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domingo, 12 de junio de 2016

Cuando bajen los barrios (¿Qué esperan de nosotros?)

Recuerdo con mucha ternura cuando, por el 2014, si no me equivoco, empezó a sonar esa frase de “ahí vienen los gochos”. En ese momento, esa parecía ser la única forma de que los caraqueños despertáramos e hiciéramos algo por ayudar a sacar a este gobierno del poder. Porque no estábamos haciendo nada. Un montón de guarimbas sin propósito, ni fuerza, ni resultados. En cambio por allá por San Cristóbal si se estaba cayendo la ciudad, se estaban cayendo los poderosos, el gobierno reculaba, no sabía cómo entrar. Y eran tan efectiva la cruzada que estaban llevando allá (principalmente estudiantes) que desarrollarían una Campaña Admirable de los Andes a Caracas para resolver el problema de una vez.
“Ahí vienen los gochos” decían, como el “Winter is coming” de la serie de George R.R. Martin. “Ahí vienen los gochos” y recuerdo desternillarme de la risa, llorar con las carcajadas, pensar en un montón de tachirenses viniéndose hasta acá, quitándole el megáfono a los estudiantes apostados en Altamira y declarando un nuevo Estado. La risa también tenía algo de angustia, pues un panorama como ese no me generaba mucha paz. También era una risa que escondía un poco de esperanza; la idea de que alguien iba a llegar a resolver este rollo.
Porque, después de todo, tenía algo de sentido. Buena parte de los presidentes que ha tenido Venezuela, vienen de esas latitudes. Irónicamente, dos de los más grandes dictadores de nuestra historia vinieron de allá. Pero en ese momento no se hacían ese tipo de análisis. “Vienen los gochos” y eso es suficiente. “Vienen los gochos” y nos van a resolver el problema, luego vemos cómo hacer para que no se engolosinen y nos monten otra dictadura. “Ahí vienen los gochos” y nosotros no tendremos que hacer mucho más.
Ese era el discurso desde la oposición. Sin embargo, desde las personas que apoyaban al gobierno la frase era otra. Igual de ominoso, igual de pavoso. Recuerdo haber hablado con uno de mis mejores amigos de la infancia, amigo que siempre defendió esta causa socialista. Recuerdo haber hablado con él y haber recibido de su parte la tenebrosa frase. “Hermano, esa gente tiene que quedarse tranquila, porque cuando bajen los barrios esto se va a poner feo”. Y desde ese momento, el tema de “cuando bajen los barrios” comenzó a causarme el mismo tipo de carcajadas que me generaba el “ahí vienen los gochos”. Con la diferencia de que los barrios si los conozco (poco, pero los conozco). Con la diferencia de que sí sé de qué son capaces algunos de los que se esconden en los barrios. Con la diferencia de que los barrios los tengo, literalmente, a una cuadra.
Esa frase, ese “cuando bajen los barrios” ha estado dando vueltas desde entonces. Tal como todo lo que tiene que ver con política, la frase salta de un lado al otro, sirviendo a la conveniencia de turno. Sin embargo, esa negra amenaza se mantiene sobre los caraqueños, sin saber exactamente a qué atenernos en el caso de que los barrios terminen por bajar.
***
Recientemente estuve un par de días trabajando en Maracaibo. Es una experiencia interesante. Es una ciudad con muchos factores favorables: buena comida, mujeres hermosas, colores vivos (producto del sol incandescente que siempre está presente) y edificios, cosa que para mí es de vital importancia para poder considerar ciudad a una ciudad. El calor es tan sofocante como lo pintan y hasta peor. sin embargo, si lo tomas como parte de toda la experiencia, hasta se hace divertido (no tanto).
Mi trabajo me permite moverme por el país e ir escuchando diferentes relatos sobre la situación país. La historia central no cambia mucho. Todos estamos pasando por una situación muy difícil de vivir y de comprender. Nadie se quiere resignar a tener que vivir en esta Venezuela, pero la única verdad es que no queda de otra y hay que afrontar esta realidad con fuerza, con cierta esperanza en el futuro, aunque nos cueste tenerla.
Sin embargo sí hay ciertos matices. Cada estado vive sus particularidades dentro de la generalidad de la situación. En Aragua, por ejemplo, su vivencia de la delincuencia es bien particular, por la presencia de Tocorón. En el Zulia, al ser un estado fronterizo, el tema del “bachaqueo”, el contrabando y todas las “marañas” similares tienen un papel protagónico en estas historias.
Dentro de la actividad que hacía con los marabinos, les preguntaba por la situación país actual, cómo la veían y qué creían que podía suceder como para que se resolviera esto o, al menos para empezar a experimentar cierto tipo de cambio en la situación que vivían actualmente. Hubo una respuesta que me sorprendió muchísimo. Alguien me dijo “bueno, estamos esperando que los barrios allá en Caracas bajen; cuando bajen los barrios ahí sí va a prender esto”.
Y vino a mi mente el “Ahí vienen los gochos”. Y vino a mi mente el “nadie quiere que bajen los barrios”. Y vino a mi mente la pregunta de “¿cómo es que esta gente, tan lejos, está esperando que los barrios de Caracas bajen para que pase algo en Venezuela?”. Y la siguiente pregunta que surge en mi mente tiene que ver más conmigo y con mis angustias que con otra cosa, pero no puedo dejar de preguntarme “¿qué esperan de nosotros?”.
Pero es que también se han dado ciertas circunstancias como para alimentar una especie de mito sobre lo que pudiera pasar en Caracas. Aquí en la capital, si bien hay personas que están sufriendo con la luz y el agua, no vivimos nada parecido a lo que se vive en el interior. Cortes de luz todos los días en horarios rotativos. Súmale a eso un servicio de agua y de aseo deplorables. Además, no se encuentran alimentos, medicinas, productos de primera necesidad en general. Súmale a eso que en Maracaibo tienes que hacer colas con una sensación térmica de 40 grados por lo menos (o así era como me sentía yo). No es que en Caracas no suframos la situación país, pero la verdad es que estamos empezando a sufrirla ahora, en estos últimos tres meses específicamente. En el interior tienen meses en este rollo.
Desde el interior ven a Caracas con ojos de molestia. No diría de odio, pero sí de cierta suspicacia rencorosa. Se preguntan por qué no nos quitan la luz a nosotros. Se preguntan qué pasa en Caracas que no pasa en el interior, llevando a que nosotros tengamos un trato especial. No cambiarían sus ciudades por Caracas, eso sí es bastante claro. Desde el interior, la capital es vista como un eterno caos, un estrés perenne, una angustia insoportable; no cambiarían nada de eso por sus formas amables, por sus actitudes jocosas, por su serenidad en lo cotidiano. Posiblemente lo único que cambiarían con Caracas sería la posibilidad de tener el servicio de luz eléctrica todo el día. Nada más.
A pesar de eso, sentí cierta esperanza dentro de ese “que bajen los barrios”. A fin de cuentas, el himno nos dice “Seguid el ejemplo que Caracas dio”, pero sigo con mi angustia: ¿qué esperan de nosotros? ¿Cuál es ese ejemplo? Porque yo veo a los barrios bajando todas las mañanas: esas personas que tienen que “bajar a Caracas” a trabajar, a buscar comida, a buscar medicinas, a ver qué pueden llevar de vuelta a sus casas. Todas las mañanas bajan los barrios en las formas de jóvenes que intentan forjar un futuro a través del estudio en un país donde el estudio ya no vale tanto como antes. Todas las mañanas bajan los barrios. Pero algo me dice que esa no es la bajada que están esperando los maracuchos con los que hablé.
“Allá en Caracas no quitan la luz porque hay un poco de locos, ¿verdad? Allá en esos barrios lo que hay es puro loco, dígalo”, me dijo uno de ellos, uno de los más hilarantes personajes con los que me encontré en este viaje. Me reí un poco. Le dije que no tenía idea. Le dije la verdad. Pero para ellos, lo que decían tenía total lógica. Es en Caracas, a su juicio, donde explotará todo, porque todo está acá, todos los poderes, todos los locos.
¿Qué esperan de nosotros? Aparentemente, de gente como yo no esperan nada. Esperan es que los barrios bajen. Como si supieran exactamente lo que eso puede significar. Esperan que los barrios bajen, como si con eso se solucionara todo. Esperan que los barrios bajen, generando una implosión con la que pudiéramos encontrar el botón de “reset” de este país. No creo que todos en Maracaibo estén esperando eso, pero ya que más de una persona de las que entrevisté me lo haya dicho, termina siendo en extremo llamativo para mí.
***
Volviendo a Caracas, me encuentro con que en esa semana que estuve en Maracaibo hubo marchas, saqueos, disturbios, agresiones a diputados de la Asamblea Nacional. Volviendo a Caracas estuve atascado por tres horas en una cola porque habían asesinado a un chófer y sus compañeros trancaron la vía que conecta el aeropuerto con la ciudad. Volviendo a Caracas me encuentro con que en muchos sitios se dan manifestaciones, unas más pequeñas que otras, con gente gritando simplemente “no queremos mangos, queremos comida”. Pienso que capaz los maracuchos tenían razón. Pienso que capaz los barrios empezaron a bajar y algo va a pasar. Hay una tensión muy particular en las calles de Caracas. Nadie sabe nada, pero sentimos que pasa de todo.
Allá en Maracaibo, tenía que preguntarle a las personas cuáles creían ellos que eran las elecciones que venían. Muchos contestaban de inmediato “ojalá sea el revocatorio”, pero existía la duda de si eso sucedería y si se darían las elecciones de gobernadores y alcaldes. Hay cierta confusión al respecto. Una señora me dice “tú eres el que nos deberías decir, porque tú vives en Caracas”. Le pregunto que cómo eso puede influir en que yo maneje semejante información. Otra contesta “es que en Caracas es donde se bate el chocolate”. Me río y me limito a contestarle “Posiblemente. Pero en muchas ocasiones el chocolate se bate con la tapa de la olla puesta”.

Lo único cierto es que no sé nada.

martes, 19 de enero de 2016

Sensación de inseguridad

Uno siempre se siente más cómodo en la zona que conoce. Así vivas en una zona de tu ciudad que sea considerada como peligrosa, el hecho de reconocer las aceras, los huecos en el asfalto, los quiscos desvencijados, los afiches a medio despegar y hasta los perritos que rondan las bolsas de comida, te hace sentir seguro.

En algún momento leí que la mayoría de las veces, los secuestros se daban justo en la puerta de la casa del raptado. ¿Por qué?, porque ya en ese momento, la víctima había bajado las defensas. Porque al divisar a unos metros la puerta de su edificio o de su casa, había dejado de ver a los lados, había respirado profundo, ya se había soltado el botón del pantalón, ya pensaba en la felicidad de mover los dedos de los pies fuera de los zapatos.

Es algo que vivo día a día. No el secuestro, sino la sensación de seguridad dentro de mi propio pedacito de caos. Vivo en el Salvaje Oeste de Caracas. Una tierra que suena lejana y hostil para quien lo más cerca que ha estado del Centro es Sabana Grande. Sin embargo, para mí, que he vivido los veintitrés años de mi vida en esa zona, el Oeste no es tal amenaza. Entiendo, sí, que no es precisamente una zona segura, pero a fin de cuentas es mi zona. Tal posición, tan oposicionista y a veces alejada de realidad, me lleva a un atontamiento muy peligroso para una ciudad en la que debes tener todos los sentidos disponibles prestos a la detección de cualquier indicio de peligro.

***

En las mañanas me levanto a las cinco y media, pero me despierto realmente a las siete y algo. Ese período de hora y media es un gran automatismo que me lleva por distintas estaciones de mi rutina mañanera: levantarme de mal humor y refugiarme en el baño; salir de ahí muerto de frío y disfrazarme de trabajador serio; ir a la cocina y prepararme un escueto desayuno que me lleve en velocidad de crucero hasta el ansiado almuerzo. Parte de esa mecánica incluye desear feliz día a quien esté despierto en la casa. Luego, voy con pasos renuentes hasta la parada del autobús, ligando que pase alguno con un puesto libre que me permita dormir media hora más para redondear el descanso. En esa espera, saco mi teléfono y le envío un mensaje a mi novia: “Hola, amor. Vía el trabajo”.

***

Esa mañana el teléfono estaba rebelde. La pantalla del WhatsApp solo me mostraba un prístino blanco característico de su negativa a cooperar con mis objetivos comunicativos. Primera consecuencia de esta inseguridad en tiempos de tecnología: si no te reportas a la hora que sueles hacerlo, generas una alerta roja en todos aquellos que no recibieron tu mensaje.

Entre el letargo del sueño y el mal humor por el fallo de la aplicación, no me doy cuenta del motorizado que está parado junto a la acera. Estoy parado con la cara metida en el teléfono y no me doy cuenta del parrillero que, aún con el casco puesto, se abalanza sobre el muchacho que camina tan despreocupado como yo, como todos. Cuando entiendo todo lo que está pasando, el forcejeo ya es bastante violento y la gente se está apartando de la situación. Así está nuestro altruismo hoy en día, mermado por la posibilidad de recibir una herida mortal. Cuando estás en una situación de vida o muerte, eres tú contra tu amenaza, más nadie saldrá a defenderte en estas calles caraqueñas.

Con un movimiento acartonado, guardo mi teléfono en el bolsillo de la chaqueta. El parrillero vuelve a la moto y arrancan hacia El Silencio. El muchacho, cara de molestia, cara de susto, cara de tristeza, toma una camioneta más adelante.

“El hampa está desatada”, me dice un señor. Asiento con la cabeza. “¿Le quitaron el celular?”, me pregunta. “No sé”, contesto. Es la verdad. No sé nada.

***

Ya en la camioneta, le explico a mi novia lo que sucedió. Ella decide no escribirme más, para que no me vea tentado a sacar el teléfono en el camino y quedar expuesto a un incidente similar. Voy pensando en las veces que he vivido situaciones parecidas en mi cuadra, en lo poco sensible que soy a ellas y en como mantengo mis rutinas y mis “descuidos” a pesar de las claras señales de que no vivo en una zona segura.

Llevo ya dos meses haciendo ese trayecto de mi casa a El Rosal. En ese período he sido testigo de dos robos y un intento (si es que el de esta mañana no se completó), una estadística bastante interesante. Pienso en las charlas sobre el hampa en Caracas, en Venezuela, y sobre ese concepto de la inseguridad como “sensación”.

Claro que la inseguridad es una sensación. Es la sensación de que en cualquier momento no le pasa al otro sino a ti. Es la sensación de que solo puedes estar seguro dentro de tu casa; y ni siquiera, porque puede que haya unos más osados que lleguen hasta tu hogar para robarte directamente. La inseguridad es la sensación de que te vas coartando de hacer cosas que se podrían considerar normales, porque en este contexto suponen un riesgo mortal. Es la sensación de que cada historia que te cuentan sobre cómo robaron en una cola, sobre cómo robaron en un avión, sobre cómo robaron en un cine, es una mera exageración producto del amarillismo de un pueblo que ya no cree en nada. Pero en verdad, cuando sales a la calle y ves frente a tus ojos cómo roban a alguien, cuando vives en carne propia la terrible experiencia de que otra persona te quite lo tuyo, no hay nada que te ayude a desmentir todas esas matrices de opinión.

***

Mientras esperaba mi camioneta, luego de haber visto pasar al muchacho con quien forcejeaba el parrillero de la moto, escuchaba a otros señores hablando. “Es que nunca le dijo que tenía pistola. Tenía que decirle ‘tengo una pistola’ para que el chamo aflojara”.


El poder, aquí en Venezuela, no se mide en votos, sino en capacidad de intimidación.

22/Mayo/2015

martes, 20 de octubre de 2015

Ciudad herida


La ciudad está herida. Tiene grietas en las calles. De las grietas brotan personas,
se apelotonan unas sobre otras, se respiran en las nucas,
se manotean y se golpean los pechos unos a otros con ritmos primitivos.
La ciudad está herida.  Tiene cráteres enormes en el asfalto. Ventanas vertiginosas
que se asoman a mundos inexplorados. Pozos sin fondo en los que los conductores
lanzan sus maldiciones como monedas,
esperando que se les cumpla un deseo.
La ciudad está herida. La fiebre no se le baja con ningún trapo caliente,
sigue viendo duendes en las esquinas, espectros en los callejones,
fantasmas en Miraflores.
La ciudad está herida. En su desesperación intenta buscarles salida a los habitantes.
Les inserta el gusanillo de la diáspora,
los hace delirar con futuros fáciles en otras ciudades heridas.
La ciudad está herida.
Poco a poco se desangra.
Poco a poco se resigna.


miércoles, 7 de octubre de 2015

La Taconazo

Ser hijo único te pone en una posición particular con respecto a tus primos. Para los menores, eres una especie de hermano mayor menos punitivo. Para los mayores, en comparación con sus propios hermanos menores, eres una presa mucho más ingenua para sus engaños, triquiñuelas y relatos fantásticos.
Tuve la suerte de contar con primos creativos, que se exigían en sus historias, que intentaban estirar las líneas de su imaginación en la medida de lo posible. Recuerdo unas cuantas en específico. Hace unos diez años, por ejemplo, con el boom de CSI, una de ellas me aseguraba que ya estaba en proceso de producción CSI Caracas. Un tiempo antes de eso, uno de mis primos me relataba el misterio sobre la “Isla Moby Dick”, isla tan particular y llena de misticismo que no solo tenía la forma de la famosa ballena de ficción, sino que además proyectaba una extraña sombra en el cielo, logrando verse sobre ella siempre una nube con la misma forma del blanco cetáceo.
Sin embargo, la que he estado recordando mucho en estos días, es la de “La Taconazo”. Según la historia de mi primo, La Taconazo era un espanto. (Dado el amplio espectro de todo lo que puede o no ser un espanto en la mitología contemporánea venezolana, debo darle el beneficio de la duda a mi primo aquí y dejar en el aire la cuestión de si realmente es un espanto o un personaje más de su imaginación pre púber). La característica distinta de La Taconazo, y de ahí su título distintivo, era que siempre se la escuchaba taconear a las espaldas de la víctima. Taconeaba firme y con gran estruendo. Creo recordar algunas de estas condiciones típicas de espantos del tipo “si la escuchas taconear rápido es que está lejos, si la escuchas lento, estás jodido”. Girar a verla suponía dos resultados posibles (son los dos resultados que mi memoria ha ido mezclando con los años): o no veías a nadie pero el taconear te seguía perturbando, o la veías directo a la cara y su aspecto fantasmagórico terminaba por llevarse tu alma antes de lo previsto. En cualquier caso, lo mejor era seguir con la marcha propia lo más que se pudiera.
El punto cumbre de la historia era la forma de deshacerse de La Taconazo. “Hay que rezar el Credo al revés”, sentenció mi primo. Para un niño de unos ocho años, aquella solución apenas califica como salvación. Apenas podía recitar pasajes del Padrenuestro. Aprenderme el Credo era una empresa inimaginable. Ni hablar de aprendérmelo al revés. Recuerdo, además, haberme quedado con una duda importantísima que no quise expresarle a mi primo, por temor a parecer un ignorante: cuando se refería al Credo al revés ¿debía recitarlo invirtiendo el orden de las palabras, o debía pronunciar cada una de las palabras al revés? Esta última opción no sonaba lógica. Al final terminaría construyendo un idioma incluso más tenebroso que el espanto que debía conjurar.
Para imprimir veracidad y demostrar que no todo era oscuridad en este mundo, mi primo incluyó un caso de éxito. “El único que se ha salvado es un cura. Pero eso porque ellos, para poder ser curas, tienen que aprenderse todas las oraciones al revés”. Nosotros los mortales la teníamos más complicada. Nadie nos obligaba a aprendernos semejante oración al revés. Sólo el miedo de no ser alcanzado por los terribles pasos de La Taconazo.
A lo largo de los años siempre he llevado el recuerdo de La Taconazo conmigo. Al principio como una forma de estar alerta a cualquier paso irregular que pudiera escuchar a mis espaldas. Mientras fui creciendo y entendiendo la naturaleza real de la historia, seguía conservando aquella memoria como un souvenir que había podido rescatar de esos años ingenuos y divertidos.
Últimamente, el recuerdo de ese particular espanto ha estado muy vivo en mi mente. El estado de paranoia constante que vivimos en Caracas me hace recordar mi atención y tensión ante cualquier sonido de taconeo que escuchaba detrás de mí. Hoy en día, todos andamos por las calles capitalinas como si quisiéramos huirle a La Taconazo. La situación de inseguridad (esa “sensación” de la que hablan muchos, como si así pudieran disminuir la gravedad de lo que vivimos a diario), hace que siempre estemos girando sobre nuestros hombros, dispuestos a encontrar la nada o la cara terrible del hampa caminando hacia nosotros. Hacemos lo posible y lo imposible por alejar el mal y sus probabilidades siniestras.
Siempre que siento unos pasos sospechosos detrás de mí, recuerdo la historia. Sonrío un poco, pero apuro el paso. Nadie quiere que semejante espanto lo alcance. A veces siento que no tenemos escapatoria. A veces siento que la solución para sortear  la delincuencia puede ser tan absurda como rezar el Credo al revés.

Aún me queda la duda de los criterios de ese “al revés”. 

martes, 7 de julio de 2015

Desdoblando palabras

Había una familia delante de mí en el metro: mamá, papá, hija e hijo. Comentaban una historia banal sobre lo que entendí era un hombre transgénero. Un relato burlón, de esos que nos mantienen metidos en todos estos prejuicios que llevamos a cuestas. Esa conversación cesó y la mamá comenzó a hablar sobre un tema más serio. Ella hablaba con un acento de la costa colombiana que hacía que cualquier venezolanismo sonara extranjero y lejano.
Le dice al esposo:
–Cuando lleguemos, llenamos eso. Mira que ya me puse la peluca.
Su hija la ve, extrañada. Arruga la frente, la escruta con detalle.
–¿Qué peluca? –señala el cabello de su mamá– ¿Eso es una peluca?
Escondí mi carcajada con el libro que estaba leyendo. Sin embargo, ellos no parecieron molestarse por mi reacción ante la ocurrencia de la niña. Al contrario, daba la impresión de que, con sus miradas, me invitaban a reír con ellos.

      Es maravilloso regodearnos con las puertas que nos abre el lenguaje. Esa niña, ávida de conocimiento, apenas descubre los múltiples dobleces que se le pueden hacer a una misma palabra.

lunes, 1 de junio de 2015

Nosotros los trashumantes

Cada mañana es la misma casa de dos pisos, mirando con ojos en la espalda hacia el ventanal de la oficina. Cada mañana la misma montaña de verde sólido, con delicados atavíos en color blanco nube. Cada mañana el mismo cielo denso y azulado, testigo de cualquier tipo de barbaridad en estos cuatrocientos y tantos años. Cada mañana el mismo edificio marrón de letras rojas, con el mismo señor de corbata gris asomándose de tanto en tanto a liberar un poco la carga del día de trabajo; me saluda con sonrisa triste y gesto desganado. Somos compañeros de soledad en medio de un caos que nos arrulla, pero no nos deja dormir. Cada día el mismo transcurrir incesante de carros en todas direcciones, en todas las vías, en todos los destinos. La sensación de vivir en una isla de tierra rodeada de carros por todas partes; soy un náufrago moviéndose en las turbias aguas del Metro, río subterráneo encargado de llevarnos a todos en su violenta corriente de decadencia e involución. Cada mañana la misma Ciudad. Somos nosotros los transitorios, nosotros los transeúntes, nosotros los trashumantes. Somos nosotros quienes la herimos. Ella lleva con orgullo sus cicatrices y nos invita a hundirnos en sus llagas. 

sábado, 2 de mayo de 2015

Sonidos de Caracas: Nostalgia

El muchacho entra al vagón del metro, con los pasos signados por el cansancio. La gorra desteñida habla de largas horas bajo el sol. Una fina costra oscura recubre su cuerpo; son días sin bañarse. Es también una coraza para protegerse de alguna manera de las inclemencias de la calle. Ha tenido que aprender a defender su vida con los dientes, eso lo muestran las cicatrices mal curadas que decoran sus brazos y algunas partes del cuello.
El muchacho camina hacia el centro del vagón para comenzar con su pregón. Se detiene frente a otro que acaba de entrar. Lo mira rápidamente y lo reconoce de inmediato. “¡Apache!”, lo saluda. El otro responde con ese “¡Épale!” de quien no reconoce de inmediato a quien le dirige la palabra
–¿Qué más?, ¿seguiste estudiando? –pregunta el primero.
–Claro, chamo –contesta Apache.
–Así es que es, hermano –contesta el muchacho. Su cara de decepción lo viste con una tristeza que ha venido arrastrando desde hace tiempo. La culpa y la vergüenza lo llevan a detener ahí la conversación. Se dirige al resto de pasajeros y comienza– Buenas tardes, señores pasajeros, mi intención no es molestarles, pero tengo que hablarles con la verdad…

Apache sigue viéndolo mientras habla. En su cara se dibuja una interrogante. Pareciera que intenta entender en qué momento el chamo con el que jugaba pelota de goma en la cuadra se convirtió en ese que ve pidiendo dinero. La nostalgia que lo embarga no tiene que ver únicamente con los recuerdos de ese niño inocente con el que compartió la infancia, sino también con el futuro que su amigo jamás tendrá.

sábado, 10 de marzo de 2012

Canto a Caracas

El olorcito a café
me despierta y ya sé
que el día ha comenzado.
La calle me empieza a hablar, 
ya lo puedo notar
en el rumor de los carros.

Todavía no amanece
y ya hay que despertar.
La vecina de en frente 
ya salió a trabajar.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

El metro está a reventar,
no cabe ni un alma mas 
y el tren está retrasado.
Además del calor
un niño entra al vagón
a vender calendarios.

Todavía no crece 
y ya tiene que trabajar.
De lo que haga depende
que hoy pueda cenar.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

Un tráfico infernal
le impide avanzar, 
volverá a llegar tarde.
Un programa de opinión
le recuerda que hoy
pudiera ser atracado.

La radio lo devuelve
a la triste realidad.
La ciudad donde vive
lo podría matar.
Pero no se entristece, 
ya no hay vuelta atrás.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.