martes, 26 de junio de 2012

La Peste del Odio


No quisiera comenzar este relato diciendo “erase una vez un pueblo perfecto”, pero es que lo era. No me gustaría caer en el cliché de describir una civilización perfecta, incorrupta, libre de todo pecado y de toda malicia, pero es la descripción que más podría ajustarse a ese pueblo del que tenía pensado hablarles.

Aquel pueblo era la perfecta representación de una utopía. Sin embargo, como todos sabemos muy bien, las utopías se caracterizan por no existir; por lo tanto las bases de la perfección de la civilización que les describo, eran débiles, endebles.

La felicidad de las personas de aquel pueblo se basaba en tranquilidad y organización. Tranquilidad porque no existía ningún tipo de amenaza hacia su calidad de vida. Organización porque eran como una máquina: cada quien sabía lo que tenía que hacer para mantener el status quo que aseguraría, para sí mismo y para todos los demás, la paz y perfección de la que se jactaban y disfrutaban.

Eran bastante predecibles, pero eso estaba bien. Estaba bien porque esa predictibilidad les permitía saber exactamente qué hacer en cada situación específica y les permitía también identificar cuándo había un evento que no se ajustaba a su repertorio de situaciones comunes y ajustarse rápidamente a esas novedades.

Fácilmente podrían pensar que éstas que acabo de nombrar son las características del pueblo más aburrido del mundo; sin embargo, no era exactamente así. Aquel sitio irradiaba paz y era capaz de reponer el desajuste físico o mental de cualquiera que se pasara una temporada en aquel lugar.

Siguiendo con la retahíla de lugares comunes que es este relato, y como seguramente podrán imaginarse que sigue, toda esta perfección llega a un punto de término, a un abrupto final.

Sucedió que un día, uno de los habitantes del pueblo, que había estado de viaje en una población vecina, regresó a su casa hablándoles a sus familiares y amigos de una extraña enfermedad que estaba aquejando sistemáticamente a las comunidades cercanas.

Como habría de esperarse, dada la organización de aquella comunidad, todos empezaron a llevar a cabo las medidas de prevención para protegerse de esa enfermedad de la que se hablaba. Sin embargo, no contaban con dos aspectos clave con respecto al tema del extraño padecimiento.

En primer lugar, ellos no tenían idea del tipo de enfermedad a la que se enfrentaban; no era una afección física, sino una enfermedad que afectaba la mente, el alma, la capacidad de razonar y de discernir clara y objetivamente. Segundo, otro factor del que no tenían conocimiento, era el hecho de que aquel hombre que avisó sobre la enfermedad, ya estaba contagiado y esa enfermedad era altamente infecciosa.

Todo empezó entonces en casa de aquel hombre, a quien podemos llamar El Viajero. Su esposa estaba acostumbrada a los paseos de su marido, así que siempre lo esperaba con una buena comida para celebrar que había llegado sano, salvo y lleno de más conocimiento sobre el mundo exterior.

Normalmente El Viajero aceptaba con alegría y con regocijo el banquete que su mujer le preparaba. Sin embargo, como ya pudieron irse imaginando, esta vez fue diferente. Esta vez saltaron a los ojos de El Viajero detalles que anteriormente pasaban por alto, pero que esta vez no toleró: ¿por qué esta comida estaba tan caliente? ¿Por qué esta otra está tan fría? ¿Qué es esa cosa verde sobre el arroz? ¿Por qué mezcló esto con aquello?

Lo que empezó como unos simples cuestionamientos, se fue convirtiendo en un ataque directo contra su esposa, haciendo comentarios que eran cada vez más hirientes, con la finalidad de que ella terminara dándole la razón.

Como ya les había contado antes, esta enfermedad que empezaba a padecer El Viajero era altamente infecciosa y, mientras atacaba a su esposa, ésta se iba contagiando de la enfermedad también. Cuando el virus se alojó por completo en su cabeza, ella también estalló y comenzó a contestar a las agresiones de su marido. La discusión se fue haciendo cada vez más grande, hasta que empezaron a gritarse y a insultarse.

Los vecinos más cercanos empezaron a escuchar la discusión y se quedaron perplejos, pues jamás habían escuchado algo así. Y eso apenas era el comienzo de la locura. Una vez que aquel virus se había asentado en dos personas, era sólo cuestión de tiempo para que se propagara en todo aquel pueblo, atentando contra su perfección, paz y armonía.

La mañana siguiente a su pelea, tanto El Viajero como su esposa, fueron contagiando a las personas con las que tenían contacto. Ella discutió con el dueño del abasto, quien a su vez discutió con su esposa; la esposa del dueño del abasto tuvo una pelea con su hijo, quien tuvo una violenta discusión con su novia y ella confrontó violentamente a sus padres.

El Viajero, por su cuenta, peleó con la persona a la que le vendía las telas que traía de otros pueblos; éste señor tuvo una discusión con una clienta, quien a su vez insultó en la calle a un hombre por tropezar con ella. Poco a poco la red se iba expandiendo; todos se iban contaminando de aquella peste que los llenaba de odio a todos.

En cuestión de unas pocas semanas ya tres cuartas partes de la población total de aquel sitio estaba contaminada con la peste. La gente caminaba por la calle lanzando miradas de desprecio a los demás transeúntes, atentos a cualquier señal de agresión para responder con un argumento mucho más punzante que el de su hipotético contrincante.

Obviamente la armonía y la organización de aquel pueblo comenzaron a resquebrajarse. El odio que estaban experimentando hizo que salieran a relucir viejas rencillas y rencores que no habían sido resueltos ni tratados en orden de mantener la perfección de aquel lugar. Ya las personas no confiaban en sus vecinos y por ende, se negaban a trabajar en equipos.

La gente andaba por ahí deseando no toparse con nadie conocido, para evitar la molestia de tener que saludarse y dar una exhibición de falsa simpatía, cuando todos sabían que lo que había era un marcado desprecio.

Ya cuando la peste del odio se hubo asentado en casi todos los habitantes del pueblo, la dinámica social había cambiado drásticamente. Anteriormente, las diferencias que existían entre ellos, se valoraban. Se entendía que dos personas pensaran de manera diferente acerca de un tema y se apreciaba esa diferencia como un símbolo de diversidad y de riqueza intelectual y espiritual.

Pasaba que la enfermedad del odio se alimentaba de peleas, ataques, insultos, discusiones y discriminaciones; por lo tanto, hacía que las personas buscaran razones para enfrentarse. Las diferencias eran una “comida” ideal para el virus del odio y fue así como los habitantes del pueblo, que una vez habían apoyado y fomentado la diversidad, comenzaron a atacarse unos a otros en base a sus diferencias de opiniones.

Era un caos, pues toda posición que alguien pudiera tener con respecto a algo, tenía una contraparte; y en ese oro lado había alguien dispuesto a fomentar una discusión en base a esa diferencia. Esa constante confrontación fue deteriorando aquella sociedad ideal, hasta convertir aquel pueblo en un lugar donde no era posible vivir.

Gustos musicales, zona donde vivías, escuela a la fuiste, equipo deportivo al que apoyabas; todo era razón para que hubiera otro grupo confrontándote y cuestionándote. Y la peste del odio se alimentaba, se hacía más fuerte y se negaba a abandonar a aquellas pobres personas que alguna vez soñaron con una sociedad perfecta.

El virus se hizo tan fuerte, logró distorsionar el raciocinio de las personas a un nivel tal, que los habitantes del pueblo iban transmitiendo su odio a las siguientes generaciones a través de sus hijos. “Él cree en un Dios, atácalo”; “ella no cree en nada, confróntala”; “ella tiene el dinero que nos pertenece, boicotéala”; “él y su familia decidieron no tener nada, pisotéalos”, eran las enseñanzas que le daban a sus hijos, sin saber el daño tan profundo que les estaban haciendo. Sin saber que contagiar de la peste del odio a una persona de tan corta edad, era condenarlo a vivir toda una vida de amargura, rencor y soledad.

El evento que la gran mayoría coincide que llevó a esta sociedad al total desastre, fue el protagonizado por el alcalde del pueblo, a quien llamaré simplemente El Alcalde. El Alcalde era un hombre era un hombre bastante afectado por dos potentes enfermedades. Una era la peste del odio, que ya para ese momento tenía un par de años azotando al pueblo. La otra, era una fuerte adicción al poder, enfermedad que ya de por sí es peligrosísima y combinada con la peste del odio, mucho más.

Resultó que estaba totalmente cegado por aquellos dos padecimientos que le aquejaban, así que basado en sus propios rencores, se decidió a llevar a cabo una estrategia que le permitiera saciar su necesidad de poder.

Aunque no estaba consciente (nadie en el pueblo lo estaba) de que todos estaban actuando en consecuencia de la enfermedad que padecían, sí se había dado cuenta, porque era un tipo bastante inteligente, de que había algo en la diferenciación que podía ayudarlo. Fue así como empezó a crear prejuicios entre sus seguidores con respecto a sus detractores, tal como hacían los padres con sus niños pequeños. De esta manera se aseguraba una base fiel de seguidores que lo apoyaran por el simple hecho de llevarle la contraria al grupo que no estaba con él.

Como la peste del odio estaba ya tan afianzada en la mente de todos, cualquier pequeño comentario era como una bomba que había que estallara una confrontación temible, un ataque incesante entre varias partes que apoyan ciegamente su propio punto de vista.

Fue así como se creó la gran fuente de alimento de la peste del odio: la disputa entre los que apoyaban al Alcalde y los que no. Una disputa que fue haciendo cada vez más fuerte a la enfermedad y más débil a la sociedad, llevándola a ser una simple caricatura de lo que alguna vez fue.

Este es el relato de cómo la Peste del Odio se coló en una sociedad a tal punto que distorsionó su razón, su pensamiento e hizo que hermanos se enfrentaran entre ellos por diferencias que en otro momento eran entendidas como parte normal de la convivencia en sociedad. Cualquier parecido con la realidad, es pura coincidencia.

viernes, 25 de mayo de 2012

El árbol de las frutas peculiares


Serena era la brisa que soplaba en aquel claro. Serena era la brisa que movía con calma las hojas de los árboles, las flores, la grama. Serena era la brisa que mecía de lado a lado, con lentitud, los cuerpos sin vida que colgaban de las ramas de aquel árbol solitario.

Goteaban pausadamente, decorando con su rojo vivo las raíces del árbol que les servía como última morada. Goteaban pausadamente como último acto de entretenimiento para los creadores de tan sangrienta escena.

Cantaban las aves, cantaban los insectos; cantaban ignorantes de la maldad que se respiraba en el aire. Y seguía soplando la brisa, como intentando llenar de vida a aquellos pobres inocentes que habían pagado por algo con lo que no tenían que ver en lo más mínimo.

Los rayos de sol de aquel hermoso atardecer caían directamente sobre ese espacio, tan apacible y macabro al mismo tiempo. Los rayos de sol develaban al mundo los rostros tanto de las víctimas como de los victimarios, sin embargo no había testigos en ningún lugar.

Algunos carroñeros ya empezaban a revolotear alrededor del árbol de donde colgaban aquellas frutas tan extrañas. Esperaban el momento en que el árbol estuviera completamente solo, pues todavía estaban ahí parados aquellos hombres que miraban admirados lo que habían hecho.

Sus pechos se movían, agitados. En parte por el cansancio que les generó la actividad que acababan de realizar, en parte también por esa emoción morbosa que les había producido torturar y matar.

El lento oscilar de los cuerpos que colgaban del árbol, los hipnotizaba, los calmaba, los hacía parecer inofensivos. Los hacía parecer personas normales admirando una obra de arte. Para ellos lo era.

No se habían molestado en limpiarse la sangre. La llevaban con orgullo en sus manos, piernas, torsos y caras. Las llevaban con orgullo en su ropa. Esas manchas los empoderaba, los había sentirse por encima de los demás mortales.

Dentro de su delirio, ellos eran poderosos, eran un grupo aparte de los demás. Dentro de su delirio ellos eran los jueces, eran la ley. Dentro de su delirio, ellos eran dioses. Dentro su delirio, ellos tenían la potestad para dar y quitar la vida, tenían el poder de hacer crecer en los árboles aquellas frutas extrañas de tan rojo néctar. 


sábado, 10 de marzo de 2012

Canto a Caracas

El olorcito a café
me despierta y ya sé
que el día ha comenzado.
La calle me empieza a hablar, 
ya lo puedo notar
en el rumor de los carros.

Todavía no amanece
y ya hay que despertar.
La vecina de en frente 
ya salió a trabajar.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

El metro está a reventar,
no cabe ni un alma mas 
y el tren está retrasado.
Además del calor
un niño entra al vagón
a vender calendarios.

Todavía no crece 
y ya tiene que trabajar.
De lo que haga depende
que hoy pueda cenar.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

Un tráfico infernal
le impide avanzar, 
volverá a llegar tarde.
Un programa de opinión
le recuerda que hoy
pudiera ser atracado.

La radio lo devuelve
a la triste realidad.
La ciudad donde vive
lo podría matar.
Pero no se entristece, 
ya no hay vuelta atrás.
Así se mueve la gente
en esta enorme ciudad.

martes, 17 de enero de 2012

De cómo mis bolsillos se llenaron de hojas púrpura

Abrí los ojos y estaba allí. Un extraño lugar con un aire enrarecido, pero fresco y placentero. Un extraño lugar donde parecía que cielo y tierra habían cambiado de lugar, pero se veía bien. Encajaba. Era un extraño lugar que de entrada me pareció inquietantemente acogedor y familiar.

Estaba en un campo abierto. Una pradera con una grama hermosa, meticulosamente cuidada; una grama cuyo color no podía discernir entre el verde y el azul. Adonde fuera que viera, aquel paisaje parecía extenderse sin límite, como el universo, sin ninguna señal aparente de vida, a excepción de las plantas.

Los árboles crecían en formas extrañas. Los troncos formaban toda clase de figuras geométricas (cuadrados, círculos, rectángulos) y sus ramas se elevaban a alturas absurdas, desafiando toda lógica, para terminar en hojas de color lila, que hacían un bonito contraste con el cielo verde-azulado.

Luego de un rato admirando la vegetación del sitio decidí que era momento de avanzar. Al caminar, daba la sensación de que lo que se movía era el paisaje y no yo, como en esas viejas películas que mi padre me hacía ver siempre.

Mientras caminaba, empezó a suceder otra cosa que me llamó la atención: del suelo empezaban a aparecer unas pequeñas esferas luminosas que, tan pronto como aparecían, subían al cielo a una velocidad impresionante y se quedaban allí un rato, antes de desvanecerse. Aquel fenómeno fue aumentando en intensidad hasta el punto que se me hacía difícil caminar sin tropezarme con alguna de esas esferas. Vi hacia el cielo y sonreí. Era una lluvia de estrellas y me pregunté qué más me depararía este curioso lugar.

Iba tan entretenido con las estrellas intermitentes que subían del suelo que casi no me di cuenta del hombre que había aparecido frente a mí. Estaba sentado en el suelo y parecía bastante cansado. “¿Tomando un poco de aire?” le pregunté. El hombre no me contestó, simplemente se limitó a encoger los hombros con un aire de indiferencia.

Noté que tenía una serie de instrumentos de agricultura a su lado. “¿Es usted quien mantiene este sitio?” pregunté nuevamente. El hombre negó con la cabeza y esta vez sí me contestó: “eso significaría la posibilidad de lograr una meta” me dijo con un tono que rayaba en la tristeza y la burla “yo llevo toda mi vida arando en el mar”.

Levanté un poco la mirada y noté que ciertamente delante de aquel hombre se extendía una playa en la que flotaban cientos y cientos de semillas. Cómo había llegado esa playa hasta ahí no tuve tiempo ni siquiera de pensarlo, porque en ese momento aquel triste campesino giró su cara hacia mí y me vio directamente a los ojos, con una mirada que yo conocía muy bien. Eran mis propios ojos.

Aquel hombre era yo, incluso con la misma ropa que tenía puesta en ese momento, pero unos cuantos años mayor. El miedo me hizo correr en la dirección opuesta aquella visión, pero debí suponer que en un sitio tan peculiar como ese, escapar no sería tan fácil.

Corría ahora por una playa cuya arena era de algún matiz de rojo. Corría y veía distintas escenas de mi vida, todas escenas dolorosas. De vez en cuando me veía a mí mismo corriendo en dirección opuesta y otras veces me veía con los ojos vendados y caminando en círculos sin parar.

Ya en ese punto, aquel lugar que me había parecido tan agradable e interesante, me estaba resultando hostil e incómodo. Quería volver a casa, pero no tenía idea de cómo hacerlo, así que seguí corriendo por aquella playa hasta que tropecé y caí con la cara contra la arena.

Cuando levanté el rostro, el paisaje había vuelto a cambiar drásticamente. Estaba frente a la fachada de una casa con forma de cabeza de tigre. Miré hacia arriba y me encontré de nuevo con aquel cielo verde-azulado. Esta vez pasaron zurcando un par de peces de color rojizo. Esto ya había alcanzado otro nivel de locura. En ese punto había empezado a desesperarme de verdad.

Bajé la vista y frente a mí había dos hombres que, para intentar resguardar mi cordura, supuse que habían salido de la casa con forma de pirámide (¿no era una cabeza de tigre hace un momento?). Uno de ellos tenía un bigote muy particular y de su mano derecha brotaban hormigas sin parar. El otro hombre, de cabello negro corto, con ojos enormes como de camaleón, jugaba con una hojilla increíblemente brillante.

“¿Qué te parece?” preguntó el del bigote extraño, con una sonrisa en la cara. “Quiero volver a casa. Quiero volver al mundo real” contesté sin dudar por un instante. “Al mundo real” dijo el de la hojilla y soltó una sonora carcajada antes de apartarse un poco de nosotros. “este es el mundo real” me dijo el hombre con la mano llena de hormigas. “Esto es la verdadera realidad. Lo que hay en tu cabeza es lo que ves aquí, es lo que debería importarte. ¿Por qué querrías volver a un sitio donde restringen tu entendimiento, pensamiento, sensación y creación?”. Aquel hombre hablaba con naturalidad y firmeza. Era difícil no dejarse convencer por sus palabras.

“El mundo real tiene lógica y sentido. Todo lo contrario a esto” dije señalando el cielo en el justo instante en el que un relámpago hacía que el cielo se hiciera marrón. “Esto tiene lógica y sentido si tú se lo das. ¿No entiendes acaso? Esto es libertad. Puedes ser lo que quieras, puedes hacer lo que quieras. Es por ese que puedes tener visiones tan vívidas de tu pasado e imágenes tan claras de tu futuro. Puedes cambiarlos a ambos en este presente al que solo tú le pones límites”. El hombre me miró un rato, mientas las hormigas seguían brotando de su mano. Guardé silencio, pues sentía que si hablaba le daría la razón y me quedaría perdido en esa locura por siempre.

“Mira, este es el trato. Si dejas que mi amigo corte tus ojos con su hojilla, tu vista quedará por siempre ajustada para percibir esta realidad y disfrutarla. Podrás manejarla a tu gusto”. No podía creer lo que decía, ¿cortar mis ojos con una hojilla? “Ahora, si de verdad quieres ir a ponerte esos aburridos anteojos de nuevo y regresar a tu vida, sólo dímelo y estará hecho”.

“Quiero volver” dije con firmeza, antes de contestar cualquier otra cosa de la que me pudiera arrepentir. El hombre de la hojilla soltó un resoplido de aburrimiento, de fastidio. “Si eso es lo que quieres…” dijo el hombre del bigote raro, también decepcionado.

Abrí los ojos y estaba en mi asiento del tren. Me sentí tan aliviado que reí con ganas al tiempo que un par de lágrimas escapaban por las esquinas de mis ojos. Todo había sido un sueño. Uno muy vívido y extraño, pero un sueño al fin.

Tomé mi periódico y noté que algo caía al suelo. Cuando me incliné para recogerlo, me di cuenta de que el objeto era una hojilla de afeitar. Me incorporé rápidamente y me asomé por la ventanilla del tren. A cierta distancia vi alejarse a dos hombres que me parecían familiares, uno de los cuales tenía un montón de hormigas en su mano derecha.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Números

Erase una vez un hombre obsesionado con los números. Si tal vez has escuchado historias de este tipo, te preguntarás “¿obsesionado con los números? ¿Con qué número?”, pues bien, la respuesta es: todos. Este hombre estaba obsesionado con todos y cada uno de los números de su vida.

Pero esa obsesión tenía un origen bastante razonable. Nuestro protagonista estaba obsesionado con los números porque eran lo único que le ayudaban a recordar. Su memoria no le daba las herramientas necesarias para recuperar sus recuerdos, así que él inventó la suya propia. Los números le daban la posibilidad de tener un pasado, aprender de él y prepararse para el futuro.

Desarrolló su sistema cuando era bastante pequeño, siendo un niño de nueve años ya presentaba graves problemas de memoria. El sistema era sencillo. Por ejemplo: tomaba el número de horas que estuvo despierto, lo sumaba al total de personas que estuvo en su casa en un día determinado, lo dividía entre su edad para el momento y el número resultante era el que le recordaba su noveno cumpleaños. La parte que hacía peculiar y secreto su sistema era el hecho de que siempre cambiaba los eventos a sumar, restar, multiplicar o dividir en función del día, así que nadie nunca podía descifrar un patrón y jugar con sus recuerdos.

Podrías preguntarte “¿cómo recordaba aritmética?”. La respuesta es simple: sus habilidades no se veían afectadas por su problema de memoria, sólo sus recuerdos. También es posible que te preguntes “¿en qué manera lo ayudaban esos números a recordar?”, déjame decirte que le ayudaban de gran manera; lo increíble de la memoria de este personaje es que cuando veía sus números, los recuerdos aparecían claramente ante sus ojos, aunque por un período muy corto de tiempo. Unos minutos después su mente volvía a la oscuridad.

Cuando era niño andaba para todos lados con una pequeña libreta donde iba anotando todos los números que le servían para recordar. Había días en los que se la pasaba anotando códigos y otros, más aburridos o embarazosos, donde escribía muy pocos o ninguno.

A partir de ahí fue asociando todo con números, no sólo sus recuerdos. Lo que iba empezando como una necesidad fue tomando forma de obsesión. Con el pasar de los años, los códigos se hacían más complicados y no sólo se limitaban a sus memorias, sino a hechos triviales como la cantidad de autobuses que pasaban a diario por su cuadra.

Cuando se hizo mayor concluyó que el papel era un receptáculo muy frágil para su memoria, así que tomó la decisión de pasar la tinta de las libretas a su piel y empezó a tatuarse por todo su cuerpo los números que le servían de llaves para las puertas de su pasado.

A medida que avanzaba el tiempo, los tatuajes iban alcanzando partes de su cuerpo que no podía ver con facilidad, así que construyó en su apartamento un cuarto de espejos, donde podía mirar cada ángulo de su cuerpo y recordar lo que quisiera.

Un día se paró en el medio de su sala de espejos y empezó a repasar los números que estaban tatuados en su cuerpo. Mientras los recuerdos iban y venían en su cabeza, un pensamiento empezó a crecer en su cabeza y se fue haciendo más y más grande hasta que estalló en lo más profundo de su obsesión numérica y movió las bases de su realidad: no sabía cuántos números había tatuados en su cuerpo, lo que para él era imperdonable.

Sabía exactamente cuántos libros había en su casa, el número exacto de víveres que tenía en la despensa, cuántos miembros había en su familia desde tres generaciones atrás, sabía cuántas personas vivían en cada apartamento de su edificio, sabía cuántas veces en promedia sonreía al día la chica que vendía flores en la esquina y de esa manera, al haber una variación, darse cuenta de si pasaba algo. De esa manera, era absurda para él la idea de no saber cuántos números tenía tatuados en el cuerpo.

Rápidamente empezó a contarlos, pero eran tantos y estaban tan juntos que se perdía o los agrupaba de una manera incorrecta. Lo intentó, lo intentó, lo intentó, pero no lograba nada. Era incapaz de distinguir con claridad esos números que conocía tan bien.

Se empezó a preguntar entonces si había estado leyendo bien los números durante todo ese tiempo, si sus recuerdos eran reales, si el pasado que creía tener existía de verdad. Se desplomó en el piso y desde allí siguió intentando contar los números, empezando una y otra vez, una y otra vez…

Muchos años después, en un asilo para enfermos mentales, su cuerpo dejó de funcionar y falleció… Pero él realmente había muerto el día en que se perdió en aquel laberinto de números y recuerdos.

viernes, 28 de octubre de 2011

El Evangelio Según...

I
Nada...
Al principio sólo oscuridad.
Una gran masa de caos
Ocupando todo el espacio existente.
Consumiendo cualquier indicio de vida
Cubierta por una densa capa de frío y hostilidad
Alimentada por un profundo silencio
Que se propagaba en todas direcciones
Entristeciendo cada rincón
Y ahogando cualquier foco de luz.
Una gran masa de caos
Ocupando un "todo" inexistente
Nada...
Al principio sólo oscuridad...

II
En un parpadeo ocurrió...
Fue una explosión de vida y júbilo
Tan horrible como hermosa,
Tan espeluznante como fascinante.
Cada ángel tocó su parte en esa sinfonía..
En la música de la Creación.
Y el caos fue deshecho
Y sustituído por la armonía.
El frío fue transformado
En una cálida brisa de felicidad.
El silencio fue roto
Con el estruendoso coro de la paz.
Cada rincón estuvo impregnado de Su escencia.
Y se sentó a ver lo que había creado
A admirar su trabajo...
Feliz con lo que había hecho
Y desconocedor de todas las tentaciones y amenazas...

III
Triste, cansado... decepcionado...
Después de todo lo que les he dado.
Los ayudé una y otra vez,
¡Nunca los abandoné!
Abatido, exhausto...
Sin poder creer todavía
El parásito que creé,
Las mentes débiles que formé
El mal que ignoré
La bondad que malgasté...
Mi sueño destruido,
Mi mundo ha caído...
Todo lo que con esfuerzo forjé
Poco a poco ha sucumbido:
Ese indiferente frío... el gélido silencio
La hostilidad... otra vez el caos.
Y ahora se le suma la maldad...
Todo se ha vuelto como al principio
Nada de lo que hice volverá jamás...
Nada...
Al final, sólo oscuridad...

viernes, 9 de septiembre de 2011

La Mansión del Conde Cánibe (Parte II: La Maldición)

Nunca se le había pasado por la cabeza analizar esas desapariciones. Eran lamentables, sí, pero ese tipo de cosas solían pasar. Más aún si la gente andaba por esa zona de noche…

Eso… Todos habían desaparecido caminando por ahí en la noche. Pero eso no era nada muy raro. ¿Podría haber algo más? Damon había empezado a sudar. Por alguna razón buscaba coincidencias entre los desaparecidos como si de eso dependiera su vida. El Conde Cánibe lo observaba, paciente, bebiendo de su cáliz de madera.

¿Qué podrían estar haciendo todas esas personas caminando por ahí en la noche? En una comunidad tan pequeña las noticias, los chismes corrían muy rápido. Algo tenía que haber escuchado… Algo…

-  Todos habían sido invitados a cenar con usted- las apalabras salieron de su boca casi de manera automática, antes de que él entendiera lo que significaban- su respiración se aceleró y sus ojos se clavaron en el Conde, mientras deseaba que sus palabras no fueran ciertas.

-  Eres un hombre inteligente, Damon- el conde parecía divertido.

-  Pero usted siempre dijo que ellos no habían llegado a su palacio- Damon estaba empezando a sentirse débil a causa del pánico ¿o era por la comida?

-  Eso dije. Es mi palabra contra la de cualquiera de ustedes- el Conde terminó el contenido de su cáliz y lo saboreó con gusto-. Verás, Damon, es algo de lo que no estoy precisamente orgulloso o feliz. En mi último viaje me topé con una extraña mujer que aparentemente siente odio hacia cualquier ser con dinero o un título nobiliario o ambas. Esa mujer me vio pasar y me lanzó una maldición… No recuerdo las palabras exactas Damon, pero en líneas generales, ella me condenaba a no poder saciar mi hambre ni mi sed como lo hacen las personas normales… Sino con la carne y la sangre de mis iguales…

-  E-eso… Eso es horrible, señor- tartamudeó Damon, quien había perdido todo el color de su cara.

-  Ciertamente es horrible, Damon- el Conde miraba al vacío, mientras paseaba sus dedos por los grabados del cáliz de madera-. Al principio no le hacía caso. Pensaba que eran más habladurías, supersticiones sin sentido. Sin embargo Damon, por insólito que suene, la comida de aquí no me saciaba… No sentía ni el vino ni el agua pasar por la garganta cuando los bebía… Y la maldición de la mujer retumbaba en mis oídos.

El corazón de Damon latía a una velocidad insospechada. Era por eso que el Conde no había comida nada, no tenía sentido comer algo que no le quitaría el hambre. Y si ninguna bebida podía refrescarle o mitigar su sed, entonces aquello en los cálices… Damon vomitó sobre la mesa.

-  Supongo que eso es porque te acabas de dar cuenta de que lo que acabas de tomar es sangre- dijo el Conde Cánibe, otra vez con todo divertido-. Tardaste menos que los demás en enterarte… Más específicamente, era la sangre de Dora… Bastante buena, por cierto…

-  Usted… U-usted es un monstruo- Damon apenas podía articular las palabras. La mezcla de miedo y rabia que experimentaba en ese momento no lo dejaba pensar con claridad- ¿Por qué nosotros?- fue lo que alcanzó a preguntar.

-  Eso es más sencillo, Damon. Simplemente estaban cerca. Tan sencillo como eso… Debo comer carne humana y tengo a un montón de campesinos viviendo en mis tierras… Es sencillo… Ustedes estaban allí en el momento y lugar adecuados… O equivocados, dependiendo del punto de vista desde donde lo veas- el Conde sonrió.

Damon intentó moverse, escapar, defenderse, pero se encontró con que no podía mover su cuerpo. Estaba postrado en aquella silla, paralizado. El pánico lo había llevado a las lágrimas.

-  No hay manera de que escames Damon- dijo el Conde, sereno-. En todo lo que comiste y bebiste hoy, hay un potente sedante que ya debe haberte paralizado el cuerpo. No sentirás nada. Bueno… casi nada.

-  Usted es una bestia, un animal, un degenerado… No tiene perdón…

-  Damon… Damon, no me digas eso. Recuerda que yo no decidí ser así… No es mi culpa…

Lo último que vio Damon fue al Conde Cánibe caminando hacia él, con una horrible sonrisa y un hilillo de saliva bajando por la comisura de su boca. Tenía hambre. Era hora de comer.