Mostrando entradas con la etiqueta fracaso. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta fracaso. Mostrar todas las entradas

sábado, 4 de septiembre de 2010

Carta (Pies sobre la tierra)

Hola. Tengo algo que decirte.

Puede que este no sea el mejor día de mi vida. Pero ¿sabes qué? Estoy seguro de que puedo hacerlo funcionar. Tal vez hoy salga a la calle y ninguno de los colores que vea combine, pero es mi trabajo hacer que toda esa locura tenga un poco de sentido, al menos para mí. El mundo no se debe parar sólo porque algunos lo digan.

Tal vez por estos días la suerte no me esté sonriendo, pero qué más da… Algunas veces esa caprichosa te sonríe y las veces que no lo hace, hay que trabajar; pues incluso las oportunidades, que son conocidas por su habilidad de “llegar” o “presentarse”, no son tan benévolas como las pintan. Llegan, sí. Pero muchas veces lo que sucede en realidad es que salimos a buscarlas y las encontramos a medio camino. Siempre hay que moverse. Siempre hay que actuar.

Sé que hoy saldré de mi casa y los ríos seguirán siendo de agua y no de Coca-Cola. Es así, vivo en un mundo real y debo estar consciente de eso. Que si bien es bueno tener la cabeza en las nubes un poco, aspirar alto, también hay que saber mantener los pies en la tierra, conocerse a uno mismo y tener noción de lo que se puede o no hacer y cuándo.

Es muy probable que mañana abra los ojos y el mundo no me de ninguna razón para sonreír. En ese caso lo más fácil sería quedarme arropado en mi cama y lamentarme por la desgracia de todos. Pero es de verdaderos guerreros levantarse con una sonrisa en la cara y salir a enfrentar toda adversidad. Tal vez mi eterna felicidad te parezca algo hipócrita y falsa, pero si no soy yo quien trae un poco de alegría y tranquilidad ¿quién lo hará?

No estoy dejando nada al azar. Por eso, si fracaso estaré tranquilo, porque sé que lo di todo de mí. Por eso, si fracaso, podré levantarme y volverlo a intentar, teniendo en cuenta mis errores. Por eso sé que si fracaso, igual podré mirarte tranquilamente a los ojos y sonreír.

Sinceramente,

César Aramís Contreras Parra.

martes, 29 de junio de 2010

Carta (Eterna Promesa)

Querido César,

Una vez más me encuentro acurrucado, lleno de miedo y ansiedad, en un rincón de la oscuridad que ocupa toda mi mente en este momento. Otra vez estoy tratando de huir de la realidad, pero de nuevo me doy cuenta de que las situaciones reales son mucho más fuertes que cualquier barrera imaginaria que me pueda inventar. Ojalá pudiera escapar…

Vuelvo a darme cuenta de que soy un cobarde. De que mi gran miedo es a la vida y a todo, todo lo que ella trae consigo. Le temo al fracaso, porque sé que no podría soportarlo, que soy mucho más frágil de lo que me gusta aparentar y un traspié, por simple que sea, podría derrumbar toda la estructura de mi autoconcepto.

Le tengo pavor también al éxito, porque no sabría cómo manejarlo. Siempre me he esforzado por mantenerme en el anonimato y ahora reclamo un reconocimiento que, por habilidad y virtud tal vez debería merecerme, pero que por actitud, por cobardía me deberían negar día tras día tras día. No debería recibir nada y aprender que el éxito es para aquellos que han trabajado por conseguirlo y saben qué hacer con él.

No soy más que un llorón quejándose de que debería estar recibiendo más, pero que no se esfuerza por conseguirlo. Un inútil que espera que del cielo le caigan todas las soluciones y decisiones, cuando en la vida, todo se gana luchando. La vida… que miedo le tengo…

Pensé que era un genio por haber aprendido a vivir sin tomar riesgos, por dominar el arte de evitar los fracasos. Ahora me doy cuenta de que debería estar avergonzado de esa actitud, pues quien siempre va por el camino seguro, obtendrá la recompensa promedio para todo y abandonará este mundo sin pena, sí, pero sin ninguna gloria.

Debí haber aprendido que todos esos golpes, esos fracasos que tanto lamenté, eran las lecciones perfectas para afrontar la vida de una manera diferente. No como yo pensé en su momento, que eran señales que me guiaban a llevar una vida súper hedónica de evitar el dolor a toda costa. Con la diferencia de que en mi caso, el encontrar la satisfacción era opcional, un “bonus” que venía con el “gran logro” de escapar de la situación dolorosa.

No me acordé de los diamantes, que sólo alcanzan esa belleza de ensueño luego de las repetidas fricciones y golpes a los que son sometidos. Me convertí en una eterna promesa de eso que podría llegar a ser pero que, para mí, nunca fui.

Como siempre, las lágrimas son las que firman estas palabras. Lágrimas que son el grito de auxilio de un alma frágil que se ha dejado malograr por estupideces… ojalá algún día pueda sanar, superar sus miedos y brillar…

Zackary Makarios.