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sábado, 13 de agosto de 2011

Crónica de un Suicidio

El grito de "¡eres un inútil!" de su padre, todavía retumbaba con fuerza en su cabeza; y la mirada de decepción de su madre pesaba sobre él, igual que unos minutos antes. Les dejó sentir su ira con un portazo que de seguro se escuchó en todo el vecindario. Se paró de espaldas a su casa, limpió las lágrimas que brotaban llenas de ira de sus ojos, respiró hondo y empezó a caminar, con determinación, hacia ese destino que ya había seleccionado para sí mismo un tiempo atrás.

Algo debió haber hecho en su vida pasada. Algo grande y malo, pues esta vida que le habían dado era totalmente un asco. Padres que no lo apreciaban, amigos falsos, un trabajo que apestaba, una universidad inservible… un fracaso tras otro… por más que intentaba no había manera en que esas muy pequeñas cosas buenas que se suponía había en su vida, pudieran opacar todas las cosas malas que estaba seguro que existían.

Pisaba con fuerza mientras caminaba a paso rápido. Pisaba con ira, como intentando que el mundo sufriera de igual manera a como él estaba sufriendo. La gente lo miraba, como si fuera un animal extraño. Siempre lo hacían. Por lo general no les hacía caso, pero ese día sus miradas sólo hacían que estuviera más seguro de su decisión. Llegó a la estación de metro y pidió un boleto de ida únicamente, pues no pensaba volver.

El andén estaba algo lleno para esa hora, sin embargo eso no pareció ser un inconveniente; tal vez si había gente viéndolo se sentirían un poco culpables. Un poco de nerviosismo lo atacó, pero supo disimularlo y concentrarse en su objetivo.

Vio la pequeña pantalla que colgaba del techo… quince minutos… sólo quince minutos para la llegada del tren… quince minutos y la cara de ira y decepción de sus padres aparecía con cierto aire de tristeza en su cabeza.

Diez minutos… y la imagen de su jefe echándolo apareció de la nada en su cerebro… diez minutos y las voces de sus profesores reprendiéndolo por su bajo rendimiento sonaron con fuerza en sus oídos.

Cinco minutos… la escena de su novia besándose con su mejor amigo no tardó en aparecer, acompañada del estúpido “esto no es lo que parece” de ella y de la risita burlona de él.

Un minuto… y después de saltar… ¿qué? Y todas esas metas inconclusas ¿qué? ¿Realmente era mejor escapar en ese momento? ¿Cómo quedaría su imagen si lo abandonaba todo a ese punto?... Sonrió…

Caminaba con paso firme de vuelta a casa, con una gran sonrisa en su cara. Ver la pequeña luz del tren aparecer por el túnel fue, de alguna manera, revelador para él. Se dio cuenta de que la verdadera diversión de la vida estaba en todos los problemas que ésta traía consigo… de resolverlos. De mantener sus sueños en mente y abrirse paso entre la adversidad para lograr el éxito.

jueves, 6 de mayo de 2010

La Bestia en la Bella

En mis ojos ella encuentra tranquilidad. No sé cómo lo hce entre tanta oscuridad. Ella encuentra paz en mi mirada. Se siente acompañada.

Sus ojos son para mí un misterio: encierran miedo, angustia, incertidumbre, inseguridad; pero en el fondo se puede ver ese dulce brillo esperanzador, propio de los ojos en los que yace la ingenuidad infantil.

Sus pequeñas y temblorosas manos se aferran con fuerza descomunal a mis brazos cuando se acerca la noche. Me pide protección, pero creo que es más el calor y el consuelo que obtengo de ella que lo que puedo protegerla de sus miedos.

Bella es su nombre, y no puede ser de otra manera: desde el momento de su nacimiento ha sido la niña más hermosa de toda la región. Su belleza tan pura y holística ha causado envidia y devoción en igual proporción, al punto que alguien lazó sobre ella una maldición: una noche cada 28 días sale a flote lo más oscuro de su jóven corazón.

Todavía es muy pequeña para entender que es una sóla noche por mes que ocurre la transformación, por lo que ahora le teme a la noche en general y a cualquier tipo de oscuridad. Cada vez que se pone el sol me pregunta "¿esta noche vendrá la bestia?", y a pesar de que le respondo que no, me pide que no la deje sola hasta que el sol aparezca otra vez.

Triste es esa noche que tengo que contestarle que su más grande temor se hará realidad. Bella rompe a llorar en seguida, callada pero desconsoladamente, y no suelta mis manos hasta que siente que está sucediendo y debe alejarse.

Más de una vez ha escapado de los límites de nuestros terrenos dentro de esa locura que la embriaga. He tenido que ir a buscarla al pueblo, haciendome paso entre la muchedumbre y sus comentarios, que son tan hirientes que casi puedo sentirlos desgarrando mis órganos; y la encuentro ahí, dulcemente dormida, en medio de una estela de destrucción total.

La tildan de monstruo, de bestia. Ahí es que puedo ver cómo es la gente realmente. Cómo su envidia les hace juzgar a alguien por una característica que nisiquiera es propia de esa persona, por encima de todo lo bueno que tiene para dar.

Pocos son los que la reconocen por lo que es. Los que saben ver su luz y aún la llaman Bella en lugar de cualquier otro título despectivo. Son pocos los que saben que lo único que se puede obtener de ella al acercarse es aprendizaje, no daño.

Mi miedo es que semejante estado debilite su mente y la lleve a la locura, pero a la vez confío en que el brillo de su ser podrá sobreponer cualquier oscuridad que se quiera imponer. Me conformo que saber que cada noche de luna llena se libera la Bestia... Pero por el resto del mes es Bella quien gana la guerra...