viernes, 25 de mayo de 2012
El árbol de las frutas peculiares
sábado, 10 de marzo de 2012
Canto a Caracas
martes, 17 de enero de 2012
De cómo mis bolsillos se llenaron de hojas púrpura
lunes, 28 de noviembre de 2011
Números
Erase una vez un hombre obsesionado con los números. Si tal vez has escuchado historias de este tipo, te preguntarás “¿obsesionado con los números? ¿Con qué número?”, pues bien, la respuesta es: todos. Este hombre estaba obsesionado con todos y cada uno de los números de su vida.
Pero esa obsesión tenía un origen bastante razonable. Nuestro protagonista estaba obsesionado con los números porque eran lo único que le ayudaban a recordar. Su memoria no le daba las herramientas necesarias para recuperar sus recuerdos, así que él inventó la suya propia. Los números le daban la posibilidad de tener un pasado, aprender de él y prepararse para el futuro.
Desarrolló su sistema cuando era bastante pequeño, siendo un niño de nueve años ya presentaba graves problemas de memoria. El sistema era sencillo. Por ejemplo: tomaba el número de horas que estuvo despierto, lo sumaba al total de personas que estuvo en su casa en un día determinado, lo dividía entre su edad para el momento y el número resultante era el que le recordaba su noveno cumpleaños. La parte que hacía peculiar y secreto su sistema era el hecho de que siempre cambiaba los eventos a sumar, restar, multiplicar o dividir en función del día, así que nadie nunca podía descifrar un patrón y jugar con sus recuerdos.
Podrías preguntarte “¿cómo recordaba aritmética?”. La respuesta es simple: sus habilidades no se veían afectadas por su problema de memoria, sólo sus recuerdos. También es posible que te preguntes “¿en qué manera lo ayudaban esos números a recordar?”, déjame decirte que le ayudaban de gran manera; lo increíble de la memoria de este personaje es que cuando veía sus números, los recuerdos aparecían claramente ante sus ojos, aunque por un período muy corto de tiempo. Unos minutos después su mente volvía a la oscuridad.
Cuando era niño andaba para todos lados con una pequeña libreta donde iba anotando todos los números que le servían para recordar. Había días en los que se la pasaba anotando códigos y otros, más aburridos o embarazosos, donde escribía muy pocos o ninguno.
A partir de ahí fue asociando todo con números, no sólo sus recuerdos. Lo que iba empezando como una necesidad fue tomando forma de obsesión. Con el pasar de los años, los códigos se hacían más complicados y no sólo se limitaban a sus memorias, sino a hechos triviales como la cantidad de autobuses que pasaban a diario por su cuadra.
Cuando se hizo mayor concluyó que el papel era un receptáculo muy frágil para su memoria, así que tomó la decisión de pasar la tinta de las libretas a su piel y empezó a tatuarse por todo su cuerpo los números que le servían de llaves para las puertas de su pasado.
A medida que avanzaba el tiempo, los tatuajes iban alcanzando partes de su cuerpo que no podía ver con facilidad, así que construyó en su apartamento un cuarto de espejos, donde podía mirar cada ángulo de su cuerpo y recordar lo que quisiera.
Un día se paró en el medio de su sala de espejos y empezó a repasar los números que estaban tatuados en su cuerpo. Mientras los recuerdos iban y venían en su cabeza, un pensamiento empezó a crecer en su cabeza y se fue haciendo más y más grande hasta que estalló en lo más profundo de su obsesión numérica y movió las bases de su realidad: no sabía cuántos números había tatuados en su cuerpo, lo que para él era imperdonable.
Sabía exactamente cuántos libros había en su casa, el número exacto de víveres que tenía en la despensa, cuántos miembros había en su familia desde tres generaciones atrás, sabía cuántas personas vivían en cada apartamento de su edificio, sabía cuántas veces en promedia sonreía al día la chica que vendía flores en la esquina y de esa manera, al haber una variación, darse cuenta de si pasaba algo. De esa manera, era absurda para él la idea de no saber cuántos números tenía tatuados en el cuerpo.
Rápidamente empezó a contarlos, pero eran tantos y estaban tan juntos que se perdía o los agrupaba de una manera incorrecta. Lo intentó, lo intentó, lo intentó, pero no lograba nada. Era incapaz de distinguir con claridad esos números que conocía tan bien.
Se empezó a preguntar entonces si había estado leyendo bien los números durante todo ese tiempo, si sus recuerdos eran reales, si el pasado que creía tener existía de verdad. Se desplomó en el piso y desde allí siguió intentando contar los números, empezando una y otra vez, una y otra vez…
Muchos años después, en un asilo para enfermos mentales, su cuerpo dejó de funcionar y falleció… Pero él realmente había muerto el día en que se perdió en aquel laberinto de números y recuerdos.
viernes, 28 de octubre de 2011
El Evangelio Según...
Nada...
Al principio sólo oscuridad.
Una gran masa de caos
Ocupando todo el espacio existente.
Consumiendo cualquier indicio de vida
Cubierta por una densa capa de frío y hostilidad
Alimentada por un profundo silencio
Que se propagaba en todas direcciones
Entristeciendo cada rincón
Y ahogando cualquier foco de luz.
Una gran masa de caos
Ocupando un "todo" inexistente
Nada...
Al principio sólo oscuridad...
II
En un parpadeo ocurrió...
Fue una explosión de vida y júbilo
Tan horrible como hermosa,
Tan espeluznante como fascinante.
Cada ángel tocó su parte en esa sinfonía..
En la música de la Creación.
Y el caos fue deshecho
Y sustituído por la armonía.
El frío fue transformado
En una cálida brisa de felicidad.
El silencio fue roto
Con el estruendoso coro de la paz.
Cada rincón estuvo impregnado de Su escencia.
Y se sentó a ver lo que había creado
A admirar su trabajo...
Feliz con lo que había hecho
Y desconocedor de todas las tentaciones y amenazas...
III
Triste, cansado... decepcionado...
Después de todo lo que les he dado.
Los ayudé una y otra vez,
¡Nunca los abandoné!
Abatido, exhausto...
Sin poder creer todavía
El parásito que creé,
Las mentes débiles que formé
El mal que ignoré
La bondad que malgasté...
Mi sueño destruido,
Mi mundo ha caído...
Todo lo que con esfuerzo forjé
Poco a poco ha sucumbido:
Ese indiferente frío... el gélido silencio
La hostilidad... otra vez el caos.
Y ahora se le suma la maldad...
Todo se ha vuelto como al principio
Nada de lo que hice volverá jamás...
Nada...
Al final, sólo oscuridad...