hipócrita y falsa, pero si no soy yo quien trae un poco de alegría y tranquilidad ¿quién lo hará?

No estoy dejando nada al azar. Por eso, si fracaso estaré tranquilo, porque sé que lo di todo de mí. Por eso, si fracaso, podré levantarme y volverlo a intentar, teniendo en cuenta mis errores. Por eso sé que si fracaso, igual podré mirarte tranquilamente a los ojos y sonreír.

Sinceramente,

César Aramís Contreras Parra.

domingo, 8 de agosto de 2010

Carta (Estimado señor asesino)

Estimado señor asesino,

Le escribe el padre de la niña a la que usted mató hace un par de meses atrás. Tal vez este gesto le parezca un poco extraño (créame que no es usted el único que piensa eso), pero me pareció que era justo, necesario. Terapéutico... para ambos.

Es posible también que usted finja que esta carta no tiene ningún tipo de sentido, debido a que usted y su defensa insisten en su inocencia, pero el día en que lo vi en el juicio, señor Asesino, vi culpa en sus ojos. Estoy tan seguro de eso como que mi hija menor está muerta.

Déjeme empezar por decirle que, contrario a lo que muchos pueden pensar, yo, y estoy casi seguro de que mi esposa tampoco, no siento rencor hacia usted. El dolor de la pérdida de un hijo es una pena muy grande como para dejar espacio y tiempo al odio. Prefiero pasar mis ratos recordando a mi hija y llorando de nostalgia que pensando en usted y llorando de rabia. Además, odiarlo señor Asesino, sería establecer un tipo de vínculo emocional con usted... No. No hay odio.

En todo caso creo que lo que sentíamos mi esposa y yo antes de ese juicio era miedo. Terror. Miedo porque en mi mente solo un monstruo podría ser capaz de una atrocidad como el asesinato de mi niña. Solo una bestia totalmente inhumana podría ser la perpetradora de semejante acto antinatural. Pero luego lo vi entrando a la sala donde se celebraría el juicio y vi que era un humano como todos en el recinto. Lejos de sentir rabia o algo por el estilo, no dude en creerme cuando le digo, señor Asesino, que lo que sentí al verlo fue alivio, pues supe que esa clase de monstruo que yo pensaba que aparecería por la puerta por la que usted entró, sólo existe en mi imaginación.

Si bien lo único importante es terminar de demostrar que usted es el culpable, no puedo evitar (y parece ser algo normal) preguntarme por qué. ¿Por qué, señor Asesino? ¡Por qué mi hija? ¿Para qué? ¿Qué daño pudo hacerle una niña de doce años para que usted simplemente llegara y la estrangunlara? No hubo robo, ni violación, ni secuestro, ni amenazas, ni golpes. Solo llegar, matar e irse... ¿Por qué? ¿Para qué?

Por otro lado, no se si darle las gracias por eso. Entiendo que esto sonará increíblemente extraño y que no tiene ninguna lógica, pero al menos no tengo una imagen de mi hija ensangrentada, hinchada y mutilada abandonada en un callejón... En realidad desearía no tener solo imágenes de ella y tenerla aquí a mi lado en este momento... Pero la vida no es perfecto, ¿cierto, señor Asesino?

Por más bizarro que parezca y por mucho que me aborrezca a mí mismo en este momento por lo que estoy haciendo, debo agradecerle de nuevo. Este duro episodio ha hecho que mi familia se haya unido otra vez; que hayamos vuelto a ser eso, una familia; que sintamos el apoyo y el calor del otro. Ojalá usted pueda sentir eso, señor Asesino... Ojalá.

Desearle mal no devolverá a mi hija, así que no tiene sentido. Tampoco lo tiene que nos pida disculpas, pues el daño, el inmensurable daño, ya está hecho. Rezaré por usted, señor Asesino, rezaré por su alma y por su mente...

Rezaré por su paz espiritual y por su cordura, porque sé que una vez que el arrepentimiento toque la puerta de su razón y usted le deje entrar, no lo abandonará hasta su último día. Rezaré por que la luz aparezca en su vida, porque cuando entienda lo que ha hecho el sol no brillará más para usted.

Se despide, estimado señor Asesino, el padre de la niña que usted mató hace unos meses, deseando con todo su corazón que usted nunca pase por algo parecido a lo que yo estoy atravesando, pues no tengo duda de que usted nunca lo soportaría.

Que tenga un feliz día...

sábado, 31 de julio de 2010

"Hope I die before I get old..."

De izquierda a derecha: Pete Townshend (guitarra),
Roger Daltrey (voz), Keith Moon (batería) y Jon Entwistle (bajo)
The Who es simplemente una de las bandas de rock más importantes de la historia. Con sus composiciones han sabido dejar una huella imborrable en la historia de este género musical y han marcado toda una tendencia y estilo.

Es una banda a la que admiro muchísimo. Tanto como conjunto, como individualmente. Admiro a Roger Daltrey por ser uno de los pocos músicos dentro del género del rock que se ha mantenido toda su vida alejado de las drogas. Admiro a Pete Townshend por la capacidad creativa tan bestial que tiene ese pana; casi todas las canciones de The Who son compuestas por él. Admiro a John Entwistle simplemente por ser una bestia del bajo, un monstruo. Y admiro a Keith Moon porque lo dejaba todo, absolutamente todo el escenario.

En 1965 publicaron su primer álbum, "My Generation". La canción que le daba el título al disco rápidamente se convirtió en un clásico de la banda y del rock en general. Es una canción de protesta... de compañerismo... es una voz que unió (y une) a todos los jóvenes que pertenecen a una misma generación, sin importar cuál generación sea. Eso es lo maravilloso de la canción, que aplica a casi todas las generaciones. La canción tiene una frase que capturó especial atención por parte de los fanáticos y la crítica. La mítica "Hope I die before I get old (espero morir antes de hacerme viejo)".

Los jóvenes la cantaban a todo pulmón. Los menos jóvenes y más conservadores la tomaron como una especie de mensaje suicida y no les agradaba para nada. La polémica se incrementó cuando, en un programa de televisión, le preguntaron a Roger Daltrey si de verdad esperaba morir antes de envejecer, a lo que él tranquila y serenamente respondió "sí". Ahora bien... después de un poquito de historia, a lo que de verdad va la entrada jajajaja... la manera en que yo veo esa frase...

Para mí, la frase no tiene que necesariamente querer decir que quiero morir antes de los 60... antes de los 70... simplemente es querer morir antes de que el corazón se marchite (sé que estaré sonando increíblemente ridículo en este momento), antes de que las esperanzas se apaguen y se vayan las ganas de vivir.

Si bien el envejecimiento es un proceso básicamente fisiológico (y creame que de este asunto me tocó aprender un pelo jajajaja), los libros, la gente, siempre habla de un envejecimiento de la mente. De una manera de mantener la mente en forma. De no dejar que los cambios físicos y ambientales que vienen con la edad minen del todo las capacidades mentales de la persona. Cuando se sucumbe a toda la tristeza, angustia, impotencia y demás circunstancias que traen los años, es cuando de verdad se empieza a envejecer y cuando se empieza a limpiar el camino para la muerte.

Pero tampoco el mantenerse joven quiere decir que la persona tiene que seguir haciendo las cosas que hacía cuando tenía menos años encima. Siempre me ha parecido algo de mal gusto ver a gente mayor haciendo el ridículo sólo por parecer que son más jóvenes. No. No se trata de eso... No se puede llegar a ninguno de los extremos. Todo se trata de equilibrio. De tener consciencia de que cada vez son más años a cuestas, pero de que no por eso hay que echarse a morir, que todavía hay posibilidades.

Los pasatiempos son una opción. Seguir realizando actividades relacionadas con el trabajo, en caso de que a la persona le guste el trabajo. Hay miles de salidas para que la persona se pueda mantener activa, y siga pareciendo "joven". Intentar lograr sueños de la juventud, de la infancia (todo dentro de eso que ya hablé antes de mantener una actitud acorde a la edad), viajar, conocer... No hay razón por la cual convertirse en un despojo humano... Al menos no tan temprano jajajaja.

Es para mí eso de lo que habla esa frase de "My Generation". No dejar que el peso de los años te doblegue y te haga perder todo deseo de seguir luchando... De seguir teniendo una vida plena y llena de alegría... Desde ese punto de vista, yo también "deseo morir antes de envejecer". Morir con una sonrisa y recordando con felicidad todo lo que he hecho en mi vida. Morir con la certeza de que no me convierto en una carga para nadie. Morir pensando que todavía quedaron cosas por hacer, pero que ya habrá otra vida para lograrlo. Morir sabiendo que mi espíritu, mi alma, mi mente aún están jóvenes y en forma para un viaje más...

Pero en fin, ese es sólo mi humilde punto de vista. No se qué podrían opinar ustedes... Un abrazo y espero que también mueran antes de envejecer... si se puede tomar eso como un cumplido, que espero que sí jejejej Hasta pronto... 

martes, 29 de junio de 2010

Carta (Eterna Promesa)

Querido César,

Una vez más me encuentro acurrucado, lleno de miedo y ansiedad, en un rincón de la oscuridad que ocupa toda mi mente en este momento. Otra vez estoy tratando de huir de la realidad, pero de nuevo me doy cuenta de que las situaciones reales son mucho más fuertes que cualquier barrera imaginaria que me pueda inventar. Ojalá pudiera escapar…

Vuelvo a darme cuenta de que soy un cobarde. De que mi gran miedo es a la vida y a todo, todo lo que ella trae consigo. Le temo al fracaso, porque sé que no podría soportarlo, que soy mucho más frágil de lo que me gusta aparentar y un traspié, por simple que sea, podría derrumbar toda la estructura de mi autoconcepto.

Le tengo pavor también al éxito, porque no sabría cómo manejarlo. Siempre me he esforzado por mantenerme en el anonimato y ahora reclamo un reconocimiento que, por habilidad y virtud tal vez debería merecerme, pero que por actitud, por cobardía me deberían negar día tras día tras día. No debería recibir nada y aprender que el éxito es para aquellos que han trabajado por conseguirlo y saben qué hacer con él.

No soy más que un llorón quejándose de que debería estar recibiendo más, pero que no se esfuerza por conseguirlo. Un inútil que espera que del cielo le caigan todas las soluciones y decisiones, cuando en la vida, todo se gana luchando. La vida… que miedo le tengo…

Pensé que era un genio por haber aprendido a vivir sin tomar riesgos, por dominar el arte de evitar los fracasos. Ahora me doy cuenta de que debería estar avergonzado de esa actitud, pues quien siempre va por el camino seguro, obtendrá la recompensa promedio para todo y abandonará este mundo sin pena, sí, pero sin ninguna gloria.

Debí haber aprendido que todos esos golpes, esos fracasos que tanto lamenté, eran las lecciones perfectas para afrontar la vida de una manera diferente. No como yo pensé en su momento, que eran señales que me guiaban a llevar una vida súper hedónica de evitar el dolor a toda costa. Con la diferencia de que en mi caso, el encontrar la satisfacción era opcional, un “bonus” que venía con el “gran logro” de escapar de la situación dolorosa.

No me acordé de los diamantes, que sólo alcanzan esa belleza de ensueño luego de las repetidas fricciones y golpes a los que son sometidos. Me convertí en una eterna promesa de eso que podría llegar a ser pero que, para mí, nunca fui.

Como siempre, las lágrimas son las que firman estas palabras. Lágrimas que son el grito de auxilio de un alma frágil que se ha dejado malograr por estupideces… ojalá algún día pueda sanar, superar sus miedos y brillar…

Zackary Makarios.