domingo, 12 de junio de 2016
Cuando bajen los barrios (¿Qué esperan de nosotros?)
martes, 9 de julio de 2013
Lluvia con chispas de chocolate (2009)
sábado, 10 de marzo de 2012
Canto a Caracas
viernes, 19 de agosto de 2011
Carta (Perdido Entre Recuerdos)
sábado, 13 de agosto de 2011
Crónica de un Suicidio
El grito de "¡eres un inútil!" de su padre, todavía retumbaba con fuerza en su cabeza; y la mirada de decepción de su madre pesaba sobre él, igual que unos minutos antes. Les dejó sentir su ira con un portazo que de seguro se escuchó en todo el vecindario. Se paró de espaldas a su casa, limpió las lágrimas que brotaban llenas de ira de sus ojos, respiró hondo y empezó a caminar, con determinación, hacia ese destino que ya había seleccionado para sí mismo un tiempo atrás.
Algo debió haber hecho en su vida pasada. Algo grande y malo, pues esta vida que le habían dado era totalmente un asco. Padres que no lo apreciaban, amigos falsos, un trabajo que apestaba, una universidad inservible… un fracaso tras otro… por más que intentaba no había manera en que esas muy pequeñas cosas buenas que se suponía había en su vida, pudieran opacar todas las cosas malas que estaba seguro que existían.
Pisaba con fuerza mientras caminaba a paso rápido. Pisaba con ira, como intentando que el mundo sufriera de igual manera a como él estaba sufriendo. La gente lo miraba, como si fuera un animal extraño. Siempre lo hacían. Por lo general no les hacía caso, pero ese día sus miradas sólo hacían que estuviera más seguro de su decisión. Llegó a la estación de metro y pidió un boleto de ida únicamente, pues no pensaba volver.
El andén estaba algo lleno para esa hora, sin embargo eso no pareció ser un inconveniente; tal vez si había gente viéndolo se sentirían un poco culpables. Un poco de nerviosismo lo atacó, pero supo disimularlo y concentrarse en su objetivo.
Vio la pequeña pantalla que colgaba del techo… quince minutos… sólo quince minutos para la llegada del tren… quince minutos y la cara de ira y decepción de sus padres aparecía con cierto aire de tristeza en su cabeza.
Diez minutos… y la imagen de su jefe echándolo apareció de la nada en su cerebro… diez minutos y las voces de sus profesores reprendiéndolo por su bajo rendimiento sonaron con fuerza en sus oídos.
Cinco minutos… la escena de su novia besándose con su mejor amigo no tardó en aparecer, acompañada del estúpido “esto no es lo que parece” de ella y de la risita burlona de él.
Un minuto… y después de saltar… ¿qué? Y todas esas metas inconclusas ¿qué? ¿Realmente era mejor escapar en ese momento? ¿Cómo quedaría su imagen si lo abandonaba todo a ese punto?... Sonrió…
Caminaba con paso firme de vuelta a casa, con una gran sonrisa en su cara. Ver la pequeña luz del tren aparecer por el túnel fue, de alguna manera, revelador para él. Se dio cuenta de que la verdadera diversión de la vida estaba en todos los problemas que ésta traía consigo… de resolverlos. De mantener sus sueños en mente y abrirse paso entre la adversidad para lograr el éxito.
martes, 28 de junio de 2011
Historias Aleatorias: El Pintor de por mi casa.
Hace unos días, unos meses, apareció cerca de mi casa un personaje bastante particular. Uno de estos hombres de las calles, los populares “recojelatas”, “loquitos”, “piedreros”, solo que este es diferente… este es un pintor.
Así mismo, un pintor… El hombre tomó una parte de la calle, cerca de la estación de metro, y ahí montó su taller de pintura, con sus lienzos improvisados y sus obras, pintadas a mano. Sin usar ningún pincel. Como para que no haya nada que pueda distorsionar lo que sus dedos quieren plasmar en el “lienzo” que utiliza.
Y pongo lienzo entre comillas porque realmente no utiliza lienzos propiamente dichos… el presupuesto no le da para eso, no. Una de las cosas que más me atrapa de su trabajo es el hecho de que utiliza como lienzo cualquier cosa que encuentre en la basura: un saco de plástico, una mesa rota, un copete de una cama, en fin… cualquier cosa…
La pintura si es un misterio para mí el cómo la consigue. No se si se la regala la gente, si la encuentra en la basura, si la compra con algo de dinero que consiga por ahí… Lo cierto es que siempre tiene pintura… pintura de todos los colores que pueda necesitar… Creo que así es feliz. Mientras tenga pintura y un sitio donde esparcirla, ese hombre será feliz.
En cuanto a la calidad de su obra… realmente a mi me parece excelente. Su cuadros son cuadros, no pinturas de cavernícolas. El tipo de verdad se esmera pintando y puedes ver una obra de calidad una vez que lo ha terminado. Sin embargo bueno… lo mío no son las artes plásticas, así que no se mucho de pintura, por lo que mi juicio no es el mejor…
Pero tal vez de eso anda huyendo él. De críticos despiadados que muchas veces nunca han logrado pintar nada, pero que destrozan con palabras ofensivas e irónicas las obras de otros y esperan trabajos utópicos de parte de los artistas para que ellos puedan aprobarlas. Tal vez él sólo quiere que la gente reconozca sus pinturas por lo que son: pinturas bien hechas. Punto.
Y más de una vez lo hemos visto consumiendo su “musa”, entregarse a los brazos de la adicción que lo ha llevado a ese estado en que se encuentra ahorita. Pero realmente no se le puede juzgar, o al menos yo no puedo… Pues nadie sabe las presiones a las que pudo haberse visto sometido en años anteriores… Además, con él pasa como con los músicos, actores y demás artistas: al ver la calidad de su obra, eres capaz de perdonarle casi cualquier cosa.
Solo pinta paisajes. Paisajes y animales. Como tratando de darle frescura a toda esta selva de concreto en la que vivimos. O tal vez dibuja aquellos lugares a los que le gustaría escapar… lugares que probablemente solo existan en su cabeza… lugares que quizás haya visitado en algún otro momento de su vida, cuando su mente estaba un poco más clara…
Pinta paisajes… pinta libertad… una libertad que él gana al pintar lo que quiera, cuando quiera, como quiera, donde quiera. Una libertad de la que carecen muchos que tienen una “vida normal”. Una libertad por la que matarían muchos de los que lo tienen “todo”… Una libertad pura, genuina… Libertad llena de felicidad… Porque él, ahí donde está, sin hogar, sin familia, sin trabajo, sin dinero… él ahí, haciendo lo que más le gusta… es feliz…
viernes, 25 de febrero de 2011
El Último Blues
Sonaba su canción favorita. Una canción lenta, melancólica, pero dulce. Una canción que les recordaba sus mejores momentos. La canción que él tocaba cuando se conocieron.
Ellos la bailaban lentamente. Apenas moviéndose del lugar en el que estaban. Apenas moviendo los pies… apenas moviéndose. Se balanceaban lentamente, al mismo ritmo de la música. Se balanceaban mientras estaban abrazados, sintiendo la respiración, el cariño del otro.
Habían decidido que si ya no quedaba lugar al que escapar, que si ya era inevitable, lo mejor era disfrutar los últimos minutos. Lo mejor era bailar en paz hasta que todo terminara.
Realmente para ellos la idea de un final no era algo que les generara ningún tipo de angustia, pues su momento ya estaba cerca de igual manera; sin embargo se sentían mal por sus hijos y nietos, que no conocerían el mundo en la extensión en la que ellos lo habían conocido.
Cuando el suelo empezó a temblar. Se detuvieron un momento y se sonrieron. Se abrazaron fuertemente y siguieron meciéndose el rito de la música, hasta que llegara el final…
Una vez que la gran luz hubo pasado, no quedó nadie. Había casas, edificios, carros en las calles, pero no había personas. Se habían ido para siempre.
En aquella casa de la puerta desencajada, lo único que parecía seguir con vida era el viejo tocadiscos, reproduciendo el mismo blues una y otra vez por el resto de los días…
viernes, 7 de enero de 2011
La Caída
Pesadas como si estuvieran hechas de plomo, cayeron al suelo mis alas. Hicieron un terrible estrépito como para que todos se dieran cuenta de que habían caído, que se habían separado de mí.
Lloré. En silencio, pero lloré. Lloré porque me pareció lo mejor. Lloré porque fue el único consuelo efectivo que encontré. Lloré porque pensé que, una vez que mis alas habían sido mutiladas de esa manera, no había nada que pudiera hacerme parecer más vulnerable en ese momento. Lloré porque me dolía, porque las heridas iban más allá de lo físico.
Me sequé los ojos y miré al cielo, un cielo en el que no volvería a volar por un tiempo. No volvería a sentir los rayos del sol ni el viento chocando contra mi cara. En ese momento podría haber dado cualquier cosa por un vuelo más… sólo un vuelo más.
Mucha gente comenzó a acercarse. Veían con cara de tristeza mis alas en el piso. Intentaban reconfortarme, pero ninguno entendía la gravedad del asunto. Las heridas eran profundas, pero nadie más que yo podía verlo. No es que no quisiera ayuda, pero en ese momento ninguno podía hacer nada al respecto.
Cuando por fin tuve el valor suficiente, levanté la mirada y ahí estaban sus ojos. Se veían tristes también y empañados por lágrimas como los míos, pero estaban seguros., Me infundieron esperanza. En sus ojos pude ver el comienzo de un nuevo vuelo, uno largo y realmente placentero… En sus ojos vi el posible renacer de mis alas… En sus ojos vi esperanza…
sábado, 4 de septiembre de 2010
Carta (Pies sobre la tierra)
Hola. Tengo algo que decirte.
Puede que este no sea el mejor día de mi vida. Pero ¿sabes qué? Estoy seguro de que puedo hacerlo funcionar. Tal vez hoy salga a la calle y ninguno de los colores que vea combine, pero es mi trabajo hacer que toda esa locura tenga un poco de sentido, al menos para mí. El mundo no se debe parar sólo porque algunos lo digan.
Tal vez por estos días la suerte no me esté sonriendo, pero qué más da… Algunas veces esa caprichosa te sonríe y las veces que no lo hace, hay que trabajar; pues incluso las oportunidades, que son conocidas por su habilidad de “llegar” o “presentarse”, no son tan benévolas como las pintan. Llegan, sí. Pero muchas veces lo que sucede en realidad es que salimos a buscarlas y las encontramos a medio camino. Siempre hay que moverse. Siempre hay que actuar.
Sé que hoy saldré de mi casa y los ríos seguirán siendo de agua y no de Coca-Cola. Es así, vivo en un mundo real y debo estar consciente de eso. Que si bien es bueno tener la cabeza en las nubes un poco, aspirar alto, también hay que saber mantener los pies en la tierra, conocerse a uno mismo y tener noción de lo que se puede o no hacer y cuándo.
Es muy probable que mañana abra los ojos y el mundo no me de ninguna razón para sonreír. En ese caso lo más fácil sería quedarme arropado en mi cama y lamentarme por la desgracia de todos. Pero es de verdaderos guerreros levantarse con una sonrisa en la cara y salir a enfrentar toda adversidad. Tal vez mi eterna felicidad te parezca algo hipócrita y falsa, pero si no soy yo quien trae un poco de alegría y tranquilidad ¿quién lo hará?
No estoy dejando nada al azar. Por eso, si fracaso estaré tranquilo, porque sé que lo di todo de mí. Por eso, si fracaso, podré levantarme y volverlo a intentar, teniendo en cuenta mis errores. Por eso sé que si fracaso, igual podré mirarte tranquilamente a los ojos y sonreír.
Sinceramente,
César Aramís Contreras Parra.
domingo, 8 de agosto de 2010
Carta (Estimado señor asesino)
sábado, 31 de julio de 2010
"Hope I die before I get old..."
| De izquierda a derecha: Pete Townshend (guitarra), Roger Daltrey (voz), Keith Moon (batería) y Jon Entwistle (bajo) |
viernes, 28 de mayo de 2010
Lluvia de Reflexión...
Era una lluvia cálida. Era una lluvia que le dio calor a mi alma y, a pesar de lo nublado que estaba afuera, esa lluvia le trajo claridad a mis sentidos. Esa lluvia me trajo entendimiento.
Era imposible cansarme de esa lluvia. No sabía de dónde venía. Nunca lo supe. Perono quería que escampara. No en ese momento en el que tenía tanta lucidez y sentía que estaba viendo la realidad por primera vez.
Era una lluvia dorada. Una especie de cascada de oro que le fue dando color y riqueza a mis emociones. Esa lluvia hizo que cada momento valiera la pena...
Cada vez que una de de esas gotas me tocaba, le daba más coherencia a todo lo que pasaba a mi alrededor. Aquella lluvia me trajo un conocimiento que nunca había tenido.
El calor de esa lluvia y la sabiduría que trajo me hizo confiar. Confiar en que, incluso de los peores momentos, algo bueno puedo sacar.