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sábado, 21 de octubre de 2017

Era la miseria

Ayer por la tarde sonó el timbre del apartamento. Es raro. ¿Quién vendría a visitarme? La otra vez sonó y me hice el loco, me dio miedo. Esta vez me sentí envalentonado. Era la tercera vez que sonaba en la semana. La primera lo ignoré, la segunda era una señora buscando una oficina de seguros. Esta vez era una muchacha con ojos tristes y ademanes cansados, que se aferraba a la reja como si no pudiera mantenerse en pie. "Señor, estoy buscando trabajo. ¿Usted podría ayudarme con unos días de trabajo?" La desolación dejó correr su brazo por mi hombro y me dio un abrazo fraternal. Sonrió y me animó a ver a la chica. Ella, la muchacha, esperaba mi respuesta. Por un momento fugaz pensé en que mi compañero de apartamento (qué bolas que no encuentre una traducción satisfactoria al español para "roommate") y yo habíamos estado hablando de contratar a alguien para que nos ayudara un poco con la limpieza del lugar. Pensé en darle esa "oportunidad" a la chica. Pero la desolación, rauda y veloz, me dijo al oído "¿tú en qué país vives, chamo? Estás en Venezuela. ¿Vas a meter aquí a alguien que no conoces?" Negué con la cabeza. Le dije "no, chica, aquí no" en un susurro de vergüenza y dolor. Ella sonrió, ladeó un poco la cabeza y me dijo "gracias". En ese gesto me pareció ver algo de agradecimiento. Tal vez porque no le cerré la puerta en la cara, porque no la insulté, porque no la miré desdeñosamente de arriba a abajo antes de negar con la cabeza y dejarla sola una vez más en aquel pasillo. Ayer por la tarde sonó el timbre del apartamento. Era la miseria.

martes, 19 de enero de 2016

Sensación de inseguridad

Uno siempre se siente más cómodo en la zona que conoce. Así vivas en una zona de tu ciudad que sea considerada como peligrosa, el hecho de reconocer las aceras, los huecos en el asfalto, los quiscos desvencijados, los afiches a medio despegar y hasta los perritos que rondan las bolsas de comida, te hace sentir seguro.

En algún momento leí que la mayoría de las veces, los secuestros se daban justo en la puerta de la casa del raptado. ¿Por qué?, porque ya en ese momento, la víctima había bajado las defensas. Porque al divisar a unos metros la puerta de su edificio o de su casa, había dejado de ver a los lados, había respirado profundo, ya se había soltado el botón del pantalón, ya pensaba en la felicidad de mover los dedos de los pies fuera de los zapatos.

Es algo que vivo día a día. No el secuestro, sino la sensación de seguridad dentro de mi propio pedacito de caos. Vivo en el Salvaje Oeste de Caracas. Una tierra que suena lejana y hostil para quien lo más cerca que ha estado del Centro es Sabana Grande. Sin embargo, para mí, que he vivido los veintitrés años de mi vida en esa zona, el Oeste no es tal amenaza. Entiendo, sí, que no es precisamente una zona segura, pero a fin de cuentas es mi zona. Tal posición, tan oposicionista y a veces alejada de realidad, me lleva a un atontamiento muy peligroso para una ciudad en la que debes tener todos los sentidos disponibles prestos a la detección de cualquier indicio de peligro.

***

En las mañanas me levanto a las cinco y media, pero me despierto realmente a las siete y algo. Ese período de hora y media es un gran automatismo que me lleva por distintas estaciones de mi rutina mañanera: levantarme de mal humor y refugiarme en el baño; salir de ahí muerto de frío y disfrazarme de trabajador serio; ir a la cocina y prepararme un escueto desayuno que me lleve en velocidad de crucero hasta el ansiado almuerzo. Parte de esa mecánica incluye desear feliz día a quien esté despierto en la casa. Luego, voy con pasos renuentes hasta la parada del autobús, ligando que pase alguno con un puesto libre que me permita dormir media hora más para redondear el descanso. En esa espera, saco mi teléfono y le envío un mensaje a mi novia: “Hola, amor. Vía el trabajo”.

***

Esa mañana el teléfono estaba rebelde. La pantalla del WhatsApp solo me mostraba un prístino blanco característico de su negativa a cooperar con mis objetivos comunicativos. Primera consecuencia de esta inseguridad en tiempos de tecnología: si no te reportas a la hora que sueles hacerlo, generas una alerta roja en todos aquellos que no recibieron tu mensaje.

Entre el letargo del sueño y el mal humor por el fallo de la aplicación, no me doy cuenta del motorizado que está parado junto a la acera. Estoy parado con la cara metida en el teléfono y no me doy cuenta del parrillero que, aún con el casco puesto, se abalanza sobre el muchacho que camina tan despreocupado como yo, como todos. Cuando entiendo todo lo que está pasando, el forcejeo ya es bastante violento y la gente se está apartando de la situación. Así está nuestro altruismo hoy en día, mermado por la posibilidad de recibir una herida mortal. Cuando estás en una situación de vida o muerte, eres tú contra tu amenaza, más nadie saldrá a defenderte en estas calles caraqueñas.

Con un movimiento acartonado, guardo mi teléfono en el bolsillo de la chaqueta. El parrillero vuelve a la moto y arrancan hacia El Silencio. El muchacho, cara de molestia, cara de susto, cara de tristeza, toma una camioneta más adelante.

“El hampa está desatada”, me dice un señor. Asiento con la cabeza. “¿Le quitaron el celular?”, me pregunta. “No sé”, contesto. Es la verdad. No sé nada.

***

Ya en la camioneta, le explico a mi novia lo que sucedió. Ella decide no escribirme más, para que no me vea tentado a sacar el teléfono en el camino y quedar expuesto a un incidente similar. Voy pensando en las veces que he vivido situaciones parecidas en mi cuadra, en lo poco sensible que soy a ellas y en como mantengo mis rutinas y mis “descuidos” a pesar de las claras señales de que no vivo en una zona segura.

Llevo ya dos meses haciendo ese trayecto de mi casa a El Rosal. En ese período he sido testigo de dos robos y un intento (si es que el de esta mañana no se completó), una estadística bastante interesante. Pienso en las charlas sobre el hampa en Caracas, en Venezuela, y sobre ese concepto de la inseguridad como “sensación”.

Claro que la inseguridad es una sensación. Es la sensación de que en cualquier momento no le pasa al otro sino a ti. Es la sensación de que solo puedes estar seguro dentro de tu casa; y ni siquiera, porque puede que haya unos más osados que lleguen hasta tu hogar para robarte directamente. La inseguridad es la sensación de que te vas coartando de hacer cosas que se podrían considerar normales, porque en este contexto suponen un riesgo mortal. Es la sensación de que cada historia que te cuentan sobre cómo robaron en una cola, sobre cómo robaron en un avión, sobre cómo robaron en un cine, es una mera exageración producto del amarillismo de un pueblo que ya no cree en nada. Pero en verdad, cuando sales a la calle y ves frente a tus ojos cómo roban a alguien, cuando vives en carne propia la terrible experiencia de que otra persona te quite lo tuyo, no hay nada que te ayude a desmentir todas esas matrices de opinión.

***

Mientras esperaba mi camioneta, luego de haber visto pasar al muchacho con quien forcejeaba el parrillero de la moto, escuchaba a otros señores hablando. “Es que nunca le dijo que tenía pistola. Tenía que decirle ‘tengo una pistola’ para que el chamo aflojara”.


El poder, aquí en Venezuela, no se mide en votos, sino en capacidad de intimidación.

22/Mayo/2015

miércoles, 7 de octubre de 2015

La Taconazo

Ser hijo único te pone en una posición particular con respecto a tus primos. Para los menores, eres una especie de hermano mayor menos punitivo. Para los mayores, en comparación con sus propios hermanos menores, eres una presa mucho más ingenua para sus engaños, triquiñuelas y relatos fantásticos.
Tuve la suerte de contar con primos creativos, que se exigían en sus historias, que intentaban estirar las líneas de su imaginación en la medida de lo posible. Recuerdo unas cuantas en específico. Hace unos diez años, por ejemplo, con el boom de CSI, una de ellas me aseguraba que ya estaba en proceso de producción CSI Caracas. Un tiempo antes de eso, uno de mis primos me relataba el misterio sobre la “Isla Moby Dick”, isla tan particular y llena de misticismo que no solo tenía la forma de la famosa ballena de ficción, sino que además proyectaba una extraña sombra en el cielo, logrando verse sobre ella siempre una nube con la misma forma del blanco cetáceo.
Sin embargo, la que he estado recordando mucho en estos días, es la de “La Taconazo”. Según la historia de mi primo, La Taconazo era un espanto. (Dado el amplio espectro de todo lo que puede o no ser un espanto en la mitología contemporánea venezolana, debo darle el beneficio de la duda a mi primo aquí y dejar en el aire la cuestión de si realmente es un espanto o un personaje más de su imaginación pre púber). La característica distinta de La Taconazo, y de ahí su título distintivo, era que siempre se la escuchaba taconear a las espaldas de la víctima. Taconeaba firme y con gran estruendo. Creo recordar algunas de estas condiciones típicas de espantos del tipo “si la escuchas taconear rápido es que está lejos, si la escuchas lento, estás jodido”. Girar a verla suponía dos resultados posibles (son los dos resultados que mi memoria ha ido mezclando con los años): o no veías a nadie pero el taconear te seguía perturbando, o la veías directo a la cara y su aspecto fantasmagórico terminaba por llevarse tu alma antes de lo previsto. En cualquier caso, lo mejor era seguir con la marcha propia lo más que se pudiera.
El punto cumbre de la historia era la forma de deshacerse de La Taconazo. “Hay que rezar el Credo al revés”, sentenció mi primo. Para un niño de unos ocho años, aquella solución apenas califica como salvación. Apenas podía recitar pasajes del Padrenuestro. Aprenderme el Credo era una empresa inimaginable. Ni hablar de aprendérmelo al revés. Recuerdo, además, haberme quedado con una duda importantísima que no quise expresarle a mi primo, por temor a parecer un ignorante: cuando se refería al Credo al revés ¿debía recitarlo invirtiendo el orden de las palabras, o debía pronunciar cada una de las palabras al revés? Esta última opción no sonaba lógica. Al final terminaría construyendo un idioma incluso más tenebroso que el espanto que debía conjurar.
Para imprimir veracidad y demostrar que no todo era oscuridad en este mundo, mi primo incluyó un caso de éxito. “El único que se ha salvado es un cura. Pero eso porque ellos, para poder ser curas, tienen que aprenderse todas las oraciones al revés”. Nosotros los mortales la teníamos más complicada. Nadie nos obligaba a aprendernos semejante oración al revés. Sólo el miedo de no ser alcanzado por los terribles pasos de La Taconazo.
A lo largo de los años siempre he llevado el recuerdo de La Taconazo conmigo. Al principio como una forma de estar alerta a cualquier paso irregular que pudiera escuchar a mis espaldas. Mientras fui creciendo y entendiendo la naturaleza real de la historia, seguía conservando aquella memoria como un souvenir que había podido rescatar de esos años ingenuos y divertidos.
Últimamente, el recuerdo de ese particular espanto ha estado muy vivo en mi mente. El estado de paranoia constante que vivimos en Caracas me hace recordar mi atención y tensión ante cualquier sonido de taconeo que escuchaba detrás de mí. Hoy en día, todos andamos por las calles capitalinas como si quisiéramos huirle a La Taconazo. La situación de inseguridad (esa “sensación” de la que hablan muchos, como si así pudieran disminuir la gravedad de lo que vivimos a diario), hace que siempre estemos girando sobre nuestros hombros, dispuestos a encontrar la nada o la cara terrible del hampa caminando hacia nosotros. Hacemos lo posible y lo imposible por alejar el mal y sus probabilidades siniestras.
Siempre que siento unos pasos sospechosos detrás de mí, recuerdo la historia. Sonrío un poco, pero apuro el paso. Nadie quiere que semejante espanto lo alcance. A veces siento que no tenemos escapatoria. A veces siento que la solución para sortear  la delincuencia puede ser tan absurda como rezar el Credo al revés.

Aún me queda la duda de los criterios de ese “al revés”.