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miércoles, 7 de octubre de 2015

La Taconazo

Ser hijo único te pone en una posición particular con respecto a tus primos. Para los menores, eres una especie de hermano mayor menos punitivo. Para los mayores, en comparación con sus propios hermanos menores, eres una presa mucho más ingenua para sus engaños, triquiñuelas y relatos fantásticos.
Tuve la suerte de contar con primos creativos, que se exigían en sus historias, que intentaban estirar las líneas de su imaginación en la medida de lo posible. Recuerdo unas cuantas en específico. Hace unos diez años, por ejemplo, con el boom de CSI, una de ellas me aseguraba que ya estaba en proceso de producción CSI Caracas. Un tiempo antes de eso, uno de mis primos me relataba el misterio sobre la “Isla Moby Dick”, isla tan particular y llena de misticismo que no solo tenía la forma de la famosa ballena de ficción, sino que además proyectaba una extraña sombra en el cielo, logrando verse sobre ella siempre una nube con la misma forma del blanco cetáceo.
Sin embargo, la que he estado recordando mucho en estos días, es la de “La Taconazo”. Según la historia de mi primo, La Taconazo era un espanto. (Dado el amplio espectro de todo lo que puede o no ser un espanto en la mitología contemporánea venezolana, debo darle el beneficio de la duda a mi primo aquí y dejar en el aire la cuestión de si realmente es un espanto o un personaje más de su imaginación pre púber). La característica distinta de La Taconazo, y de ahí su título distintivo, era que siempre se la escuchaba taconear a las espaldas de la víctima. Taconeaba firme y con gran estruendo. Creo recordar algunas de estas condiciones típicas de espantos del tipo “si la escuchas taconear rápido es que está lejos, si la escuchas lento, estás jodido”. Girar a verla suponía dos resultados posibles (son los dos resultados que mi memoria ha ido mezclando con los años): o no veías a nadie pero el taconear te seguía perturbando, o la veías directo a la cara y su aspecto fantasmagórico terminaba por llevarse tu alma antes de lo previsto. En cualquier caso, lo mejor era seguir con la marcha propia lo más que se pudiera.
El punto cumbre de la historia era la forma de deshacerse de La Taconazo. “Hay que rezar el Credo al revés”, sentenció mi primo. Para un niño de unos ocho años, aquella solución apenas califica como salvación. Apenas podía recitar pasajes del Padrenuestro. Aprenderme el Credo era una empresa inimaginable. Ni hablar de aprendérmelo al revés. Recuerdo, además, haberme quedado con una duda importantísima que no quise expresarle a mi primo, por temor a parecer un ignorante: cuando se refería al Credo al revés ¿debía recitarlo invirtiendo el orden de las palabras, o debía pronunciar cada una de las palabras al revés? Esta última opción no sonaba lógica. Al final terminaría construyendo un idioma incluso más tenebroso que el espanto que debía conjurar.
Para imprimir veracidad y demostrar que no todo era oscuridad en este mundo, mi primo incluyó un caso de éxito. “El único que se ha salvado es un cura. Pero eso porque ellos, para poder ser curas, tienen que aprenderse todas las oraciones al revés”. Nosotros los mortales la teníamos más complicada. Nadie nos obligaba a aprendernos semejante oración al revés. Sólo el miedo de no ser alcanzado por los terribles pasos de La Taconazo.
A lo largo de los años siempre he llevado el recuerdo de La Taconazo conmigo. Al principio como una forma de estar alerta a cualquier paso irregular que pudiera escuchar a mis espaldas. Mientras fui creciendo y entendiendo la naturaleza real de la historia, seguía conservando aquella memoria como un souvenir que había podido rescatar de esos años ingenuos y divertidos.
Últimamente, el recuerdo de ese particular espanto ha estado muy vivo en mi mente. El estado de paranoia constante que vivimos en Caracas me hace recordar mi atención y tensión ante cualquier sonido de taconeo que escuchaba detrás de mí. Hoy en día, todos andamos por las calles capitalinas como si quisiéramos huirle a La Taconazo. La situación de inseguridad (esa “sensación” de la que hablan muchos, como si así pudieran disminuir la gravedad de lo que vivimos a diario), hace que siempre estemos girando sobre nuestros hombros, dispuestos a encontrar la nada o la cara terrible del hampa caminando hacia nosotros. Hacemos lo posible y lo imposible por alejar el mal y sus probabilidades siniestras.
Siempre que siento unos pasos sospechosos detrás de mí, recuerdo la historia. Sonrío un poco, pero apuro el paso. Nadie quiere que semejante espanto lo alcance. A veces siento que no tenemos escapatoria. A veces siento que la solución para sortear  la delincuencia puede ser tan absurda como rezar el Credo al revés.

Aún me queda la duda de los criterios de ese “al revés”. 

sábado, 1 de junio de 2013

Historias Aleatorias: Tesoros de la Infancia

Todos los jueves me toca ir a un colegio de la ciudad de Caracas a cumplir con mis prácticas de Psicología Escolar. Todos los que me conocen y estudian conmigo saben lo complicada que me ha resultado esa experiencia. Si bien estaba convencido de que había tenido una experiencia satisfactoria en mis días de colegio, volver a una institución educativa ha sido por demás traumante. 

Y es que, en principio, no estaba dispuesto a volver en plan de "figura de autoridad" para los niños; esto se ha visto reflejado en el hecho de que, efectivamente, nunca logré evocar ese tipo de respeto en los chicos. Por otro lado, el nivel educativo en el país disminuye más y más cada día y no estaba preparado para tener que lidiar con esas dificultades. No estaba preparado tampoco para la sensación perenne de estar desubicado que siento cada vez que voy hasta allá, porque esos niños tienen tantos problemas y dificultades que no sé nunca por donde empezar, qué atacar, en qué enfocarme. En fin, jueves a jueves desde octubre, he estado yendo a ese colegio contando los meses, días, horas que faltan para terminar esas prácticas. No lo he pasado bien.

Sin embargo, este jueves pasado, uno de los últimos, fue bastante especial. Posiblemente porque ya sé que se está acabando mi tortura y eso me hace estar más tranquilo. Posiblemente porque al final logré establecer algún tipo de nexo con los niños. Posiblemente porque trabajé lo mínimo necesario ese día. Pero hubo algo especial en el aire, algo que me hizo remontarme a mis recuerdos de la infancia y, a diferencia de lo que había experimentado durante los últimos meses, sentirme bien con esas remembranzas.

Cuando llevaba a los niños al pequeño salón donde trabajamos, uno de ellos abrió su cartuchera y le preguntó a la otra "V., ¿quieres esta llave?". La niña, emocionada, lo miró con cara de incredulidad (generalmente ellos dos no se llevan bien... bueno, ninguno se lleva bien) y le contestó "¡sí, sí, claro!". El niño, muy tranquilo, la miró, miró la llave y la guardó de nuevo en su cartuchera. "te la doy cuando bajemos de nuevo al salón", le contestó antes de seguir caminando a su lado hasta el aula donde nosotros trabajaríamos esa mañana.

Esa escena, así, tan simple, tan enternecedora en algunos puntos, tan sencilla, me sacó la más sincera de las sonrisas. Me hizo recordar mis años de colegio, mis días de hermosa ingenuidad infantil. Esa pequeña llave, tan simple, oxidada, sucia, una llave que probablemente no abría nada, me hizo devolverme unos trece años a los días en que yo también recolectaba ese tipo de tesoros infantiles.

No sé que tienen esos años, no sé exactamente qué proceso hay en ese momento (debería saberlo, estudié una materia llamada "Psicología del Desarrollo", por Dios), que los niños tienden a recolectar tesoros, premios, souvenires de su exploración constante del mundo. Los niños recogen pequeños objetos que encuentran en la calle, objetos que encuentran olvidados en sus casas, objetos que no tienen dueño y parecieran no tener valor e inmediatamente los convierten en partes importantísimas de sus vidas. 

Todo niño suele tener una caja, un cofre, un bolso o una gaveta donde deposita piedras, tapas de botella, relojes viejos, envolturas de dulces, bolígrafos sin tinta, anillos rotos, cualquier cosa. Y esa caja, esa gaveta, se convierte en el botín de ese niño, se convierte en su bóveda, su caja fuerte, se convierte en el depositario de los recuerdos de cada una de sus aventuras cotidianas. 

Por alguna razón, además, siempre son objetos que a las madres les gusta botar, siempre son cosas que a los padres les da hasta asco tener en sus casas. Y mientras más los adultos se empeñan en deshacerse de los tesoros de sus hijos, más se aferran los niños a esos objetos, más se conectan con sus baratijas, más sentimientos les asocian a esos "desechos" que sus padres quieren hacer desaparecer.

Y alguien podría preguntarse cuál es la relevancia con que hable de este asunto orientado a los niños, porque los adultos también suelen guardar cosas y, en muchas ocasiones, también son baratijas u objetos que podrían ser desechables. El asunto es que con los niños es muy, muy diferente. Los niños le atribuyen sentimientos, afectos a los objetos; los "catectizan", dirían los psicoanalistas. En este sentido no hay una mayor diferencia con respecto a los adultos, ciertamente. Pero los niños, dentro de su bendita inocencia e ingenuidad, dentro de su imaginación infinita, le atribuyen significados mágicos a esos objetos. ¿O nunca les ha pasado que se encuentran con esos objetos de la infancia, esos tesoros, y se preguntan por qué demonios guardaban ese pedazo de basura? 

Cuando se es niño, se ve todo con los ojos de la fantasía. Lo que es un reloj viejo, para un niño es una brújula que llevaría al tesoro del Pirata Barba Roja. Lo que es una simple roca, para un niño es un diamante alienígena en bruto. Lo que es un bolígrafo seco, para un niño es la pluma de la que saldrá su gran novela detectivesca... Cada uno de esos objetos es una pequeña ventana a un capítulo distinto de ese libro de cuentos que es la mente de un niño. Lo que hay que hacer cuando nos encontremos de nuevo con esos tesoros, es hacer un esfuerzo por recordar qué significaban y sonreír... pues quien sonríe es nuestro "niño interno" (odio un poco esa expresión), nuestro "yo de ocho años".

Cuando subía al salón con los niños, cuando el chico le ofreció la llave a la chica, yo no vi de qué hablaban, sólo supe que era una llave. Ya más adelante, cuando los llevaba de nuevo a su aula, el chico sacó la llave de su cartuchera una vez más, para recordarle a su compañera el trato que habían hecho. La llave tenía forma de corazón. 

jueves, 8 de septiembre de 2011

La Mansión del Conde Cánibe (Parte I: La Cena)

La noticia de que el Conde quería verle corrió como la pólvora. En aquellas tierras ese era más o menos el mayor logro al que un hombre de su clase podía aspirar: una cena con el Conde Cánibe. A pesar de todas las historias horribles que corrían por ahí acerca de su maldad, atrocidad y falta de corazón, él era el dueño de aquellas tierras y había que mostrarle respeto y admiración.

Desempolvó sus mejores ropas. Aquellas que esperaba usar únicamente en los matrimonios de sus hijas y esperaba que le pusieran en su funeral. Pero esta ocasión ameritaba ese lujo. Si bien su traje estaba raído por las polillas y olía a humedad, esperaba que el Conde Cánibe tomara en cuenta lo que significaba estar utilizando ese traje.

Se preguntaba exactamente qué era lo que había hecho que el Conde posara su atención en él. Sin embargo aquello era más o menos una pregunta retórica. Él tenía una idea bastante clara de por qué había recibido aquella invitación: sus cosechas  habían sido las mejores de aquella región en los últimos tres años. De seguro el Conde quería conocer al genio detrás de todo ese éxito. Tal vez quería darle un bono especial, felicitarlo y agasajarlo directamente. Cuando llegó la hora, su esposa e hijos lo despidieron como a un héroe que parte a una campaña heroica.

El palacio del Conde Cábibe era una mansión enorme de tres pisos, con un extenso jardín en frente custodiado por una exquisita verja de bronce que exhibía un gran cuervo encima de la puerta. Ciertamente aquella edificación era imponente y atemorizante, pero lo que esperaba detrás de esas puertas lo impulsaba hacia adelante.

Las puertas se abrieron aparentemente solas al momento en el que pisó el umbral, dando  paso a un largo pasillo apenas iluminado por unas cuantas velas. El techo era tan alto que las luces no alcanzaban y el suelo emitía un tenue per firme y consistente eco con cada paso que daba.

-       Por aquí Damon. Al final del pasillo. En el comedor- dijo una suave voz masculina que resonó en el pasillo.

Damon se sobresaltó un poco al oírla, pero empezó a caminar inmediatamente para encontrarse con su señor.

El comedor era una estancia amplia. Sólo había un par de cuadros en las paredes y, al igual que el pasillo, las velas que había en las paredes sólo lo iluminaban parcialmente. En el medio de la sala se encontraba la mesa del comedor. Era larga, aunque no tanto como Damon se la había imaginado, y estaba presidida por una magnífica silla alta tallada en los posa brazos y el espaldar.

-  Aquí- se limitó a decir el Conde, con su voz que parecía acariciar las palabras mientras estas salían, señalando la silla que estaba a su derecha-. Siempre me pregunto por qué tengo una mesa tan grande si solo yo voy a comer. A veces invito a alguno de mis criados a cenar conmigo…

-  Eso es bastante generoso de su parte, señor- dijo Damon muy educadamente, mientras se sentaba con cautela junto al Conde.

-  Al contrario. Ellos son los generosos. Casi nadie quiere comer conmigo, dadas las historias que andan corriendo por ahí- el Conde sonrió ampliamente y Damon se limitó a asentir tímidamente con la cabeza-. Pero de eso hablaremos más tarde. Me imagino que te estás preguntando por qué el Conde Cánibe ha invitado a un simple campesino a cenar con él…

-  El recibir una invitación de su parte es un privilegio que un hombre como yo no debe cuestionar, señor- comenzó Damon, con el temor y la admiración plasmados claramente en su voz-, pero igual no puedo dejar de preguntar el por qué, dado lo inusual de esta situación.

-  Claro, claro. Es comprensible- el Conde volvió a mostrar su encantadora e intimidante sonrisa-. Está bien que te preguntes cosas, Damon. De las preguntas que nos hacemos es que abandonamos la ignorancia y partimos hacia la sabiduría. Recuerda eso siempre.

-  S-sí señor. Sabiduría- contestó Damon, titubeante.

-  En fin. La razón por la que te llamé Damon, en principio es porque, como ya te dije, yo vivo solo acá y de vez en cuando me gusta tener compañía para la hora de cenar. No es agradable comer solo- en la voz del Conde podía percibirse, muy sutilmente, cierto dejo de tristeza, de melancolía-, entonces llamo a alguno de los campesinos que habita mis tierras para charlar un rato y ponerme al corriente, de primera mano, de todo lo que sucede, de lo que se habla…

-  ¿Por qué habría de interesarse usted en lo que pasa con nosotros, señor?- preguntó Damon, realmente extrañado.

-  Ah, Damon. Ustedes piensan que soy un monstruo despiadado ¿cierto?- soltó una risita triste-. Pero lo cierto es que ustedes me importan, Damon. Son mi gente. Ustedes son parte importante de mis ingresos, de esta riqueza que ves a tu alrededor. Debo asegurarme de que la máquina está funcionando bien- sonrió.

-  Claro señor. Eso tiene mucho sentido. Disculpe mi estupidez al pretender cuestionar sus acciones.

-  No te preocupes, Damon. Yo sé por qué piensas así- contestó el Conde, en tono compasivo-. Cambiando el tema. Te he convocado también porque sé que eres el mejor agricultor de estas tierras y eso merece ser agasajado.

-  Por favor señor, no es la gran cosa- Damon pretendía aparentar desinterés hacia el cumplido del Conde Cánibe, pero su pecho se le adelantó y se hinchó de orgullo.

-  Claro que lo es- dijo el Conde, sonriendo-. Ahora a lo que vinimos. A comer. ¡La cena!

Apenas estas últimas palabras salieron de la boca del Conde, una serie de criados aparecieron con gran cantidad de fuentes y bandejas llenas de todo tipo de comidas. Pollo, pavo, carne de res, de cerdo, de cordero, de conejo, ensaladas; toda una variedad de comidas que Damon ni siquiera había soñado jamás. El olor de aquella comida eran tan exquisito y tan abrumador que llegó a marearlo por un momento, pero pudo reponerse para empezar a pasar comida de las bandejas para su plato.

Al principio trató de contenerse, pero la presencia de toda esa comida de tan buena calidad terminó por sobreponerlo y empezó a comer con las manos, a una velocidad absurda, como si nunca hubiera comido en su vida. Aunque a decir verdad, al comparar esa comida con la que él comía en su casa, era como si nunca hubiera comido en su vida.

El Conde Cánibe lo miraba con una mezcla de diversión y repulsión en su cara. Damon no levantó mucho la cara de su plato, pero cuando lo hizo, nunca vio al Conde comiendo algo. Siempre estaba cortando algo o pasando porciones de una bandeja a su plato, pero nunca lo vio masticando o llevándose algo a la boca.

Cuando Damon estuvo saciado se reclinó en el espaldar de su silla y respiraba como si acabara de correr 500 metros.

-  ¿Satisfecho Damon?- preguntó el Conde, reprimiendo una sonrisa burlona.

-  Podría apostarlo señor- contestó Damon, sobándose la panza que había crecido un par de centímetros.

-  Ya que hemos comido, Damon, cuéntame algo. ¿Qué opinas de lo que se dice de mí por ahí?

-  ¿A qué se refiere, señor?- preguntó Damon, enderezándose en su silla y sin poder ocultar del todo que estaba empezando a ponerse ansioso.

-  No te hagas el desentendido, Damon- dijo el Conde, riendo-. Yo s lo que se habla de mí. O al menos me han llegado algunos rumores… ´Quería confirmar que de verdad se dice por ahí lo que ha llegado a mis oídos. Si pudieras contarme, estaría muy agradecido…

-  Bueno señor, le contaré. Pero sólo porque usted ha insistido. Quiero que sepa que yo me rehúso a creer esa clase de cuentos de camino- Damon se acomodó en su silla. Se veía claramente incómodo, pero el Conde Cánibe lo miraba fijamente, esperando sus palabras-. Verá, al principio parecía un juego de niños. Pero empecé a escucharlo de adultos también… Dicen que usted es un monstruo, señor. Que come carne humana y también bebe sangre de personas.

En ese momento uno de los sirvientes llegó con un par de cálices de madera bellamente tallados. Dejó uno delante de cada hombre y se retiró. El Conde, con un leve gesto, invitó a Damon a que probara la bebida que tenía en frente.

Era una bebida un poco más espesa que el vino. Su sabor no era muy marcado, sin embargo a Duncan le pareció muy familiar. Le atribuyó esa familiaridad a las plantas que le habían puesto a la bebida para realzar su sabor, darle más fuerza. Antes de que pudiera preguntar acerca de la bebida que estaba degustando, el Conde habló.

-  Entonces, soy un monstruo que se alimenta de humanos- el Conde veía su cáliz con satisfacción- ¿Cómo habrán inventado esas historias?

-  No lo sé, señor- dijo Damon, con genuina ignorancia-. Ha habido desapariciones… Gritos… La gente dice que todo ha sido alrededor de su casa, señor. Pero son todo coincidencias o inventos… la verdad la gente no tiene nada concreto…- le dio otro trago a su misteriosa bebida y respiró hondo.

-  Ya…- el Conde bebió también y se quedó mirando a Damon por un rato. Luego continuó-. Dime algo, Damon. Piensa un poco y dime ¿qué tienen en común todas esas personas que han desaparecido últimamente?

Damon no pudo evitar quedarse viendo al Conde fijamente, lleno de confusión ante aquella pregunta.