Tuve un pensamiento feliz. Aún revoloteaban a mi alrededor algunos fantasmas del cigarrillo que acababa de fumar. Me imaginé casado y feliz. Cansado, pero feliz. Viviendo con poco, pero feliz. Con cuatro niñas hermosas, con nombres hippies (Alegría, Esperanza, Paz, Armonía), todas felices. Me imaginé con una esposa colorida y comprensiva, siempre feliz. Vivíamos en un apartamento de tres habitaciones, una de ellas una biblioteca. En el cuarto de las niñas un mural enorme de un reloj marcando siempre las 3:45. A pesar de todo, era feliz.
lunes, 5 de septiembre de 2016
viernes, 19 de agosto de 2016
Lampituviran
Hola, Alejandro. Espero que estés en paz.
I
La primera vez que escuché de ti, ni siquiera escuché tu nombre. Supongo que es esa la mística que envuelve a los escritores, en especial a aquellos que brillan con una sola obra: el nombre de su libro se termina convirtiendo en el propio. Unas amigas de mi exnovia comentaban Pim Pam Pum (sí, con emes, no la versión punk original con enes; yo llegué tarde al asunto). Ellas hablaban de lo que significaba el libro para ellas, cuánto se identificaban con Luis, el protagonista. Me atraparon cuando comenzaron a hablar de una de sus frases clave: "me cago de la risa". Para ellas era la demostración total de la desidia, el desinterés, del abandono a sí mismo, de la falta de preocupación por las cosas negativas que pueden pasar a tu alrededor. Quedé fascinado.
II
Mi mejor amigo me dijo que tu libro era genial. Le comenté esta conversación que había escuchado y prácticamente me puso el libro en las manos inmediatamente. "Lo vas a leer súper rápido", me dijo. Para ese momento, había un eco extraño en las calles de Caracas. Todo parecía sonar a tu libro. Había un ruido raro. Sonaban referencias a un tal "Blue Label/Etiqueta Azul". En una fiesta, una compañera me contó todo el libro. Me pareció interesante, pero sonso. Aún no lo he leído. Él y yo teníamos una banda. Me había encomendado la tarea de escribir las canciones, aunque de vez en cuando se atrevía él mismo a componer. Escribió algo llamado "Pim Pam Pum", su interpretación de tu novela. Siempre me encantó esa letra.
Mi amigo me vendió tu obra como "una historia de amor punk de la Caracas de los 90s". Creo que algo así decía la contraportada. Yo quería conocer Caracas, pero sin salir mucho. Necesitaba un viaje en el tiempo. Quería recorrer esas calles que están ahí pero que no son las mismas. Quería vivir una jueventud desenfrenada sin necesidad de experimentar nada peligroso. Tu libro fue para mí ese escape, esa guía, esa experiencia extrema.
Mi amigo y su novia, para su tesis de grado, hicieron una adaptación de tu libro, ¿sabes? Creo que intentaron contactarte, no recuerdo muy bien. Lo cierto es que nadie sabía de ti. O al menos (según me imaginación) nadie que no te importara. No sé si a tus amigos y/o familiares los mantenías al tanto de tus andanzas. Para mí, eso aumentaba tu mística. Mis amigos intentaron comprar varios ejemplares de tu libro. No había más y la gente de la editorial no podía contactarte para reeditarlo. Maestrazo. Así deberían ser los escritores. Libres.
III
Disfruté cada página, cada escena, cada frase. Intenté reproducir tu estilo muchas veces. A veces a propósito, a veces no. Tu forma de escribir quedó tatuada en mi cerebro. Solo he leído el libro una vez, pero tengo escenas muy claras aún. Tengo personajes muy frescos todavía. Al día de hoy me repito "lampituviran" cuando estoy muy ansioso. Todavía le digo a mi mejor amigo "que no sea marico nadie" cuando hablamos de algo que queremos hacer. Aún me digo "me cago de la risa" cuando me pasa algo terrible.
Quise ser Luis. Quise ser Caimán. Quise ser Chicharra. Quise ser el loco de Laudvan. Quería sus vidas y la ciudad que vivieron, aunque fue un desastre. Quería sus vidas aunque hubiesen sido cortas. Quería ser un personaje tuyo, aunque fueran tan sufridos. Pim Pam Pum es de esos libros que dices "ojalá lo hubiese escrito yo". Marcaste mi vida como escritor. Gracias por eso.
IV
Hace poco pensaba en tu libro. Pensaba justo en la escena en la que mandan el fax con la carta diciendo que Ana Patricia está secuestrada y nadie en el periódico lo recibe. Me pareció genial. Me pareció el epítome de la desidia y de la inocuidad de las causas. Hace poco hablaba de ti con uno de mis profes de la universidad. "Yo lo conocí. Era un loquito", me dijo el profe Llorens, con una sonrisa divertida en la cara.
No sabía que me importabas tanto hasta que leí sobre tu muerte. Lloré un poquito. Le escribí a mi mejor amigo. Sé que le afectó también, no sé si lloró. Salió corriendo al internet y recopiló tus Poemas del Distroy para que todos los tuviéramos. ¿Qué mayor homenaje?
Una vez una chama dijo algo como "A la mierda Cayayo. El verdadero ícono rock de Venezuela se llama Alejandro Rebolledo". Suscribo totalmente... y me cago de la risa. Nos vemos algún día, Alejandro. O no. La verdad creo que no te puede importar menos... o capaz sí. No tengo ni idea. Un abrazo enorme.
Gracias. Que no sea marico nadie.
César.
sábado, 9 de julio de 2016
Seaside
Me gustaría estar en una de esas playas,
escuchando el cansado rumor de sus olas. Unas olas que traen ecos de vikingos y
británicos, ecos de celtas y de normandos. Porque, por alguna razón, todos esos
títulos, todos esos nombres, todos esos hombres, todos esos sonidos, me suenan
a melancolía. Y esa melancolía resuena conmigo. Y así hacemos armonía todos,
olas, playa, guijarros, nórdicos, César.
Me imagino con un suéter gris y una
capucha cubriéndome la cabeza. Las manos en los bolsillos, los hombros arriba,
pateando piedras mientras camino. Esa parece ser la forma correcta de transitar
ese tipo de playas. Además me imagino todo como parte de una escena
cinematográfica, por lo que mi presencia llena de una reflexión aparente en
aquella playa de melancolías y tristezas debe ir acompañada por una banda
sonora.
“Seaside”, de The Kooks. Esa pieza cuenta
con la carga emocional necesaria para completar mi escena de ensueño. Tiene que
ser. Me veo lanzando piedras al mar, mientras los acordes de guitarra hacen
acto de presencia y la voz de Luke Pritchard, con ese tomo ahumado y nasal que
siempre atribuyo a los cantantes británicos, hace su sugerente invitación: “Do
you want to go to the seaside?”.
El coro también
calza justo con la escena: “I’m just trying to love you in any kind of way”. Y en esa playa gris y fría, en esa soledad que me
acompaña dentro de la escena que me imagino de vez en vez, le canto esa frase a
mi ex-novia; se la canto a la chica que me gusta. Se la canto a Venezuela.
Desde una distancia más emocional que física. Me gustaría estar lejos. Me
gustaría ver el desastre desde otra acera. Me dirán cobarde y lo acepto con
tranquilidad y humildad. Soy un cobarde. Estoy aquí hoy porque no me queda de
otra, pero desearía poder huir y dejar todo esto atrás. Desearía poder seguir
la realidad a través de Instagram, de Twitter, de Facebook. Ojalá esto no fuera
tan real para mí. Me gustaría poder decirle a Venezuela: “But I find it hard to
love you when you’re so far away”. La distancia sería una excusa perfecta para
tanto desamor. Sería más fácil así.
Ese álbum tiene unos sonidos interesantes.
“Inside In/Inside Out” mezcla muy bien ciertos elementos de esa tristeza que
para mí es tan característica de los británicos, con sonidos bastante alegres y
hasta festivos. Pero siempre le puedo encontrar lo azul, lo frío, lo
melancólico (¿cuántas veces he escrito esa palabra ya en estas páginas?).
Luego de “Seaside” suena “See the World”.
Mientras que “Seaside” es una balada suave, íntima, con una belleza delicada y
una atmósfera apenas eludible. “See the World” aumenta el tempo, aumenta el
volumen, aumenta la energía. Sin embargo, su invitación me sigue manteniendo en
un estado similar al que me ha dejado la anterior. La canción comienza diciendo
“Do you want to see the world?” La respuesta a una pregunta como esa siempre es sí, sí quiero conocer el
mundo. Sí quiero explorarlo, sí quiero perderme en calles desconocidas, sí
quiero escrutar los rostros y los detalles de personas procedentes de culturas
distintas.
¿No es siempre “conocer el mundo” la
propuesta ideal, la respuesta a todo? Cuando estamos enamorados lo prometemos.
“Quiero conocer el mundo contigo, visitar cada recodo del planeta tomado de tu
mano. Quiero mochilear a tu lado, que seas mi único equipaje”. (Y luego encuentro
frases como ésta que me responden a la pregunta de por qué sigo soltero).
Cuando estamos enamorados queremos ponerle a cada ciudad de la Tierra el filtro
a través del cual estamos viendo nuestra realidad, queremos que todos los
colores del universo sean tan brillantes como los que estamos experimentando en
ese momento. Queremos que la luz de la persona que tenemos al lado brille en
cada rincón.
Pero cuando estamos despechados, “conocer
el mundo” también puede ser una respuesta. Tomar una maleta, meter un par de
piezas de ropa y lanzarse a la aventura. Conocer gente nueva, quién quita y una
finlandesa se enamora de mí, tener unos meses de pasión escandinava, partir
para siempre. Experimentar la sensación de ser exótico en una tierra foránea,
de ser un extraño en tierra extraña. Poder sanar las heridas que va dejando el
amor a punta de sellos en el pasaporte.
Pero una vez más aparece Venezuela en el
medio. Viajar está fuera de todo presupuesto. Salir del país es demasiado
cuesta arriba. No hay forma, en este momento, de que en mi casa podamos comprar
un solo pasaje de avión para cualquier lado. Esa cantidad de dinero no existe.
Y si existiera, tendríamos que destinarla a comprar comida, medicinas. Me
quiero ir del país, como muchos. Quiero perderme de todo este desastre, sentir
que estoy avanzando en otro lugar. Siento nostalgia por el presente que no
tengo aquí, siento nostalgia por el futuro que no estoy construyendo aquí,
siento nostalgia por el presente que no estoy construyendo en otro lado. Me
siento abandonado por mis amigos que se han ido, pero a la vez no puedo estar
más feliz por ellos y por lo que están logrando con tanto esfuerzo.
Por ahora, mi sueño de estar en una de
esas playas grises europeas se queda en eso, un sueño. A veces se mezcla con el
recuerdo de la vez que pude pasear por una playa en Niza, Francia. Porque en
algún momento pudimos. En algún momento pudimos salir. A veces le grito al
César de 2008 “¡Piérdete! ¡Quédate por ahí!”
Venezuela tiene playas hermosas, llenas de mujeres
hermosas, de escenas hermosas con familias compartiendo. Pero ahorita Venezuela
y yo no nos llevamos tan bien. Necesito la melancolía de una playa gris
europea. I want to go to the seaside.
domingo, 12 de junio de 2016
Cuando bajen los barrios (¿Qué esperan de nosotros?)
Recuerdo
con mucha ternura cuando, por el 2014, si no me equivoco, empezó a sonar esa
frase de “ahí vienen los gochos”. En ese momento, esa parecía ser la única forma
de que los caraqueños despertáramos e hiciéramos algo por ayudar a sacar a este
gobierno del poder. Porque no estábamos haciendo nada. Un montón de guarimbas
sin propósito, ni fuerza, ni resultados. En cambio por allá por San Cristóbal
si se estaba cayendo la ciudad, se estaban cayendo los poderosos, el gobierno
reculaba, no sabía cómo entrar. Y eran tan efectiva la cruzada que estaban
llevando allá (principalmente estudiantes) que desarrollarían una Campaña
Admirable de los Andes a Caracas para resolver el problema de una vez.
“Ahí
vienen los gochos” decían, como el “Winter is coming” de la serie de George
R.R. Martin. “Ahí vienen los gochos” y recuerdo desternillarme de la risa,
llorar con las carcajadas, pensar en un montón de tachirenses viniéndose hasta
acá, quitándole el megáfono a los estudiantes apostados en Altamira y
declarando un nuevo Estado. La risa también tenía algo de angustia, pues un
panorama como ese no me generaba mucha paz. También era una risa que escondía
un poco de esperanza; la idea de que alguien iba a llegar a resolver este
rollo.
Porque,
después de todo, tenía algo de sentido. Buena parte de los presidentes que ha
tenido Venezuela, vienen de esas latitudes. Irónicamente, dos de los más
grandes dictadores de nuestra historia vinieron de allá. Pero en ese momento no
se hacían ese tipo de análisis. “Vienen los gochos” y eso es suficiente. “Vienen
los gochos” y nos van a resolver el problema, luego vemos cómo hacer para que
no se engolosinen y nos monten otra dictadura. “Ahí vienen los gochos” y
nosotros no tendremos que hacer mucho más.
Ese
era el discurso desde la oposición. Sin embargo, desde las personas que
apoyaban al gobierno la frase era otra. Igual de ominoso, igual de pavoso. Recuerdo
haber hablado con uno de mis mejores amigos de la infancia, amigo que siempre
defendió esta causa socialista. Recuerdo haber hablado con él y haber recibido
de su parte la tenebrosa frase. “Hermano, esa gente tiene que quedarse
tranquila, porque cuando bajen los barrios esto se va a poner feo”. Y desde ese
momento, el tema de “cuando bajen los barrios” comenzó a causarme el mismo tipo
de carcajadas que me generaba el “ahí vienen los gochos”. Con la diferencia de
que los barrios si los conozco (poco, pero los conozco). Con la diferencia de
que sí sé de qué son capaces algunos de los que se esconden en los barrios. Con
la diferencia de que los barrios los tengo, literalmente, a una cuadra.
Esa
frase, ese “cuando bajen los barrios” ha estado dando vueltas desde entonces. Tal
como todo lo que tiene que ver con política, la frase salta de un lado al otro,
sirviendo a la conveniencia de turno. Sin embargo, esa negra amenaza se mantiene
sobre los caraqueños, sin saber exactamente a qué atenernos en el caso de que
los barrios terminen por bajar.
***
Recientemente
estuve un par de días trabajando en Maracaibo. Es una experiencia interesante. Es
una ciudad con muchos factores favorables: buena comida, mujeres hermosas,
colores vivos (producto del sol incandescente que siempre está presente) y
edificios, cosa que para mí es de vital importancia para poder considerar
ciudad a una ciudad. El calor es tan sofocante como lo pintan y hasta peor. sin
embargo, si lo tomas como parte de toda la experiencia, hasta se hace divertido
(no tanto).
Mi
trabajo me permite moverme por el país e ir escuchando diferentes relatos sobre
la situación país. La historia central no cambia mucho. Todos estamos pasando
por una situación muy difícil de vivir y de comprender. Nadie se quiere
resignar a tener que vivir en esta Venezuela, pero la única verdad es que no
queda de otra y hay que afrontar esta realidad con fuerza, con cierta esperanza
en el futuro, aunque nos cueste tenerla.
Sin
embargo sí hay ciertos matices. Cada estado vive sus particularidades dentro de
la generalidad de la situación. En Aragua, por ejemplo, su vivencia de la
delincuencia es bien particular, por la presencia de Tocorón. En el Zulia, al
ser un estado fronterizo, el tema del “bachaqueo”, el contrabando y todas las “marañas”
similares tienen un papel protagónico en estas historias.
Dentro
de la actividad que hacía con los marabinos, les preguntaba por la situación
país actual, cómo la veían y qué creían que podía suceder como para que se
resolviera esto o, al menos para empezar a experimentar cierto tipo de cambio
en la situación que vivían actualmente. Hubo una respuesta que me sorprendió
muchísimo. Alguien me dijo “bueno, estamos esperando que los barrios allá en
Caracas bajen; cuando bajen los barrios ahí sí va a prender esto”.
Y
vino a mi mente el “Ahí vienen los gochos”. Y vino a mi mente el “nadie quiere
que bajen los barrios”. Y vino a mi mente la pregunta de “¿cómo es que esta
gente, tan lejos, está esperando que los barrios de Caracas bajen para que pase
algo en Venezuela?”. Y la siguiente pregunta que surge en mi mente tiene que
ver más conmigo y con mis angustias que con otra cosa, pero no puedo dejar de
preguntarme “¿qué esperan de nosotros?”.
Pero
es que también se han dado ciertas circunstancias como para alimentar una
especie de mito sobre lo que pudiera pasar en Caracas. Aquí en la capital, si
bien hay personas que están sufriendo con la luz y el agua, no vivimos nada
parecido a lo que se vive en el interior. Cortes de luz todos los días en
horarios rotativos. Súmale a eso un servicio de agua y de aseo deplorables. Además,
no se encuentran alimentos, medicinas, productos de primera necesidad en
general. Súmale a eso que en Maracaibo tienes que hacer colas con una sensación
térmica de 40 grados por lo menos (o así era como me sentía yo). No es que en
Caracas no suframos la situación país, pero la verdad es que estamos empezando
a sufrirla ahora, en estos últimos tres meses específicamente. En el interior
tienen meses en este rollo.
Desde
el interior ven a Caracas con ojos de molestia. No diría de odio, pero sí de
cierta suspicacia rencorosa. Se preguntan por qué no nos quitan la luz a
nosotros. Se preguntan qué pasa en Caracas que no pasa en el interior, llevando
a que nosotros tengamos un trato especial. No cambiarían sus ciudades por
Caracas, eso sí es bastante claro. Desde el interior, la capital es vista como
un eterno caos, un estrés perenne, una angustia insoportable; no cambiarían
nada de eso por sus formas amables, por sus actitudes jocosas, por su serenidad
en lo cotidiano. Posiblemente lo único que cambiarían con Caracas sería la
posibilidad de tener el servicio de luz eléctrica todo el día. Nada más.
A
pesar de eso, sentí cierta esperanza dentro de ese “que bajen los barrios”. A
fin de cuentas, el himno nos dice “Seguid el ejemplo que Caracas dio”, pero
sigo con mi angustia: ¿qué esperan de nosotros? ¿Cuál es ese ejemplo? Porque yo
veo a los barrios bajando todas las mañanas: esas personas que tienen que “bajar
a Caracas” a trabajar, a buscar comida, a buscar medicinas, a ver qué pueden
llevar de vuelta a sus casas. Todas las mañanas bajan los barrios en las formas
de jóvenes que intentan forjar un futuro a través del estudio en un país donde
el estudio ya no vale tanto como antes. Todas las mañanas bajan los barrios. Pero
algo me dice que esa no es la bajada que están esperando los maracuchos con los
que hablé.
“Allá
en Caracas no quitan la luz porque hay un poco de locos, ¿verdad? Allá en esos
barrios lo que hay es puro loco, dígalo”, me dijo uno de ellos, uno de los más
hilarantes personajes con los que me encontré en este viaje. Me reí un poco. Le
dije que no tenía idea. Le dije la verdad. Pero para ellos, lo que decían tenía
total lógica. Es en Caracas, a su juicio, donde explotará todo, porque todo
está acá, todos los poderes, todos los locos.
¿Qué
esperan de nosotros? Aparentemente, de gente como yo no esperan nada. Esperan es
que los barrios bajen. Como si supieran exactamente lo que eso puede
significar. Esperan que los barrios bajen, como si con eso se solucionara todo.
Esperan que los barrios bajen, generando una implosión con la que pudiéramos
encontrar el botón de “reset” de este país. No creo que todos en Maracaibo
estén esperando eso, pero ya que más de una persona de las que entrevisté me lo
haya dicho, termina siendo en extremo llamativo para mí.
***
Volviendo
a Caracas, me encuentro con que en esa semana que estuve en Maracaibo hubo
marchas, saqueos, disturbios, agresiones a diputados de la Asamblea Nacional.
Volviendo a Caracas estuve atascado por tres horas en una cola porque habían
asesinado a un chófer y sus compañeros trancaron la vía que conecta el
aeropuerto con la ciudad. Volviendo a Caracas me encuentro con que en muchos
sitios se dan manifestaciones, unas más pequeñas que otras, con gente gritando
simplemente “no queremos mangos, queremos comida”. Pienso que capaz los
maracuchos tenían razón. Pienso que capaz los barrios empezaron a bajar y algo
va a pasar. Hay una tensión muy particular en las calles de Caracas. Nadie sabe
nada, pero sentimos que pasa de todo.
Allá
en Maracaibo, tenía que preguntarle a las personas cuáles creían ellos que eran
las elecciones que venían. Muchos contestaban de inmediato “ojalá sea el
revocatorio”, pero existía la duda de si eso sucedería y si se darían las
elecciones de gobernadores y alcaldes. Hay cierta confusión al respecto. Una señora
me dice “tú eres el que nos deberías decir, porque tú vives en Caracas”. Le
pregunto que cómo eso puede influir en que yo maneje semejante información.
Otra contesta “es que en Caracas es donde se bate el chocolate”. Me río y me
limito a contestarle “Posiblemente. Pero en muchas ocasiones el chocolate se
bate con la tapa de la olla puesta”.
Lo
único cierto es que no sé nada.
lunes, 9 de mayo de 2016
Apología al reguetón
Quisiera comenzar este texto pidiéndole disculpas al César que vivió entre 2007 y 2014. Fui mezquino contigo, César, he de admitirlo; con nosotros. Pero supongo que era parte del momento evolutivo que vivíamos en esa época. Queríamos ser diferentes, "auténticos", "distintos" y la música rock planteaba un camino bastante llamativo para alcanzar esa meta, en un contexto latino donde todos nuestros amigos estaban interesándose por ese género llamado "reguetón" que, si bien ya tenía años dando vueltas por el caribe, apenas por esos años estaba tomando un auge que no ha perdido hasta ahora. Era normal que nos separáramos un poco de aquello, pero luego lo llevé demasiado lejos, César, de verdad discúlpame, porque lo que nos perdimos no lo vamos a recuperar más. Sin embargo, ahora en este 2016, he estado haciendo lo posible por recuperar algo de ese tiempo y de esas experiencias que pudieron perderse en alguna medida. Hago lo que puedo, César. Espero que lo sepas apreciar.
Lo cierto es que, en la actualidad, creo que no hay mejor momento en una fiesta o reunión que cuando empieza a sonar eso que hemos denominado "reguetón del viejo" o "reguetón clásico". La gente se emociona, se agrupa y comienza a recitar los himnos de su adolescencia. Ya no es un tema del perreo intenso; ya eso pasó. Ya no es un tema de pegarte lascivamente a la chica que te gusta; eso para algunos no ha pasado, pero ya hemos entendido las restricciones sociales involucradas. Es un tema de reunirse y recordar las letras que le dieron forma a una etapa específica de la vida de cada uno. Porque todos estamos claro de los vicios y los aspectos negativos de las letras de reguetón; ya hemos hablado lo suficiente al respecto. Pero también estamos conscientes de lo fantástico en El Señor de los Anillos, de lo ficticio en La Guerra de las Galaxias, de lo mágico en Cien Años de Soledad, de lo fantasioso en Harry Potter, e igual citamos pasajes y nos identificamos con los personaes (sí, estoy mencionando todo esto en la misma nota en a que hablo de reguetón; no creo en nadie). Si podemos hacer ese acuerdo literario en esa condición, ¿por qué no podemos obviar un poco todo lo desastroso de estas letras y cantarlas a todo pulmón por unos minutos? Una vez que pasamos esa barrera podemos entregarnos sin pena al momento.
Últimamente he estado intentando integrarme a estos grupos, pero me ha costado. No tanto porque me sienta repelido por la música; creo que ya dejé atrás esa etapa (hubiera deseado dejarlo atrás mucho antes, César, de verdad). El problema es que, de tanto alejarme del género, terminé por no tener muchas referencias reales de estas canciones. No muchas evocan recuerdos placenteros para mí, no todas activan recuerdos antiguos de cuando aprendí las letras muchos años atrás. De hecho, muchas de ellas me las he ido aprendiendo en tiempos recientes, para poder cantarlas y sentirme como parte del grupo. Sin embargo lo intento. Creo que se lo debo a ese César que se quedaba en una esquina viendo con ojos escépticos todo lo que sucedía. No es que me arrepienta del todo: tenía/tengo mis características de personalidad y actuaba en función a ellas... pero pudo haber sido diferente.
Lo único que trato de decir con estas líneas un tanto erráticas es que me he dado cuenta de que el reguetón no es tan malo como yo mismo me lo pinté (a pesar de que el género había empezado a ganarse mi corazón con temas de Vico C, The Noise, Lito y Polaco, Héctor y Tito, La Factoría, El Chombo y hasta Daddy Yankee y Don Omar). Lo he des-satanizado. Creo que no vale la pena odiar tanto un género que, en el fondo, genera tanta diversión. Hay que dejarse llevar y disfrutar del absurdo que proponen sus letras y de la atmósfera que plantean sus ritmos.
Eso sí. Apeguémonos al reguetón clásico y a algunos temas contemporáneos que retoman elementos de esos clásicos (como "Candy" de Plan B o "Ginza" de J Balvin). Porque esos reguetones sí tenían esa sensación de peligro, daban esa sensación de "chamo, esto se va a descontrolar". Eso que suena ahora, eso que han hecho Chino y Nacho y otros por el estilo es tan sonso que no provoca perrear. Que hasta eso se nos ha aguado.
jueves, 14 de abril de 2016
Imprudencias económicas de la Venezuela actual
>Una galleta (cualquiera, aunque hay unas más caras que otras; puedes conseguir un Cocosette en 200 bolos o un paquete de 12 Tip-Tops por el mismo precio. De cualquier forma, comprarlas es una imprudencia).
>Unos Platanitos
>Unos Doritos
>Una lata de refresco.
>Un refresco de litro y medio.
>Un refresco de dos litros.
>Una Nucita.
>Un chocolate (básicamente cualquiera).
>Un batido de fresa o de melocotón.
>Un cigarrillo.
>Una caja de cigarrillos.
>Unos Halls.
>Unos chicles.
>Un pan de queso.
>Una buena pizza.
>Una cerveza.
>Una botella de ron.
>Una botella de sangría.
>Cualquier comida en cualquier restaurante (menos en el centro de Caracas, donde aparentemente aún puedes encontrar un almuerzo ejecutivo en 250 bolívares. La amenaza de hepatitits corre por tu cuenta).
>Una entrada al cine.
>Unas cotufas.
>Una habitación de hotel.
>Un paquete de condones.
>Invitar a salir a una chica. Básicamente Venezuela me lleva a la soltería y la castidad.
>Gracias.
>Unos Platanitos
>Unos Doritos
>Una lata de refresco.
>Un refresco de litro y medio.
>Un refresco de dos litros.
>Una Nucita.
>Un chocolate (básicamente cualquiera).
>Un batido de fresa o de melocotón.
>Un cigarrillo.
>Una caja de cigarrillos.
>Unos Halls.
>Unos chicles.
>Un pan de queso.
>Una buena pizza.
>Una cerveza.
>Una botella de ron.
>Una botella de sangría.
>Cualquier comida en cualquier restaurante (menos en el centro de Caracas, donde aparentemente aún puedes encontrar un almuerzo ejecutivo en 250 bolívares. La amenaza de hepatitits corre por tu cuenta).
>Una entrada al cine.
>Unas cotufas.
>Una habitación de hotel.
>Un paquete de condones.
>Invitar a salir a una chica. Básicamente Venezuela me lleva a la soltería y la castidad.
>Gracias.
viernes, 1 de abril de 2016
La prisión de Miranda (La debacle del billete de dos)
Le
pago al camionetero con un billete de cincuenta. Me corresponden treinta
bolívares de vuelto, así que el conductor me da un billete de veinte y un fajo
de billetes de dos bolívares. Tiene más paqueticos iguales. Está como muchos de
nosotros: intenta deshacerse de ellos.
Es
un círculo vicioso que al final termina causándome algo de gracia. Por un lado
están los camioneteros, intentando que los pasajeros se lleven esos billetes
lejos de su vista y de su vida. Por el otro lado estamos los usuarios,
utilizando el transporte público como depositario de esos rectángulos de papel
que ya tan poco nos sirven. Al final terminan yendo de allá para acá, como esos
bebés pesados que nadie quiere cargar. Al pobre Francisco de Miranda no le
queda de otra que ver a todo el mundo con ojos llorosos, angustiosos,
suplicantes, deseando volver a ocupar orgulloso un puesto en la billetera de
los venezolanos.
Por
ahora nadie le hace caso.
II
El
Metro está atestado y funcionando mal. ¿Lo triste?, lo triste es que ya los
caraqueños hemos asumido ese sinsentido como parte de nuestra cotidianidad.
“Sí, el Metro estaba horrible, pero eso es así en las mañanas, tú sabes”. Hemos
naturalizado tanto el desastre que ya lo vivimos con la tranquilidad pasmosa de
quien presiente que no habrá nada mejor.
Entro
al vagón como puedo. Aunque en el Metro de Caracas siempre está la duda de si
entraste al vagón o te hicieron entrar. De cualquier forma, busco asidero en
algún lugar. En el suelo, junto a uno de los asientos, yace un billete de dos
bolívares. Está doblado a la mitad, por lo que no se ve la cara de angustia de
Francisco de Miranda, quien intenta pedir auxilio con la mirada. Nadie parece
notar el objeto abandonado. Nadie hará el esfuerzo de agacharse y recoger ese
billete en particular. No estoy seguro de si lo harían por uno de cincuenta o
de cien bolívares, pero puedo estar convencido de que ese billete de dos hará
varias veces el recorrido de toda la línea 1 antes de que alguien se apiade de
su futuro y lo recoja.
Miranda,
desde el suelo del vagón, se pregunta qué prisión es peor: La Carraca o el
billete de dos bolívares.
III
Internet
y sus chistes se han convertido en un excelente medio para seguir la realidad y
actualidad venezolana. Hay mucho ingenio detrás de buena parte del contenido
que aparece. Bastante humor de calidad y un nivel de crítica social que me
parece importante en esta época de tanta impulsividad; en este país que exige inmediatismo
desde sus voces más enardecidas.
Una
imagen en específico se ha mantenido siempre en mi recuerdo. Un indicador de la
inflación a través de la demostración de qué chucherías se pueden comprar con
cada uno de los billetes venezolanos. El tema me atañe directamente. Mido mi
nivel de calidad de vida en función de la cantidad de chucherías que puedo
comprar con mi sueldo. Ver el problema de esa forma no fue fácil. Entender que
el billete de más alta denominación de mi país no podía garantizarme ni siquiera
el mejor chocolate que pudiera buscar en el territorio habla de lo insostenible
de la situación.
Pero
posiblemente la situación más crítica era la del billete de dos bolívares. Para
efectos de la imagen (y para poder entender claramente su utilidad, desde el
punto de vista del autor de la pieza visual), habían escrito sobre el billete
la palabra “NADA”. Así, en mayúsculas trabadas y subrayado. Nada. No se compra
ni una chuchería. Nada. Ni un caramelo de menta. Nada. Ni un caramelo artesanal
de coco o jengibre. Nada. Absolutamente nada.
Desde
la parte de abajo del billete, Francisco de Miranda observa la palabra escrita
con marcador rojo. Marcador indeleble. No podrá eludir la nada ni exorcizarla
de su billete. Miranda tendrá que vivir con la nada por un buen tiempo. Tendrá
que aprender a convivir con la idea, con la certeza, de que su billete no le da
acceso al venezolano a nada.
IV
El
billete de quinientos bolívares con la cara del fallecido Presidente Chávez, es
un fantasma que ha estado penando por las conversaciones de los venezolanos
desde hace ya un buen tiempo. Recientemente, junto a su compañero de mil
bolívares, esos espectros han ido ganando en corporeidad y robustez. Es muy
probable que sucedan. Van a llegar. ¿Los grandes sacrificados? Los billetes de
dos y de cinco.
Imagino
al Negro Primero tranquilo. A fin de cuentas es muy probable que jamás haya
imaginado ser ubicado en un billete. Él se puede dar por servido con lo que
alcanzó. Entenderá con gallardía que es momento de dejar el trabajo y
permitirle a otros próceres llevar la bandera de la economía venezolana.
Me
preocupo por Miranda. El venezolano universal quedaría relegado de nuevo a un
segundo plano. Y es que no es fácil. Según artículos que leí y comentarios que
escuché, fabricar cada billete de dos bolívares cuesta más que su propia
denominación. El billete de Miranda es como una relación amorosa en decadencia:
cuesta más de lo que realmente vale. Se nos ha hecho difícil mantenerte en un
lugar digno, Francisco. En todo el sentido de esa frase. Ahora ni siquiera un
billete lo suficientemente robusto podemos ofrecerte. Tan solo la promesa de
una desaparición.
V
En
un viaje mucho más tranquilo en Metro (porque también los hay) voy sentado mientras
leo un libro. A mis oídos llegan retazos de la conversación de dos muchachos.
Entiendo que uno de ellos rapea, porque parece estar construyendo rimas a
partir de las apariencias de quienes estamos allí. Lo está haciendo como una
especie de demostración, para divertirse, sin levantar mucho la voz ni pedir
dinero. Lo está haciendo simplemente porque, además del compañero con el que
está hablando, está su hijo junto a él y quiere mostrarle sus habilidades.
“Cuando está con mi mamá, se pone así. No quiere cantar en la calle ni rapear.
Cuando sale conmigo, se pone serio”, le comenta al otro muchacho.
Ellos
están hablando de colaborar musicalmente. Hablan de componer pistas, de
escribir versos. Este muchacho le dice al otro que en su casa tiene todos los
juguetes, que eso es casi un estudio, que ahí no hace falta más nada. El otro
demuestra un entusiasmo cauteloso. Es posible que ya haya escuchado una
historia similar en el pasado y no quiera dejarse llevar por la misma emoción e
aquella vez.
Llega
el momento en el que deben separarse, pero el muchacho del estudio se da cuenta
de que no tiene el número de teléfono de su compañero. Este último empieza a
dictárselo, pero el primero le dice que no, que se le va a olvidar. “Toma”, le
dice, “anótalo aquí, en un billete de dos. Total, eso no sirve para nada. Toma,
toma, anótalo aquí en este billete de dos”.
Me
sorprendió su insistencia. Me sorprendió la indolencia con la que lo dijo. Me
sorprendió verlo efectivamente sacar el billete de su bolsillo y ofrecérselo al
otro muchacho, junto a un bolígrafo. Y es que para eso terminó quedando el
billete de dos bolívares: un papel en blanco con diferentes marcas de agua que
exhiben motivos patrióticos.
Miranda
ve la escena desde su prisión de papel y no le queda de otra que seguir con la
vista los trazos del muchacho que anota su número telefónico en el billete. No
queda de otra, Miranda, sino aceptar con algo de orgullo la derrota y esperar
una oportunidad nueva para representar alguna otra cantidad, algún otro tipo de
privilegio para el venezolano. Capaz te ofrecen un ascenso y te ubican como
abanderado el billete de quinientos o el de mil. Capaz simplemente te señalan
como culpable de una debacle de la que poco tienes que ver. Pero esa es la
característica principal de los responsables de esta crisis: jamás sus dedos se
apuntarán a sí mismos.
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