>Una galleta (cualquiera, aunque hay unas más caras que otras; puedes conseguir un Cocosette en 200 bolos o un paquete de 12 Tip-Tops por el mismo precio. De cualquier forma, comprarlas es una imprudencia).
>Unos Platanitos
>Unos Doritos
>Una lata de refresco.
>Un refresco de litro y medio.
>Un refresco de dos litros.
>Una Nucita.
>Un chocolate (básicamente cualquiera).
>Un batido de fresa o de melocotón.
>Un cigarrillo.
>Una caja de cigarrillos.
>Unos Halls.
>Unos chicles.
>Un pan de queso.
>Una buena pizza.
>Una cerveza.
>Una botella de ron.
>Una botella de sangría.
>Cualquier comida en cualquier restaurante (menos en el centro de Caracas, donde aparentemente aún puedes encontrar un almuerzo ejecutivo en 250 bolívares. La amenaza de hepatitits corre por tu cuenta).
>Una entrada al cine.
>Unas cotufas.
>Una habitación de hotel.
>Un paquete de condones.
>Invitar a salir a una chica. Básicamente Venezuela me lleva a la soltería y la castidad.
>Gracias.
jueves, 14 de abril de 2016
viernes, 1 de abril de 2016
La prisión de Miranda (La debacle del billete de dos)
Le
pago al camionetero con un billete de cincuenta. Me corresponden treinta
bolívares de vuelto, así que el conductor me da un billete de veinte y un fajo
de billetes de dos bolívares. Tiene más paqueticos iguales. Está como muchos de
nosotros: intenta deshacerse de ellos.
Es
un círculo vicioso que al final termina causándome algo de gracia. Por un lado
están los camioneteros, intentando que los pasajeros se lleven esos billetes
lejos de su vista y de su vida. Por el otro lado estamos los usuarios,
utilizando el transporte público como depositario de esos rectángulos de papel
que ya tan poco nos sirven. Al final terminan yendo de allá para acá, como esos
bebés pesados que nadie quiere cargar. Al pobre Francisco de Miranda no le
queda de otra que ver a todo el mundo con ojos llorosos, angustiosos,
suplicantes, deseando volver a ocupar orgulloso un puesto en la billetera de
los venezolanos.
Por
ahora nadie le hace caso.
II
El
Metro está atestado y funcionando mal. ¿Lo triste?, lo triste es que ya los
caraqueños hemos asumido ese sinsentido como parte de nuestra cotidianidad.
“Sí, el Metro estaba horrible, pero eso es así en las mañanas, tú sabes”. Hemos
naturalizado tanto el desastre que ya lo vivimos con la tranquilidad pasmosa de
quien presiente que no habrá nada mejor.
Entro
al vagón como puedo. Aunque en el Metro de Caracas siempre está la duda de si
entraste al vagón o te hicieron entrar. De cualquier forma, busco asidero en
algún lugar. En el suelo, junto a uno de los asientos, yace un billete de dos
bolívares. Está doblado a la mitad, por lo que no se ve la cara de angustia de
Francisco de Miranda, quien intenta pedir auxilio con la mirada. Nadie parece
notar el objeto abandonado. Nadie hará el esfuerzo de agacharse y recoger ese
billete en particular. No estoy seguro de si lo harían por uno de cincuenta o
de cien bolívares, pero puedo estar convencido de que ese billete de dos hará
varias veces el recorrido de toda la línea 1 antes de que alguien se apiade de
su futuro y lo recoja.
Miranda,
desde el suelo del vagón, se pregunta qué prisión es peor: La Carraca o el
billete de dos bolívares.
III
Internet
y sus chistes se han convertido en un excelente medio para seguir la realidad y
actualidad venezolana. Hay mucho ingenio detrás de buena parte del contenido
que aparece. Bastante humor de calidad y un nivel de crítica social que me
parece importante en esta época de tanta impulsividad; en este país que exige inmediatismo
desde sus voces más enardecidas.
Una
imagen en específico se ha mantenido siempre en mi recuerdo. Un indicador de la
inflación a través de la demostración de qué chucherías se pueden comprar con
cada uno de los billetes venezolanos. El tema me atañe directamente. Mido mi
nivel de calidad de vida en función de la cantidad de chucherías que puedo
comprar con mi sueldo. Ver el problema de esa forma no fue fácil. Entender que
el billete de más alta denominación de mi país no podía garantizarme ni siquiera
el mejor chocolate que pudiera buscar en el territorio habla de lo insostenible
de la situación.
Pero
posiblemente la situación más crítica era la del billete de dos bolívares. Para
efectos de la imagen (y para poder entender claramente su utilidad, desde el
punto de vista del autor de la pieza visual), habían escrito sobre el billete
la palabra “NADA”. Así, en mayúsculas trabadas y subrayado. Nada. No se compra
ni una chuchería. Nada. Ni un caramelo de menta. Nada. Ni un caramelo artesanal
de coco o jengibre. Nada. Absolutamente nada.
Desde
la parte de abajo del billete, Francisco de Miranda observa la palabra escrita
con marcador rojo. Marcador indeleble. No podrá eludir la nada ni exorcizarla
de su billete. Miranda tendrá que vivir con la nada por un buen tiempo. Tendrá
que aprender a convivir con la idea, con la certeza, de que su billete no le da
acceso al venezolano a nada.
IV
El
billete de quinientos bolívares con la cara del fallecido Presidente Chávez, es
un fantasma que ha estado penando por las conversaciones de los venezolanos
desde hace ya un buen tiempo. Recientemente, junto a su compañero de mil
bolívares, esos espectros han ido ganando en corporeidad y robustez. Es muy
probable que sucedan. Van a llegar. ¿Los grandes sacrificados? Los billetes de
dos y de cinco.
Imagino
al Negro Primero tranquilo. A fin de cuentas es muy probable que jamás haya
imaginado ser ubicado en un billete. Él se puede dar por servido con lo que
alcanzó. Entenderá con gallardía que es momento de dejar el trabajo y
permitirle a otros próceres llevar la bandera de la economía venezolana.
Me
preocupo por Miranda. El venezolano universal quedaría relegado de nuevo a un
segundo plano. Y es que no es fácil. Según artículos que leí y comentarios que
escuché, fabricar cada billete de dos bolívares cuesta más que su propia
denominación. El billete de Miranda es como una relación amorosa en decadencia:
cuesta más de lo que realmente vale. Se nos ha hecho difícil mantenerte en un
lugar digno, Francisco. En todo el sentido de esa frase. Ahora ni siquiera un
billete lo suficientemente robusto podemos ofrecerte. Tan solo la promesa de
una desaparición.
V
En
un viaje mucho más tranquilo en Metro (porque también los hay) voy sentado mientras
leo un libro. A mis oídos llegan retazos de la conversación de dos muchachos.
Entiendo que uno de ellos rapea, porque parece estar construyendo rimas a
partir de las apariencias de quienes estamos allí. Lo está haciendo como una
especie de demostración, para divertirse, sin levantar mucho la voz ni pedir
dinero. Lo está haciendo simplemente porque, además del compañero con el que
está hablando, está su hijo junto a él y quiere mostrarle sus habilidades.
“Cuando está con mi mamá, se pone así. No quiere cantar en la calle ni rapear.
Cuando sale conmigo, se pone serio”, le comenta al otro muchacho.
Ellos
están hablando de colaborar musicalmente. Hablan de componer pistas, de
escribir versos. Este muchacho le dice al otro que en su casa tiene todos los
juguetes, que eso es casi un estudio, que ahí no hace falta más nada. El otro
demuestra un entusiasmo cauteloso. Es posible que ya haya escuchado una
historia similar en el pasado y no quiera dejarse llevar por la misma emoción e
aquella vez.
Llega
el momento en el que deben separarse, pero el muchacho del estudio se da cuenta
de que no tiene el número de teléfono de su compañero. Este último empieza a
dictárselo, pero el primero le dice que no, que se le va a olvidar. “Toma”, le
dice, “anótalo aquí, en un billete de dos. Total, eso no sirve para nada. Toma,
toma, anótalo aquí en este billete de dos”.
Me
sorprendió su insistencia. Me sorprendió la indolencia con la que lo dijo. Me
sorprendió verlo efectivamente sacar el billete de su bolsillo y ofrecérselo al
otro muchacho, junto a un bolígrafo. Y es que para eso terminó quedando el
billete de dos bolívares: un papel en blanco con diferentes marcas de agua que
exhiben motivos patrióticos.
Miranda
ve la escena desde su prisión de papel y no le queda de otra que seguir con la
vista los trazos del muchacho que anota su número telefónico en el billete. No
queda de otra, Miranda, sino aceptar con algo de orgullo la derrota y esperar
una oportunidad nueva para representar alguna otra cantidad, algún otro tipo de
privilegio para el venezolano. Capaz te ofrecen un ascenso y te ubican como
abanderado el billete de quinientos o el de mil. Capaz simplemente te señalan
como culpable de una debacle de la que poco tienes que ver. Pero esa es la
característica principal de los responsables de esta crisis: jamás sus dedos se
apuntarán a sí mismos.
sábado, 12 de marzo de 2016
Pavosos viajes subterráneos
Siempre he pensado que el Metro
saca lo peor de la sociedad. Y no solo estoy hablando del comportamiento de las
personas cuando utilizan este medio de transporte. Si prestan un poco de
atención, si logran enfocar sus sentidos lo suficiente como para superar la
nube de ruido que hay, si logran hacerse paso entre los insultos y las amenazas
de golpes, si alcanzan a evadir todas las historias rocambolescas de las
andanzas de los caraqueños, se darán cuenta de que en el Metro hay música.
No intento hacer una maroma
poética, convirtiendo en un milagro musical las distintas voces que se elevan
en el subterráneo. Hablo de una estación de radio propia del Metro. Hablo de un
DJ tan pavoso como las canciones que reproduce. Estoy hablando de una especie
de emisora de nostalgia que lo único que logra es generar una sensación
terrible de desconcierto en unos pasajeros ya de por sí confundidos.
Me da miedo mencionar a los
artistas que desfilan por el playlist
del Metro. Sin embargo, ellos no son lo peor. Lo más desastroso son las
canciones que eligen de esos artistas, porque son canciones que, estoy seguro,
ni siquiera ellos mismos escogerían para ser reproducidas. Lo más cursi de
David Bisbal (si cabe); lo más olvidable de Alejandro Sanz; RBD (así, sin
adjetivos; solo la mención de estos chamos es pavosa) y demás baladas de
principios de siglo XXI que cantamos en su momento, pero que nadie quiere
volver a escuchar. Al menos no sobrios.
El pop envejece mal. Una canción
pop no tiene que tener muchos años para producir esa dentera que producen los
anacronismos desagradables. Ninguna de estas canciones tiene más de quince años
y ya es detestable. Su estética no agrada y nos hace pensar “esto era lo que se
escuchaba… qué triste”. No deberíamos hacernos esto. El pop está hecho para ser
escuchado en su momento y, luego, cuando ya la canción o el disco son tres
meses muy viejos, debe escucharse en la intimidad del hogar, del automóvil o
del reproductor portátil. El pop es un producto de consumo inmediato, no más.
En mi eterno dilema de no consentir
a los grupos nacionales, pero otorgarles plataformas para que exploten su
calidad y competitividad, me los imagino sonando en la radio del Metro. Qué
chévere sería llegar al trabajo tarareando la línea de bajo de Sweet Home de Holy Sexy Bastards o
cantando la melodía de Cayayo de TLX.
Por qué no tener un momento retro y lanzarse algo de Sentimiento Muerto, de
Yatu o La Misma Gente. Por qué no tener una tarde tributo a Desorden Público.
¿Y por qué no ir más allá? Por qué
no reproducir, de tanto en tanto, algo de Zeppelin, de Kiss, de The Who, de los
Rolling Stones, de Los Beatles. Enseñarle a la gente lo sabroso de una música
eterna. Porque, sin temor a ser arrogante, el rock sí envejece muy bien. Mejor
dicho, no envejece, sino que se añeja. Es como esos licores de calidad a los
que el tiempo sólo les otorga mayores y mejores atributos.
Por qué no poner música menos
pavosa en el Metro.
martes, 19 de enero de 2016
Sensación de inseguridad
Uno siempre se
siente más cómodo en la zona que conoce. Así vivas en una zona de tu ciudad que
sea considerada como peligrosa, el hecho de reconocer las aceras, los huecos en
el asfalto, los quiscos desvencijados, los afiches a medio despegar y hasta los
perritos que rondan las bolsas de comida, te hace sentir seguro.
En algún momento
leí que la mayoría de las veces, los secuestros se daban justo en la puerta de
la casa del raptado. ¿Por qué?, porque ya en ese momento, la víctima había
bajado las defensas. Porque al divisar a unos metros la puerta de su edificio o
de su casa, había dejado de ver a los lados, había respirado profundo, ya se
había soltado el botón del pantalón, ya pensaba en la felicidad de mover los
dedos de los pies fuera de los zapatos.
Es algo que vivo
día a día. No el secuestro, sino la sensación de seguridad dentro de mi propio
pedacito de caos. Vivo en el Salvaje Oeste de Caracas. Una tierra que suena
lejana y hostil para quien lo más cerca que ha estado del Centro es Sabana
Grande. Sin embargo, para mí, que he vivido los veintitrés años de mi vida en
esa zona, el Oeste no es tal amenaza. Entiendo, sí, que no es precisamente una
zona segura, pero a fin de cuentas es mi
zona. Tal posición, tan oposicionista y a veces alejada de realidad, me lleva a
un atontamiento muy peligroso para una ciudad en la que debes tener todos los
sentidos disponibles prestos a la detección de cualquier indicio de peligro.
***
En las mañanas
me levanto a las cinco y media, pero me despierto realmente a las siete y algo.
Ese período de hora y media es un gran automatismo que me lleva por distintas
estaciones de mi rutina mañanera: levantarme de mal humor y refugiarme en el
baño; salir de ahí muerto de frío y disfrazarme de trabajador serio; ir a la
cocina y prepararme un escueto desayuno que me lleve en velocidad de crucero hasta
el ansiado almuerzo. Parte de esa mecánica incluye desear feliz día a quien
esté despierto en la casa. Luego, voy con pasos renuentes hasta la parada del
autobús, ligando que pase alguno con un puesto libre que me permita dormir
media hora más para redondear el descanso. En esa espera, saco mi teléfono y le
envío un mensaje a mi novia: “Hola, amor. Vía el trabajo”.
***
Esa mañana el
teléfono estaba rebelde. La pantalla del WhatsApp solo me mostraba un prístino
blanco característico de su negativa a cooperar con mis objetivos
comunicativos. Primera consecuencia de esta inseguridad en tiempos de
tecnología: si no te reportas a la hora que sueles hacerlo, generas una alerta
roja en todos aquellos que no recibieron tu mensaje.
Entre el letargo
del sueño y el mal humor por el fallo de la aplicación, no me doy cuenta del
motorizado que está parado junto a la acera. Estoy parado con la cara metida en
el teléfono y no me doy cuenta del parrillero que, aún con el casco puesto, se
abalanza sobre el muchacho que camina tan despreocupado como yo, como todos.
Cuando entiendo todo lo que está pasando, el forcejeo ya es bastante violento y
la gente se está apartando de la situación. Así está nuestro altruismo hoy en
día, mermado por la posibilidad de recibir una herida mortal. Cuando estás en
una situación de vida o muerte, eres tú contra tu amenaza, más nadie saldrá a
defenderte en estas calles caraqueñas.
Con un
movimiento acartonado, guardo mi teléfono en el bolsillo de la chaqueta. El
parrillero vuelve a la moto y arrancan hacia El Silencio. El muchacho, cara de
molestia, cara de susto, cara de tristeza, toma una camioneta más adelante.
“El hampa está
desatada”, me dice un señor. Asiento con la cabeza. “¿Le quitaron el celular?”,
me pregunta. “No sé”, contesto. Es la verdad. No sé nada.
***
Ya en la
camioneta, le explico a mi novia lo que sucedió. Ella decide no escribirme más,
para que no me vea tentado a sacar el teléfono en el camino y quedar expuesto a
un incidente similar. Voy pensando en las veces que he vivido situaciones
parecidas en mi cuadra, en lo poco sensible que soy a ellas y en como mantengo
mis rutinas y mis “descuidos” a pesar de las claras señales de que no vivo en
una zona segura.
Llevo ya dos
meses haciendo ese trayecto de mi casa a El Rosal. En ese período he sido
testigo de dos robos y un intento (si es que el de esta mañana no se completó),
una estadística bastante interesante. Pienso en las charlas sobre el hampa en
Caracas, en Venezuela, y sobre ese concepto de la inseguridad como “sensación”.
Claro que la
inseguridad es una sensación. Es la sensación de que en cualquier momento no le
pasa al otro sino a ti. Es la sensación de que solo puedes estar seguro dentro
de tu casa; y ni siquiera, porque puede que haya unos más osados que lleguen
hasta tu hogar para robarte directamente. La inseguridad es la sensación de que
te vas coartando de hacer cosas que se podrían considerar normales, porque en
este contexto suponen un riesgo mortal. Es la sensación de que cada historia
que te cuentan sobre cómo robaron en una cola, sobre cómo robaron en un avión,
sobre cómo robaron en un cine, es una mera exageración producto del amarillismo
de un pueblo que ya no cree en nada. Pero en verdad, cuando sales a la calle y
ves frente a tus ojos cómo roban a alguien, cuando vives en carne propia la
terrible experiencia de que otra persona te quite lo tuyo, no hay nada que te
ayude a desmentir todas esas matrices de opinión.
***
Mientras
esperaba mi camioneta, luego de haber visto pasar al muchacho con quien
forcejeaba el parrillero de la moto, escuchaba a otros señores hablando. “Es
que nunca le dijo que tenía pistola. Tenía que decirle ‘tengo una pistola’ para
que el chamo aflojara”.
El poder, aquí
en Venezuela, no se mide en votos, sino en capacidad de intimidación.
22/Mayo/2015
lunes, 21 de diciembre de 2015
Solo
Alberto todavía no se acostumbraba
a estar soltero. La noche transcurría con demasiada lentitud en aquella
habitación vacía. Daniela se había llevado todos los cuadros y varios de los
muebles. Sólo había quedado una pera a medio comer que parecía resistirse ante
la podredumbre. Alberto encontraba paz en la contemplación de la fruta.
Acurrucado en la cama, recordaba el mordisco decidido que ella le había dado a
la pera, antes de levantarse y decirle que aquello no funcionaba.
El centro de Caracas había sido el espacio
predilecto de la relación. Ahora servía de escenario para el intercambio de
esos objetos que debían volver a sus dueños originales. Nadie adivinaba que
Daniela alcanzaba los treinta y tres años, con esa cara de niña y sonrisa de
ángel. Siempre lo veían a él con el mayor, con su barba perenne y las ojeras
invencibles. En la mesa del café, descansaba una caja con huecos a los lados.
Era su forma de despedirse, él lo sabía, pero no quería aceptarlo. Se asomó con
temor y el gato le devolvió la mirada. Le preguntó a Daniela por qué era verde.
Ella contesto que era una mutación genética, pero era su color favorito y sería
un buen recuerdo. Alberto cargó al gato, con la duda de un padre que no acepta
su condición, y decidió llamarlo “Solo”. A Daniela le hizo gracia. Soltó una
carcajada limpia y se fue sin mayores aspavientos. Él todavía tenía demasiadas
preguntas por hacer. Sólo le quedaría comentarlas con su nueva mascota.
martes, 20 de octubre de 2015
Ciudad herida
La ciudad está herida. Tiene grietas
en las calles. De las grietas brotan personas,
se apelotonan unas sobre otras, se respiran
en las nucas,
se manotean y se golpean los pechos
unos a otros con ritmos primitivos.
La ciudad está herida. Tiene cráteres enormes en el asfalto.
Ventanas vertiginosas
que se asoman a mundos
inexplorados. Pozos sin fondo en los que los conductores
lanzan sus maldiciones como
monedas,
esperando que se les cumpla un
deseo.
La ciudad está herida. La fiebre no
se le baja con ningún trapo caliente,
sigue viendo duendes en las
esquinas, espectros en los callejones,
fantasmas en Miraflores.
La ciudad está herida. En su
desesperación intenta buscarles salida a los habitantes.
Les inserta el gusanillo de la
diáspora,
los hace delirar con futuros
fáciles en otras ciudades heridas.
La ciudad está herida.
Poco a poco se desangra.
Poco a poco se resigna.
miércoles, 7 de octubre de 2015
La Taconazo
Ser hijo único te pone en una
posición particular con respecto a tus primos. Para los menores, eres una
especie de hermano mayor menos punitivo. Para los mayores, en comparación con
sus propios hermanos menores, eres una presa mucho más ingenua para sus engaños,
triquiñuelas y relatos fantásticos.
Tuve la suerte de contar con primos
creativos, que se exigían en sus historias, que intentaban estirar las líneas
de su imaginación en la medida de lo posible. Recuerdo unas cuantas en
específico. Hace unos diez años, por ejemplo, con el boom de CSI, una de ellas
me aseguraba que ya estaba en proceso de producción CSI Caracas. Un tiempo
antes de eso, uno de mis primos me relataba el misterio sobre la “Isla Moby
Dick”, isla tan particular y llena de misticismo que no solo tenía la forma de
la famosa ballena de ficción, sino que además proyectaba una extraña sombra en
el cielo, logrando verse sobre ella siempre una nube con la misma forma del
blanco cetáceo.
Sin embargo, la que he estado
recordando mucho en estos días, es la de “La Taconazo”. Según la historia de mi
primo, La Taconazo era un espanto. (Dado el amplio espectro de todo lo que
puede o no ser un espanto en la mitología contemporánea venezolana, debo darle
el beneficio de la duda a mi primo aquí y dejar en el aire la cuestión de si
realmente es un espanto o un personaje más de su imaginación pre púber). La
característica distinta de La Taconazo, y de ahí su título distintivo, era que
siempre se la escuchaba taconear a las espaldas de la víctima. Taconeaba firme
y con gran estruendo. Creo recordar algunas de estas condiciones típicas de
espantos del tipo “si la escuchas taconear rápido es que está lejos, si la
escuchas lento, estás jodido”. Girar a verla suponía dos resultados posibles
(son los dos resultados que mi memoria ha ido mezclando con los años): o no
veías a nadie pero el taconear te seguía perturbando, o la veías directo a la
cara y su aspecto fantasmagórico terminaba por llevarse tu alma antes de lo
previsto. En cualquier caso, lo mejor era seguir con la marcha propia lo más
que se pudiera.
El punto cumbre de la historia era
la forma de deshacerse de La Taconazo. “Hay que rezar el Credo al revés”,
sentenció mi primo. Para un niño de unos ocho años, aquella solución apenas
califica como salvación. Apenas podía recitar pasajes del Padrenuestro.
Aprenderme el Credo era una empresa inimaginable. Ni hablar de aprendérmelo al
revés. Recuerdo, además, haberme quedado con una duda importantísima que no
quise expresarle a mi primo, por temor a parecer un ignorante: cuando se
refería al Credo al revés ¿debía recitarlo invirtiendo el orden de las
palabras, o debía pronunciar cada una de las palabras al revés? Esta última
opción no sonaba lógica. Al final terminaría construyendo un idioma incluso más
tenebroso que el espanto que debía conjurar.
Para imprimir veracidad y demostrar
que no todo era oscuridad en este mundo, mi primo incluyó un caso de éxito. “El
único que se ha salvado es un cura. Pero eso porque ellos, para poder ser
curas, tienen que aprenderse todas las oraciones al revés”. Nosotros los
mortales la teníamos más complicada. Nadie nos obligaba a aprendernos semejante
oración al revés. Sólo el miedo de no ser alcanzado por los terribles pasos de
La Taconazo.
A lo largo de los años siempre he
llevado el recuerdo de La Taconazo conmigo. Al principio como una forma de
estar alerta a cualquier paso irregular que pudiera escuchar a mis espaldas.
Mientras fui creciendo y entendiendo la naturaleza real de la historia, seguía
conservando aquella memoria como un souvenir que había podido rescatar de esos
años ingenuos y divertidos.
Últimamente, el recuerdo de ese
particular espanto ha estado muy vivo en mi mente. El estado de paranoia
constante que vivimos en Caracas me hace recordar mi atención y tensión ante
cualquier sonido de taconeo que escuchaba detrás de mí. Hoy en día, todos
andamos por las calles capitalinas como si quisiéramos huirle a La Taconazo. La
situación de inseguridad (esa “sensación” de la que hablan muchos, como si así
pudieran disminuir la gravedad de lo que vivimos a diario), hace que siempre
estemos girando sobre nuestros hombros, dispuestos a encontrar la nada o la
cara terrible del hampa caminando hacia nosotros. Hacemos lo posible y lo
imposible por alejar el mal y sus probabilidades siniestras.
Siempre que siento unos pasos
sospechosos detrás de mí, recuerdo la historia. Sonrío un poco, pero apuro el
paso. Nadie quiere que semejante espanto lo alcance. A veces siento que no
tenemos escapatoria. A veces siento que la solución para sortear la delincuencia puede ser tan absurda como
rezar el Credo al revés.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
