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viernes, 19 de agosto de 2016

Lampituviran

    Hola, Alejandro. Espero que estés en paz.

    I
    La primera vez que escuché de ti, ni siquiera escuché tu nombre. Supongo que es esa la mística que envuelve a los escritores, en especial a aquellos que brillan con una sola obra: el nombre de su libro se termina convirtiendo en el propio. Unas amigas de mi exnovia comentaban Pim Pam Pum (sí, con emes, no la versión punk original con enes; yo llegué tarde al asunto). Ellas hablaban de lo que significaba el libro para ellas, cuánto se identificaban con Luis, el protagonista. Me atraparon cuando comenzaron a hablar de una de sus frases clave: "me cago de la risa". Para ellas era la demostración total de la desidia, el desinterés, del abandono a sí mismo, de la falta de preocupación por las cosas negativas que pueden pasar a tu alrededor. Quedé fascinado.

    II
    Mi mejor amigo me dijo que tu libro era genial. Le comenté esta conversación que había escuchado y prácticamente me puso el libro en las manos inmediatamente. "Lo vas a leer súper rápido", me dijo. Para ese momento, había un eco extraño en las calles de Caracas. Todo parecía sonar a tu libro. Había un ruido raro. Sonaban referencias a un tal "Blue Label/Etiqueta Azul". En una fiesta, una compañera me contó todo el libro. Me pareció interesante, pero sonso. Aún no lo he leído. Él y yo teníamos una banda. Me había encomendado la tarea de escribir las canciones, aunque de vez en cuando se atrevía él mismo a componer. Escribió algo llamado "Pim Pam Pum", su interpretación de tu novela. Siempre me encantó esa letra. 
    Mi amigo me vendió tu obra como "una historia de amor punk de la Caracas de los 90s". Creo que algo así decía la contraportada. Yo quería conocer Caracas, pero sin salir mucho. Necesitaba un viaje en el tiempo. Quería recorrer esas calles que están ahí pero que no son las mismas. Quería vivir una jueventud desenfrenada sin necesidad de experimentar nada peligroso. Tu libro fue para mí ese escape, esa guía, esa experiencia extrema. 
    Mi amigo y su novia, para su tesis de grado, hicieron una adaptación de tu libro, ¿sabes? Creo que intentaron contactarte, no recuerdo muy bien. Lo cierto es que nadie sabía de ti. O al menos (según me imaginación) nadie que no te importara. No sé si a tus amigos y/o familiares los mantenías al tanto de tus andanzas. Para mí, eso aumentaba tu mística. Mis amigos intentaron comprar varios ejemplares de tu libro. No había más y la gente de la editorial no podía contactarte para reeditarlo. Maestrazo. Así deberían ser los escritores. Libres.

    III
    Disfruté cada página, cada escena, cada frase. Intenté reproducir tu estilo muchas veces. A veces a propósito, a veces no. Tu forma de escribir quedó tatuada en mi cerebro. Solo he leído el libro una vez, pero tengo escenas muy claras aún. Tengo personajes muy frescos todavía. Al día de hoy me repito "lampituviran" cuando estoy muy ansioso. Todavía le digo a mi mejor amigo "que no sea marico nadie" cuando hablamos de algo que queremos hacer. Aún me digo "me cago de la risa" cuando me pasa algo terrible.
    Quise ser Luis. Quise ser Caimán. Quise ser Chicharra. Quise ser el loco de Laudvan. Quería sus vidas y la ciudad que vivieron, aunque fue un desastre. Quería sus vidas aunque hubiesen sido cortas. Quería ser un personaje tuyo, aunque fueran tan sufridos. Pim Pam Pum es de esos libros que dices "ojalá lo hubiese escrito yo". Marcaste mi vida como escritor. Gracias por eso.

    IV
    Hace poco pensaba en tu libro. Pensaba justo en la escena en la que mandan el fax con la carta diciendo que Ana Patricia está secuestrada y nadie en el periódico lo recibe. Me pareció genial. Me pareció el epítome de la desidia y de la inocuidad de las causas. Hace poco hablaba de ti con uno de mis profes de la universidad. "Yo lo conocí. Era un loquito", me dijo el profe Llorens, con una sonrisa divertida en la cara. 
    No sabía que me importabas tanto hasta que leí sobre tu muerte. Lloré un poquito. Le escribí a mi mejor amigo. Sé que le afectó también, no sé si lloró. Salió corriendo al internet y recopiló tus Poemas del Distroy para que todos los tuviéramos. ¿Qué mayor homenaje?
    Una vez una chama dijo algo como "A la mierda Cayayo. El verdadero ícono rock de Venezuela se llama Alejandro Rebolledo". Suscribo totalmente... y me cago de la risa. Nos vemos algún día, Alejandro. O no. La verdad creo que no te puede importar menos... o capaz sí. No tengo ni idea. Un abrazo enorme. 
    Gracias. Que no sea marico nadie.

César.

miércoles, 19 de noviembre de 2014

Caminar

Dejó caer con estruendo la botella sobre la mesa. Era la décima cerveza que se tomaba en total, la quinta que bajaba de un solo trago. Sus amigos aplaudieron la hazaña. Hacían sonidos primitivos, alaridos guturales que no salían de sus gargantas, sino de las ruinas de aquella primera civilización antigua que fermentó la cebada para crear una bebida espirituosa; golpeaban la mesa, como si aquello se tratara de un ritual más propio de primates que de homínidos. Miró a los lados, exultante, y alzó los brazos en señal de victoria. Sus acompañantes comenzaron a corear su nombre, a palmearle la espalda, a dedicarle grotescas carcajadas que esparcían sonidos y gotas de saliva a partes iguales por toda la mesa. De las mesas vecinas los miraban con reprobación y el mesonero ya se había cansado de llamarles la atención de todas las formas que había en el manual.
Quien viera ese espectáculo desde afuera ni se imaginaría que aquel grupo estaba compuesto íntegramente por académicos, investigadores, profesores universitarios. De hecho, el que acababa de hacer el acto de magia —ahora ven esta botella llena, glup, glup, glup, ahora la ven vacía— era el más eminente de todo el grupo. El tipo era un psicoanalista o psicólogo —¿cuál era la diferencia?— de trayectoria reconocida, con innumerable cantidad de maestrías, posgrados y el ocasional doctorado. En congresos, era el más buscado del sitio. En aquel bar, aquel hoyo de mala muerte, era solo un borracho escandaloso más, al que había que llamarle de nuevo la atención para que dejara de molestar con su bullicio a los demás clientes.
A él no le importaba mucho lo que pensaran los otros bebedores del lugar. Acababan de publicarle una de sus investigaciones en la más prestigiosa revista de divulgación psicológica. “Construcciones arquetípicas de la pareja para personas que han estado envueltas en dinámicas de violencia doméstica”. Pretencioso, como debía ser. Inentendible a la primera lectura, como le encantaba a los editores. Era la fórmula ideal, infalible. Tan pronto le enviaron la notificación de que sería publicado, contactó al grupo de siempre y salieron a celebrar.
Después de esa décima cerveza, la décima de la gloria, se sintió pletórico. También se sintió acalorado. Desabrochó un par de botones de la camisa, coro de burlas de sus amigos incluido, y comenzó a echarse aire con la mano. Tenía la frente perlada de sudor y ya la camisa empezaba a pegársele de la espalda, empapada. Se disculpó con sus compañeros y anunció que haría una parada técnica en el baño. Todos empezaron a comentarle las desventajas de ir a orinar la primera vez cuando se estaba tomando cervezas, que no pararía de ir al baño en toda la noche, que se volvería un fastidio y que apenas la celebración estaba comenzando. Él hizo caso omiso a las advertencias y se abrió paso hasta el baño.
Siempre había preferido orinar en las pocetas. Se sentía más resguardado en los pequeños cubículos que estando en los urinarios, expuesto a cualquier bicho raro que quisiera hacerle algo extraño. Mientras orinaba, el sudor aumentaba en su cara, como si estuviera corriendo un maratón. De hecho se sentía como si corriera un maratón: cansado, casi sin poder mantenerse en pie, con la respiración algo agitada y la visión hasta nublada. Se rió de sí mismo y pensó, con tristeza, que ya no podía mantener el mismo trote alcohólico que llevaba en sus años universitarios.
Mientras se lavaba las manos, escrutaba el sitio. Silbaba mientras se frotaba una mano con la otra, creando espuma con el jabón dudoso que tenía a disposición. A través del espejo, pudo ver algo que le llamó la atención. Había un niño detrás de él. No debía tener más de seis años, con el cabello negro engominado y vestido pulcramente con una camisa blanca manga larga de cuadros y un pantalón de gabardina azul marino. El niño lo miraba, atento, jugando con un pliegue de su pantalón.
Él giró hacia el pequeño y se acercó, con aprensión.
—Hola. ¿Qué haces aquí?, ¿y tus papás?
El niño negó con la cabeza.
—¿Están allá afuera?, ¿los buscamos?
El niño volvió a negar y esta vez le extendió una mano. El psicólogo se acercó a él y, sin estar muy seguro de lo que hacía, le tomó la mano al pequeño. El niño comenzó a andar, guiando el camino.
Salieron del baño y lo primero en que reparó el hombre fue que el bar estaba vacío. No había un alma en todo el sitio. De hecho, parecía que nadie había ido a ese local en años. Había una gruesa película de polvo sobre las mesas y las sillas lucían desvencijadas y endebles. Las lámparas se veían antiguas, como si tuvieran cientos de años, y daban la sensación de que en cualquier momento les caerían en la cabeza. El niño no parecía impresionado o tan siquiera interesado en todo eso. Simplemente caminó a través de las mesas vacías hasta la puerta.
La calle ofrecía la misma desolación que la fonda que tenían detrás. No había ni un solo carro, ni una sola persona caminando. Miró su reloj. Marcaba las nueve y media. Pero estaba detenido. Se debía de haber dañado hacía muy poco, porque recordaba con claridad que estaba funcionando cuando llegó al bar, unas horas antes. El niño, que no le soltaba la mano, seguía caminando, haciendo que él mismo tuviera que moverse.
Caminaron una, dos, tres cuadras. Luego tres más, siete más. Caminaron por mucho tiempo, sin sentir cansancio ni ganas de volver. Él miraba todo con atención. Detallaba los edificios, los locales, las casas, las entradas del metro, todo vacío. Había un aire de melancolía en todo aquello que le resultaba atractivo, acogedor. Vio al niño, que seguía imperturbable, con la vista fija al frente. Se preguntó de dónde había salido semejante personaje, qué misión tenía. Se preguntó si aquel pequeñín, si aquella sensación tan placentera, si todo lo que estaba viendo y viviendo era real.

Giró para mirar atrás y se dio cuenta de que ya estaban abandonando los límites de la ciudad. El niño no tenía ninguna intención de detenerse y él tampoco. Se dejó llevar. Se dejó maravillar. Se dejó acompañar por el infante que, según como empezó a verlo, lo había venido a rescatar. Ya no le importaba la psicología, ya no le importaba la academia, ya no le importaban los artículos publicados, ya no le importaban las cervezas ni los amigos. Solo le importaba caminar. 

lunes, 20 de octubre de 2014

Fotografiar la soledad

Un buen día, Germán salió del cuarto oscuro que tenía instalado en su apartamento y fue a la nevera a tomar una cerveza. Afuera también estaba oscuro, había anochecido y no se había enterado. Por lo general era así, se le pasaban las horas metido en su cueva de creación fotográfica, en la sala donde sucedía la magia y se materializaban las imágenes que su lente, siempre obediente, le había ayudado a congelar en el tiempo. Las luces del apartamento estaban apagadas, lo que agradeció a los cielos, porque se movía mejor en la oscuridad. Las luces lo solían enceguecer como a un venado en carretera.
Al llegar a la nevera, se dio cuenta de que había una nota pegada a la puerta. Se devolvió un par de pasos, encendió la luz y, haciéndose visera para protegerse del latigazo luminoso, leyó el papel. Con la letra de su mujer, decía “esto no está funcionando”. Repasó las palabras varias veces, confundido. Abrió la nevera, chequeó que la luz hubiera encendido, metió la mano para comprobar que de verdad estaba enfriando. Inspeccionó por encima los víveres que estaban ahí contenidos para asegurarse de que estuvieran en buen estado. Sacó una cerveza del congelador —que también estaba operando a la perfección— y cerró la puerta. Echó un último vistazo desconcertado a la nota y se devolvió a su guarida.
Cuando volvió a salir, parecían haber pasado días. Él medía el tiempo en fotos. No era tanto tiempo, porque la cantidad de imágenes que colgaban en su tendedero no eran muchas. Pero sí recordaba que su esposa le repetía una y otra vez que el tiempo en el mundo real y el tiempo en su cueva fotográfica, no transcurría igual. Caminó hasta la cocina y un olor terrible lo recibió con violencia. Buscó la fuente. El cesto de la basura se veía asqueroso, era evidente que no habían cambiado la bolsa en un buen tiempo. La pila de platos sucios también contribuía al olor nauseabundo que llenaba el aire de la cocina y estaba amenazando con expandirse por todo el apartamento. Cuando vio a su alrededor y pudo palpar la sensación de soledad y abandono, fue que entendió la nota que todavía se sostenía, inocente, junto a los imanes que habían traído del último viaje a Francia. “Esto no está funcionando”.
Se sentó en su sofá anaranjado —sofá que habían mandado a hacer como una réplica exacta del que aparece en la serie Friends— y vio a su alrededor. Era, tal vez, la primera ocasión en la que se detenía a observar su hogar, o lo que quedaba de él. Unos cuantos cuadros originales de pintores venezolanos intercalados con copias de obras emblemáticas de la pintura universal. Una mesa de centro con una colección de figuras humanoides de cristal que parecían contar una historia estática y silenciosa; algo parecido a un circo o a un congreso. Una biblioteca que ocupaba casi toda la pared  y alcanzaba el techo. Cientos de lomos, de colores, de formas, de títulos. Cientos de relatos que se burlaban de él, del desenlace de su novela. Todo lucía intacto a excepción de una fina capa de polvo que se extendía con delicadeza, casi con displicencia, sobre lo que observaba. Una fina capa de polvo que incluso podía sentir sobre sí mismo. Una fina capa de polvo que se había formado desde el mismo día que Cristina había puesto un pie fuera de la casa. Una fina capa de polvo que, como todo lo que pasaba en esa casa, como todo lo que pasaba en ese matrimonio, como todo lo que pasaba con su esposa, se fue expandiendo sin que él se diera cuenta. “Esto no está funcionando”.
Fue a buscar su cámara y comenzó a fotografiar la soledad. El mueble vacío, las figuritas de cristal suspendidas en el tiempo, el cenicero lleno de colillas manchadas con labial. Fotografió los espacios que habían quedado vacíos en la biblioteca, los espacios donde otrora estuvieron los libros de Cristina. Casi todos libros delgados de poesía, libros que, como las quejas de su dueña, no se hacían sentir cuando estaban, sino cuando desaparecían y amenazaban el balance de lo que se sostenía a su alrededor. Salió al pasillo, fotografió el reverberar de sus últimos pasos hacia el ascensor, fotografió lo que quedaba del calor de sus dedos en el botón de llamada de la máquina. Se giró hacia su puerta y fotografió el número de su apartamento, 42, número que ahora le sonaba a melancolía, a desierto. Entró de nuevo y atravesó la sala, para fotografiar la noche. Aprovechó también para fotografiar el estacionamiento del edificio, el lugar vacío en el que hasta hacía unos días —¿o unas semanas?, en verdad no tenía ni idea de cuándo se había ido Cristina— lo ocupaba el viejo Volkswagen amarillo de su esposa. Sin embargo, la atención de la cámara la captó en su totalidad una muchacha tirada en el suelo, magullada y con la pierna derecha evidentemente rota. La chica tosía de forma estertorosa y miraba al cielo con la nostalgia del que ya extraña la vida. Eran sus ojos también. Era una mirada que, como la de él, veía hacia la soledad. Germán apuntó a la muchacha, a sus ojos, y disparó. 

martes, 3 de junio de 2014

Tradición Familiar

Living on a razor’s edge, balancing on a ledge
Iron Maiden
La abuela fue la que inició la moda. La tradición, digamos, para darle un título un poco más noble y menos frívolo a la cuestión. Yo no la conocí, pero mi mamá siempre me contaba la historia antes de dormir, como si se tratara de un cuento para niños oriundos de Transilvania.
Mamá fue quien la encontró, según me contaba, guindando del techo del cuarto principal de la casa, con las muñecas goteando. Nadie sabe por qué decidió suicidarse dos veces, cortándose las venas y ahorcándose. Solo se atrevían a especular que quería quedar bien muerta para escaparse del suplicio que era para ella vivir con el abuelo. El viejo murió poco tiempo después, parece que de tristeza, de mal de amores. Murió con una lágrima en el ojo y el nombre de mi abuela en los labios.
El testigo lo tomó mi mamá. Como en toda tradición familiar, la hija mayor es quien debe tomar la voz cantante cuando la madre ya no está. La encontré yo, para acentuar la paradoja. Me había despertado asustada de un sueño horrible: una vieja tétrica con una soga al cuello me veía fijamente desde la puerta del cuarto que había sido de mis padres y que ahora solo ocupaba mi mamá.
Cuando abrí la puerta (la real, no la de mis ensoñaciones), encontré la mano inerte de mi mamá cayendo con gracia desde el borde de la cama. En el suelo se iba formando gota a gota un pequeño charco vino tinto. Me senté junto a la puerta y esperé a que alguien más viniera a darse cuenta. Lloré un poco. Más por el susto de saberme visitada por una muerta que por el suicidio de mi madre.
Con el pasar de los años siguieron viniendo. Suicidio tras suicido, propios y extraños comenzaban a hablar de una maldición que operaba sobre la familia. Todas mujeres: una tía, dos primas mías, dos primas de mi mamá. Mi hermana lo intentó en par de ocasiones, pero las dos veces supe que no le pasaría nada, porque nunca apareció la abuela a avisarme. Porque eso siempre ha sido fijo: antes de que me avisaran de la nueva muerte de alguna familiar, ya la abuela me lo había avisado en sueños.
La vieja de la soga al cuello con unas conservas de coco en la mano, se murió mi tía Martina. La vieja de la soga al cuello con una muñeca de trapo, se murió mi prima Rosa. Y así cada vez que alguna se quitaba la vida.
Ahora estoy yo sola en mi cuarto, balanceándome en el filo de una navaja, bailando con la idea seductora de la muerte. Llega un punto en que todas las mujeres de mi familia sentimos la urgencia, eso lo entendí con el tiempo y hablando con mi hermana. Llega un momento en que, así como los religiosos escuchan el llamado del señor, nosotras escuchamos la invitación hipnótica de la muerte.
Yo quería hacerlo con una pistola, pero estaba la presión de la tradición en mis hombros. Las mujeres Mendoza mueren con navaja y solo la vieja Gisela tuvo la libertad de hacer algo diferente, repetía una de mis tías, casi con orgullo.

Ya estoy probando el filo de la navaja con la yema de mis dedos, cuando veo a la vieja de la soga mirándome fijo, moviendo hacia adelante y hacia atrás un desvencijado triciclo rosado. Se murió mi prima Daniela, la que no me prestaba la bicicleta. Todavía no me toca.

lunes, 11 de noviembre de 2013

La sirena en silencio

Esa mañana me provocó visitar a mi padre. Así, de sopetón. Tenía meses que no hablaba con él, meses que no sabía de él. Meses de olvido. Porque uno suele olvidar a los viejos. Paradójicamente, uno los suele olvidar justo en la etapa en la que ellos se están recordando a sí mismos. Porque durante su edad adulta se descuidan, se dejan de atender para darnos una vida a nosotros… y luego les pagamos con más olvido. Y lo mismo me sucederá a mí. Y lo mismo les sucederá a mis hijos. Esa mañana me provocó visitar a mi padre.

La autopista estaba atestada, nada raro. Era casi un estacionamiento gigante de autos encendidos. Podías casi palpar la ansiedad de los conductores. “Ahora roban a cada rato en las colas”, escuchabas de la vecina. En ese momento podías leer esa frase en la frente de todos los que iban detrás del volante. Yo intentaba recordar la cara de mi padre. A veces se me olvidaba. A veces quería olvidar su enfermedad, su senectud, su dificultad para moverse solo, para comer solo. A veces quería olvidar tanto de él, que se me olvidaba su cara. Tenía meses sin saber de él.
En sentido contrario no había tanto tráfico, nada raro. Los carros pasaban, unos más rápido que otros, y yo inventaba pequeños juegos para distraerme. Tratar de leer la matrícula del auto que pasa junto a ti. Avanza un par de metros. Intenta adivinar la velocidad del vehículo que viene centellando. Avanza un poco más. Así me distraía. Mientras una parte de mi cerebro se ocupaba de esto, la otra podía trabajar en recuperar la imagen de la cara de mi padre.
Apareció una ambulancia que me llamó la atención de inmediato: iba a paso lento, sin apuros, la luz de la sirena girando en silencio. No pidió paso, no avisó de una emergencia. Solo desfiló por la autopista en un silencio inquietante. Sé que no fui el único en aquel atasco que siguió la ambulancia con la vista hasta que desapareció en el fondo de mi retrovisor. Sé que no fui el único que quedó cautivado con la solemnidad de aquella ambulancia.
Una vez alguien me dijo que cuando las ambulancias iban así, con la sirena encendida pero en silencio, significaba que llevaban a alguien que había muerto ahí, en la unidad. No recuerdo quién me contó eso. Lo que sí recuerdo es haber investigado si era cierto y no haber encontrado ninguna información confiable que me lo confirmara. Me gustaba tener certeza de los datos que contaba en las reuniones sociales.
No recuerdo quién me contó aquello sobre las ambulancias, pero sí recuerdo haber ido preguntándoles a otras personas a ver si sabían si era cierto. Un amigo que tenía un amigo paramédico me dijo que sí, que era cierto. Que era una especie de código entre colegas. Más que un código, era una especie de homenaje… o un lamento, según como lo vieras.
O un castigo, pensé también. Imagínate qué cagada. Tu trabajo es tratar de mantener estable, vivo, al paciente mientras lo trasladas a un sitio donde lo puedan atender y no lo logras. Además, debes declarar la muerte del paciente. Debes hacer explícito lo que todos a tu alrededor saben, pero nadie se atreve a confirmar. Debes hacer real la muerte de alguien. Encima de eso, tienes que encender una especie de sirena fúnebre, anunciándoles a todos que has fallado.
Quizás estoy siendo demasiado duro con los paramédicos. Qué se yo de eso. Qué se yo de nada. Sólo sé que la matrícula del Hyundai azul que venía a toda velocidad en sentido contrario comenzaba con AAP y que debo avanzar un par de metros más. Ojalá mi padre me recuerde hoy. Esa mañana me provocó ver a mi padre, pero también quería que él me viera a mí.
Cuando llegué, mi mamá estaba sentada en el pequeño jardín delantero, fumándose un cigarro, la mirada perdida en la distancia. A mamá no le importaba nada. Había perdido el interés por mi padre mucho antes de que él se enfermara. Progresivamente fue perdiendo el interés en nosotros mientras nos fuimos independizando y luego perdió interés por todo lo demás. A mamá no le importaba nada. Por eso no me extrañó que estuviera ahí sentada en lugar de estar junto a papá, ayudándolo.
No me saludó, sólo me vio fijamente. Cuando le pregunté por mi padre, se limitó a negar con la cabeza.
- Ya no está con nosotros. Está muerto- así de seca. Así de insensible. Así de falta de tacto. Así era mi mamá.
Cuando llegaron a asistirlo, me contó ella, dijeron que todavía podían hacer algo por él, que podían salvarlo. Pero ella sabía que papá no lo lograría, ella sabía que papá ya no lucharía. Ella sabía que ya estaba muerto. Por eso no los siguió al hospital.
Una vez alguien me contó que cuando las ambulancias llevaban la sirena encendida pero sin sonido, era porque llevaban a alguien que había muerto ahí en la unidad. Ahora recuerdo la cara de mi padre. Fue él quien me contó la historia de las ambulancias

martes, 5 de febrero de 2013

El Pianista y el Teléfono


Desde el momento de su nacimiento, hasta sus primeros cuatro o cinco años, nadie hubiera dicho que Joaquín Travieso pudiera ser un niño especial. Al nacer pesó y midió lo que se espera, gateó y caminó al tiempo, dijo sus primeras palabras a la edad que lo indican los libros y tenía todos sus dientes exactamente para cuando sus padres lo tenían planeado. Era un niño normal en toda la extensión de la palabra.
En lo único que destacaba era en su curiosidad. Solía preguntar sobre todo lo que veía u oía. Se movía de aquí para allá, intrigado por todos los objetos que se atravesaban a su paso y no tenía miedo de entrar en contacto con aquello que llamara su atención. Sus padres, aunque en ciertos momentos se sentían agobiados por la incapacidad de su hijo de mantenerse tranquilo, suponían que aquello era un comportamiento propio de la etapa.
Cierto día, la familia fue invitada a una reunión en casa de unos amigos. La pareja anfitriona era gente de mucho dinero, con una casa grande de dos pisos, con salones espaciosos y numerosas habitaciones destinadas a propósitos varios. Como era de esperarse, tan pronto sus padres le quitaron la vista de encima y se sintieron relajados por los efectos del buen vino que estaban tomando, Joaquín comenzó a explorar el edificio.
Poco faltó para que el niño, como era algo habitual en él, empezara a abrir las puertas de las habitaciones de la casa. La mayoría eran habitaciones muy bien amuebladas, con camas antiguas, de esas de colchones amplios y altos y de cortinas alrededor, peinadoras estrafalarias con espejos larguísimos y delicadamente detallados y armarios grandes y muy bien elaborados.
Hubo una habitación en particular que dejó sin aliento al pequeño Joaquín. Todas las paredes estaban pintadas de un blanco que incluso hería los ojos en la primera mirada; no había ni una mancha de ningún otro color. El suelo, de madera de roble, estaba tan meticulosamente pulido y cuidado que parecía una maravilla el poder mantenerse de pie sin deslizarse. La habitación no tenía ni un solo mueble, a excepción de un majestuoso piano de cola negro en el centro de todo.
Joaquín Travieso se movió prácticamente en automático hacia el instrumento, se sentó en la silla y, sin saber realmente qué hacía o por qué, lanzó un par de manotadas sobre el teclado. Muy contrario a lo que podía pensarse que sucedió, si bien el niño no tocó una pieza avanzada de piano, tampoco hizo un ruido infernal que hiciera que los demás chirriaran los dientes. El niño se las arregló para posar las manos de manera tal de formar un bonito acorde que decoró todos los espacios en blanco de aquella pulcra sala.
Ese fue el día cuando sus padres descubrieron para qué había nacido Joaquín Travieso. Muchos años después, Joaquín recordaría aquel día como ese en que terminó su infancia. Fue a partir de ese momento que su vida fue ofrecida a la música y el piano. Fue ese día cuando sus padres decidieron que no hacía falta que se esmerara tanto en sus lecciones de lectura y que se esforzara mejor por aprender a leer el pentagrama musical. Fue ahí cuando perdió todas las esperanzas de algún día poder tomar decisiones por su propia cuenta.
El dinero que sus padres habían estado ahorrando para unos posibles estudios universitarios, fue utilizado en su totalidad para comprar un bonito piano y meterlo a los golpes y como fuera en el medio de la sala del apartamento en el que vivían. Lo que hubieran gastado en ropa y zapatos nuevos para ellos mismos, lo empezaron a gastar en las mejores escuelas de música para su hijo. Tan seguros estaban de su talento, que no dudaban de que, cuando creciera, él les pudiera retribuir toda aquella cuantiosa inversión.
A Joaquín le encantaba la música y en especial el instrumento al que se había dedicado, el piano. Sin embargo, sentía que sus padres no le habían dejado otra opción. Si bien adoraba todo lo que tuviera que ver con el instrumento, no podía sentarse a practicar sin sentirse obligado y presionado por sus progenitores, quienes velaban celosamente porque el muchacho cumpliera con sus seis horas diarias mínimas de entrenamiento.
Con el pasar de los años, de ser un niño inquieto y preguntón, Joaquín Travieso pasó a ser un muchacho serio, callado y reservado que prácticamente hizo del piano su propia voz. Había pasado tantas horas practicando en el piano de su casa, que casi no reconocía los demás sonidos del mundo y la mayoría de ellos solían asustarle o molestarle. Con el tiempo, tomó la costumbre de llevar siempre orejeras, de manera que los ruidos de la calle y las voces de las personas no lo molestaran tanto. El muchacho vivía triste y resentido, pues sentía que se le habían pasado los mejores años de su vida mientras practicaba y que ahora no tenía las herramientas para integrarse a ese mundo exterior que le generaba tanta ansiedad.
Sucedió que un día, la academia de música a la que Joaquín asistía, organizó un recital de piano con sus mejores alumnos en uno de los teatros más reconocidos de la ciudad. Por la reputación de la escuela, la cantidad de personas que asistió al evento fue bastante alta e incluso se rumoraba que había importantísimos maestros del instrumento dentro del público, tratando de buscar en aquellos muchachos a su próximo discípulo.
Joaquín Travieso, por ser el mejor de su clase, fue el encargado de cerrar el recital. Ya desde que caminaba hacia el piano, con sus infaltables orejeras- que ocasionaron una risita en más de uno- se podía notar que el ruido le estaba molestando y sus niveles de ansiedad iban en aumento. Caminaba rígido, como si las piernas no le terminaran de responder y murmuraba algo con la mandíbula apretada.
Se sentó en el banco sin reparar mucho en su postura y comenzó a tocar sin pensar realmente lo que estaba haciendo. Casi siempre solía hacer eso, pues sentía que de esa manera la música fluía mejor, sentía que si evitaba que sus pensamientos interfirieran, su ejecución tendría mucho más nivel. Sin embargo, en este caso aquello no fue premeditado, su mente realmente no estaba en ese sitio, consciente del evento en el que estaba y la audiencia que lo asechaba; en ese momento Joaquín Travieso era presa del presentimiento de que algo saldría mal.
A mitad de su actuación, sus orejeras se rodaron lentamente y cayeron en sus hombros. Se sintió desnudo en ese momento, expuesto a cualquier cosa, pero debía continuar; no podía parar por nada del mundo. Trató esta vez de poner su mente en el piano, en sus manos, en la pieza, en las notas que iban fluyendo de su cerebro a sus dedos, de las dedos al teclado y del piano a los oídos del público, quienes disfrutaban de su presentación.
Ya cuando estaba entrado en el último movimiento de la pieza, comenzó a sonar un teléfono en alguna de las filas más cercanas al escenario. Para Joaquín, aquello fue como si un tren se abalanzara sobre su oído. Con una expresión de evidente agonía, lanzó un grito de dolor que estremeció a todos los que estaban en la sala, lanzó un manotazo al teclado haciendo un sonido espantoso y salió corriendo del escenario, dejando a todo el mundo atónito.
Joaquín no quiso salir de su habitación por días. No podía con la vergüenza que le generaba su reacción, pero a la vez sentía una molestia enorme por la imprudencia de aquella persona que había sido incapaz de apagar su teléfono durante el recital. Pasó unos cuantos días aferrado a sus orejeras, sin querer saber nada de nadie.
Lo único que logró traerlo de vuelta a la realidad, fue una llamada que recibió su mamá. Se había comunicado con ellos Melinda Jabs, una afamada pianista de origen alemán que tenía varios años dedicándose a la enseñanza del instrumento y había quedado impresionada por las habilidades del muchacho. Llamó para ofrecerle clases particulares en su casa, ya que opinaba que el potencial de Joaquín era enorme y debía ser explotado propiamente cuanto antes. El muchacho aceptó, sin embargo aquello no era necesario, pues sus padres habían aceptado mucho antes.
- Quítate esas orejeras- fue lo primero que le dijo la mujer al abrir la puerta de su apartamento. Era alta, delgada y muy blanca, con el cabello castaño que le caía sobre los hombros. Físicamente no era muy agraciada, pero el garbo y el porte que tenía la hacían muy atractiva.
- Pero las necesito. Los ruidos me molestan- contestó Joaquín, en voz baja.
- Precisamente eso es en lo que quiero ayudarte. Quiero que te olvides de ese problema de los ruidos. Ahora, quítate esas orejeras y sígueme.
El apartamento de Melinda Jabs era pequeño, muy contrario a lo que podría esperarse de una persona de su renombre e importancia. La reducida sala de estar contaba únicamente con un sofá de tres puestos y una mesa de centro baja. Por todos lados había torres de partituras, libros, discos de vinilo y CDs sin ningún orden específico. “Algún día tendré una biblioteca, para ordenar todo eso” dijo la mujer, a modo de disculpa.
Había únicamente dos habitaciones y el cuarto de baño. Cuando Melinda Jabs abrió una de las puertas, Joaquín tuvo un vívido recuerdo de su infancia: era una habitación pequeña, sin embargo las paredes pintadas de un blanco tan puro la hacían ver bastante espaciosa; en el centro, solitario y elegante, había un hermoso piano de media cola meticulosamente cuidado. Lo único que acompañaba al instrumento en aquella sala era un teléfono que estaba en el suelo.
- Yo estuve ahí cuando hubo el incidente con aquel teléfono celular- comenzó la maestra, al tiempo que encendía un delgado cigarrillo-. Fue algo detestable.
- Lo siento…- contestó Joaquín, bajando la mirada.
- No, no. Por supuesto que no fue por ti. Lo digo por ese desconsiderado que no fue capaz ni siquiera de poner su aparato en silencio. Tú estuviste fabuloso. Aunque, por otros recitales en los que te he visto, creo que estabas un poco desconcentrado.
- ¿Usted me había visto antes?
- Por supuesto, Joaquín. No creerás que te mandé a llamar por una sola actuación. Te he venido siguiendo desde hace un tiempo y déjame decirte de que tus habilidades son excepcionales para un muchacho de tu edad.
- Gracias, señora Jabs…
- Tranquilo. Dicho esto, lo que quiero que entiendas es que mi prioridad aquí no es tu técnica, pues está bastante depurada y lo que podemos mejorar es poco y muy puntual. Hay algo más importante y es esa sensibilidad tuya a otros sonidos que no vengan del piano- mientras hablaba, con su acento muy marcado a pesar de los años viviendo fuera de su país, la mujer miraba fijamente al muchacho-. Si bien lo ideal es que no apareciera ningún ruido mientras estás tocando, debes aprender a seguir haciendo lo tuyo sin importar que haya una guerra afuera.
- Sí señora.
- Pues bien. Manos a la obra entonces. Siéntate y comienza a tocar lo que quieras- Melinda Jabs caminó hacia la puerta y Joaquín se extrañó.
- ¿Se va? ¿No va a ver cómo toco?
- Oh no, cariño. Mi trabajo está allá afuera. Comienza a tocar, que el tiempo es oro y yo no cobro muy barato precisamente.
Luego que la profesora cerró la puerta detrás de ella, Joaquín hizo lo que le había dicho. Se sentó en el banco y, en su forma despreocupada, comenzó a tocar su pieza favorita. Habían pasado unos cuantos minutos, cuando comenzó a sonar el teléfono que estaba a su lado. El timbre era agudo y molesto, como si aquella fuera la línea directa al infierno. Tal y como le había pasado en el recital, el muchacho dejó de tocar inmediatamente y se llevó las manos a los oídos.
“¡Sigue tocando!” gritó Melinda Jabs, desde afuera. Joaquín tomó aire y continuó. Casi inmediatamente el teléfono sonó de nuevo. El muchacho gritó de rabia y dolor y soltó unos cuantos manotazos al teclado del piano. Se levantó del banco y comenzó a dar brincos de agonía. Aquel sonido era insoportable.
Se mantuvieron en la misma dinámica por una hora aproximadamente. Aunque faltaba muy poco para terminarla, Joaquín no pudo llegar al final de la pieza que había comenzado, pues era incapaz de continuar tocando cuando el teléfono sonaba. A la décimo quinta vez que sonó el teléfono, el muchacho salió corriendo a la sala de baño, donde se hincó y vomitó. “Esto parece peor de lo que yo me imaginaba”, pensó Melinda Jabs, antes de enviarlo de nuevo al piano.
En ese ejercicio consistieron las clases durante las semanas siguientes. Joaquín se sentaba al piano y, desde la sala o su habitación, Melinda Jabs lo interrumpía, llamando al teléfono que se ubicaba en la habitación del piano. Para el muchacho, aquello no fue nada fácil. Vomitó en muchas más ocasiones, lloró y llegó a sudar en cantidades insospechadas, sin embargo, poco a poco, iba logrando adaptarse al sonido del aparato y tocar a pesar de él.
Pudo notar cierta mejora en cuanto a su capacidad para tolerar otros ruidos y sonidos. Podía tolerar las voces, las notas agudas de los violines, los programas de televisión e incluso los ruidos de los carros en las calles. El único problema eran los teléfonos. Lejos de habituarse a ese sonido, parecía haberse sensibilizado. Si bien podía tocar mientras el teléfono de su profesora sonaba, cuando los escuchaba en otro contexto no podía dejar de sentir rabia, molestia, ira, que debía controlar con ejercicios de respiración y cosas por el estilo.
Llegó el día en que su academia de música organizó otro recital de piano, en el mismo sitio y con los mismos alumnos. Melinda Jabs le dijo que estaba preparado. El propio Joaquín se sentía tan preparado que no llevó sus orejeras ese día. Estaba confiado de que todo saldría bien y que ese recital lo consagraría como el gran pianista que sus padres aseguraban que sería.
Al igual que en la ocasión anterior, Joaquín fue el encargado de cerrar el recital. Comenzó su actuación y ya con las primeras notas, hizo que todos se quedaran asombrados con su habilidad. Se le veía decidido y eso hacía que quienes lo escuchaban se sintieran emocionados con su presentación.
Mientras tocaba, escuchaba los ruidos que venían desde el público. Personas acomodándose en sus chirriantes asientos, alguno que otro murmurando un comentario sobre el pianista o sobre alguna medicina que habían olvidado comprar. Todo aquello era algo que el muchacho podía manejar. Pero hacia el final, una vez más, sucedió lo indeseable: un teléfono celular comenzó a sonar.
Joaquín cerró los ojos con fuerza y se presionó a sí mismo por seguir tocando. A pesar de que lo logró, todavía escuchaba el sonido del teléfono. Lo escuchaba tan claro que incluso pudo ubicarlo perfectamente: primera fila, séptima butaca de derecha a izquierda. El pianista seguía tocando, mientras el teléfono continuaba repicando.
Logró mantener la concentración por unos segundos más, pero luego flaqueó un poco e imprimió más fuerza de la que debía en una nota. Respiró hondo y continuó; el teléfono seguía repicando. Olvidó hacer un trino y luego falló al intentar presionar el pedal con su pie derecho. Cerró los ojos con fuerza y continuó; el teléfono sonaba, incesante. Los dedos empezaron a dejar de responderle y tocó al mismo tiempo dos notas, creando una disonancia espantosa. Intentó continuar, mientras el teléfono seguía repicando, pero no lo logró.
Paró de golpe, a tan solo un par de compases para el final, y golpeó el teclado con todas sus fuerzas, a tal punto que unas pequeñas piezas blancas y negras rodaron por el escenario. Resoplando pesadamente y con una expresión animal en su rostro, se giró de golpe hacia el punto de donde venía el sonido. Ahí se encontraron sus ojos con la cara asustada de una mujer que recién había logrado encontrar su teléfono celular y lo había hecho callar. Pero ya era muy tarde.
Joaquín Travieso se levantó, haciendo caer el banco y saltó sobre la mujer que nunca entendió qué sucedió. Con toda la frustración que el muchacho tenía contenida, comenzó a golpearla con la misma intensidad con la que había golpeado el teclado del piano. La golpeó repetidas veces, descargando todos los años de opresión a los que lo sometieron sus padres a expensas de un futuro que él no quería del todo. La golpeó con la misma potencia con la que había soñado golpear a Melinda Jabs por someterlo a tal castigo de hacerlo escuchar ese diabólico teléfono una y otra vez. La golpeó hasta que no sintió movimiento ni vida en aquella mujer; hasta que sintió que por fin había logrado terminar una pieza sin que ningún teléfono lo interrumpiera.

sábado, 22 de diciembre de 2012

Tan macho que se la daba



En aquella cama king size, vestida con hermosas sábanas del más suave satén, yacía sin vida el acaudalado magnate Ramón Valdivieso. Apenas se notaba que estaba muerto. La cabeza caída, la boca entreabierta y los lentes un poco desencajados daban la impresión de que el hombre, ya entrado en años, simplemente se había quedado dormido después de un largo día de trabajo. La cuestión es que él ya estaba jubilado y eran las diez de la mañana.

A su lado, en actitud más bien paciente, se fumaba un cigarrillo Jimena Chacín, su mujer. Mejor dicho, una de sus mujeres, pues a Ramón Valdivieso lo que le sobraba de dinero, también le sobraba de mujeriego y aventurero. Jimena Chacín estaba esperando fumarse su cigarro para largarse de aquel lugar.

La mujer no sentía ningún tipo de temor por la situación en la que se encontraba, estando sola al lado de un hombre que acababa de morir y siendo la última en haberlo visto con vida. El hombre había muerto por causas naturales; de haber algún culpable, sería él mismo, por no haber tomado nunca en cuenta las recomendaciones de sus médicos y amigos relacionadas con sus excesos y su edad.

Aunque aquello era una verdad a medias. Ella sabía muy bien quién era el otro culpable de la muerte repentina de Ramón Valdivieso. Sin embargo, no podía delatarlo, pues el asesino aún no había nacido ni siquiera. Jimena le echó otro vistazo a la hoja en la que se reflejaban los resultados de su prueba de embarazo. Seguía indicando positivo. Como las otras doscientas veces que la había leído. Ella había podido aguantarlo; incluso le hacía ilusión la noticia. Sin embargo, el pobre Ramón quedó fulminado apenas leyó el resultado.

Ella podía imaginarse por qué. El escándalo, los chismes, los rumores, las acusaciones y señalamientos. Las ollas destapadas, las verdades descubiertas, los trapitos al sol. Todo eso que los humanos corrientes viven día a día, para una persona del tamaño de Ramón Valdivieso era un peso insoportable. Un peso que ni sus hombros ni su corazón pudieron aguantar.

Jimena Chacín se levantó de la cama, se guardó la colilla del cigarrillo en el bolsillo de su abrigo para evitar dejar su ADN por ahí y se dirigió hacia la puerta. Dejó la prueba de embarazo sobre la cama. Como siempre usaba guantes, no le preocupaba el asunto de las huellas. Dejó la prueba ahí, al lado del difunto, porque quería que supieran qué lo había matado. También se había encargado de que su nombre no apareciera en ningún lugar de la hoja, así que su identidad estaba totalmente resguardada.

Ella sabía que aquel romance tendría un final abrupto, pero nunca se imaginó que fuera de esa manera, con Valdivieso escapando por la vía de la muerte. Nunca se imaginó que su amante le reservara semejante acto de cobardía, muriendo de miedo ante un futuro que se veía complicado. En ese momento se dibujó una sonrisa en su hermoso rostro, pues se imaginó cuál sería el epitafio perfecto para la lápida del recién muerto: “Ramón Valdivieso, tan macho que se la daba”.

miércoles, 18 de julio de 2012

De la muerte autoinducida y sus experiencias


Había tocado fondo. Había llegado a un estado en el que pensaba que ya no había retorno. Para mí, llevaba varios años dando vueltas alrededor de un mismo punto, caminando en círculos, orbitando un enorme sinsabor que regía lo que era mi vida últimamente.

Estaba triste, decepcionado, cansado, aburrido. Cuando te encuentras en momentos como esos, piensas más lento. No solo más lento, sino que el tinte de tus pensamientos se oscurece. Además de todo eso, tu pensamiento lento y oscurecido, siempre va dirigido a un solo lugar. En mi caso, lo único que veía con claridad era la muerte.

Era una “ventaja” para mí el hecho de que viviera solo. Así nadie podría detenerme en llevar a cabo aquello de lo que ya me había convencido. Así nadie podría hacerme ver algún buen motivo para no dar el paso hacia esa oscuridad que me estaba llamando, tan tentadora, tan acogedora.

Algunos creerían que quitarse la vida es una acción apresurada, impulsiva, casi primitiva. En algunos casos puede que sea así, pero para mí, no lo era. Este era un asunto importante y como tal, ameritaba la mayor organización y preparación.

Analicé los métodos, los lugares ideales. Analicé la hora del día a la que debía hacerlo, investigué sobre cómo evitar que alguien me mantuviera con vida. Encontré grupos de personas que estaban en mi misma situación y que habían optado por el mismo desenlace que yo; me empapé de sus experiencias, de sus ideas, de sus planes. Mientras más me involucraba en el asunto, más me convencía de la idea de terminar con esta existencia que me parecía ya tan patética a esa altura.

Me decanté por resolver el asunto con una mezcla especial de pastillas. Me pareció la mejor manera. No era tan doloroso, no me dejaría desfigurado o algo por el estilo. Además, era algo que, acompañado del trago correcto, hasta podría disfrutar.

No he de molestarlos con los detalles sobre cómo conseguí los materiales para llevar a cabo mi plan suicida. Eso no es lo relevante del asunto. Lo interesante es lo fácil que es conseguir en las calles la materia prima de la muerte. Hay drogas y armas de todo tipo ahí afuera, lo que hay que hacer es pasearse por las calles correctas y tocar las puertas indicadas. Y eso fue exactamente lo que hice.

Una vez que me había hecho con las pastillas, decidí acomodar el ambiente. Quería morir escuchando música y que me encontraran de esa manera. Quería que se dieran cuenta de que, si bien pasaba por un bache en mi vida, mi muerte no fue una decisión nacida del puro sentimentalismo, de la tristeza; quería que supieran que había sido una decisión producto del análisis, del estudio, de la investigación de lo que involucraba el suicidio. Quería que se dieran cuenta, al encontrarme, de que yo había decido recibir a la muerte en un ambiente agradable, como quien recibe a un viejo amigo muchos años después de haberle hablado por última vez.

Así pues, encendí mi reproductor musical, me serví una copa de la mejor bebida que mi presupuesto me permitía, me senté en el viejo y raído sillón de mi sala y contemplé por unos cuantos minutos el frasco que contenía las pequeñas pastillas que habrían de librarme de una vida que ya no quería llevar. Las observaba con detenimiento, casi admirándolas, casi adorándolas, en lo que parecía una parodia tétrica de un rito religioso.

Lentamente la primera cayó en mi mano. De mi mano a mi boca y de la boca al estómago, ayudada por un trago de mi bebida. Por primera vez, sentí miedo. Me quedé con los ojos cerrados por unos minutos, escuchando la música, escuchando mi respiración. Todavía vivía.

Sin abrir los ojos, llegó la segunda pastilla… y la tercera y la cuarta. Después de que había pasado la séptima pastilla, dejé de contarlas. Seguía con los ojos cerrados. Temía que si los abría, si tenía el más mínimo contacto con el mundo exterior, con la vida, me arrepentiría de la decisión que ya había tomado. Cuando pensé que ya había sido suficiente, me recliné en el sillón y respiré profundamente.

Solo en ese momento me di cuenta de que había un factor para el que no me había preparado: la espera. Ciertamente cuando decides quitarte la vida, muchas de tus virtudes son puestas a prueba y una de ellas es la paciencia. Podría tardar horas, incluso hasta un día, en que esos pequeños comprimidos hicieran su trabajo en mi cuerpo. Mientras tanto, yo debía esperar pacientemente.

Dejé que mi mente se perdiera entre la música. Dejé que mis pensamientos se movieran al ritmo de aquellos acordes que llenaban el espacio de mi apartamento. Dejé que aquellas notas, que sonaban como una hermosa despedida, me consolaran y me acompañaran en aquella empresa tan ambiciosa que había comenzado. Dejé que la música me arropara, me quitara el miedo y me condujera a través de ese mítico túnel que todos aseguraban que algún día vería. Aquella dulce música, cómo me habría gustado acariciarla…

Ahí donde estaba, pensé, ya había muerto. En ese momento, sentado en el sillón, con los ojos cerrados y una decena de pastillas nadando en mi estómago, mi mente estaba tan desprendida de mi cuerpo que era casi ingenuo pensar que espíritu y máquina seguían siendo uno. Sin embargo, todavía podía notar mi respiración y todavía podía sentir, aunque muy débil, mi corazón latiendo en mi pecho. Todavía faltaban unos cuantos pasos.

Pasado un rato, sentí el irrefrenable deseo de abrir los ojos. Sentí que había algo ahí afuera que me llamaba, que me invitaba; algo que no era precisamente la vida. Lentamente abrí los ojos, con algo de temor, pero también con emoción y, luego de acostumbrarme a la luz, me di cuenta de que lo que veía no era mi apartamento.

Estaba frente a la cocina de la casa de mi infancia. ¿Cómo era aquello posible? En alguno de los foros en los que había participado, habían dicho que las alucinaciones podían ser parte del proceso, sin embargo aquello era tan real que me resultaba difícil pensar que era parte de mi imaginación.

En aquella cocina empezaron a entrar distintos miembros de mi familia, todos con aspecto sombrío. Todos se veían, más que tristes, cansados. Parecían llevar una carga enorme en sus hombros y estar ya agotados de moverla a todos lados con ellos. Uno a uno fue entrando a la cocina y parándose frente a mí, mirándome fijamente con esos ojos oscuros en los que yo no podía encontrar vida.

Por un lado, la presencia de miembros de mi familia me hacía sentir cómodo. Por otro lado, su aspecto hacía que mi ansiedad subiera. No eran las figuras más amigables que pudieras ver, no eran precisamente las caras que quería ver en mis últimas horas. Sin embargo estaban ahí, parados frente a mí, viéndome fijamente. Cada vez entraban más y más a la cocina. Ya eran tantos que había muchos que ni siquiera conocía. Reconocía que eran de la familia porque todos se parecían entre ellos.

Como ya eran suficientes para cubrir todo mi campo visual, empecé a verlos con detenimiento yo también a ellos. Mientras trasladaba mi mirada, de una cara a la otra, noté un detalle que por un momento me heló la sangre: ninguno de aquellos miembros de mi familia que estaban ahí frente a mí, estaban vivos.

Abuelos, tíos, primos, todos los que estaban ahí, eran personas que ya habían muerto. Era por eso que había algunos que no reconocía; esos eran miembros de mi familia que habían muerto mucho antes de que yo hubiera nacido incluso. Era por eso que en aquella cocina, no estaban mis padres, mis hermanos. Supuse entonces que ese era mi momento final. Nada más poético que reunirse con la familia a la hora de partir del mundo terrenal.

Me levanté del sillón y di unos cuantos pasos vacilantes hacia ellos; no sabía si eso era exactamente lo que tenía que hacer, pero sentía que era lo más lógico. Apenas me acerqué, todos aquellos miembros de mi familia se movieron hacia mí, como un gran bloque y me rodearon. Se fueron acercando cada vez más y más, hasta que casi no pude ver la luz exterior. Se acercaron a mí hasta que un frío glacial llenó mis pulmones. El temor me invadió y quise gritar, pero ¿qué caso tenía? Mi grito no sería audible por oídos mortales en ese momento. Me arropó la oscuridad y, antes de perderme en ella, alcancé a escuchar lo que pensé que serían los últimos compases musicales que jamás escucharía…

Abrí los ojos de nuevo y me costó unos minutos entender que estaba de nuevo en la sala de mi apartamento. Me costó un rato recordar quién era, dónde estaba y lo que había estado haciendo últimamente. Me costó unos cuantos minutos recordar por qué y cómo había decidido arrebatarme la vida. Me costó un momento recordar que había muerto… o al menos eso era lo que yo pensaba.

Había calma, silencio. La música había dejado de sonar, quién sabe hacía cuanto tiempo. A mi derecha, en el suelo, había un charco de vómito. Podía ver algunas pastillas ahí, pero no estaba seguro si eran de las que me había tomado o eran las del frasco, que se me habría resbalado de la mano. Mi copa estaba vacía, al igual que la botella que contenía aquella bebida que me había ayudado a pasar el trago de la muerte. A pesar del aspecto desastroso que tenía la escena, todo se veía normal.

 Con un gran esfuerzo, me levanté del sillón. La sensación era la de que no había movido un solo músculo en años. Sentía como si el cuerpo me reclamarlo por someterlo a aquel sufrimiento de moverse, de sentirse con vida, de sentirse activo.

Mi mente tampoco estaba en el estado más óptimo. Todavía estaba confundido. Todavía me costaba recordar cosas. Todavía no entendía muy bien qué me había llevado a la situación en la que estaba en ese momento. Todavía ignoraba la naturaleza del estado en el que me encontraba.

Caminé por la pequeña sala de mi apartamento, dando vueltas, intentando hilar una cadena de pensamiento coherente. Fue después de unos cuantos pasos cuando llegó a mi mente una idea tan obvia, pero tan fuerte, que hizo que me mareara un poco: todavía estaba vivo.

¿Era posible que tuviera tan mala suerte que ni siquiera pudiera quitarme la vida? Aquella pregunta hizo que estallara en una sonora carcajada. Sin embargo, mi risa me asustó. No había alegría en ella. Mi risa era un sonido tétrico, sombrío, como el eco que devuelven las profundidades de un cementerio a un caminante perdido.

Luego de haber superado ese susto, me puse a pensar. Me puse a sacar cuentas, a intentar deducir por qué no había logrado cumplir mi objetivo. Nada parecía tener sentido, excepto una cosa: estaba vivo, todavía. A decir verdad, mientras se me iba pasando el entumecimiento de los músculos y la confusión de la mente, me sentía cada vez más vivo. Más vivo incluso que unas horas antes, cuando comencé a pasar aquellas pastillas con alcohol.

No entendía cómo podía seguir habiendo vida después de aquella escena tan escabrosa de mis familiares muertos viniendo a encontrarse conmigo. No podía creer que aquello tan solo hubiera sido una jugarreta de mi mente. No podía entender que mi cuerpo hubiera aguantado esas cantidades de veneno a las que lo había sometido. No podía entender el chiste en esa broma tan pesada que el destino me estaba jugando.

Quise tomar un poco de aire, así que caminé hacia la ventana. Una vez más, me llevé un susto terrible cuando me encontré con que, parado en el alféizar de la ventana, se encontraba un buitre enorme, con la mirada fija hacia el interior de mi apartamento.

Sonreí y recordé al cuervo de aquel poema que tantas veces había leído en mi infancia. Miré fijamente al buitre y le pregunté, burlonamente, “¿nunca más?”, sin embargo aquel ave no era del tipo parlante. Seguía mirando fijamente y aunque yo estaba justo frente a él, no parecía mirarme a mí, parecía mirar a través de mí. Intenté espantarlo, sin éxito. El buitre emprendió el vuelo por su cuenta.

Tampoco tuve éxito al abrir la ventana de mi apartamento. Aquella ventana estaba un poco dañada y necesitaba de unos movimientos especiales para abrirla, sin embargo, normalmente siempre podía hacerlo. Esta vez no fue así. Se lo atribuí a mi estado de confusión, ansiedad y debilidad. Respiré profundo y volví a echarle un vistazo a la sala.

Todo parecía tal como lo había dejado cuando decidí suicidarme. Casi todo. Algo que me llamó la atención fue lo rápido que se habían deteriorado las flores que había comprado la mañana anterior a mi práctica suicida. Me pareció muy curioso, sin embargo yo no era un experto en plantas, así que no podía saber que tan extraño era aquello.

Me fijé en que el reproductor de música seguía encendido, a pesar de que ya no estaba sonando ninguna música. Pensé que había preparado suficiente material en mi disco extraíble como para que la música sonara por horas, incluso días. Capaz hubo un corte eléctrico mientras estuve inconsciente, capaz los archivos estaban rotos. Lo cierto es que aquel silencio me estaba incomodando, así que intenté hacer sonar el reproductor de nuevo. Alguna avería tenía, que no me permitió hacerlo sonar de nuevo. En ese punto, estaba empezando a desesperarme un poco.

Me dejé caer en el suelo, recostado de la pared. Intenté darle sentido a todo lo que había pasado en las últimas horas. Intenté entender todo lo que había pasado en mi vida últimamente. Concluí que, ya que estaba vivo, debía intentar ponerle orden a mis pensamientos y tratar de reorganizar mis acciones futuras.

Pero había algo que me seguía molestando. Había algo en la atmósfera del lugar que me hacía sentir incómodo. Había algo en el aire que me hacía sentir fuera de sitio, me hacía sentir como que no pertenecía a ese lugar, a ese momento. Era una sensación extraña, pero mientras más me hacia consciente de ella, más invadía mi mente, mis sentidos y me obligaba a escudriñarla y estudiarla.

Luego, todo empezó a pasar muy rápido. Mi cabeza empezó a dar vueltas alrededor de ese sentimiento de alienación, por la ventana podía ver como una bandada de buitres revoloteaba en círculos cerca de mi ventana y alguien empezó a llamar a la puerta del apartamento con mucha vehemencia.

Grité diciéndoles que se fueran, estaba demasiado mareado y confundido como para atender a alguien más en ese momento. Sin embargo volvieron a llamar a la puerta, con una energía que me parecía desproporcionada. Volví a gritarles para que se fueran, les grité con fuerza y con desprecio, para que entendieran que debían dejarme en paz.

Hubo un momento de silencio en el que pensé que se habían ido, sin embargo, cuando había bajado las defensas, pude ver cómo la puerta de mi apartamento se caía, tras un golpe muy brusco que hizo que me pusiera de pie de inmediato.

Unos hombres con uniforme de la policía entraron al apartamento, casi corriendo y detrás de ellos mi vecina, mi madre y mi hermano. Pude notar que los tres tenían una expresión de profunda preocupación que me alarmó sobremanera. Caminé hacia ellos, intentando al mismo tiempo hacer que se tranquilizaran y que me explicaran que era todo ese circo que habían montado en mi apartamento. Sin embargo ellos pasaron a mi lado, casi ignorándome, corriendo hacia el centro de la sala.

Giré, desconcertado. ¿Qué estaban haciendo todos arrodillados frente al sillón? Caminé hacia ese punto y ahí, la verdad me golpeó. La verdad mi inundó con su fuerza, abrió mis ojos hacia lo que habían estado cerrando por los últimos minutos. Ahí en el sillón estaba mi cuerpo, sin vida desde hacía varios días. Ahí en el sillón había muerto esa tarde en la que tomé una dosis de medicamentos suficientes para matar a dos hombres. Ahí, en el medio de la sala, estaba muerto y no me había dado cuenta.