sábado, 10 de marzo de 2012

Canto a Caracas

El olorcito a café
me despierta y ya sé
que el día ha comenzado.
La calle me empieza a hablar, 
ya lo puedo notar
en el rumor de los carros.

Todavía no amanece
y ya hay que despertar.
La vecina de en frente 
ya salió a trabajar.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

El metro está a reventar,
no cabe ni un alma mas 
y el tren está retrasado.
Además del calor
un niño entra al vagón
a vender calendarios.

Todavía no crece 
y ya tiene que trabajar.
De lo que haga depende
que hoy pueda cenar.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

Un tráfico infernal
le impide avanzar, 
volverá a llegar tarde.
Un programa de opinión
le recuerda que hoy
pudiera ser atracado.

La radio lo devuelve
a la triste realidad.
La ciudad donde vive
lo podría matar.
Pero no se entristece, 
ya no hay vuelta atrás.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

martes, 17 de enero de 2012

De cómo mis bolsillos se llenaron de hojas púrpura

Abrí los ojos y estaba allí. Un extraño lugar con un aire enrarecido, pero fresco y placentero. Un extraño lugar donde parecía que cielo y tierra habían cambiado de lugar, pero se veía bien. Encajaba. Era un extraño lugar que de entrada me pareció inquietantemente acogedor y familiar.

Estaba en un campo abierto. Una pradera con una grama hermosa, meticulosamente cuidada; una grama cuyo color no podía discernir entre el verde y el azul. Adonde fuera que viera, aquel paisaje parecía extenderse sin límite, como el universo, sin ninguna señal aparente de vida, a excepción de las plantas.

Los árboles crecían en formas extrañas. Los troncos formaban toda clase de figuras geométricas (cuadrados, círculos, rectángulos) y sus ramas se elevaban a alturas absurdas, desafiando toda lógica, para terminar en hojas de color lila, que hacían un bonito contraste con el cielo verde-azulado.

Luego de un rato admirando la vegetación del sitio decidí que era momento de avanzar. Al caminar, daba la sensación de que lo que se movía era el paisaje y no yo, como en esas viejas películas que mi padre me hacía ver siempre.

Mientras caminaba, empezó a suceder otra cosa que me llamó la atención: del suelo empezaban a aparecer unas pequeñas esferas luminosas que, tan pronto como aparecían, subían al cielo a una velocidad impresionante y se quedaban allí un rato, antes de desvanecerse. Aquel fenómeno fue aumentando en intensidad hasta el punto que se me hacía difícil caminar sin tropezarme con alguna de esas esferas. Vi hacia el cielo y sonreí. Era una lluvia de estrellas y me pregunté qué más me depararía este curioso lugar.

Iba tan entretenido con las estrellas intermitentes que subían del suelo que casi no me di cuenta del hombre que había aparecido frente a mí. Estaba sentado en el suelo y parecía bastante cansado. “¿Tomando un poco de aire?” le pregunté. El hombre no me contestó, simplemente se limitó a encoger los hombros con un aire de indiferencia.

Noté que tenía una serie de instrumentos de agricultura a su lado. “¿Es usted quien mantiene este sitio?” pregunté nuevamente. El hombre negó con la cabeza y esta vez sí me contestó: “eso significaría la posibilidad de lograr una meta” me dijo con un tono que rayaba en la tristeza y la burla “yo llevo toda mi vida arando en el mar”.

Levanté un poco la mirada y noté que ciertamente delante de aquel hombre se extendía una playa en la que flotaban cientos y cientos de semillas. Cómo había llegado esa playa hasta ahí no tuve tiempo ni siquiera de pensarlo, porque en ese momento aquel triste campesino giró su cara hacia mí y me vio directamente a los ojos, con una mirada que yo conocía muy bien. Eran mis propios ojos.

Aquel hombre era yo, incluso con la misma ropa que tenía puesta en ese momento, pero unos cuantos años mayor. El miedo me hizo correr en la dirección opuesta aquella visión, pero debí suponer que en un sitio tan peculiar como ese, escapar no sería tan fácil.

Corría ahora por una playa cuya arena era de algún matiz de rojo. Corría y veía distintas escenas de mi vida, todas escenas dolorosas. De vez en cuando me veía a mí mismo corriendo en dirección opuesta y otras veces me veía con los ojos vendados y caminando en círculos sin parar.

Ya en ese punto, aquel lugar que me había parecido tan agradable e interesante, me estaba resultando hostil e incómodo. Quería volver a casa, pero no tenía idea de cómo hacerlo, así que seguí corriendo por aquella playa hasta que tropecé y caí con la cara contra la arena.

Cuando levanté el rostro, el paisaje había vuelto a cambiar drásticamente. Estaba frente a la fachada de una casa con forma de cabeza de tigre. Miré hacia arriba y me encontré de nuevo con aquel cielo verde-azulado. Esta vez pasaron zurcando un par de peces de color rojizo. Esto ya había alcanzado otro nivel de locura. En ese punto había empezado a desesperarme de verdad.

Bajé la vista y frente a mí había dos hombres que, para intentar resguardar mi cordura, supuse que habían salido de la casa con forma de pirámide (¿no era una cabeza de tigre hace un momento?). Uno de ellos tenía un bigote muy particular y de su mano derecha brotaban hormigas sin parar. El otro hombre, de cabello negro corto, con ojos enormes como de camaleón, jugaba con una hojilla increíblemente brillante.

“¿Qué te parece?” preguntó el del bigote extraño, con una sonrisa en la cara. “Quiero volver a casa. Quiero volver al mundo real” contesté sin dudar por un instante. “Al mundo real” dijo el de la hojilla y soltó una sonora carcajada antes de apartarse un poco de nosotros. “este es el mundo real” me dijo el hombre con la mano llena de hormigas. “Esto es la verdadera realidad. Lo que hay en tu cabeza es lo que ves aquí, es lo que debería importarte. ¿Por qué querrías volver a un sitio donde restringen tu entendimiento, pensamiento, sensación y creación?”. Aquel hombre hablaba con naturalidad y firmeza. Era difícil no dejarse convencer por sus palabras.

“El mundo real tiene lógica y sentido. Todo lo contrario a esto” dije señalando el cielo en el justo instante en el que un relámpago hacía que el cielo se hiciera marrón. “Esto tiene lógica y sentido si tú se lo das. ¿No entiendes acaso? Esto es libertad. Puedes ser lo que quieras, puedes hacer lo que quieras. Es por ese que puedes tener visiones tan vívidas de tu pasado e imágenes tan claras de tu futuro. Puedes cambiarlos a ambos en este presente al que solo tú le pones límites”. El hombre me miró un rato, mientas las hormigas seguían brotando de su mano. Guardé silencio, pues sentía que si hablaba le daría la razón y me quedaría perdido en esa locura por siempre.

“Mira, este es el trato. Si dejas que mi amigo corte tus ojos con su hojilla, tu vista quedará por siempre ajustada para percibir esta realidad y disfrutarla. Podrás manejarla a tu gusto”. No podía creer lo que decía, ¿cortar mis ojos con una hojilla? “Ahora, si de verdad quieres ir a ponerte esos aburridos anteojos de nuevo y regresar a tu vida, sólo dímelo y estará hecho”.

“Quiero volver” dije con firmeza, antes de contestar cualquier otra cosa de la que me pudiera arrepentir. El hombre de la hojilla soltó un resoplido de aburrimiento, de fastidio. “Si eso es lo que quieres…” dijo el hombre del bigote raro, también decepcionado.

Abrí los ojos y estaba en mi asiento del tren. Me sentí tan aliviado que reí con ganas al tiempo que un par de lágrimas escapaban por las esquinas de mis ojos. Todo había sido un sueño. Uno muy vívido y extraño, pero un sueño al fin.

Tomé mi periódico y noté que algo caía al suelo. Cuando me incliné para recogerlo, me di cuenta de que el objeto era una hojilla de afeitar. Me incorporé rápidamente y me asomé por la ventanilla del tren. A cierta distancia vi alejarse a dos hombres que me parecían familiares, uno de los cuales tenía un montón de hormigas en su mano derecha.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Números

Erase una vez un hombre obsesionado con los números. Si tal vez has escuchado historias de este tipo, te preguntarás “¿obsesionado con los números? ¿Con qué número?”, pues bien, la respuesta es: todos. Este hombre estaba obsesionado con todos y cada uno de los números de su vida.

Pero esa obsesión tenía un origen bastante razonable. Nuestro protagonista estaba obsesionado con los números porque eran lo único que le ayudaban a recordar. Su memoria no le daba las herramientas necesarias para recuperar sus recuerdos, así que él inventó la suya propia. Los números le daban la posibilidad de tener un pasado, aprender de él y prepararse para el futuro.

Desarrolló su sistema cuando era bastante pequeño, siendo un niño de nueve años ya presentaba graves problemas de memoria. El sistema era sencillo. Por ejemplo: tomaba el número de horas que estuvo despierto, lo sumaba al total de personas que estuvo en su casa en un día determinado, lo dividía entre su edad para el momento y el número resultante era el que le recordaba su noveno cumpleaños. La parte que hacía peculiar y secreto su sistema era el hecho de que siempre cambiaba los eventos a sumar, restar, multiplicar o dividir en función del día, así que nadie nunca podía descifrar un patrón y jugar con sus recuerdos.

Podrías preguntarte “¿cómo recordaba aritmética?”. La respuesta es simple: sus habilidades no se veían afectadas por su problema de memoria, sólo sus recuerdos. También es posible que te preguntes “¿en qué manera lo ayudaban esos números a recordar?”, déjame decirte que le ayudaban de gran manera; lo increíble de la memoria de este personaje es que cuando veía sus números, los recuerdos aparecían claramente ante sus ojos, aunque por un período muy corto de tiempo. Unos minutos después su mente volvía a la oscuridad.

Cuando era niño andaba para todos lados con una pequeña libreta donde iba anotando todos los números que le servían para recordar. Había días en los que se la pasaba anotando códigos y otros, más aburridos o embarazosos, donde escribía muy pocos o ninguno.

A partir de ahí fue asociando todo con números, no sólo sus recuerdos. Lo que iba empezando como una necesidad fue tomando forma de obsesión. Con el pasar de los años, los códigos se hacían más complicados y no sólo se limitaban a sus memorias, sino a hechos triviales como la cantidad de autobuses que pasaban a diario por su cuadra.

Cuando se hizo mayor concluyó que el papel era un receptáculo muy frágil para su memoria, así que tomó la decisión de pasar la tinta de las libretas a su piel y empezó a tatuarse por todo su cuerpo los números que le servían de llaves para las puertas de su pasado.

A medida que avanzaba el tiempo, los tatuajes iban alcanzando partes de su cuerpo que no podía ver con facilidad, así que construyó en su apartamento un cuarto de espejos, donde podía mirar cada ángulo de su cuerpo y recordar lo que quisiera.

Un día se paró en el medio de su sala de espejos y empezó a repasar los números que estaban tatuados en su cuerpo. Mientras los recuerdos iban y venían en su cabeza, un pensamiento empezó a crecer en su cabeza y se fue haciendo más y más grande hasta que estalló en lo más profundo de su obsesión numérica y movió las bases de su realidad: no sabía cuántos números había tatuados en su cuerpo, lo que para él era imperdonable.

Sabía exactamente cuántos libros había en su casa, el número exacto de víveres que tenía en la despensa, cuántos miembros había en su familia desde tres generaciones atrás, sabía cuántas personas vivían en cada apartamento de su edificio, sabía cuántas veces en promedia sonreía al día la chica que vendía flores en la esquina y de esa manera, al haber una variación, darse cuenta de si pasaba algo. De esa manera, era absurda para él la idea de no saber cuántos números tenía tatuados en el cuerpo.

Rápidamente empezó a contarlos, pero eran tantos y estaban tan juntos que se perdía o los agrupaba de una manera incorrecta. Lo intentó, lo intentó, lo intentó, pero no lograba nada. Era incapaz de distinguir con claridad esos números que conocía tan bien.

Se empezó a preguntar entonces si había estado leyendo bien los números durante todo ese tiempo, si sus recuerdos eran reales, si el pasado que creía tener existía de verdad. Se desplomó en el piso y desde allí siguió intentando contar los números, empezando una y otra vez, una y otra vez…

Muchos años después, en un asilo para enfermos mentales, su cuerpo dejó de funcionar y falleció… Pero él realmente había muerto el día en que se perdió en aquel laberinto de números y recuerdos.

viernes, 28 de octubre de 2011

El Evangelio Según...

I
Nada...
Al principio sólo oscuridad.
Una gran masa de caos
Ocupando todo el espacio existente.
Consumiendo cualquier indicio de vida
Cubierta por una densa capa de frío y hostilidad
Alimentada por un profundo silencio
Que se propagaba en todas direcciones
Entristeciendo cada rincón
Y ahogando cualquier foco de luz.
Una gran masa de caos
Ocupando un "todo" inexistente
Nada...
Al principio sólo oscuridad...

II
En un parpadeo ocurrió...
Fue una explosión de vida y júbilo
Tan horrible como hermosa,
Tan espeluznante como fascinante.
Cada ángel tocó su parte en esa sinfonía..
En la música de la Creación.
Y el caos fue deshecho
Y sustituído por la armonía.
El frío fue transformado
En una cálida brisa de felicidad.
El silencio fue roto
Con el estruendoso coro de la paz.
Cada rincón estuvo impregnado de Su escencia.
Y se sentó a ver lo que había creado
A admirar su trabajo...
Feliz con lo que había hecho
Y desconocedor de todas las tentaciones y amenazas...

III
Triste, cansado... decepcionado...
Después de todo lo que les he dado.
Los ayudé una y otra vez,
¡Nunca los abandoné!
Abatido, exhausto...
Sin poder creer todavía
El parásito que creé,
Las mentes débiles que formé
El mal que ignoré
La bondad que malgasté...
Mi sueño destruido,
Mi mundo ha caído...
Todo lo que con esfuerzo forjé
Poco a poco ha sucumbido:
Ese indiferente frío... el gélido silencio
La hostilidad... otra vez el caos.
Y ahora se le suma la maldad...
Todo se ha vuelto como al principio
Nada de lo que hice volverá jamás...
Nada...
Al final, sólo oscuridad...

viernes, 9 de septiembre de 2011

La Mansión del Conde Cánibe (Parte II: La Maldición)

Nunca se le había pasado por la cabeza analizar esas desapariciones. Eran lamentables, sí, pero ese tipo de cosas solían pasar. Más aún si la gente andaba por esa zona de noche…

Eso… Todos habían desaparecido caminando por ahí en la noche. Pero eso no era nada muy raro. ¿Podría haber algo más? Damon había empezado a sudar. Por alguna razón buscaba coincidencias entre los desaparecidos como si de eso dependiera su vida. El Conde Cánibe lo observaba, paciente, bebiendo de su cáliz de madera.

¿Qué podrían estar haciendo todas esas personas caminando por ahí en la noche? En una comunidad tan pequeña las noticias, los chismes corrían muy rápido. Algo tenía que haber escuchado… Algo…

-  Todos habían sido invitados a cenar con usted- las apalabras salieron de su boca casi de manera automática, antes de que él entendiera lo que significaban- su respiración se aceleró y sus ojos se clavaron en el Conde, mientras deseaba que sus palabras no fueran ciertas.

-  Eres un hombre inteligente, Damon- el conde parecía divertido.

-  Pero usted siempre dijo que ellos no habían llegado a su palacio- Damon estaba empezando a sentirse débil a causa del pánico ¿o era por la comida?

-  Eso dije. Es mi palabra contra la de cualquiera de ustedes- el Conde terminó el contenido de su cáliz y lo saboreó con gusto-. Verás, Damon, es algo de lo que no estoy precisamente orgulloso o feliz. En mi último viaje me topé con una extraña mujer que aparentemente siente odio hacia cualquier ser con dinero o un título nobiliario o ambas. Esa mujer me vio pasar y me lanzó una maldición… No recuerdo las palabras exactas Damon, pero en líneas generales, ella me condenaba a no poder saciar mi hambre ni mi sed como lo hacen las personas normales… Sino con la carne y la sangre de mis iguales…

-  E-eso… Eso es horrible, señor- tartamudeó Damon, quien había perdido todo el color de su cara.

-  Ciertamente es horrible, Damon- el Conde miraba al vacío, mientras paseaba sus dedos por los grabados del cáliz de madera-. Al principio no le hacía caso. Pensaba que eran más habladurías, supersticiones sin sentido. Sin embargo Damon, por insólito que suene, la comida de aquí no me saciaba… No sentía ni el vino ni el agua pasar por la garganta cuando los bebía… Y la maldición de la mujer retumbaba en mis oídos.

El corazón de Damon latía a una velocidad insospechada. Era por eso que el Conde no había comida nada, no tenía sentido comer algo que no le quitaría el hambre. Y si ninguna bebida podía refrescarle o mitigar su sed, entonces aquello en los cálices… Damon vomitó sobre la mesa.

-  Supongo que eso es porque te acabas de dar cuenta de que lo que acabas de tomar es sangre- dijo el Conde Cánibe, otra vez con todo divertido-. Tardaste menos que los demás en enterarte… Más específicamente, era la sangre de Dora… Bastante buena, por cierto…

-  Usted… U-usted es un monstruo- Damon apenas podía articular las palabras. La mezcla de miedo y rabia que experimentaba en ese momento no lo dejaba pensar con claridad- ¿Por qué nosotros?- fue lo que alcanzó a preguntar.

-  Eso es más sencillo, Damon. Simplemente estaban cerca. Tan sencillo como eso… Debo comer carne humana y tengo a un montón de campesinos viviendo en mis tierras… Es sencillo… Ustedes estaban allí en el momento y lugar adecuados… O equivocados, dependiendo del punto de vista desde donde lo veas- el Conde sonrió.

Damon intentó moverse, escapar, defenderse, pero se encontró con que no podía mover su cuerpo. Estaba postrado en aquella silla, paralizado. El pánico lo había llevado a las lágrimas.

-  No hay manera de que escames Damon- dijo el Conde, sereno-. En todo lo que comiste y bebiste hoy, hay un potente sedante que ya debe haberte paralizado el cuerpo. No sentirás nada. Bueno… casi nada.

-  Usted es una bestia, un animal, un degenerado… No tiene perdón…

-  Damon… Damon, no me digas eso. Recuerda que yo no decidí ser así… No es mi culpa…

Lo último que vio Damon fue al Conde Cánibe caminando hacia él, con una horrible sonrisa y un hilillo de saliva bajando por la comisura de su boca. Tenía hambre. Era hora de comer.

jueves, 8 de septiembre de 2011

La Mansión del Conde Cánibe (Parte I: La Cena)

La noticia de que el Conde quería verle corrió como la pólvora. En aquellas tierras ese era más o menos el mayor logro al que un hombre de su clase podía aspirar: una cena con el Conde Cánibe. A pesar de todas las historias horribles que corrían por ahí acerca de su maldad, atrocidad y falta de corazón, él era el dueño de aquellas tierras y había que mostrarle respeto y admiración.

Desempolvó sus mejores ropas. Aquellas que esperaba usar únicamente en los matrimonios de sus hijas y esperaba que le pusieran en su funeral. Pero esta ocasión ameritaba ese lujo. Si bien su traje estaba raído por las polillas y olía a humedad, esperaba que el Conde Cánibe tomara en cuenta lo que significaba estar utilizando ese traje.

Se preguntaba exactamente qué era lo que había hecho que el Conde posara su atención en él. Sin embargo aquello era más o menos una pregunta retórica. Él tenía una idea bastante clara de por qué había recibido aquella invitación: sus cosechas  habían sido las mejores de aquella región en los últimos tres años. De seguro el Conde quería conocer al genio detrás de todo ese éxito. Tal vez quería darle un bono especial, felicitarlo y agasajarlo directamente. Cuando llegó la hora, su esposa e hijos lo despidieron como a un héroe que parte a una campaña heroica.

El palacio del Conde Cábibe era una mansión enorme de tres pisos, con un extenso jardín en frente custodiado por una exquisita verja de bronce que exhibía un gran cuervo encima de la puerta. Ciertamente aquella edificación era imponente y atemorizante, pero lo que esperaba detrás de esas puertas lo impulsaba hacia adelante.

Las puertas se abrieron aparentemente solas al momento en el que pisó el umbral, dando  paso a un largo pasillo apenas iluminado por unas cuantas velas. El techo era tan alto que las luces no alcanzaban y el suelo emitía un tenue per firme y consistente eco con cada paso que daba.

-       Por aquí Damon. Al final del pasillo. En el comedor- dijo una suave voz masculina que resonó en el pasillo.

Damon se sobresaltó un poco al oírla, pero empezó a caminar inmediatamente para encontrarse con su señor.

El comedor era una estancia amplia. Sólo había un par de cuadros en las paredes y, al igual que el pasillo, las velas que había en las paredes sólo lo iluminaban parcialmente. En el medio de la sala se encontraba la mesa del comedor. Era larga, aunque no tanto como Damon se la había imaginado, y estaba presidida por una magnífica silla alta tallada en los posa brazos y el espaldar.

-  Aquí- se limitó a decir el Conde, con su voz que parecía acariciar las palabras mientras estas salían, señalando la silla que estaba a su derecha-. Siempre me pregunto por qué tengo una mesa tan grande si solo yo voy a comer. A veces invito a alguno de mis criados a cenar conmigo…

-  Eso es bastante generoso de su parte, señor- dijo Damon muy educadamente, mientras se sentaba con cautela junto al Conde.

-  Al contrario. Ellos son los generosos. Casi nadie quiere comer conmigo, dadas las historias que andan corriendo por ahí- el Conde sonrió ampliamente y Damon se limitó a asentir tímidamente con la cabeza-. Pero de eso hablaremos más tarde. Me imagino que te estás preguntando por qué el Conde Cánibe ha invitado a un simple campesino a cenar con él…

-  El recibir una invitación de su parte es un privilegio que un hombre como yo no debe cuestionar, señor- comenzó Damon, con el temor y la admiración plasmados claramente en su voz-, pero igual no puedo dejar de preguntar el por qué, dado lo inusual de esta situación.

-  Claro, claro. Es comprensible- el Conde volvió a mostrar su encantadora e intimidante sonrisa-. Está bien que te preguntes cosas, Damon. De las preguntas que nos hacemos es que abandonamos la ignorancia y partimos hacia la sabiduría. Recuerda eso siempre.

-  S-sí señor. Sabiduría- contestó Damon, titubeante.

-  En fin. La razón por la que te llamé Damon, en principio es porque, como ya te dije, yo vivo solo acá y de vez en cuando me gusta tener compañía para la hora de cenar. No es agradable comer solo- en la voz del Conde podía percibirse, muy sutilmente, cierto dejo de tristeza, de melancolía-, entonces llamo a alguno de los campesinos que habita mis tierras para charlar un rato y ponerme al corriente, de primera mano, de todo lo que sucede, de lo que se habla…

-  ¿Por qué habría de interesarse usted en lo que pasa con nosotros, señor?- preguntó Damon, realmente extrañado.

-  Ah, Damon. Ustedes piensan que soy un monstruo despiadado ¿cierto?- soltó una risita triste-. Pero lo cierto es que ustedes me importan, Damon. Son mi gente. Ustedes son parte importante de mis ingresos, de esta riqueza que ves a tu alrededor. Debo asegurarme de que la máquina está funcionando bien- sonrió.

-  Claro señor. Eso tiene mucho sentido. Disculpe mi estupidez al pretender cuestionar sus acciones.

-  No te preocupes, Damon. Yo sé por qué piensas así- contestó el Conde, en tono compasivo-. Cambiando el tema. Te he convocado también porque sé que eres el mejor agricultor de estas tierras y eso merece ser agasajado.

-  Por favor señor, no es la gran cosa- Damon pretendía aparentar desinterés hacia el cumplido del Conde Cánibe, pero su pecho se le adelantó y se hinchó de orgullo.

-  Claro que lo es- dijo el Conde, sonriendo-. Ahora a lo que vinimos. A comer. ¡La cena!

Apenas estas últimas palabras salieron de la boca del Conde, una serie de criados aparecieron con gran cantidad de fuentes y bandejas llenas de todo tipo de comidas. Pollo, pavo, carne de res, de cerdo, de cordero, de conejo, ensaladas; toda una variedad de comidas que Damon ni siquiera había soñado jamás. El olor de aquella comida eran tan exquisito y tan abrumador que llegó a marearlo por un momento, pero pudo reponerse para empezar a pasar comida de las bandejas para su plato.

Al principio trató de contenerse, pero la presencia de toda esa comida de tan buena calidad terminó por sobreponerlo y empezó a comer con las manos, a una velocidad absurda, como si nunca hubiera comido en su vida. Aunque a decir verdad, al comparar esa comida con la que él comía en su casa, era como si nunca hubiera comido en su vida.

El Conde Cánibe lo miraba con una mezcla de diversión y repulsión en su cara. Damon no levantó mucho la cara de su plato, pero cuando lo hizo, nunca vio al Conde comiendo algo. Siempre estaba cortando algo o pasando porciones de una bandeja a su plato, pero nunca lo vio masticando o llevándose algo a la boca.

Cuando Damon estuvo saciado se reclinó en el espaldar de su silla y respiraba como si acabara de correr 500 metros.

-  ¿Satisfecho Damon?- preguntó el Conde, reprimiendo una sonrisa burlona.

-  Podría apostarlo señor- contestó Damon, sobándose la panza que había crecido un par de centímetros.

-  Ya que hemos comido, Damon, cuéntame algo. ¿Qué opinas de lo que se dice de mí por ahí?

-  ¿A qué se refiere, señor?- preguntó Damon, enderezándose en su silla y sin poder ocultar del todo que estaba empezando a ponerse ansioso.

-  No te hagas el desentendido, Damon- dijo el Conde, riendo-. Yo s lo que se habla de mí. O al menos me han llegado algunos rumores… ´Quería confirmar que de verdad se dice por ahí lo que ha llegado a mis oídos. Si pudieras contarme, estaría muy agradecido…

-  Bueno señor, le contaré. Pero sólo porque usted ha insistido. Quiero que sepa que yo me rehúso a creer esa clase de cuentos de camino- Damon se acomodó en su silla. Se veía claramente incómodo, pero el Conde Cánibe lo miraba fijamente, esperando sus palabras-. Verá, al principio parecía un juego de niños. Pero empecé a escucharlo de adultos también… Dicen que usted es un monstruo, señor. Que come carne humana y también bebe sangre de personas.

En ese momento uno de los sirvientes llegó con un par de cálices de madera bellamente tallados. Dejó uno delante de cada hombre y se retiró. El Conde, con un leve gesto, invitó a Damon a que probara la bebida que tenía en frente.

Era una bebida un poco más espesa que el vino. Su sabor no era muy marcado, sin embargo a Duncan le pareció muy familiar. Le atribuyó esa familiaridad a las plantas que le habían puesto a la bebida para realzar su sabor, darle más fuerza. Antes de que pudiera preguntar acerca de la bebida que estaba degustando, el Conde habló.

-  Entonces, soy un monstruo que se alimenta de humanos- el Conde veía su cáliz con satisfacción- ¿Cómo habrán inventado esas historias?

-  No lo sé, señor- dijo Damon, con genuina ignorancia-. Ha habido desapariciones… Gritos… La gente dice que todo ha sido alrededor de su casa, señor. Pero son todo coincidencias o inventos… la verdad la gente no tiene nada concreto…- le dio otro trago a su misteriosa bebida y respiró hondo.

-  Ya…- el Conde bebió también y se quedó mirando a Damon por un rato. Luego continuó-. Dime algo, Damon. Piensa un poco y dime ¿qué tienen en común todas esas personas que han desaparecido últimamente?

Damon no pudo evitar quedarse viendo al Conde fijamente, lleno de confusión ante aquella pregunta. 

viernes, 19 de agosto de 2011

Carta (Perdido Entre Recuerdos)

Buenas noches, amigo del alma.
Espero que estés bien en esta fría noche; noche extremadamente fría, a mi parecer, para ser una noche de verano... ¿o es otoño ya? La verdad no estoy seguro. No estoy seguro de nada por estos días. No puedo estar seguro ni de mis palabras, aunque las esté escribiendo, como ahora, y pueda revisarlas más adelante. No puedo estar seguro de nada que surja de mi mente, pues mi mente ya está expirando. No puedo estar seguro ni siquiera de haberte saludado. Buenas noches, hermano, amigo del alma. Qué noche tan fría en esta primavera.

Frente a mi, en mi escritorio, veo un montón de cartas con tu nombre. No puedo estar seguro de si son cartas que me has enviado y no me he dispuesto a leer, o son cartas que te he escrito y no he tenido la lucidez de enviarte. Cualquiera que sea el caso, no las he abierto, pues me aterra su contenido. Me aterra el hecho de que esas cartas confirmen mi creciente demencia.

Veo esas cartas y por alguna razón recuerdo a tu madre. Qué grandiosa mujer. ¿Podrías saludarla de mi parte? Tienes suerte de la madre que tienes, tan sabia, tan audaz, siempre con el comentario adecuado en el momento adecuado. Tu madre... Cómo lamento su muerte. Parece mentira que haya pasado tanto tiempo desde que murió. Oh, qué consuelo me traería escuchar los consejos de tu madre, como los escuchaba hace un par de días. Qué consuelo le traería a esta mente divagante escuchar sus consejos.

Espero que estés bien, hermano, tú y los tuyos. Supe de tu nuevo hijo. Otro varón. Qué dicha. Espero que caigan sobre él todas las bendiciones del cielo. Tu madre ha de estar emocionadísima por su nuevo nieto. Tu madre... Qué mujer... Salúdala de mi parte.

Amigo has de saber que me encuentro perdido. Perdido en mis pensamientos, perdio en mis palabras, perdido en mis recuerdos... Y mis recuerdos se me pierden mientras trato de ubicarme. Desearía haber muerto antes de entrar en este infierno. No tienes idea de lo desesperante que es. Estoy perdido, hermano mío. No me encuentro ni en mi arte. No reconozco mi letra, mis trazos. Casi no reconozco mi rostro y apenas puedo reconocer las voces de las personas con las que vivo. Es un infierno.

Amigo, ¿recuerdas aquella tarde invernal, no muy diferente de esta, cuando reíamos y bromeábamos sobre nuestro futuro? Éramos jóvenes y ambiciosos. Sólo deseábamos un retiro tranquilo y disfrutar de la gloria de nuestras obras. Yo no puedo cumplir ese sueño, pues mis propias obras me resultan ajenas. Ojalá tú sí puedas...

Dicen que nadie muere de verdad, ni nada está totalmente destruido, mientras haya alguien que le recuerde. Pues bien amigo en mío, en ese caso yo soy la muerte entonces, pues en mí mueren todos los recuerdos. No existen las memorias.

Ahora me encuentre frente a esta hoja de papel con tu nombre en el encabezado y supongo que te estoy escribiendo una carta... ¿o ya la había terminado? De cualquier manera, buenas noches, amigo del alma. Una noche extremadamente fría, a mi parecer, para ser una noche de verano... ¿o es otoño ya? La ver dad, no estoy seguro...