Eran pequeños susurros, pero igual contaba. A pesar de que estaba en contra de que mantuvieran a su hermano en silencio, ella también había crecido escuchando la historia del séptimo hijo del séptimo hijo y le daba un poco de miedo lo que podía pasar si la voz de su hermano se elevaba lo suficiente como para que la tierra tomara en serio sus palabras y empezara a materializarlas. Así que solo susurraban, hablaban en voz baja, muy entrada la noche para que nadie se diera cuenta.
El muchacho era brillante… su mente estaba llena de ideas geniales que se mantenían encerradas, sin la posibilidad de ver la luz; sólo en aquellos instantes en que hablaba con su hermana. Pero no era suficiente.
Noche a noche se fueron reuniendo. Lo que empezó como una serie de charlas, rápidamente se transformó en una sucesión de discursos por parte del muchacho. Su hermana esta fascinada con la cantidad de pensamientos, ideas, planes que tenía el joven y la manera en que las expresaba: con vehemencia, pasión, con amor…
Pero una noche, su madre, que ya estaba percibiendo unos sonidos provenientes de la habitación de su hija, decidió averiguar qué era lo que estaba pasando. La señora irrumpió de golpe en la habitación, justo en el medio de una de las charlas de sus hijos.
La mujer se congeló del pánico pánico al principio, pero luego empezó a lanzar gritos reclamándole a su hija por la atrocidad que estaba cometiendo. Pronto toda la familia se había levantado y hablaban todos al mismo tiempo, reprendiendo fuertemente a la muchacha por su falta de consciencia.
De repente, entre lágrimas, se alzó una voz que nadie había oído jamás… y que más nunca volvería a oír. El muchacho, el séptimo hijo del séptimo hijo, hizo público el lamento de su alma: “Quiero que mis palabras sean escuchadas” fue la frase que invocó el silencio sepulcral en la casa… y la cara de horror de cada uno de los miembros de su familia fue algo que más nunca pudo olvidar… fue así como los recordó para siempre.
Pasaron unos segundos para que el universo entendiera que aquello había sido una orden que debía seguir. El problema era que aquel mundo en el que vivían no era digno de las palabras que él tenía para decir, así que había que desmantelarlo.
Un rayo sonó con furia y partió el cielo en dos, al mismo tiempo que la tierra empezó a temblar y abrirse, haciendo que todo empezara a caer libremente hacia la nada.
Todos los volcanes hicieron erupción al mismo tiempo, los ríos se desbordaron, los mares se tragaban los pueblos y luego todo eso se evaporaba y se perdía en el vacío. El cielo iba cayendo a pedazos y dejaba de existir tan pronto como tocaba el suelo, que ya no era material… todo desaparecía… todo iba siendo absorbido por una oscuridad asfixiante donde no existía nadie, no existía nada… sólo él…
Antes de darse cuenta de lo que había pasado, se encontró flotando en esa nada omnipresente, en esa masa de oscuridad y frío donde no había nada, no había nadie, no se escuchaba nada… atrapado en aquella inexistencia.
Se sintió culpable, pues habían sido sus palabras las que habían acabado con todo el mundo como lo conocía. Habían sido sus palabras, aquellas que le habían dicho que no podía pronunciar, las que habían acabado con su familia, con su familia, con todo… Se sintió culpable y prefirió retraerse en su silencio, en su melancolía.
Perdió noción del tiempo… Perdió noción de su ser. Sólo estaba ahí, respirando, castigándose con los recuerdos del mundo que había destruido. Hasta que recordó cómo lo había hecho… Recordó que quería que sus palabras fueran escuchadas. Recordó el poder que tenía…
Así que despertó de aquel letargo, volvió de aquel silencio eterno al que se había condenado a sí mismo y estaba dispuesto a hacer realidad todas esas ideas que alguna vez tuvo; porque él hacía las palabras y las palabras se hacían ante él… Era hora de actuar.
Respiró hondo y vio toda la oscuridad que tenía a su alrededor. Se concentró y con toda la fuerza de sus pulmones dijo “haya luz” y hubo luz… y vio que era bueno…
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miércoles, 23 de marzo de 2011
martes, 22 de marzo de 2011
El Don de la Palabra (Parte I: El Séptimo Hijo del Séptimo Hijo).
Era el séptimo hijo del séptimo hijo y todos sabían lo que eso significaba. Los mitos y cuentos de camino acerca de los niños nacidos con estas características eran horrendos e innumerables; pero ellos sabían que en realidad, podía ser mucho peor de lo que cualquiera podía imaginar.
Se veía tan inocente e inofensivo al nacer, que sus padres casi pasan por alto la naturaleza del niño. Por mucho que les doliera, ellos sabían lo que tenían que hacer. El niño, desde su nacimiento, debía ser condenado al silencio eterno.
Por décadas, los padres de esa familia le habían contado a sus hijos la leyenda del séptimo hijo del séptimo hijo. Se decía que el niño que naciera bajo esa condición, en esa familia, nacería con un poder tanto maravilloso como peligroso: el don de la palabra.
Pero por “don de la palabra” no se hacía referencia al hecho de que el niño creciera para ser un dicharachero, demagogo que utilizara las palabras para engañar o estafar. No. Tampoco a que el muchacho fuera capaz de hablar por horas, sin perder el hilo de su conversación. Tampoco. El Don de la Palabra era algo más grande, más poderoso, más serio.
La leyenda decía que el séptimo hijo del séptimo hijo nacería con la capacidad de hacer hechos sus ideas con sólo mencionarlas en voz alta; que sus palabras eran órdenes para el universo y éste debía obedecerlas apenas eran pronunciadas.
Ante este panorama, no era extraño que toda la familia estuviera ansiosa y hasta temerosa de lo que podía pasar. Nadie sabía si la leyenda era cierta, pues no había ningún antecedente cercano de un niño con las mismas características, pero había que tomar precauciones.
No sabían si, mientras crecía, pronunciaba algunas palabras que causaran un daño irreversible. No sabían si, al crecer, entendía las dimensiones de su poder y decidía utilizarse para beneficiarse a sí mismo, para perjudicar a otros, para hacer el mal. Así que, para evitarse eso, decidieron que lo mantendrían en silencio por siempre…
Y así fue creciendo, siendo castigado cada vez que pronunciaba una palabra, ya fuera voluntaria o accidentalmente. Creció con la idea de que él no había nacido para hablar. Lo mantenían siempre ocupado y solo la mayor parte del tiempo, para que no tuviera razones ni personas con quienes hablar. Estaba condenado al silencio eterno y no había nada que pudiera hacer, pues toda su familia estaba dispuesta a mantenerlo así… o al menos casi toda su familia.
Su hermana mayor, la única hembra entre los siete hijos, se apiadó de él desde el primer momento y siempre trató de apoyarlo y defenderlo de lo que ella consideraba era una injusticia para con su hermano. Pero realmente no había mucho que hacer cuando tenía a toda una familia en su contra.
Fue ella quien le enseñó a escribir. Al principio se comunicaban así, a través de cartas. Escribían por horas hasta que alguno de los dos se quedaba dormido. Eso para él era el cielo, pues al menos tenía un pequeño escape, una manera de desahogarse.
Con el paso del tiempo se fue dando cuenta de que su hermano no era ninguna mala persona, de que no significaba ningún peligro para nadie. Así que, poco a poco, le empezó a permitir que hablara…
Se veía tan inocente e inofensivo al nacer, que sus padres casi pasan por alto la naturaleza del niño. Por mucho que les doliera, ellos sabían lo que tenían que hacer. El niño, desde su nacimiento, debía ser condenado al silencio eterno.
Por décadas, los padres de esa familia le habían contado a sus hijos la leyenda del séptimo hijo del séptimo hijo. Se decía que el niño que naciera bajo esa condición, en esa familia, nacería con un poder tanto maravilloso como peligroso: el don de la palabra.
Pero por “don de la palabra” no se hacía referencia al hecho de que el niño creciera para ser un dicharachero, demagogo que utilizara las palabras para engañar o estafar. No. Tampoco a que el muchacho fuera capaz de hablar por horas, sin perder el hilo de su conversación. Tampoco. El Don de la Palabra era algo más grande, más poderoso, más serio.
La leyenda decía que el séptimo hijo del séptimo hijo nacería con la capacidad de hacer hechos sus ideas con sólo mencionarlas en voz alta; que sus palabras eran órdenes para el universo y éste debía obedecerlas apenas eran pronunciadas.
Ante este panorama, no era extraño que toda la familia estuviera ansiosa y hasta temerosa de lo que podía pasar. Nadie sabía si la leyenda era cierta, pues no había ningún antecedente cercano de un niño con las mismas características, pero había que tomar precauciones.
No sabían si, mientras crecía, pronunciaba algunas palabras que causaran un daño irreversible. No sabían si, al crecer, entendía las dimensiones de su poder y decidía utilizarse para beneficiarse a sí mismo, para perjudicar a otros, para hacer el mal. Así que, para evitarse eso, decidieron que lo mantendrían en silencio por siempre…
Y así fue creciendo, siendo castigado cada vez que pronunciaba una palabra, ya fuera voluntaria o accidentalmente. Creció con la idea de que él no había nacido para hablar. Lo mantenían siempre ocupado y solo la mayor parte del tiempo, para que no tuviera razones ni personas con quienes hablar. Estaba condenado al silencio eterno y no había nada que pudiera hacer, pues toda su familia estaba dispuesta a mantenerlo así… o al menos casi toda su familia.
Su hermana mayor, la única hembra entre los siete hijos, se apiadó de él desde el primer momento y siempre trató de apoyarlo y defenderlo de lo que ella consideraba era una injusticia para con su hermano. Pero realmente no había mucho que hacer cuando tenía a toda una familia en su contra.
Fue ella quien le enseñó a escribir. Al principio se comunicaban así, a través de cartas. Escribían por horas hasta que alguno de los dos se quedaba dormido. Eso para él era el cielo, pues al menos tenía un pequeño escape, una manera de desahogarse.
Con el paso del tiempo se fue dando cuenta de que su hermano no era ninguna mala persona, de que no significaba ningún peligro para nadie. Así que, poco a poco, le empezó a permitir que hablara…
viernes, 24 de septiembre de 2010
La Caja de Música (Parte I: El abuelo de Sofía)
A Sofía no le había tocado el abuelo prototipo. ¿Ese adorable anciano, rechoncho, de aspecto bonachón, cabello y barba blancos como la nieve, con una sonrisa eterna esperando por sus nietos? No. Era un chiste pensar que su abuelo podía llegar a ser así.
El señor Schwartzer era un anciano huraño. Rara vez se le vía fuera de su habitación. Nadie se quejaba de eso realmente, pues cada vez que salía, se preocupaba por que todo el que se tropezara con él recibiera una escalofriante mirada de desprecio y repulsión. Era un hombre que parecía estar molesto con la humanidad, por lo que, en los casos en los que no se podía aislar, se encargaba de que toda persona se enterara de su aversión a los humanos.
Era un hombre sombrío, misterioso. A criterio de Sofía, su abuelo era el hombre más tenebroso sobre la faz de la Tierra. Siempre vestía unas extrañas ropas que parecían sacadas de una película ambientada en la Edad Media; siempre de negro. El único color que Sofía había visto en el atuendo de su abuelo era el del anillo que el anciano llevaba en la mano izquierda: un gran anillo de oro que tenía incrustado un rubí cuyo rojo brillo podía verse a kilómetros de distancia.
El abuelo de Sofía era tan misterioso que ella nunca supo realmente su nombre. Todo el mundo en la casa lo llamaba "papá", "tío", "abuelo" o "señor Schwartzer". Cuando ella preguntaba por el nombre de su abuelo, todo el mundo evadía la pregunta con un nerviosismo evidente, como si el nombre del señor Schwartzer guardara una maldición para aquel que se atreviera a pronunciarlo en voz alta.
Aquel extraño anciano, como cabría esperarse de un personaje tan enigmático, rara vez hablaba. Considerando que prácticamente nunca tenía contacto con ningún otro humano, podría decirse que hablar no era una prioridad para él; pero es que además, sus miradas eran tan expresivas que no le hacían falta las palabras. Con sólo poner los ojos encima de alguno de los habitantes de la casa, ya esa persona sabía qué necesitaba el señor Schwartzer, dónde encontrarlo y sabía también que tenía que conseguirlo rápido.
A pesar de pensar que era un ser totalmente escalofriante, a Sofía, su abuelo le llama muchísimo la atención. Subía al último piso de la casa, repetidas veces al día, y se quedaba admirando la puerta de la habitación del anciano, observando con detenimiento la aldaba con forma de cabeza de águila. Llamaba a la puerta. No pasaba nada. Llamaba de nuevo. Nada. Al llamar por tercera vez, la puerta se abría casi de inmediato y ahí estaba su abuelo, regalándole su mejor mirada de desprecio. "Fuera de los límites" alcanzaba a decirle, con una ronca voz monocorde. Lo último que Sofía alcanzaba a ver antes de que se cerrara la puerta era ese hermoso rubí que parecía guiñarle, pícaro, desde la mano izquierda de su abuelo.
Esa escena se repetía prácticamnte todos los días. Las ganas que tenía Sofía de saber más sobre su abuelo eran muy grandes como para darse por vencida. Ella sabía que detrás de toda esa cortina de misterio había algo maravilloso esperándole. Por eso cuando su abuelo murió, más que tristeza, lo que la invadió fue una gran decepción por no haber conseguido lo que buscaba.
Fue un funeral pequeño. Básicamente la familia cercana y alguno que otro vecino que se enteró de la noticia. Pero en realidad, dadas las habilidades sociales del señor Schwartzer, era lo que se esperaba.
Todos se extrañaron cuando, uno a uno, empezaron a aparecer unos extraños personajes en la casa. De cuando en cuando entraba algún anciano, vestido de negro con ropas parecidas a las que solía vestir el señor Schwartzer, se acercaba al ataúd, murmuraba algunas palabras y luego volvía a salir, sin siquiera fijar la mirada en alguno de los miembros de la familia. Lo que más le llamó la atención a Sofía es que todos llevaban en la mano izquierda un anillo idéntico al de su abuelo.
La última de estas intrigantes personas fue una mujer, quien, a diferencia de los demás visitantes misteriosos, se veía bastante acontecida por la muerte del señor Schwartzer. Cuando ya iba de salida sus ojos se posaron en Sofía, que de manera refleja se puso de pie.
"Sofía", dijo la mujer, en una voz dulce, armoniosa "tan bella como te imaginaba. Cuidado con la bailarina, pequeña, podría quitarte el aliento". La mujer le sonrió a Sofía y siguió su camino hacia la calle, dejando a la niña ahí plantada, con más dudas de las que su joven cerebro podía asimilar.
Pero ¿quién era aquella mujer? ¿cómo era que conocía a Sofía? ¿sería que su abuelo le había hablado de ella? Jajaja, claro, como si eso fuera posible. ¿Y qué había querido decir con eso de la bailarina? ¿se estaba burlando de ella? Toda esa situación sólo hacía que su interés por su abuelo aumentara de manera imparable. Sofía sabía que las respuestas que necesitaba la esperaban detrás de aquella puerta con grabados, detrás de esa aldaba con forma de cabeza de águila. Para encontrar las respuestas que necesitaba debía entrar en aquella habitación que el anciano del anillo de oro le había dicho que estaba "fuera de los límites".
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