Ayer
por la tarde sonó el timbre del apartamento. Es raro. ¿Quién vendría a
visitarme? La otra vez sonó y me hice el loco, me dio miedo. Esta vez me sentí
envalentonado. Era la tercera vez que sonaba en la semana. La primera lo
ignoré, la segunda era una señora buscando una oficina de seguros. Esta vez era
una muchacha con ojos tristes y ademanes cansados, que se aferraba a la reja
como si no pudiera mantenerse en pie. "Señor, estoy buscando trabajo.
¿Usted podría ayudarme con unos días de trabajo?" La desolación dejó
correr su brazo por mi hombro y me dio un abrazo fraternal. Sonrió y me animó a
ver a la chica. Ella, la muchacha, esperaba mi respuesta. Por un momento fugaz
pensé en que mi compañero de apartamento (qué bolas que no encuentre una
traducción satisfactoria al español para "roommate") y yo habíamos
estado hablando de contratar a alguien para que nos ayudara un poco con la
limpieza del lugar. Pensé en darle esa "oportunidad" a la chica. Pero
la desolación, rauda y veloz, me dijo al oído "¿tú en qué país vives,
chamo? Estás en Venezuela. ¿Vas a meter aquí a alguien que no conoces?"
Negué con la cabeza. Le dije "no, chica, aquí no" en un susurro de
vergüenza y dolor. Ella sonrió, ladeó un poco la cabeza y me dijo
"gracias". En ese gesto me pareció ver algo de agradecimiento. Tal
vez porque no le cerré la puerta en la cara, porque no la insulté, porque no la
miré desdeñosamente de arriba a abajo antes de negar con la cabeza y dejarla
sola una vez más en aquel pasillo. Ayer por la tarde sonó el timbre del
apartamento. Era la miseria.
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sábado, 21 de octubre de 2017
martes, 19 de enero de 2016
Sensación de inseguridad
Uno siempre se
siente más cómodo en la zona que conoce. Así vivas en una zona de tu ciudad que
sea considerada como peligrosa, el hecho de reconocer las aceras, los huecos en
el asfalto, los quiscos desvencijados, los afiches a medio despegar y hasta los
perritos que rondan las bolsas de comida, te hace sentir seguro.
En algún momento
leí que la mayoría de las veces, los secuestros se daban justo en la puerta de
la casa del raptado. ¿Por qué?, porque ya en ese momento, la víctima había
bajado las defensas. Porque al divisar a unos metros la puerta de su edificio o
de su casa, había dejado de ver a los lados, había respirado profundo, ya se
había soltado el botón del pantalón, ya pensaba en la felicidad de mover los
dedos de los pies fuera de los zapatos.
Es algo que vivo
día a día. No el secuestro, sino la sensación de seguridad dentro de mi propio
pedacito de caos. Vivo en el Salvaje Oeste de Caracas. Una tierra que suena
lejana y hostil para quien lo más cerca que ha estado del Centro es Sabana
Grande. Sin embargo, para mí, que he vivido los veintitrés años de mi vida en
esa zona, el Oeste no es tal amenaza. Entiendo, sí, que no es precisamente una
zona segura, pero a fin de cuentas es mi
zona. Tal posición, tan oposicionista y a veces alejada de realidad, me lleva a
un atontamiento muy peligroso para una ciudad en la que debes tener todos los
sentidos disponibles prestos a la detección de cualquier indicio de peligro.
***
En las mañanas
me levanto a las cinco y media, pero me despierto realmente a las siete y algo.
Ese período de hora y media es un gran automatismo que me lleva por distintas
estaciones de mi rutina mañanera: levantarme de mal humor y refugiarme en el
baño; salir de ahí muerto de frío y disfrazarme de trabajador serio; ir a la
cocina y prepararme un escueto desayuno que me lleve en velocidad de crucero hasta
el ansiado almuerzo. Parte de esa mecánica incluye desear feliz día a quien
esté despierto en la casa. Luego, voy con pasos renuentes hasta la parada del
autobús, ligando que pase alguno con un puesto libre que me permita dormir
media hora más para redondear el descanso. En esa espera, saco mi teléfono y le
envío un mensaje a mi novia: “Hola, amor. Vía el trabajo”.
***
Esa mañana el
teléfono estaba rebelde. La pantalla del WhatsApp solo me mostraba un prístino
blanco característico de su negativa a cooperar con mis objetivos
comunicativos. Primera consecuencia de esta inseguridad en tiempos de
tecnología: si no te reportas a la hora que sueles hacerlo, generas una alerta
roja en todos aquellos que no recibieron tu mensaje.
Entre el letargo
del sueño y el mal humor por el fallo de la aplicación, no me doy cuenta del
motorizado que está parado junto a la acera. Estoy parado con la cara metida en
el teléfono y no me doy cuenta del parrillero que, aún con el casco puesto, se
abalanza sobre el muchacho que camina tan despreocupado como yo, como todos.
Cuando entiendo todo lo que está pasando, el forcejeo ya es bastante violento y
la gente se está apartando de la situación. Así está nuestro altruismo hoy en
día, mermado por la posibilidad de recibir una herida mortal. Cuando estás en
una situación de vida o muerte, eres tú contra tu amenaza, más nadie saldrá a
defenderte en estas calles caraqueñas.
Con un
movimiento acartonado, guardo mi teléfono en el bolsillo de la chaqueta. El
parrillero vuelve a la moto y arrancan hacia El Silencio. El muchacho, cara de
molestia, cara de susto, cara de tristeza, toma una camioneta más adelante.
“El hampa está
desatada”, me dice un señor. Asiento con la cabeza. “¿Le quitaron el celular?”,
me pregunta. “No sé”, contesto. Es la verdad. No sé nada.
***
Ya en la
camioneta, le explico a mi novia lo que sucedió. Ella decide no escribirme más,
para que no me vea tentado a sacar el teléfono en el camino y quedar expuesto a
un incidente similar. Voy pensando en las veces que he vivido situaciones
parecidas en mi cuadra, en lo poco sensible que soy a ellas y en como mantengo
mis rutinas y mis “descuidos” a pesar de las claras señales de que no vivo en
una zona segura.
Llevo ya dos
meses haciendo ese trayecto de mi casa a El Rosal. En ese período he sido
testigo de dos robos y un intento (si es que el de esta mañana no se completó),
una estadística bastante interesante. Pienso en las charlas sobre el hampa en
Caracas, en Venezuela, y sobre ese concepto de la inseguridad como “sensación”.
Claro que la
inseguridad es una sensación. Es la sensación de que en cualquier momento no le
pasa al otro sino a ti. Es la sensación de que solo puedes estar seguro dentro
de tu casa; y ni siquiera, porque puede que haya unos más osados que lleguen
hasta tu hogar para robarte directamente. La inseguridad es la sensación de que
te vas coartando de hacer cosas que se podrían considerar normales, porque en
este contexto suponen un riesgo mortal. Es la sensación de que cada historia
que te cuentan sobre cómo robaron en una cola, sobre cómo robaron en un avión,
sobre cómo robaron en un cine, es una mera exageración producto del amarillismo
de un pueblo que ya no cree en nada. Pero en verdad, cuando sales a la calle y
ves frente a tus ojos cómo roban a alguien, cuando vives en carne propia la
terrible experiencia de que otra persona te quite lo tuyo, no hay nada que te
ayude a desmentir todas esas matrices de opinión.
***
Mientras
esperaba mi camioneta, luego de haber visto pasar al muchacho con quien
forcejeaba el parrillero de la moto, escuchaba a otros señores hablando. “Es
que nunca le dijo que tenía pistola. Tenía que decirle ‘tengo una pistola’ para
que el chamo aflojara”.
El poder, aquí
en Venezuela, no se mide en votos, sino en capacidad de intimidación.
22/Mayo/2015
miércoles, 7 de octubre de 2015
La Taconazo
Ser hijo único te pone en una
posición particular con respecto a tus primos. Para los menores, eres una
especie de hermano mayor menos punitivo. Para los mayores, en comparación con
sus propios hermanos menores, eres una presa mucho más ingenua para sus engaños,
triquiñuelas y relatos fantásticos.
Tuve la suerte de contar con primos
creativos, que se exigían en sus historias, que intentaban estirar las líneas
de su imaginación en la medida de lo posible. Recuerdo unas cuantas en
específico. Hace unos diez años, por ejemplo, con el boom de CSI, una de ellas
me aseguraba que ya estaba en proceso de producción CSI Caracas. Un tiempo
antes de eso, uno de mis primos me relataba el misterio sobre la “Isla Moby
Dick”, isla tan particular y llena de misticismo que no solo tenía la forma de
la famosa ballena de ficción, sino que además proyectaba una extraña sombra en
el cielo, logrando verse sobre ella siempre una nube con la misma forma del
blanco cetáceo.
Sin embargo, la que he estado
recordando mucho en estos días, es la de “La Taconazo”. Según la historia de mi
primo, La Taconazo era un espanto. (Dado el amplio espectro de todo lo que
puede o no ser un espanto en la mitología contemporánea venezolana, debo darle
el beneficio de la duda a mi primo aquí y dejar en el aire la cuestión de si
realmente es un espanto o un personaje más de su imaginación pre púber). La
característica distinta de La Taconazo, y de ahí su título distintivo, era que
siempre se la escuchaba taconear a las espaldas de la víctima. Taconeaba firme
y con gran estruendo. Creo recordar algunas de estas condiciones típicas de
espantos del tipo “si la escuchas taconear rápido es que está lejos, si la
escuchas lento, estás jodido”. Girar a verla suponía dos resultados posibles
(son los dos resultados que mi memoria ha ido mezclando con los años): o no
veías a nadie pero el taconear te seguía perturbando, o la veías directo a la
cara y su aspecto fantasmagórico terminaba por llevarse tu alma antes de lo
previsto. En cualquier caso, lo mejor era seguir con la marcha propia lo más
que se pudiera.
El punto cumbre de la historia era
la forma de deshacerse de La Taconazo. “Hay que rezar el Credo al revés”,
sentenció mi primo. Para un niño de unos ocho años, aquella solución apenas
califica como salvación. Apenas podía recitar pasajes del Padrenuestro.
Aprenderme el Credo era una empresa inimaginable. Ni hablar de aprendérmelo al
revés. Recuerdo, además, haberme quedado con una duda importantísima que no
quise expresarle a mi primo, por temor a parecer un ignorante: cuando se
refería al Credo al revés ¿debía recitarlo invirtiendo el orden de las
palabras, o debía pronunciar cada una de las palabras al revés? Esta última
opción no sonaba lógica. Al final terminaría construyendo un idioma incluso más
tenebroso que el espanto que debía conjurar.
Para imprimir veracidad y demostrar
que no todo era oscuridad en este mundo, mi primo incluyó un caso de éxito. “El
único que se ha salvado es un cura. Pero eso porque ellos, para poder ser
curas, tienen que aprenderse todas las oraciones al revés”. Nosotros los
mortales la teníamos más complicada. Nadie nos obligaba a aprendernos semejante
oración al revés. Sólo el miedo de no ser alcanzado por los terribles pasos de
La Taconazo.
A lo largo de los años siempre he
llevado el recuerdo de La Taconazo conmigo. Al principio como una forma de
estar alerta a cualquier paso irregular que pudiera escuchar a mis espaldas.
Mientras fui creciendo y entendiendo la naturaleza real de la historia, seguía
conservando aquella memoria como un souvenir que había podido rescatar de esos
años ingenuos y divertidos.
Últimamente, el recuerdo de ese
particular espanto ha estado muy vivo en mi mente. El estado de paranoia
constante que vivimos en Caracas me hace recordar mi atención y tensión ante
cualquier sonido de taconeo que escuchaba detrás de mí. Hoy en día, todos
andamos por las calles capitalinas como si quisiéramos huirle a La Taconazo. La
situación de inseguridad (esa “sensación” de la que hablan muchos, como si así
pudieran disminuir la gravedad de lo que vivimos a diario), hace que siempre
estemos girando sobre nuestros hombros, dispuestos a encontrar la nada o la
cara terrible del hampa caminando hacia nosotros. Hacemos lo posible y lo
imposible por alejar el mal y sus probabilidades siniestras.
Siempre que siento unos pasos
sospechosos detrás de mí, recuerdo la historia. Sonrío un poco, pero apuro el
paso. Nadie quiere que semejante espanto lo alcance. A veces siento que no
tenemos escapatoria. A veces siento que la solución para sortear la delincuencia puede ser tan absurda como
rezar el Credo al revés.
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