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lunes, 21 de febrero de 2011

El por qué de las características de la sociedad venezolana. La verdad revelada.

Me gusta cuando hablo con mi mamá porque encuentro que compartimos ideas que, cuando a mi se me habían ocurrido, me parecían aberraciones. Luego de esas charlas hasta le consigo un lado jocoso a nuestros temas de conversación.

Ahora les hablaré de las conclusiones que saqué a partir de una de esas conversaciones. Debo recordar a aquellos lectores más sensibles que pasan por mi blog que todo esto es humor barato, es una parodia, así que no hay por qué tomárselo en serio… al menos no del todo.

La gran conclusión a la que llegamos mi mamá y yo, después de 20 minutos de Globovisión y 10 minutos de chistes, es que Venezuela está como está, es como es, porque nos tocaron los peores ancestros posibles. Así de sencillo.

Si hoy en día nos parece que estamos unos pasos más atrás que muchas naciones en distintos aspectos como economía, deportes, entre otros, sólo hace falta mirar hacia atrás, a nuestros aborígenes, y darnos cuenta de que no es nada nuevo.

¿Cómo es posible que mientras en Perú creaban toda una ciudad de piedra en la montaña, aquí en Venezuela los indígenas les daba flojera irse del lago y vivían en palafitos? Es que me los imagino hablando “mira, allá abajo dicen que tienen tremenda ciudad de piedra, con casas y tal, bien de pinga” y el otro le contestaría “bien pendejos que son, nosotros aquí tenemos nuestras casitas en la playa, agarramos nuestros pescados de una, montamos la parrilla y bórralo bicho”.

Es gracioso pensar que mientras había unos indios arquitectos partiéndose el lomo ideando cómo crear unas estructuras a las que se les vira una forma desde arriba allá en Nazca, aquí los de nosotros estaban era haciendo torres y torres de casabe para comérselas con palmito en alguna celebración a alguna deidad en que creyeran.

Nuestros indios eran tan ociosos, que se la pasaban clavándose palillos en la cara, mientras los Mayas se devanaban los sesos creando uno calendario con final sorpresa.

Y cuando llegaron los españoles, la situación no mejoró nada. Es bien sabido por todos que la tripulación de Colón constaba en su mayoría de presos y gente no muy aceptada en Europa y estoy seguro de que aquí a Venezuela, por la suerte que tenemos, llegaron los peores de todos.

Esa gente llegó a nuestro terreno, se vio libre y empezaron a hacer desastre. Sexo, alcohol, me imagino que hasta drogas. Esos sucios seguro le quitaban a los indios las plantas con las que se transportaban para ver a sus dioses y muertos y boom, tenemos porros.

Obviamente, la mezcla entre estos españoles defectuosos y nuestros indígenas no muy industriosos no fue nada buena. Me imagino a los españoles intentando cambiarle vino barato por oro a los indios, y los indios diciendo cosas como “uh, sí, esta cosa está muy bien, pero prueben esto, hombres blancos” y empezaban a darle cocuy a los españoles. Una locura.

La cuestión no mejoró nada cuando empezaron a traer a los negros. Los españoles se buscaron a los negros más flojos, pantalleros y rumberos de toda África. Si no me creen, hablen con cualquier negro de Venezuela, de seguro tiene una de estas tres características… o las tres.

Lo cierto es que esos negros lo que hacían era bailar tambor como unos desgraciados. Los cristianos les cambiaron sus deidades y ellos agarraron y les pusieron otros nombres, con tal de poder seguir haciendo sus parrandas de tambores en paz. Eso era todo lo que hacían, bailar tambor y hacer hallacas… Y por supuesto, hacer todo lo que los blancos no podían hacer…

Así que esto es más o menos como veo el panorama de nuestros ancestros y el por qué del cómo somos en Venezuela. Una loca mezcla de antepasados erráticos que terminó dando esto… Lo más divertido del asunto, es que a pesar de toda la locura que envuelve nuestro país y nuestra sociedad, si me preguntaran una vez más dónde querría nacer, de seguro escogería de nuevo Venezuela… pero tal vez en los 60’s o dentro d 40 años… ¡Hasta la vista!

martes, 29 de junio de 2010

Carta (Eterna Promesa)

Querido César,

Una vez más me encuentro acurrucado, lleno de miedo y ansiedad, en un rincón de la oscuridad que ocupa toda mi mente en este momento. Otra vez estoy tratando de huir de la realidad, pero de nuevo me doy cuenta de que las situaciones reales son mucho más fuertes que cualquier barrera imaginaria que me pueda inventar. Ojalá pudiera escapar…

Vuelvo a darme cuenta de que soy un cobarde. De que mi gran miedo es a la vida y a todo, todo lo que ella trae consigo. Le temo al fracaso, porque sé que no podría soportarlo, que soy mucho más frágil de lo que me gusta aparentar y un traspié, por simple que sea, podría derrumbar toda la estructura de mi autoconcepto.

Le tengo pavor también al éxito, porque no sabría cómo manejarlo. Siempre me he esforzado por mantenerme en el anonimato y ahora reclamo un reconocimiento que, por habilidad y virtud tal vez debería merecerme, pero que por actitud, por cobardía me deberían negar día tras día tras día. No debería recibir nada y aprender que el éxito es para aquellos que han trabajado por conseguirlo y saben qué hacer con él.

No soy más que un llorón quejándose de que debería estar recibiendo más, pero que no se esfuerza por conseguirlo. Un inútil que espera que del cielo le caigan todas las soluciones y decisiones, cuando en la vida, todo se gana luchando. La vida… que miedo le tengo…

Pensé que era un genio por haber aprendido a vivir sin tomar riesgos, por dominar el arte de evitar los fracasos. Ahora me doy cuenta de que debería estar avergonzado de esa actitud, pues quien siempre va por el camino seguro, obtendrá la recompensa promedio para todo y abandonará este mundo sin pena, sí, pero sin ninguna gloria.

Debí haber aprendido que todos esos golpes, esos fracasos que tanto lamenté, eran las lecciones perfectas para afrontar la vida de una manera diferente. No como yo pensé en su momento, que eran señales que me guiaban a llevar una vida súper hedónica de evitar el dolor a toda costa. Con la diferencia de que en mi caso, el encontrar la satisfacción era opcional, un “bonus” que venía con el “gran logro” de escapar de la situación dolorosa.

No me acordé de los diamantes, que sólo alcanzan esa belleza de ensueño luego de las repetidas fricciones y golpes a los que son sometidos. Me convertí en una eterna promesa de eso que podría llegar a ser pero que, para mí, nunca fui.

Como siempre, las lágrimas son las que firman estas palabras. Lágrimas que son el grito de auxilio de un alma frágil que se ha dejado malograr por estupideces… ojalá algún día pueda sanar, superar sus miedos y brillar…

Zackary Makarios.