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jueves, 1 de marzo de 2018

Carta abierta a un emigrante chavista

Hola, camarada.

¿Qué tal Perú? ¿Cumple tus expectativas? Seguro que extrañas el himno nacional de las 6:00 am cantado por el Comandante, ¿cierto? Nah, mira las locuras que te digo, compatriota, si te ves tan liberado en la foto que subiste ayer con un paisaje hermoso y una comida deliciosa. ¿Sabe igual la comida? ¿Pasa igual, así, sin problemas... como si no hubiera ninguna culpa?

No ha de ser fácil. Para casi todo el mundo es complicado dejar atrás a la familia, los amigos, la vida tal cual como la conoces, para iniciar un nuevo reto de semejante envergadura. Me conmueven esos desprendimientos, esas búsquedas de mejora. Seguro tienes más días malos que buenos, mientras te acomodas. Seguro pasas trabajo... pero nunca como en Venezuela, ¿verdad? Claro que no. En Venezuela te habían prometido que no te ibas a tener que esforzar tanto por conseguir lo que por derecho era tuyo, pero llegó a un punto en que esa pela no la aguantaba nadie. La rodilla siempre en tierra, pero ahora en otra tierra. Lo que importa es el gesto, me imagino.

Me cuesta organizar tu viaje en mi cabeza. No es que tenga que hacerlo, no es que eso te importe mucho o vaya a cambiar tu experiencia, pero igual me cuesta. ¿Te acuerdas la vez que me dijiste que lo del hampa era pura bulla mediática? Si no me equivoco, esa vez me comentaste algo así como "en todo el mundo se muere gente todos los días". ¿Pasa en Perú? ¿40 muertes violentas diarias? Hay que estar pendiente, como en todos lados, pero seguro estás respirando una paz particular. ¿Te la mereces?

Y tanto que hablaste de la gente que se iba. Tanto que criticaste a los que buscaban estudiar afuera. Que por qué no estudiaban aquí, que eran unos traidores. Una vez me dijiste que Venezuela era como una gran madre y me preguntaste, "¿tú abandonarías a tu mamá?" Me miraste con una cara de absoluta suficiencia y diste por cerrado tu argumento con aires de victoria. Supongo que la carta de abandonar a tu madre aplica cuando "tu mamá no es lo que te habían prometido". 

Porque así te has ido desprendiendo de la responsabilidad. "Esto no es lo que el Comandante quería". Qué vaina. Lo que pasa es que con tanta expropiación, con tanto control malsano, con tanto discurso de odio, con tanta tirria contra el que trabaja, con tanta política de facilismo, con tanta dádiva a punta de petróleo, con tanta retórica asquerosa, uno se puede confundir, he de admitirlo. Hubiese pensado que eso era exactamente lo que el Comandante quería. Es más, chico, cuando dijo "denle su voto a Nicolás Maduro" yo pensé que eso era exactamente lo que quería... exactamente lo que hiciste. Pero bueno, mi juicio está un poco nublado por el hambre y la preocupación de qué va a fallar mañana (la electricidad, el agua, el Metro, las camionetas, el sistema de salud, los pagos a los empleados públicos, la seguridad... vamos, que pudieran fallar todos en un mismo día al mismo tiempo).

Mientras tanto, hay gente que desde el 4 de febrero de 1992 está diciendo "esto no está bien" y aquí siguen, muriendo de mengua. Hay muchos que verdaderamente jamás apoyaron esto que se han visto reducidos a lo más mínimo por culpa de las acciones de esos políticos, sí... pero no hubieran llegado allí jamás sin tu ayuda, camarada, y quiero que eso te quede tan claro como el agua limpia a la que ahora tienes acceso. Muchos de nosotros quisimos echarle, bolas. Recuerdo mi discurso de "tengo que quedarme para ayudar a recomponer esto... y ver cómo se acaba el peo". Pero cansa. Cansa porque sientes que este país lo mueve una gente que no tiene que ver nada contigo. Tú entre esos. 

Me cago de la risa cuando recuerdo nuestras discusiones en 2014. Me decías que aquello era una malcriadez, que no se podía hacer una marcha por el hecho de que era difícil viajar a Madrid o que no se conseguía pepel tualé. Sí. Para mí también era una malcriadez, pero por las formas, no por el fondo, porque, como te dije esa vez, no podemos disminuir las necesidades de cada uno. Por eso me extraña que te hayas ido porque "se puso difícil la cosa", porque no consigues comida, porque la medicina de tu mamá está cara y escasa. ¿Qué tanto, si lo importante es que tengamos reivindicación social, igualdad de oportunidades y espacios para que todos alcancemos la comodidad?

Antes me hacía sentir cierta comodidad la idea de que se estuviera yendo la gente que adversaba al gobierno y que se quedaran acá solo los chavistas. Me hacía pensar algo como "bueno... que se queden ellos con su vaina y los que sí tenemos otras aspiraciones le echamos bolas por ahí". Pero obviamente esto no está pasando de ahora (sé que no eres el primero, camarada; de seguro tendrás por ahí tu grupito con el que te reúnes en secreto por las noches para gritar "uh! ah! Chávez no se va!" y sentirte arropado por el sagrado manto de hijoeputez del Comandante) y es un pensamiento bastante ingenuo. Sin embargo, no puedo dejar de sentir el miedo, pavor de pensar "esos también se están yendo. Los que destruyeron todo, los que piden regalado los que exigen como si les tocara por derecho de nacimiento... esos también se están yendo". Y es cuando siento que el mundo es un lugar vasto, injusto y lleno de gente chimba que se toma fotos en un terminal de Perú con frases como "alcanzando la meta". 

Mi naturaleza me lleva a desearte el bien. Soy un tipo bueno. Un "macho beta", como diría Cristopher Moore. Pero tus acciones, (no hablo de tu emigración; eso es lo último y lo más leve), esos votos que diste, esas políticas truchas que apoyaste, ese resentimiento bobo que alimentaste, todo eso me están llevando a mí también a ser un resentido y mirar con odio tus fotos mientras sonríes en otro lado, mientras yo sigo comiéndome un cable aquí a pesar de nunca jamás haber considerado como algo ni remotamente positivo todo el proceso político que tú apoyaste.

Ojalá se te escape un "con Chávez no me hubiese ido". Ojalá se te escape un "es que eso no era lo que pensábamos que iba a pasar cuando votamos por Maduro". Ojalá se te vea en el brazo el tatuaje que tienes de la firma de Chávez. Ojalá te pase algo que delate tu condición (porque sé que tú y muchos otros más andan de incógnito) y puedas sentir la furia de miles y miles de venezolanos que han tenido que abandonar sus hogares y sus familias por culpa de los pacatos que apoyaste.

No estoy orgulloso de estas últimas palabras, pero tampoco me arrepiento de habértelas dicho. 

Hasta la victoria siempre, camarada.

sábado, 21 de octubre de 2017

Era la miseria

Ayer por la tarde sonó el timbre del apartamento. Es raro. ¿Quién vendría a visitarme? La otra vez sonó y me hice el loco, me dio miedo. Esta vez me sentí envalentonado. Era la tercera vez que sonaba en la semana. La primera lo ignoré, la segunda era una señora buscando una oficina de seguros. Esta vez era una muchacha con ojos tristes y ademanes cansados, que se aferraba a la reja como si no pudiera mantenerse en pie. "Señor, estoy buscando trabajo. ¿Usted podría ayudarme con unos días de trabajo?" La desolación dejó correr su brazo por mi hombro y me dio un abrazo fraternal. Sonrió y me animó a ver a la chica. Ella, la muchacha, esperaba mi respuesta. Por un momento fugaz pensé en que mi compañero de apartamento (qué bolas que no encuentre una traducción satisfactoria al español para "roommate") y yo habíamos estado hablando de contratar a alguien para que nos ayudara un poco con la limpieza del lugar. Pensé en darle esa "oportunidad" a la chica. Pero la desolación, rauda y veloz, me dijo al oído "¿tú en qué país vives, chamo? Estás en Venezuela. ¿Vas a meter aquí a alguien que no conoces?" Negué con la cabeza. Le dije "no, chica, aquí no" en un susurro de vergüenza y dolor. Ella sonrió, ladeó un poco la cabeza y me dijo "gracias". En ese gesto me pareció ver algo de agradecimiento. Tal vez porque no le cerré la puerta en la cara, porque no la insulté, porque no la miré desdeñosamente de arriba a abajo antes de negar con la cabeza y dejarla sola una vez más en aquel pasillo. Ayer por la tarde sonó el timbre del apartamento. Era la miseria.

lunes, 16 de octubre de 2017

"Sigan creyendo en democracia"

>Creo en la democracia aunque no la entiendo muy bien. Creo en el civismo, aunque no sé si lo practico de la forma correcta.

>Creo que debemos combatir la barbarie día tras día: con buenos modales, compartiendo conocimiento, interesándose en el otro, trabajando por el bienestar personal y no por el perjuicio del otro.

>Creo en la práctica de la política según la cuál debemos elegir un representante de nuestros ideales, llámese partido político, llámese representante, llámese candidato, alcalde, gobernador, presidente. Más allá de las taras y fallas que pueda tener ese sistema, creo en él.

>Creo en que los hábitos ayudan a mantener cierta coherencia en la noción de quién soy como persona. La repetición y la automatización se satanizan a menudo, pero son centrales para la construcción de la identidad.

>Creo, con mucha tristeza, en la capacidad que tienen algunas instancias de poder para extender sus dedos putrefactos y aprisionar con fuerza y ponzoña la ilusión que alguien puede tener en un mundo mejor.

>Creo también que precisamente los hábitos y las costumbres pueden ayudar a combatir ese envenenamiento. Envenenamiento que, dicho sea de paso, creo que debe ser combatido.

>Por esto, ante esa frase desdeñosa que he estado escuchando últimamente, ante ese "sigan creyendo en democracia" mi respuesta es "Sí, coño e' tu madre, sigo creyendo en la democracia".

>Sigo creyendo en la democracia, y por eso voy a votar cuando lo considero necesario, pues es mi forma de manifestarme.

>Sigo creyendo en la democracia, y por eso es que apoyo cualquier forma de protesta o manifestación, por más que yo no participe activamente en esas actividades.

>Sigo creyendo en la democracia y por eso es que me parece central el papel de las  Universidades como espacio de debate, discusión y construcción de un pensamiento crítico sobre los hechos que nos rodean.

>Sigo creyendo en la democracia porque me rehúso a que un grupo de delincuentes me roben tanto. Han hecho que mi pasado sea confuso, han borrado un buen pedazo de mi presente y quieren quitarme mi futuro a toda costa. No lo permito.

>Sigo creyendo en la democracia porque es lo que me va a permitir, seguramente, buscar algún mejor destino en alguna tierra fuera de mi país, llegado el momento. 

>Si dejo de creer en la democracia, en el civismo, en las elecciones, en el trabajo, en los estudios, seré el mismo ser alienado y vacío esté donde esté. Me niego rotundamente.

>Sigo creyendo en democracia, porque caer en ese nuevo estado zen de la consciencia en el que "Venezuela ya se murió", "nada tiene sentido en este país", "todos son los mismos, así que para qué", me da terror, tristeza y asco. 

>Sigo creyendo en democracia, aunque no sé exactamente qué es, cómo se ve o cómo funciona. 
   Básicamente sigo creyendo en lo que me parece
                constituye lo que me lleva a ser
                        el ciudadano que deseo ser
No solo en Venezuela
           sino en el mundo

jueves, 25 de mayo de 2017

Memorias de un piano profanado

Cuando vine al mundo me aseguraron que sería el rey de los instrumentos. Me llenaron la mente de promesas sobre un futuro brillante. Por mis formas, por mis sonidos, por mis detalles, me hicieron creer que solo las más excelsas melodías serían generadas en mi teclado para que pudiera contar al mundo de las bellezas que se esconden en las más ínfimas reverberaciones de una caja de resonancia.

¿Quién tiene una mente tan macabra como para hacer semejantes promesas vacías? ¿Cómo osan jugar con los sueños de un instrumento naciente de esa manera? Aquellas palabras con las que me bautizaron me hicieron creer que estaba protegido de todo dolor, exorcizado de todo mal, alejado de todo terror. Y sin embargo aquí estoy, años después, con sensación de asco por todo mi cuerpo. Eso, me siento asqueado, sucio, profanado. Por momentos deseo saltar por un edificio y ver todas mis partes desperdigadas por el suelo. No ser nunca jamás.

Trato de anular la imagen, pero siempre viene a mí: el hombre enorme y tosco, con olor a sangre seca, con ademanes sospechosos, con esas manazas detestables. Y las posó sobre mí. Se atrevió a dejar caer esos toletes de carne sobre mi teclado. Y no solo eso. Me veía con frenesí, como si supiera lo que estaba haciendo, como si estuviera arrebatado por una inspiración divina, por una musa venida del mismísimo Olimpo a investirlo con las más exquisitas habilidades para la música. Pero no. Lo que siguió a continuación solo puede ser descrito como una violación.

Aquellos dedos gordos y sin ritmo hundían sin ningún tipo de consideración todas mis piezas. Porque eso sí tendré que concederle: el tipo se esmeró en tocar cada una de mis piezas... las naturales, al menos, según lo que puedo recordar de tan fatídico momento. Sus dedos solo ratificaban su in-sentido de la armonía, su sordera para cualquier sonido que fuese delicado, su total brutalidad ante las bellezas del universo.

Recordé un consejo que me dio un instrumento más experimentado que yo, cuando apenas estaba saliendo al ruedo. Me dijo que si alguna vez me tocaba la desdicha de un ejecutante sin talento o instrucción, escogiera la canción más triste del mundo y la hiciera sonar. Decidí entonces entonar el lamento de tantas personas que, a manos del mismo papanatas que tenía encima, han pasado hambre, miedo, rabia, terror. Decidí mostrar a todo el que me pudiera escuchar la fatídica melodía de la dictadura y la opresión. Fue entonces cuando, tranquilo con mi rol de mensajero, pude dejarme ir y verlo terminar su obra siniestra como si se tratara de la más sublime sinfonía jamás escrita. 

jueves, 11 de mayo de 2017

No me hablen de héroes

No me hablen de héroes ni de mártires; no quiero saber nada de eso. No quiero saber de esos títulos, de esos "símbolos", de esas glorificaciones de la muerte. Hablemos de asesinados, de jóvenes a quienes les fue arrebatada la vida por un gobierno pacato, cruel, insensible. Hablemos de jóvenes cuya pérdida de futuro se ve confirmada con el último aliento que dan dentro de una protesta; protesta a la que llegan con el empuje del futuro que ya en vida sentía que habían perdido.

No me hablen de héroes ni de mártires. Cuéntenme de las madres que no dirán "ahí va mi héroe", porque eso lo decían cuando veían a su hijo traerle logros y alegrías a casa. Cuéntenme de las madres que cada noche repetirán el nombre de sus hijos, mientras recuerdan sus sonrisas y ocurrencias, mientras imaginan cómo se verían de grandes, mientras elucubran cómo habría sido el momento en que conocieran a los hijos de su hijo arrebatado, a los nuevos héroes.

No me hablen de héroes ni de mártires. Háblenme sobre los amigos que quedan mutilados en el alma con la caída de cada joven a manos de la represión. Sentémonos a pensar en el dolor profundo de aquel que ahora piensa con tristeza en las andanzas de la adolescencia. Pensemos y hablemos un poco de la melancolía que vivirá con ellos de ahora en más, de la sensación de injusticia, de la rabia por la impunidad. Cuéntenme sobre los niños que no conocerán a sus tíos putativos, esos que no son hermanos de sangre de sus padres, pero se abrazan con amor profundo cuando se encuentran. Vamos a pensar en todos los niños que llevarán los nombres de esos que ya, aunque se desgañiten llamándolos, no contestarán jamás.

No me hablen de héroes, de verdad no lo hagan. Hablemos del futuro de un país que se va haciendo cada vez más aciago. Entre los que se van, los adultos que ya juegan sus últimas cartas, los niños de la calle, los que crecen en el odio y la intolerancia y los que nos están arrebatando violentamente en cada manifestación, ¿quiénes se quedarán a reconstruir el país? ¿Quiénes lo harán grande? Hablemos de cada oportunidad que se apaga para este país, al tiempo que se apaga la luz en los ojos de todos los que se nos han ido en esta lucha.

No me hablen de mártires, de héroes, de guerreros, porque están muertos ahora. No me hablen de eso, porque son palabras que intentan justificar lo injustificable: una muerte prematura. No me lo repitan más, porque siento que cada vez más jóvenes buscan esos ideales de heroísmo y se lanzan a las calles sin miedo a todo el dolor que pueden dejar atrás; se lanzan a las calles resteados, seguros de que esta es la última oportunidad que tienen para construir un futuro en el país que los vio nacer. No me hablen de héroes, háblenme de responsables y de la condena que debemos hacerles de aquí hasta sus últimos días. 

No me hablen de héroes, mucho menos si han muerto. No me digan que "valió la pena" porque jamás, jamás de los jamases va a valer la pena un sacrificio de ese tamaño. No me digan que son héroes por haber muerto, porque muchos de ellos hacían muchos más actos heroicos vivos: ciudadanos ejemplares, estudiantes destacados, amigos entrañables, hijos adorados, esos son los héroes.

No me hablen de héroes, en especial cuando ya no están. Posiblemente lo fueron mientras vivían, pero ahora son los caídos, los asesinados por un régimen que se rehúsa a atender, a liberar el país que tienen secuestrado. 

No me hablen de héroes. Intenten dar consuelo a los familiares y amigos heridos, a quienes siempre les dolerá ese nombre que ahora se suma a la lista nefasta.

martes, 28 de febrero de 2017

Nadie nos dijo

"So no one told you life was gonna be this way"
The Rembrandts.

> Nadie te dijo que esto iba a ser así, que tu juventud sería así.

> Nadie te dijo que tu generación estaría condenada a hablar de emigración en todo evento social.

> Nadie te dijo que tendrías que endurecer tu piel, tu corazón y tu alma, pues las despedidas se convertirían en parte de tu rutina.

> Nadie te dijo lo duro que es ver a familias enteras llorar en un aeropuerto por la partida de un familiar. Nadie te advirtió de las veces que verías esa escena.

> Nadie te dijo que debías estar preparado para las "despedidas" y su ambiente a velorio.

> Nadie te dijo que hablarías de tus amigos como si hubieran muerto, porque "él era el alma de la fiesta, pero ahora está en un lugar mejor, siendo feliz, alejado de los problemas de este mundo".

> Nadie te dijo lo difícil que era renunciar a tu país, aún viviendo en él.

> Nadie te dijo lo complicado que iba a ser huir del terror, porque lo llevas bajo la piel, porque te define.

> Nadie te dijo que debías prepararte para el día en que fueras el último de tus amigos en Venezuela.

> Nadie te asomó la posibilidad de que tus hijos no pudieran ver el columpio en el que jugabas de niño o la calle en la que aprendiste a manejar bicicleta o el sitio donde tus amigos se embriagaban siempre, porque muy probablemente tus hijos no crezcan en este país.

> Nadie te dijo que la distancia dolía tanto, a pesar de la tecnología.

> Nadie te dijo que debiste haber comprado dólares desde que tenías nueve años. Que debiste haber comprado dólares con la plata que te daba tu abuela, con el dinero que te dieron por tu primera comunión, con los billetes que te regaló tu padrino de confirmación al no saber exactamente qué regalarte.

> Nadie te dijo que sentirías rencor hacia tus padres por el hecho de que ninguno de ellos es europeo, argentino, chileno, colombiano, ecuatoriano; al carajo, que fueran de Nigeria, con tal de tener un pasaporte que te saque de acá.

> Nadie te dijo lo desgastante que es siquiera pensar en emigrar. 

> Nadie te dijo que serías un bicho raro por decidir quedarte en tu país y seguir creciendo acá.

> Nadie te dijo que, eventualmente, tendrías que abandonar tu identidad y crear una nueva más allá de tus fronteras.

> Nadie te dijo que la única posibilidad real de abandonar la casa de tus padres era abandonar también tu país. 

> Nadie te dijo que tendrías que mudarte a otro sitio donde no sabes si eres igual de inteligente, igual de gracioso, igual de deseado, igual de útil. 

> Nadie te dijo que trabajar en tu país sería un chiste.

> Nadie te advirtió de la mezcla de emociones cuando ves la primera foto de tus mejores amigos en otro país.

> Nadie te dijo que pertenecerías a una generación de juventud perdida.

> Nadie te dijo que tendrías que crecer tan rápido y morir tan lento.

> Nadie te dijo que esto sería así. Al contrario. Te vendieron un mundo ideal, donde estudiar y trabajar llevaban al éxito seguro, la independencia y la retribución por los años de esfuerzo.

> Nadie te dijo que eso se acabó.

miércoles, 11 de enero de 2017

El gran perseguidor

> En internet rueda un meme. Don Ramón frente a una pizarra, impartiendo clases. Vaya postal de la decadencia. Señala una calavera sobre dos huesos en forma de equis. Escriben, abajo, "significa peligro", haciendo referencia a la frase que pronuncia el personaje con su particular elocuencia. Como título del meme escriben "cuando Maduro anuncia un aumento de sueldo". Es así. Significa peligro.

> Puedes sentirlo reptar por las calles, moverse con sigilo por el pavimento, trepar con agilidad por las paredes de los edificios, ver desde las alturas todo su reino de caos. El sueldo mínimo, el aumento del sueldo mínimo se ha convertido en uno de los más temidos espantos del folflore venezolano.

> Sus dedos, largos y purulentos, verdes y podridos, de uñas amarillentas y olorosas, se extienden con lentitud y precisión. Alcanzan el bolsillo del venezolano y lo vacían. Por un lado lo llenan con billetes que pierden su valor al minuto. Por el otro, saca esos billetes con la misma velocidad, en la forma del aumento en los precios de todo producto cuyo precio sea aumentable. "Porque aumento el sueldo mínimo, usted entenderá".

> Un señor, en una entrevista, una vez me decía "aquí en Venezuela, lejos de alegrarnos cuando anuncian un aumento de sueldo mínimo, uno se asusta, se pone triste". Qué curioso. Venezuela representa muchas particularidades estadísticas, pero esta en particular me llama la atención. ¿En cuántos países existirá una correlación negativa entre "bienestar-país percibido" (si es que tal variable existe) y la cifra del sueldo mínimo?

> Voy con mi novia a la Universidad. Pedimos unos de esos documentos que se convierten en un amuleto para alejar(se) de todo el mal que existe en nuestro país. Nos cobran el doble de lo que indican las hojas pegadas en la cartelera. "Esos son los precios viejos, madre. Ayer los subieron todos. Al doble". Al doble. El eco del aumento de sueldo mínimo resuena en nuestros tímpanos... ¿será?

> Me pregunto también, por esta cosa de las comparaciones, en qué otros países del mundo los profesionales corremos despavoridos, siendo perseguidos por esa mano verde y asquerosa llamada "sueldo mínimo". Venezuela no debe ser el único. Pero no sé si los otros sean países a los que me quiero parecer. ¿Tiene sentido eso? ¿Tiene sentido que me tenga que preocupar tan seriamente por esa cifra y lo que puede implicar para mis ganancias?

> Resuena en las calles, en el concreto, en el asfalto, en todos lados. Suena, empieza como un murmullo, pero se convierte en un rugido. Se escucha esa frase, detestable frase, pronunciada por tantos. "Ahora estoy ganando sueldo mínimo otra vez". ¿Eran esas las reglas del juego? ¿Para eso nos inscribimos en esto? Yo creo que no.

> Indíquenme donde firmo la renuncia a todo esto.

miércoles, 19 de octubre de 2016

Un poquito

> Un poquito de dinero, eso es tu sueldo. Un poquito.

> Un poquito de paz consigues, a veces, viajando hacia tu trabajo en el Metro o la camioneta. Un poquito.

> Un poquito de café te regalas a media mañana para despertarte. Un poquito.

> Un poquito de carne (molida), un poquito de pollo, ese es el fuerte de tu almuerzo. Un poquito.

> Un poquito de arroz, de pasta o de ensalada para acompañarlo. Un poquito.

> Un poquito de felicidad es la que experimentas por un logro laboral que no se transformará en un bono económico. Un poquito.

> Un poquito más de bono de alimentación. Ese es tu aumento de sueldo, un poquito.

> Un poquito de pan por persona, para la cena y el desayuno de mañana. Un poquito y un poquito.

> Un poquito de paciencia tienes que tener para encontrar la medicina que buscas. Un poquito.

> Un poquito de chocolate, que compran entre varios en la oficina, es tu merienda. Un poquito.

> Un poquito de harina de maíz ofrece una compañera de trabajo. Preguntas en casa. "Compra un poquito", te dicen. Un poquito.

> Un poquito de tiempo es el que duran tus salidas luego de la oficina. Un poquito.

> Un poquito de caña es la que tomarás en la reunión de esta noche. Un poquito.

> Un poquito de amigos te quedan aún en Venezuela. Un poquito.

> Un poquito más de paciencia tienes que tener, ahora para explicar y justificar por qué no te has ido del país. Un poquito.

> Un poquito de arepa, un poquito de queso rayado, esa es tu cena. Un poquito.

> Llega tu abuela a romper el patrón y preguntarte si quieres más. "Un poquito", le contestas. Un poquito.

sábado, 9 de julio de 2016

Seaside

A veces deseo estar en una playa europea. Pero no me refiero a una del estilo de Ibiza u otro paraíso mediterráneo por el estilo. A veces deseo estar una playa europea de las que son grises, con guijarros en lugar de arena. Esas playas europeas a las que la gente va con suéter y hace fogatas cuando aún no termina de caer la noche. A veces deseo estar en una de esas playas europeas donde los personajes perturbados de las películas van a fumar marihuana, tomar cervezas y dejar las botellas por ahí, como rastro de su desidia y su dejadez.
Me gustaría estar en una de esas playas, escuchando el cansado rumor de sus olas. Unas olas que traen ecos de vikingos y británicos, ecos de celtas y de normandos. Porque, por alguna razón, todos esos títulos, todos esos nombres, todos esos hombres, todos esos sonidos, me suenan a melancolía. Y esa melancolía resuena conmigo. Y así hacemos armonía todos, olas, playa, guijarros, nórdicos, César.
Me imagino con un suéter gris y una capucha cubriéndome la cabeza. Las manos en los bolsillos, los hombros arriba, pateando piedras mientras camino. Esa parece ser la forma correcta de transitar ese tipo de playas. Además me imagino todo como parte de una escena cinematográfica, por lo que mi presencia llena de una reflexión aparente en aquella playa de melancolías y tristezas debe ir acompañada por una banda sonora.
“Seaside”, de The Kooks. Esa pieza cuenta con la carga emocional necesaria para completar mi escena de ensueño. Tiene que ser. Me veo lanzando piedras al mar, mientras los acordes de guitarra hacen acto de presencia y la voz de Luke Pritchard, con ese tomo ahumado y nasal que siempre atribuyo a los cantantes británicos, hace su sugerente invitación: “Do you want to go to the seaside?”.
El coro también calza justo con la escena: “I’m just trying to love you in any kind of way”. Y en esa playa gris y fría, en esa soledad que me acompaña dentro de la escena que me imagino de vez en vez, le canto esa frase a mi ex-novia; se la canto a la chica que me gusta. Se la canto a Venezuela. Desde una distancia más emocional que física. Me gustaría estar lejos. Me gustaría ver el desastre desde otra acera. Me dirán cobarde y lo acepto con tranquilidad y humildad. Soy un cobarde. Estoy aquí hoy porque no me queda de otra, pero desearía poder huir y dejar todo esto atrás. Desearía poder seguir la realidad a través de Instagram, de Twitter, de Facebook. Ojalá esto no fuera tan real para mí. Me gustaría poder decirle a Venezuela: “But I find it hard to love you when you’re so far away”. La distancia sería una excusa perfecta para tanto desamor. Sería más fácil así.
Ese álbum tiene unos sonidos interesantes. “Inside In/Inside Out” mezcla muy bien ciertos elementos de esa tristeza que para mí es tan característica de los británicos, con sonidos bastante alegres y hasta festivos. Pero siempre le puedo encontrar lo azul, lo frío, lo melancólico (¿cuántas veces he escrito esa palabra ya en estas páginas?).
Luego de “Seaside” suena “See the World”. Mientras que “Seaside” es una balada suave, íntima, con una belleza delicada y una atmósfera apenas eludible. “See the World” aumenta el tempo, aumenta el volumen, aumenta la energía. Sin embargo, su invitación me sigue manteniendo en un estado similar al que me ha dejado la anterior. La canción comienza diciendo “Do you want to see the world?” La respuesta a una pregunta como esa siempre es sí, sí quiero conocer el mundo. Sí quiero explorarlo, sí quiero perderme en calles desconocidas, sí quiero escrutar los rostros y los detalles de personas procedentes de culturas distintas.
¿No es siempre “conocer el mundo” la propuesta ideal, la respuesta a todo? Cuando estamos enamorados lo prometemos. “Quiero conocer el mundo contigo, visitar cada recodo del planeta tomado de tu mano. Quiero mochilear a tu lado, que seas mi único equipaje”. (Y luego encuentro frases como ésta que me responden a la pregunta de por qué sigo soltero). Cuando estamos enamorados queremos ponerle a cada ciudad de la Tierra el filtro a través del cual estamos viendo nuestra realidad, queremos que todos los colores del universo sean tan brillantes como los que estamos experimentando en ese momento. Queremos que la luz de la persona que tenemos al lado brille en cada rincón.
Pero cuando estamos despechados, “conocer el mundo” también puede ser una respuesta. Tomar una maleta, meter un par de piezas de ropa y lanzarse a la aventura. Conocer gente nueva, quién quita y una finlandesa se enamora de mí, tener unos meses de pasión escandinava, partir para siempre. Experimentar la sensación de ser exótico en una tierra foránea, de ser un extraño en tierra extraña. Poder sanar las heridas que va dejando el amor a punta de sellos en el pasaporte.
Pero una vez más aparece Venezuela en el medio. Viajar está fuera de todo presupuesto. Salir del país es demasiado cuesta arriba. No hay forma, en este momento, de que en mi casa podamos comprar un solo pasaje de avión para cualquier lado. Esa cantidad de dinero no existe. Y si existiera, tendríamos que destinarla a comprar comida, medicinas. Me quiero ir del país, como muchos. Quiero perderme de todo este desastre, sentir que estoy avanzando en otro lugar. Siento nostalgia por el presente que no tengo aquí, siento nostalgia por el futuro que no estoy construyendo aquí, siento nostalgia por el presente que no estoy construyendo en otro lado. Me siento abandonado por mis amigos que se han ido, pero a la vez no puedo estar más feliz por ellos y por lo que están logrando con tanto esfuerzo.
Por ahora, mi sueño de estar en una de esas playas grises europeas se queda en eso, un sueño. A veces se mezcla con el recuerdo de la vez que pude pasear por una playa en Niza, Francia. Porque en algún momento pudimos. En algún momento pudimos salir. A veces le grito al César de 2008 “¡Piérdete! ¡Quédate por ahí!”
Venezuela tiene playas hermosas, llenas de mujeres hermosas, de escenas hermosas con familias compartiendo. Pero ahorita Venezuela y yo no nos llevamos tan bien. Necesito la melancolía de una playa gris europea. I want to go to the seaside.

jueves, 14 de abril de 2016

Imprudencias económicas de la Venezuela actual

>Una galleta (cualquiera, aunque hay unas más caras que otras; puedes conseguir un Cocosette en 200 bolos o un paquete de 12 Tip-Tops por el mismo precio. De cualquier forma, comprarlas es una imprudencia).
>Unos Platanitos
>Unos Doritos
>Una lata de refresco.
>Un refresco de litro y medio.
>Un refresco de dos litros.
>Una Nucita.
>Un chocolate (básicamente cualquiera).
>Un batido de fresa o de melocotón.
>Un cigarrillo.
>Una caja de cigarrillos.
>Unos Halls.
>Unos chicles.
>Un pan de queso.
>Una buena pizza.
>Una cerveza.
>Una botella de ron.
>Una botella de sangría.
>Cualquier comida en cualquier restaurante (menos en el centro de Caracas, donde aparentemente aún puedes encontrar un almuerzo ejecutivo en 250 bolívares. La amenaza de hepatitits corre por tu cuenta).
>Una entrada al cine.
>Unas cotufas.
>Una habitación de hotel.
>Un paquete de condones.
>Invitar a salir a una chica. Básicamente Venezuela me lleva a la soltería y la castidad.
>Gracias.

viernes, 1 de abril de 2016

La prisión de Miranda (La debacle del billete de dos)

I
Le pago al camionetero con un billete de cincuenta. Me corresponden treinta bolívares de vuelto, así que el conductor me da un billete de veinte y un fajo de billetes de dos bolívares. Tiene más paqueticos iguales. Está como muchos de nosotros: intenta deshacerse de ellos.
Es un círculo vicioso que al final termina causándome algo de gracia. Por un lado están los camioneteros, intentando que los pasajeros se lleven esos billetes lejos de su vista y de su vida. Por el otro lado estamos los usuarios, utilizando el transporte público como depositario de esos rectángulos de papel que ya tan poco nos sirven. Al final terminan yendo de allá para acá, como esos bebés pesados que nadie quiere cargar. Al pobre Francisco de Miranda no le queda de otra que ver a todo el mundo con ojos llorosos, angustiosos, suplicantes, deseando volver a ocupar orgulloso un puesto en la billetera de los venezolanos.
Por ahora nadie le hace caso.

II
El Metro está atestado y funcionando mal. ¿Lo triste?, lo triste es que ya los caraqueños hemos asumido ese sinsentido como parte de nuestra cotidianidad. “Sí, el Metro estaba horrible, pero eso es así en las mañanas, tú sabes”. Hemos naturalizado tanto el desastre que ya lo vivimos con la tranquilidad pasmosa de quien presiente que no habrá nada mejor.
Entro al vagón como puedo. Aunque en el Metro de Caracas siempre está la duda de si entraste al vagón o te hicieron entrar. De cualquier forma, busco asidero en algún lugar. En el suelo, junto a uno de los asientos, yace un billete de dos bolívares. Está doblado a la mitad, por lo que no se ve la cara de angustia de Francisco de Miranda, quien intenta pedir auxilio con la mirada. Nadie parece notar el objeto abandonado. Nadie hará el esfuerzo de agacharse y recoger ese billete en particular. No estoy seguro de si lo harían por uno de cincuenta o de cien bolívares, pero puedo estar convencido de que ese billete de dos hará varias veces el recorrido de toda la línea 1 antes de que alguien se apiade de su futuro y lo recoja.
Miranda, desde el suelo del vagón, se pregunta qué prisión es peor: La Carraca o el billete de dos bolívares.

III
Internet y sus chistes se han convertido en un excelente medio para seguir la realidad y actualidad venezolana. Hay mucho ingenio detrás de buena parte del contenido que aparece. Bastante humor de calidad y un nivel de crítica social que me parece importante en esta época de tanta impulsividad; en este país que exige inmediatismo desde sus voces más enardecidas.
Una imagen en específico se ha mantenido siempre en mi recuerdo. Un indicador de la inflación a través de la demostración de qué chucherías se pueden comprar con cada uno de los billetes venezolanos. El tema me atañe directamente. Mido mi nivel de calidad de vida en función de la cantidad de chucherías que puedo comprar con mi sueldo. Ver el problema de esa forma no fue fácil. Entender que el billete de más alta denominación de mi país no podía garantizarme ni siquiera el mejor chocolate que pudiera buscar en el territorio habla de lo insostenible de la situación.
Pero posiblemente la situación más crítica era la del billete de dos bolívares. Para efectos de la imagen (y para poder entender claramente su utilidad, desde el punto de vista del autor de la pieza visual), habían escrito sobre el billete la palabra “NADA”. Así, en mayúsculas trabadas y subrayado. Nada. No se compra ni una chuchería. Nada. Ni un caramelo de menta. Nada. Ni un caramelo artesanal de coco o jengibre. Nada. Absolutamente nada.
Desde la parte de abajo del billete, Francisco de Miranda observa la palabra escrita con marcador rojo. Marcador indeleble. No podrá eludir la nada ni exorcizarla de su billete. Miranda tendrá que vivir con la nada por un buen tiempo. Tendrá que aprender a convivir con la idea, con la certeza, de que su billete no le da acceso al venezolano a nada.

IV
El billete de quinientos bolívares con la cara del fallecido Presidente Chávez, es un fantasma que ha estado penando por las conversaciones de los venezolanos desde hace ya un buen tiempo. Recientemente, junto a su compañero de mil bolívares, esos espectros han ido ganando en corporeidad y robustez. Es muy probable que sucedan. Van a llegar. ¿Los grandes sacrificados? Los billetes de dos y de cinco.
Imagino al Negro Primero tranquilo. A fin de cuentas es muy probable que jamás haya imaginado ser ubicado en un billete. Él se puede dar por servido con lo que alcanzó. Entenderá con gallardía que es momento de dejar el trabajo y permitirle a otros próceres llevar la bandera de la economía venezolana.
Me preocupo por Miranda. El venezolano universal quedaría relegado de nuevo a un segundo plano. Y es que no es fácil. Según artículos que leí y comentarios que escuché, fabricar cada billete de dos bolívares cuesta más que su propia denominación. El billete de Miranda es como una relación amorosa en decadencia: cuesta más de lo que realmente vale. Se nos ha hecho difícil mantenerte en un lugar digno, Francisco. En todo el sentido de esa frase. Ahora ni siquiera un billete lo suficientemente robusto podemos ofrecerte. Tan solo la promesa de una desaparición.

V
En un viaje mucho más tranquilo en Metro (porque también los hay) voy sentado mientras leo un libro. A mis oídos llegan retazos de la conversación de dos muchachos. Entiendo que uno de ellos rapea, porque parece estar construyendo rimas a partir de las apariencias de quienes estamos allí. Lo está haciendo como una especie de demostración, para divertirse, sin levantar mucho la voz ni pedir dinero. Lo está haciendo simplemente porque, además del compañero con el que está hablando, está su hijo junto a él y quiere mostrarle sus habilidades. “Cuando está con mi mamá, se pone así. No quiere cantar en la calle ni rapear. Cuando sale conmigo, se pone serio”, le comenta al otro muchacho.
Ellos están hablando de colaborar musicalmente. Hablan de componer pistas, de escribir versos. Este muchacho le dice al otro que en su casa tiene todos los juguetes, que eso es casi un estudio, que ahí no hace falta más nada. El otro demuestra un entusiasmo cauteloso. Es posible que ya haya escuchado una historia similar en el pasado y no quiera dejarse llevar por la misma emoción e aquella vez.
Llega el momento en el que deben separarse, pero el muchacho del estudio se da cuenta de que no tiene el número de teléfono de su compañero. Este último empieza a dictárselo, pero el primero le dice que no, que se le va a olvidar. “Toma”, le dice, “anótalo aquí, en un billete de dos. Total, eso no sirve para nada. Toma, toma, anótalo aquí en este billete de dos”.
Me sorprendió su insistencia. Me sorprendió la indolencia con la que lo dijo. Me sorprendió verlo efectivamente sacar el billete de su bolsillo y ofrecérselo al otro muchacho, junto a un bolígrafo. Y es que para eso terminó quedando el billete de dos bolívares: un papel en blanco con diferentes marcas de agua que exhiben motivos patrióticos.

Miranda ve la escena desde su prisión de papel y no le queda de otra que seguir con la vista los trazos del muchacho que anota su número telefónico en el billete. No queda de otra, Miranda, sino aceptar con algo de orgullo la derrota y esperar una oportunidad nueva para representar alguna otra cantidad, algún otro tipo de privilegio para el venezolano. Capaz te ofrecen un ascenso y te ubican como abanderado el billete de quinientos o el de mil. Capaz simplemente te señalan como culpable de una debacle de la que poco tienes que ver. Pero esa es la característica principal de los responsables de esta crisis: jamás sus dedos se apuntarán a sí mismos.

domingo, 23 de agosto de 2015

Anhelos burgueses

- Quiero unos boxers que cuestan entre 2 y 8 mil bolívares.

- Quiero unos pantalones que cuestan 12mil bolívares.

- Quiero unos zapatos que pueden estar, fácil, en los 20mil bolívares.

- Quiero un libro que cuesta 2500 bolívares.

- Quiero otro libro que cuesta 5mil bolívares.

- Quiero un tercer libro que cuesta 12mil bolívares.

- Por un error, en la librería me dijeron que un libro que quería costaba 28mil bolívares. Quisiera que eso me hubiera sorprendido e indignado, pero no fue así. Me pareció normal.

- Quiero una consola de video que puede costar entre 150 y 300mil bolívares.

- Quiero una computadora que puede costar 200mil bolívares.

- Quiero alquilar un anexo que, con precio de familiares y amigos, podría estar entre los 20 y los 30mil al mes. Hay unos más baratos, pero quiero ese.

- Quiero un carro que cuesta unos 2 millones de bolívares.

- Quiero irme del país, pero el pasaje cuesta una cantidad absurda que ni siquiera conozco.

- Quiero no sentirme culpable por lo que anhelo.

- Quisiera que lo que me gusta hacer estuviera mucho mejor remunerado.

- Quisiera no estar tan decepcionado del presente ni preocupado por el futuro a los 23 años.

- Quiero una paz que cuesta un desarraigo.

- Quiero un país que cuesta un transplante de cultura.

- Quiero una vida que puede ser tan cara como cualquiera de mis anhelos o tan barata como cualquiera de las boberías que cargo encima.

martes, 18 de agosto de 2015

El Tipo: un auténtico ejemplar venezolano

I
La masa de cuerpos exhaustos camina de forma automática por la transferencia entre Plaza Venezuela y Zona Rental. Suben el pequeño tramo de escaleras sintiendo que cada escalón los acerca más a sus hogares. De repente, como si se tratara de una especie de Holocausto creado por un Hitler urbano, caen encerrados en una cámara de gas. Un peo. Una flatulencia con tamaño, peso y densidad. La pestilencia los envuelve y los hace escupir improperios contra aquel que no pudo controlar sus intestinos. No pueden evitarla, porque no saben de dónde viene. No pueden evitarla, porque hay tanta gente, que moverse hacia los lados no es una opción. Lo huelen hasta que se disipa… o hasta que se acostumbran.
Unos escalones más adelante, El Tipo se ríe con picardía por su ocurrencia. Se regocija con los comentarios de molestia que llegan a sus oídos. El Tipo lo ha vuelto a hacer. “Y lo que les espera para el vagón”, piensa.

II
El Tipo se despierta a golpe de cuatro de la tarde. Los aromas del anís y el vodka barato aún revolotean alrededor de su armatoste de cuerpo. Se come tres arepas con mortadela que le ha hecho su abnegada madre, se toma una taza de café bien resuelta y se siente pleno. Allá los vecinos que dicen que no encuentran nada, que dicen que hace meses no saben lo que es una tacita de café por las tardes. Ve con orgullo el bulto de Harina Pan que hay en su despensa y los incontables paqueticos de cuarto de kilo de café.
Luego de reposar un poco, sale a la calle a ver qué se consigue. Estudia las colas, saluda a vecinos y a compañeros de faena. El Tipo encuentra un botín perfecto: pañales. El camión apenas está llegando a la farmacia de la zona. De inmediato saca un cuaderno y anota a las personas para organizar la distribución de productos. En una hora, ya la repartición está lista para la madrugada siguiente.
El Tipo no tiene hijos pequeños.

III
Nuestro héroe nunca ha hecho una compra en dólares, pero sabe a la perfección cómo lucen los billetes norteamericanos; sabe muy bien lo que supone manejarse con la codiciada moneda. Chanchullos van y vienen. Algunos de ellos ni siquiera son del entendimiento de El Tipo. Pero ahí va. Firme.
El Tipo es el gran beneficiario del control cambiario. Todos los días le prende una vela a sus santos para que la regulación se mantenga.

IV
El Tipo sabe cómo tratar a aquellos que no se apegan a las normas que, con trabajo duro, ha establecido. Se asegura de que las cosas se hagan como le gustan. Cuando la gente lo ve de lejos, reprendiendo a un empleado, hablándole con fuerza a un familiar o amenazando a un amigo, comentan “por eso es que a ese Tipo se le dan las cosas; porque pone carácter”.
Muchos lo ven con anhelo en los ojos y envidia en los bolsillos. Quieren ser como él.

V
El Tipo se reclina en su silla y apoya los pies en el escritorio. Las elecciones solo fueron un trámite. La gente lo quiere porque es dicharachero y vivaracho. Se ríe con despreocupación y le da una nalgada a la secretaria cuando sale. Ella se sonroja y sonríe. El corazón le late fuerte cuando El Tipo se le acerca y le habla en la pata de la oreja. La cantidad de mujeres que sueñan con un tipo como El Tipo, es incalculable.
Nuestro protagonista se sabe importante, por lo que todo trámite que pase por su oficina deberá llevar su firma para ser validado. Si no, se devuelven los papeles. Sabe también El Tipo que debe evitar que otros que están en la posición en que él estuvo, pueden lucrarse de la situación así como él lo hizo, así que comienza con las represiones y restricciones.
Mientras tanto, sigue aprovechando las oportunidades –ahora más frecuentes y tentadoras– y sigue llenando sus bolsillos.

VI
El Tipo da gracias a la vida por haber nacido en el país en que lo hizo. No se iría jamás. Está a gusto y feliz.

El Tipo triunfa. 

jueves, 18 de julio de 2013

Documento Intransferible (Parte I: La Petición de Esteban Valdivieso)

    Entonces Esteban me dijo que necesitaba prestada mi alma un momento. Me explicó, muy someramente, que debía realizar unas diligencias, unos asunticos rápidamente. El problema era que la naturaleza de aquellas vueltas que tenía que hacer no era compatible con su alma, así que necesitaba la de alguien más. Como yo siempre he sido su buen amigo, decidió pedirme prestada la mía. Con esa misma cara de extrañeza que tú debes tener ahorita, buen lector, me quedé yo viendo a Esteban Valdivieso un rato.
    Nada de lo que me había dicho tenía sentido. Pero él siempre había sido así, excéntrico, loco, estrafalario y extravagante. Era un tipo que andaba por ahí en shores anaranjados y camisa morada manga larga de satén, con un ocasional turbante turquesa y unos lentes oscuros que reflejaban en verde. Todo esto cerrado por unas desgastadas alpargatas que habían visto toda la historia de Venezuela y sus alrededores.
    Esteban Valdivieso se la pasaba hablando de las energías, de las fuerzas, de las buenas y malas vibras. Hablaba del espacio, de si estábamos o no estábamos solos en el universo y qué influencia tenían sobre nosotros esos posibles vecinos intergalácticos. Se la pasaba comprando velas de color púrpura, inciensos de aromas extraños como “aguacate”, “kiwi” o algunos con nombres más abstractos como “felicidad”, “buena fe” o “patria”.
    En la casa de Esteban Valdivieso no había muebles, sino cojines y almohadones forrados con telas curiosas esparcidos estratégicamente por el suelo, según los veinticuatro libros de Feng Shui que tenía. Tampoco había puertas, pues por designios de alguno de los diversos cultos que practicaba, las puertas estaban prohibidas por ser obstaculizadoras del libre paso de las energías cálidas. Así que, entre habitación y habitación- que me imagino que no es necesario decir que no eran muy diferentes una de otra-, lo único que había eran cortinas de una tela transparente y muy suave.
    Es así como, después del shock inicial por la petición de Esteban, logré darme cuenta que era algo que no desencajaba con aquel personaje. Me lo imaginé fácilmente despertando en la mañana y pidiéndole prestada el alma a su mamá para ir a sacar el rif o el pasaporte nuevo. Algo normal para él. Muy extraño para el resto de los mortales, como yo.
    Pero a fin de cuentas, Esteban era panita. Era un loco, pero bien agradable. Siempre regalaba comida y bebida cuando uno iba a pasar un rato en su casa. Siempre hablaba de sus particularidades, pero nunca obligaba a nadie a creer o practicar lo mismo que él, cuestión que se le agradecía enormemente, porque no hay nada más fastidioso que un fanático obligando a alguien a pensar igual que él. Así que decidí seguirle la corriente esta vez a la excentricidad de Estaban Valdivieso; decidí prestarle mi alma.
    Me citó a las nueve y media de la noche en su apartamento y si bien yo estaba ahí en la puerta desde las nueve y cuarto, no fue sino hasta que el reloj marcó exactamente la hora indicada cuando Esteban abrió la puerta. Tenía una actitud seria y ceremonial que jamás le había visto. Me invitó a pasar y me sentó en uno de los almohadones que había en el piso. Me invitó un famoso té chino o japonés que sabía únicamente a agua de arroz y me hizo esperar un rato mientras buscaba unas cosas en otro de los cuartos.
    Volvió con unos envases de vidrio, de formas que yo había visto nada más en películas. Uno muy grande, parecido a un narguile y otros dos más pequeños, que parecían propios del arsenal de cualquier bruja de Hollywood. Los dispuso estratégicamente en una mesa baja que había frente a mí y se sentó en un almohadón del otro lado de la mesa. Se quedó en silencio por unos minutos.
    Me explicó una vez más el propósito de aquella reunión, qué era lo que pretendía hacer. Aunque no me explicó exactamente por qué, se limitó a mantener su historio de “unas diligencias” que tenía que hacer y que esas diligencias no eran compatibles con su alma. Quise preguntarle qué le hacía pensar que la mía sí sería compatible, pero me quedé callado en el mismo instante en que entendí que hacer esa pregunta significaba suponer que lo que Esteban estaba haciendo tenía sentido; hacer esa pregunta suponía tomar como cierto toda aquella locura del traspaso de almas.
    Esteban prendió par de velas moradas que ya estaban en la mesa, cerró los ojos y en un rictus propio de un rito de alta seriedad e importancia, comenzó a susurrar unas palabras que nunca entendí. Habló y habló por unos minutos, al mismo tiempo que batía los brazos hacia el techo y hacia los lados y contorsionaba las manos como si fuera una bailarina de danza árabe o de flamenco.
    Ya cuando estaba a punto de reírme y decirle a Esteban que dejara la estupidez, abrió los ojos y se quedó mirándome fijamente. Una mirada vacía, horrible, perturbadora. Estuvo mirándome con fijeza durante unos cuantos minutos más. Luego, comenzó a soplar hacia el envase grande de vidrio que estaba en el centro de la mesa.
    Soplaba suavemente, como si estuviera intentando encender una parrilla. Me quedé un rato mirándolo, dándome cuenta de que para él nada de lo que estaba sucediendo ahí era un juego. Cuando desvié la mirada hacia el envase nuevamente, casi me da un infarto del susto. El envase grande de vidrio estaba lleno hasta la mitad por una especie de humo morado. Era una sustancia muy parecida al humo del cigarrillo, con la diferencia del color. Además, el contenido del envase de vidrio parecía brillar suavemente.
    Cuando Esteban terminó de soplar, me hizo un gesto con la mano, indicándome que debía hacer lo mismo. En ese punto, podrás entender estimado lector, que ya no entendía qué estaba pasando, ni estaba tan convencido de que todo fuera una loquetera de Esteban. Así que, impulsado por sabe Dios qué fuerza universal, empecé a soplar en dirección al envase de vidrio.
    Fue una sensación extrañísima. Mientras soplaba, sentía como si me desprendieran algo. Como si me quitaran una costra, pero una costra que estaba en algún lugar muy profundo dentro de mi cuerpo. Con cada soplo se desprendía más y más… y dolía. Ya cuando el envase estaba casi lleno, incluso se me escaparon unas lágrimas, pues el dolor en el pecho se había hecho casi insoportable ya. Al final, cuando el jarrón de vidrio estuvo lleno, Esteban me hizo una seña para que dejase de soplar.
    Él tomó el envase grande, lo batió un poco y procedió a llenar los frascos más pequeños que estaban en la mesa, uno frente a cada uno de nosotros. Tomó el de él y aspiró el humo morado como si fuera una pipa. Entendí que debía hacer lo mismo.
    Si la experiencia de haber “expulsado mi alma” fue extraña, la de “aspirar el alma de otro” fue muchísimo más rara. Solo lo puedo describir como ponerse los interiores de otra persona, como usar los retenedores de alguien más o pero aún… como escribir en el teclado de la computadora de otra persona. Qué sensación tan incómoda.
    Me sentía mareado, desubicado y la vista se me nubló bastante a causa de aquel humo morado. Llegué a la conclusión de que Esteban era raro y me había drogado para violarme. Así que decidí que me tenía que ir inmediatamente de ahí. Esteban no se negó, pero me dio unas indicaciones, supongo que para saber qué hacer y qué no mientras tenía su alma. Pero yo no le presté atención, quería irme inmediatamente de ahí antes de perder la virginidad que me interesaba mantener.

[To be continued y vaina...]

domingo, 9 de diciembre de 2012

Un nuevo comienzo para el Jinete Sin Cabeza

Seguiré con esta maña nueva de poner una parte del cuento para que luego, si les agrada, lo descarguen completo. Ojalá no les de flojera. Si les gusta, intenten leerlo todo, que necesito opiniones jajajaja, aquí va.

Un Nuevo Comienzo Para El Jinete Sin Cabeza
Varias fueron las razones que llevaron al afamado Jinete Sin Cabeza a abandonar la apacible villa de Sleepy Hollow. En su momento, aquel lugar había sido perfecto para un ser de su clase, tanto por la mística que rodeaba al poblado como por lo crédula de la gente que allí vivía. Sin embargo, el sitio donde había muerto y donde reposaban sus restos, había cambiado muchísimo en los últimos años. Ya Sleepy Hollow no era lugar para un espanto.
El paso del tiempo había cambiado todo. En primer lugar, el pueblo se había convertido en una ciudad. Con los años el poblado se fue extendiendo y agrandando; cada vez había más edificios y habitantes, lo que derivó en que el cementerio fuera movido de sitio. Ahora el camposanto estaba ubicado en las afueras de la ciudad, por lo que era más difícil para el Jinete salir a espantar. Tardaba mucho tiempo desde su tumba hasta el centro de la urbe y, contrario a lo que se podría pensar, el paso de los siglos tiene sus efectos incluso en los fantasmas, por lo que cuando el Jinete Sin Cabeza llegaba a su destino, ya estaba muy cansado como para asustar a alguien.
Habían cambiado también muchos aspectos del estilo de vida de los habitantes de Sleepy Hollow, haciendo que el trabajo del Jinete fuera más difícil. La cantidad tan alta de personas hacía que ahora las casas y los edificios estuvieran muy juntos, de manera que no había muchos caminos solitarios en los cuales acechar a sus víctimas. Los medios de transporte también habían sido modificados una barbaridad. Atrás se habían quedado los días en los que la gente se trasladaba en caballos o carruajes; ahora utilizaban poderosas máquinas de metal que los movían de un lado a otro en cuestión de minutos. A pesar de la potencia por la que era reconocido su caballo, rara vez el Jinete podía alcanzar a alguno de estos molestos artilugios.
El invento que más sacaba de quicio al Jinete Sin Cabeza, e incluso lo hacía entrar en una profunda tristeza en algunos momentos, era la luz eléctrica. Ya había perdido la cuenta de las veces que había maldecido el día en que a cada persona se le dio la oportunidad de tener luz en cualquier momento del día o de la noche. En especial odiaba la iluminación de los caminos. Las pocas vías deshabitadas que había en la ciudad estaban tan fuertemente iluminadas que no daban espacio a alguna sombra que generara la más mínima sospecha, incertidumbre o temor. Bajo aquellos enormes y poderosos reflectores, sus formas más atemorizantes quedaban convertidas en graciosos y curiosos reflejos que los conductores ebrios atribuían al exceso de alcohol.
Pero lo que de verdad tenía al Jinete Sin Cabeza cuestionándose qué hacer consigo mismo, era el cambio tan radical que se había dado en el modo de pensar de las personas en los últimos siglos. La gente había ido cambiando sus creencias. La mística, las explicaciones fantásticas a los hechos inexplicables, habían ido desapareciendo lenta pero constantemente. Los relatos de espantos y monstruos habían quedado como cuentos para niños o como excusas para crear historias de amor para adolescentes.
Los espectros habían sido caricaturizados y despojados de toda capacidad de asustar. Ya nadie le tenía miedo a los fantasmas, pues las atrocidades del mundo real que ellos mismos habían creado superaban con creces cualquier leyenda, mito o cuento de camino que pudieran contar con el tono más aterrador.
Empezó entonces el Jinete a buscar información sobre algún otro sitio al que migrar y penar como era debido. Algunos rumores le llegaron acerca de las tierras del sur, muy al sur. Escuchó que en aquellos predios, todavía las cosas eran muy parecidas a como eran en sus años mozos. Se enteró también de que en esos territorios, las personas todavía creían fervientemente y que estaban dispuestas a ser espantadas por un espectro como él. Así que empacó sus pocas pertenencias- una chaqueta raída, un sombrero de copa y un viejo acordeón-, ensilló a su portentoso caballo y comenzó el éxodo hacia el sur, buscando lo que para él sería la tierra de la oportunidad. 

sábado, 10 de marzo de 2012

Canto a Caracas

El olorcito a café
me despierta y ya sé
que el día ha comenzado.
La calle me empieza a hablar, 
ya lo puedo notar
en el rumor de los carros.

Todavía no amanece
y ya hay que despertar.
La vecina de en frente 
ya salió a trabajar.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

El metro está a reventar,
no cabe ni un alma mas 
y el tren está retrasado.
Además del calor
un niño entra al vagón
a vender calendarios.

Todavía no crece 
y ya tiene que trabajar.
De lo que haga depende
que hoy pueda cenar.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

Un tráfico infernal
le impide avanzar, 
volverá a llegar tarde.
Un programa de opinión
le recuerda que hoy
pudiera ser atracado.

La radio lo devuelve
a la triste realidad.
La ciudad donde vive
lo podría matar.
Pero no se entristece, 
ya no hay vuelta atrás.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.