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martes, 20 de octubre de 2015

Ciudad herida


La ciudad está herida. Tiene grietas en las calles. De las grietas brotan personas,
se apelotonan unas sobre otras, se respiran en las nucas,
se manotean y se golpean los pechos unos a otros con ritmos primitivos.
La ciudad está herida.  Tiene cráteres enormes en el asfalto. Ventanas vertiginosas
que se asoman a mundos inexplorados. Pozos sin fondo en los que los conductores
lanzan sus maldiciones como monedas,
esperando que se les cumpla un deseo.
La ciudad está herida. La fiebre no se le baja con ningún trapo caliente,
sigue viendo duendes en las esquinas, espectros en los callejones,
fantasmas en Miraflores.
La ciudad está herida. En su desesperación intenta buscarles salida a los habitantes.
Les inserta el gusanillo de la diáspora,
los hace delirar con futuros fáciles en otras ciudades heridas.
La ciudad está herida.
Poco a poco se desangra.
Poco a poco se resigna.


lunes, 1 de junio de 2015

Nosotros los trashumantes

Cada mañana es la misma casa de dos pisos, mirando con ojos en la espalda hacia el ventanal de la oficina. Cada mañana la misma montaña de verde sólido, con delicados atavíos en color blanco nube. Cada mañana el mismo cielo denso y azulado, testigo de cualquier tipo de barbaridad en estos cuatrocientos y tantos años. Cada mañana el mismo edificio marrón de letras rojas, con el mismo señor de corbata gris asomándose de tanto en tanto a liberar un poco la carga del día de trabajo; me saluda con sonrisa triste y gesto desganado. Somos compañeros de soledad en medio de un caos que nos arrulla, pero no nos deja dormir. Cada día el mismo transcurrir incesante de carros en todas direcciones, en todas las vías, en todos los destinos. La sensación de vivir en una isla de tierra rodeada de carros por todas partes; soy un náufrago moviéndose en las turbias aguas del Metro, río subterráneo encargado de llevarnos a todos en su violenta corriente de decadencia e involución. Cada mañana la misma Ciudad. Somos nosotros los transitorios, nosotros los transeúntes, nosotros los trashumantes. Somos nosotros quienes la herimos. Ella lleva con orgullo sus cicatrices y nos invita a hundirnos en sus llagas. 

domingo, 6 de abril de 2014

Domingo en la noche

Domingo, nueve de la noche. Quién Quiere Ser Millonario hace su entrada triunfal en el televisor de la sala. Eladio Lares aparece, llevando a las viejitas noveleras a un éxtasis total. El presentador anuncia el número de teléfono al que deben comunicarse los aspirantes a hacer el ridículo en televisión nacional.
- El otro número era más fino, ¿verdad? Tenían hasta una cancioncita y todo.
- Ujum…
- ¿Cómo es que era? Cero nueve cero cero, uno siete dos, ocho ocho, ¡ocho ocho!
- ¿Esas son las mariqueras que haces donde tu mamá?- interrumpe-. ¿Cantar los números? ¿Eso te ayuda en algo en el liceo, al menos?
La discusión termina. Vuelven al silencio hipnótico de los televidentes, cada quien en su esquina del sofá.
El primer participante es despachado en la segunda pregunta. No supo completar un refrán popular. Por más que todas las doñas se lo gritaran con desenfreno. Nada. Comodín de la audiencia, cincuenta-cincuenta, llamar a un amigo aún más bruto. Adiós. La vuelta de la mente más rápida. El siguiente.
- Por el camino que llevas, vas a terminar como ese idiota- ríe de forma grotesca, burlona, hiriente.
- Mejor así que como tú. Al menos él tiene la valentía de salir en la televisión e intentarlo. ¿Tú qué?
- ¿Ves que eres un imbécil?- el control remoto vuela de un lado del sofá al otro,  para aterrizar con un golpe seco en el temporal del muchacho-. Pásame la vaina esa.
Silencio de nuevo. La audiencia ríe con las ocurrencias del participante de turno. Parece ir mejor que su predecesor. Cualquier podría hacerlo mejor, a decir verdad.
Mientras Eladio anuncia los comerciales, en la calle se desata una discusión bastante acalorada. Voces molestas de hombres y mujeres llegan con nitidez a toda la cuadra, valiéndose del silencio de la noche dominguera para magnificarse. Botellas rotas, insultos, llantos de niños. Todo se escucha tan claro como si estuviera saliendo del televisor también. La reacción natural es asomarse por la ventana para chismear cuál es la causa del revuelo.
- Tremendo beta- anuncia el muchacho, corriendo hacia la ventana.
- ¿Tremendo beta? ¿Eso es lo que aprendes con el idiota del novio de tu mamá? Tremendo beta… ¿qué coño significa esa vaina? Tremendo beta…
Gilberto Correa promociona la misma empresa de seguros de siempre. Vestido de blanco, con más botox que sangre, con movimientos robóticos, con una sonrisa acartonada. Es como si siguiera trabajando desde el más allá. Nadie sabe a ciencia cierta si el hombre está vivo o muerto.
- Se van a matar ahí- el joven sigue viendo hacia la calle. Un dejo de emoción en su cara. Al fin un domingo interesante.
- Ujum…
- Creo que uno de los tipos tiene una pistola y todo, papá. Varios tienen pistolas, en realidad. Qué loco…
- Vente pues. Ya va a empezar la vaina.
- ¿No vas a llamar a la policía?- pregunta mientras se sienta.
- Bien bueno…- se gira hacia el muchacho. Una sonrisa incrédula curvea su boca hacia arriba. Sus brazos se cruzan sobre el pecho macilento y descansan apoyados en la barriga perfectamente redonda- ¿Dónde crees tú que vives? ¿En Suiza?- otra vez la risa grotesca.
La promoción de una novela miamera llena el silencio.
- Yo escuché que en Suiza no hace falta ni policía, por lo ordenados que son- murmura el muchacho.
- Y yo escuché que a la gente que no hace nada con su vida se le caen las bolas. Así que ve pendiente por la calle, pajúo.
- No joda. Entonces tú debes andar con las manos en el pantalón siempre.
Vuelve a aparecer Eladio Lares en la pantalla, con la música característica del programa. Al tiempo, suena el primer disparo y los gritos desesperados de mujeres y niños. Luego el segundo. El tercero. Se desata la balacera como una lluvia decembrina. Se escuchan las ventanas de todos los vecinos del edificio cerrarse en un mismo movimiento ya ensayado muchas veces.

- Súbele volumen, bobo grande, que no escucho la pregunta…